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Lunes, 29 Noviembre 2021 13:34

Ambiciones y desventuras de Guzmán y Alberto - Por Carlos Berro Madero

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No hace falta ser un experto en cuestiones ontológicas, para percibir cuál es el verdadero sustrato de las elipsis discursivas del Presidente y su Ministro de Economía, que oscilan entre el cinismo y la mediocridad.

 

Comenzando con Guzmán, puede advertirse en él una gran vocación por ir “adaptando” sus intentos programáticos respecto de una economía vacilante, para lo cual aparece y desaparece de escena alternativamente como Mandrake, el recordado mago de los cuentos. 

Como muchos pupilos pertenecientes a los claustros “académicos” – dentro de los cuales la mayoría busca progresar en el concepto de sus mentores y lograr con su anuencia el ascenso a un estamento superior-, la designación ofrecida por “los Fernández” al actual ministro, debe haber significado para él una música celestial.

Hasta entonces, permanecía bajo el tutelaje férreo de quienes habían llegado al podio de la especialidad que profesa, “tapado” y a la espera, como le ocurre a muchos jugadores de fútbol noveles, que viven a la sombra de quien se ha destacado en su misma posición en la cancha.

La convocatoria del actual gobierno era una magnífica oportunidad para arribar a metas más ambiciosas, y en caso de fracasar, siempre le quedaba (y le queda aún) la posibilidad de manifestar que ello habría ocurrido en su lucha por domar un potro salvaje como la Argentina con su mejor buena voluntad, apelando a recetas aceptadas en los cenáculos académicos donde se cuece el poder.

Riesgo para él al aceptar el cargo: moderado. De allí su soltura para desplegar “sarasa” (sic) cuando hubo de ser interpelado en el Congreso y en cuanta ocasión se lo apuró para que precisara los lineamientos de su plan económico, hasta hoy absolutamente desconocido.

Mediante el uso de esta técnica elusiva, sorprendente para quien desempeña una función pública rentada, debe haber creído que dadas las condiciones caóticas en que vive nuestra economía desde hace años, tanto daba agregar más o menos paparruchas discursivas al aire, mezclando fundamentos académicos indiscutibles con flexibilidades provenientes de una evidente sumisión política. Ambas claramente en las antípodas en cuanto a su contenido.

Para él, seguramente, todo se reduce a mantener un sitial que le sirva para la consecución de sus planes de cara al futuro, al aumentar su prestigio internacional merced a la osadía de haber tomado, con cara de póker, un fierro caliente como la República Argentina.

Algunos creemos que debió haberse cuidado un poco más al aceptar casi mansamente las imposiciones de algunos “ultras” del partido en cuyo nombre ejerce el cargo. Aunque más no fuese por dignidad. Porque “la verdad en proponerse un fin es proponerse el fin conveniente y debido, según las circunstancias. Y dicha verdad en la elección de los medios, es elegir los que son conformes a la moral y mejor conducen al fin” (Jaime Balmes).

En su caso, nos preguntamos (no implica prejuzgamiento), ¿será ese el sentimiento que sobrevuela aún hoy en la mente de Guzmán?

Por los hechos que tenemos a la vista, parece que su supuesta “lucha” con el FMI (por dar un ejemplo al azar) se reduce a la tarea de un simple “corre, ve y dile” entre mandantes.

Todo se alimenta por el hecho comprobado que Cristina no está interesada en profundizar ningún plan económico que pueda menoscabar su imagen de mujer infalible y la lleva a aceptar siempre cualquier estrategia que logre mantenerla en el podio “imperial” que le han construido sus fanáticos. O demolerlo, en cuanto sospeche que puede “hacer sombra” a su augusta figura.

El futuro que nos espera con Guzmán depende del acuerdo temporal que pueda establecer con el FMI, aunque el mismo se rompa con el tiempo de manera inconsulta. Su idea, muy probablemente, es que al abandonar el cargo pueda sumarse al coro internacional de los que piensan -con bastante razón-, que no tenemos remedio como país.

Dicho todo esto, queda analizar el caso de Alberto, el ex “petiso de los mandados” de los Kirchner, cuya personalidad adolece de algunas similitudes con la de Guzmán.

Un individuo que, con tal de ganarse un lugar en el Salón de los Bustos de ex Presidentes de la Rosada, dejó de lado todos sus prejuicios y su verba encendida contra sus ex empleadores, en los tiempos que utilizaba un lenguaje bastante similar al de un chofer de limousine despedido sin causa por Cristina, para confirmar sus afiebrados sueños adolescentes.

A partir de allí, han ocurrido decenas de episodios que han permitido comprobar sus pocas luces, su apego a la mentira, las construcciones oníricas sobre su pasado con Néstor, y el apego a una gestualidad (dedo índice incluido) con la que pretende convertir su facha de parroquiano de bar “al paso”, en la efigie de un prócer nacional en ciernes.

Algo difícil de lograr para un hombre sin ningún talento y muy pocos prejuicios, al punto de haberse convertido en “amigo” peligroso hasta para sus propios conmilitones.

Al igual que Guzmán, ¿qué es lo peor que pueda pasarle? ¿Que lo echen? Casi imposible. No hay reemplazo “potable” a la vista para la jefa del FPT.

¿Que se vaya motu proprio? No parece estar en los genes de quien vivió siempre a costillas del empleo público. ¿Qué fracase? Imposible: ya ocurrió y ni así consiguió mover el amperímetro de la consideración y el respeto de una sociedad postrada que se burla de él en forma inmisericorde.

Las ambiciones de Guzmán y Alberto reflejan pues la imagen de un país en donde nadie quiere hacerse cargo de nada si en el camino no recibe algún “estímulo” non sancto en el poder o fuera de él, exhibiendo el oportunismo de quienes aseguran “ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay” (nuevamente Balmes).

Los que hacemos esfuerzos diarios para ver “lo que hay”, estamos convencidos que hará falta mucho tiempo, o algún milagro, para lograr una recuperación que solo puede llegar mediante esfuerzos continuados y perseverantes de toda la sociedad en su conjunto.

Mientras tanto, Guzmán y Alberto pueden llevarnos hacia una nueva catástrofe colectiva; y el choque puede traducirse en una crisis en la que esta vez quedará envuelto el mismo peronismo. Ese movimiento multifacético que tiene “secuestrado” al hombre del común desde hace muchos años, manteniendo su cerebro en un estado de hibernación permanente.

¿Planes “platita”? ¿Asado de tira para “todes”? ¿Resentimientos de “clase”? “Chi lo sá”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

Carlos Berro Madero

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