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Viernes, 30 Julio 2021 12:02

¿Se convirtió la Argentina en un país de emigrantes? - Por Sergio Berensztein

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El 47% de los argentinos al menos considera emigrar; el país resulta frustrante e impide el desarrollo personal y laboral

 

Las migraciones constituyen un complejo mecanismo que permite entender los desafíos históricos que atraviesan naciones, grupos religiosos o étnicos, regiones afectadas por guerras o fenómenos naturales o agrupaciones políticas. Los principales vectores que explican los flujos migratorios son a menudo de índole económico (un diferencial de ingreso entre las zonas que expulsan y las que atraen migrantes) o de acceso a bienes públicos (educación, salud, vivienda, agua potable) que implican una mejor calidad de vida y la expectativa de movilidad social ascendente. Desde tiempos inmemoriales, la paz, la seguridad y la libertad son potentísimos incentivos para buscar nuevos horizontes. Se trata de decisiones traumáticas desde el punto de vista familiar y personal por los aspectos emocionales, las dificultades de adaptación, el desarraigo y otro componente muy difícil de explicar: los que tuvimos alguna experiencia viviendo, trabajando o estudiando en el exterior sabemos lo que significa sentirse “sapo de otro pozo”.

 

La Argentina fue, y en menor medida lo sigue siendo, una tierra de inmigrantes: un país próspero y acogedor gracias al esfuerzo, el compromiso, la energía y la solidaridad que nuestros antecesores encontraron al llegar y replicaron cuando estaban aquerenciados. Como recordó Alberto Fernández con su absurdo comentario junto al presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, entre el último tercio del siglo XIX y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el país recibió millones de personas de Europa, pero también de Medio Oriente, en menor medida Asia, y también de la región. Su influencia en nuestra identidad y nuestras formas de vida fue extraordinaria. El melting pot resultante junto con aborígenes, criollos y mestizos que ya habitaban estas tierras compuso una original mezcla, diversa y con matices, que nos define como sociedad.

Los procesos migratorios no son constantes ni lineales: tienen olas y discontinuidades con momentos y características determinadas en el marco de coyunturas específicas. Como ocurrió con las corrientes que llegaron de Perú en la década de 1990, cuando ese país vivía una aguda crisis de seguridad y económica, mientras que la Argentina gozaba de un acotado y a la vez añorado período de crecimiento con estabilidad. Las inversiones extranjeras en el marco del avance de la globalización impulsaron que muchos jóvenes ejecutivos y profesionales del exterior se mudaran al país por períodos relativamente prolongados, en especial en las grandes ciudades, que vieron aumentar la cantidad de “expatriados”. El año 2001 revirtió esa dinámica: los salarios en términos reales cayeron de manera dramática. Más recientemente, el desastre humanitario que padece Venezuela derivó en la llegada de decenas de miles de mujeres y hombres que se insertaron exitosamente en nuestro entorno.

Los mismos motivos produjeron flujos migratorios internos: distintas regiones de la Patagonia (sobre todo las ciudades de Neuquén, Comodoro Rivadavia, Bariloche o Ushuaia) fueron históricamente focos de atracción de migrantes del interior, sobre todo de provincias del norte (Tucumán desde la década de 1960 por la crisis del azúcar, o Chaco, por la del algodón). Muchos de estos flujos se entienden por la presencia de grandes obras públicas, en particular hidroeléctricas, junto al desarrollo de la energía y el turismo, o por los subsidios a la “promoción industrial”, como los casos de Tierra del Fuego o, más tarde, San Luis. Imposible soslayar las inundaciones en el Litoral a mediados de los 80 y la expulsión de víctimas hacia Rosario y el Gran Buenos Aires.

En los últimos dos años, muchos argentinos han decidido abandonar el país. José Abadi lo acaba de sintetizar de forma contundente: “Los argentinos no se van del país, los echan”. Todos conocemos a alguien que se ha ido, se está yendo, tiene pensado hacerlo o le gustaría emigrar. El concepto de que “la única saluda es Ezeiza” parece fijado en nuestro sentido común. Se trata de un fenómeno que interpela sobre todo a los más jóvenes y mejor educados, pero que permea en un conjunto más amplio y diverso de conciudadanos.

Ahora bien, la emigración no es un fenómeno nuevo en la Argentina. Antes de la Organización Nacional era común que las disputas políticas derivaran en un exilio: Echeverría en Montevideo, o Alberdi y Sarmiento en Santiago de Chile y, más acá en el tiempo, la icónica estadía de Perón en Puerta de Hierro. Por algo San Martín y Rosas murieron en tierras europeas. A mediados de la década de 1960 la violencia sumó un motivo: la Noche de los Bastones Largos, de la que acaban de cumplirse 55 años, hizo que perdiéramos a César Milstein entre otros grandes científicos y académicos. La dictadura iniciada en 1976 hizo que figuras públicas, artistas e intelectuales se vieran forzadas a irse o buscaran resguardo preventivo principalmente en Europa –experiencia plasmada en El exilio de Gardel, del recordado Pino Solanas– y México.

Las ilusiones que despertó la transición a la democracia impulsaron a que muchos quisieran regresar. Pero la explosión de la hiperinflación devolvió la inercia emigratoria y agregó además un componente económico: irse para buscar “algo mejor”, una mayor estabilidad, oportunidades que la Argentina ya empezaba a negar. Se popularizaron otros destinos como Israel (para un creciente número de miembros de la colectividad judía), Australia y más tarde Nueva Zelanda. También se instaló la emigración condicional: “Si gana X me voy del país”. Una frase que comenzó a escucharse luego de la derrota de Antonio Cafiero en 1988, en la interna del PJ con Carlos Menem, regresó durante el primer cristinismo, ganó los medios en la previa de la elección de 2015 y se reforzó luego de las PASO 2019, a medida que el peso perdía valor.

Según un estudio reciente de D’Alessio-Irol / Berensztein, el 47% de los argentinos al menos considera emigrar, cifra que aumenta al 70% entre aquellos que votaron a Juntos por el Cambio en las últimas elecciones. En la mayoría de los casos, la voluntad de irse se relaciona con que el país resulta frustrante e impide el desarrollo personal y laboral. De hecho, un 40% de los encuestados prefiere alejarse de sus hijos con tal de que vivan en otro lado. Estamos expulsando nuestro mejor capital humano. A la tradicional fuga de capitales, se le ha sumado ahora la de capitalistas y emprendedores: acosados por una presión tributaria absurda y regulaciones antojadizas y para peor cambiantes, tiran la toalla en busca de entornos de negocios más amigables.

Necesitamos reinventarnos como sociedad, diseñar de forma consensuada un nuevo proyecto de país que nos integre e incluya a todos, encarar reformas profundas, aunque impliquen sacrificios para que nuestros hijos y nietos elijan vivir acá. Ningún parche, ninguna medida parcial podrá revertir esta gravísima situación. Es exactamente lo que acaba de anunciar el Gobierno. En efecto, el plan “No te vayas”, que acaba de presentar la administración Fernández al inicio del proceso electoral (temporada alta de promesas que a la corta o a la larga se vuelven incumplidas), propone subsidiar el empleo joven entre las pymes. Los jóvenes fueron siempre uno de los pilares electorales del oficialismo. Se ve que con la “mano visible del Estado” no alcanzó para generar oportunidades reales y creíbles.

Vaya paradoja: hace casi dos décadas nació en medio de la crisis uno de los unicornios más exitosos de toda América Latina, con la visión de exportar talento argentino materializado en proyectos de informática e inteligencia artificial. La idea era muy creativa: tenemos los mejores profesionales, la tecnología permite ahora que trabajen a distancia y envíen sus contribuciones desde acá. Se volvieron rápidamente una empresa global. En los últimos tiempos, la mayoría de sus socios prefirió mudarse al exterior.

Sergio Berensztein

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