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Lunes, 02 Agosto 2021 13:50

Perón y Cristina - Por Carlos Salvador La Rosa

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Perón era un conductor que sabía seducir a todo el que se le acercaba. Cristina es una ideóloga que sólo seduce a quiénes se le parecen. Pero ella es la expresión del peronismo siglo XXI.

 

Uno de los mendocinos que mejor conoció a Perón fue Alberto Serú García, un amable conservador popular que simpatizaba plenamente con la doctrina peronista, aunque bastante menos con el General.

 

Una vez en el exilio tuvo lugar una reunión de varios dirigentes con Perón donde éste se quejó porque todos estaban divididos. Entonces Serú García le dijo a su líder que ninguno de los que se encontraba allí estaba en condiciones de dividir al movimiento, salvo el propio Perón que a cada uno le decía lo que quería escuchar y por eso dividía. Desde ese entonces la relación entre ambos fue tensa para siempre jamás. Tanto que este mendocino fue uno de los creadores del peronismo sin Perón.

Serú García más de una vez comparó cartas escritas al mismo tiempo para varios peronistas y en cada una Perón decía algo distinto, siempre más cerca de lo que pensaba su interlocutor. Al principio Serú no entendía por qué los destinatarios de las cartas aun contrastándolas no se daban cuenta, hasta que descubrió que no es que no se dieran cuenta, sino que cada uno sabía que les escribía cosas distintas, pero a la vez cada cual creía que al único que le escribía la verdad era a él. Y ese tipo de humana vanidad es la que Perón aprovechó magníficamente bien para armar un movimiento de ambigüedad absoluta, pero de perennidad hasta ahora infinita.

Perón era un militar orgulloso de serlo y su especialidad era la conducción de hombres, lo único que le interesaba en serio, pero poco y nada las ideologías. Según el interlocutor, simpatizaba con Mussolini y su comunidad organizada, pero igual o más con De Gaulle y su intento de competir con Estados Unidos desde una Europa Unida, lo que él quería para América Latina. Con Mao o Castro, de acuerdo al momento se acercaba o alejaba. Lo más que avanzó en ideas fue en una doctrina, un catecismo popular sin biblia, más artículo de fe que de razón para la gente sencilla.

Creó un movimiento donde todas las ideas eran bienvenidas por más contradictorias que fueran entre sí, donde Perón era el único que le daba todo el sentido, no comprometiéndose en serio con absolutamente ninguna de las partes, salvo táctica y coyunturalmente según necesidad. Con eso gestó un movimiento cuya persistencia inusual no es debido a programas ni contenidos, sino al sentimiento de autoestima igualitario que les dio a los postergados de esos tiempos, que luego, en sus herederos, devino en mitología y finalmente en tradición. Que es lo que hoy sobrevive.

Cristina no es una doctrinaria ni una conductora, es una ideóloga o se ha transformado en ello. Por eso siempre tiende a los extremos y jamás al centro. Por eso llamó a Alberto, porque ella no podía hacer lo que hace Alberto y por eso ahora deja que elija Alberto las cabezas de lista para las elecciones porque necesita otra vez volver a conquistar a ese sector que oscila y que vota más bien moderado, lo que ella no puede ser ni aunque sepa que es necesario.

Cristina, a diferencia de Perón, no sabe seducir a los que no piensan como ella, pero sí ha logrado enamorar a un sector, los intelectuales progres, los artistas con veleidades culturosas y los investigadores de ciencias sociales. Además, aún más importante, logró darle una mística a un significativo sector de la juventud, mística de la cual la política carecía y que ella extrajo del arcón de los recuerdos. Actualizó el setentismo y el peronismo de izquierda y los transformó en ideología oficial.

Les dio a todas esas personas un sentido de autoestima como Perón hizo con los obreros y ellos la adoran casi religiosamente. Aunque son sectores más bien intelectualizados, se dejan seducir no tanto por la razón sino por el sentimiento hacia la dama, pero un sentimiento que no es conciliador ni moderado. Es sumamente apasionado y divide aguas entre buenos y malos, entre réprobos y elegidos. Es un sentimiento beligerante.

La ideología cristinista la anticipó un hombre que luego se convertiría en cultor de ella, José Pabló Feinmann, quien guionó la película Evita (1996), donde transforma a Perón en un político muy militaron aunque del lado de los buenos y de los pobres pero más bien acomodaticio, que quería integrar a los obreros al sistema capitalista. Mientras que Evita es una ardorosa que quería hacer la revolución socialista junto a sus grasitas. Es una Evita de izquierdas (lo que ella nunca fue), una Evita inventada por el peronismo de los 70, donde se suponía que Perón no pecó de autoritario en su primer gobierno, sino por serlo demasiado poco; le faltaba más energía, a lo Fidel Castro, para avanzar en la revolución. A diferencia de los renovadores peronistas, el cristinismo jamás critica los excesos autoritarios del primer Perón, porque no los considera tales. Su Justicia adicta, su prensa clausurada, su culto a la personalidad son herramientas revolucionarias. La crítica que le hacen a Perón es que no quería hacer la revolución mientras que Evita sí quería. Y si se hace una revolución no queda más remedio que alterar las instituciones burguesas autoritariamente. El autoritarismo de los pobres para vencer al autoritarismo de los ricos, vulgata marxistoide rescatada por Feinmann y defendida con ardor por Cristina.

Pero Feinmann con Cristina, como la mayoría de los intelectuales adictos, no tiene una relación meramente ideológica. Así lo dijo una vez: las mujeres que odian a Cristina son harpías, brujas feas o señoras gordas que le envidian a la dama su belleza, su talento y su bondad. Miles de páginas desde la razón escritas por Feinmann en sus libros, pero con Cristina cede al sentimiento del amor y odio más primario, como tantos otros.

Para Cristina no hay términos medios, está dentro del peronismo no tanto por sentirse parte de él (ya cree haberlo superado) sino porque quiere hacer el trasvasamiento a la Cámpora. Pero no seduce a las mayorías como Perón porque no sabe decir lo que no siente, o le cuesta horrores. Los políticos con los que se identifica son los que son como Axel Kicillof por su ideología keynesiana marxista de asamblea universitaria. O Anabel Fernández Sagasti porque la ve tal como fue ella de joven, una personalidad y un carácter implacables como quiere que sean todas las que tienen vocación de líder. U Horacio Verbitsky que es el periodista de sus sueños porque es durísimo con el enemigo, pero dentro de la revolución es un gatito con sus excesos y horrores porque dentro todo está permitido. O Zaffaroni, el tipo de juez militante como ella quisiera fueran todos los jueces.

Lo cierto es que hoy el peronismo clásico, aunque no se identifique con ella, está rendido a sus pies, algunos arrodillados, otros solo temerosos y la mayoría especulando. Pero casi nadie pone en duda su liderazgo por las razones que fuera. Hoy no se puede entender el peronismo sin Cristina que es su personaje principalísimo.

En ese sentido es la continuadora siglo XXI de Perón, aunque eso a muchos no les guste, porque su estilo e incluso sus contenidos tienen poco que ver con él y tampoco tienen tanto que ver con Evita. Es más bien una Pasionaria, una leninista de partido único, una admiradora a ultranza de Fidel Castro. Le gustan los chinos (a pesar de que los ve demasiado liberales en lo económico) porque están contra Estados Unidos y ella es antiyanqui, sino no se explica cómo tuvo tan mala relación con Obama con lo progre que eran ambos. Pero si se identifica en pleno con alguien ideológicamente es con Rusia, que no es tan liberal como China sino que su capitalismo es un capitalismo de Estado y de amigos como el que los K construyeron. Y porque se siente más una zarina que una presidenta.

Siempre desde antes de ser lo que hoy es, cuando era una dama feudal-socialdemócrata simpatizante de Cavallo en los años 90, leyó y se identificó con el diario Página 12. Página 12 a la vez evolucionó a su ritmo: de un progresismo de izquierda crítico con todos los poderes y gobiernos, ahora es un diario oficialista donde militan todos los intelectuales del régimen. Y eso lo logró Cristina. ahora que devino un ícono del progresismo populista de izquierda.

¿Expresa el cristinismo a todo el peronismo? Hoy a casi todo salvo minorías, como lo expresó el menemismo en los 90. Con muchos tragadores de sapos, pero también con profetas y enamorados. Aunque está visto que si el peronismo sobrevivió tanto tiempo y con tanto poder es porque Perón dejó un movimiento flexible a todas las ideas, pero garantizándose que el movimiento supere siempre a los nuevos aspirantes a perones. En ese sentido tenía razón el General, la organización que él gestó venció al tiempo. Para bien o para mal o para vaya a saber qué. Cristina, por su lado, es otra aspirante más (y no una aspirante menor) a derrotar la herencia del General a ver si puede vencer a la organización y hacerla del todo suya. Está por verse cómo le irá.

Carlos Salvador La Rosa

Carlos Salvador La Rosa

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