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Viernes, 03 Diciembre 2021 11:12

Llegó carta de Madrid - Por Vicente Massot

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Derrocado en septiembre de 1955 por la así llamada Revolución Libertadora, Juan Domingo Perón, tras una estadía más o menos prolongada en Paraguay y distintos países de América Central, recaló en la España de Franco, donde -en condición de asilado político- residió hasta su vuelta definitiva a la Argentina en el año 1973.

 

En el lapso que tuvo su casa en la capital española cumplió a rajatabla con las condiciones que le había impuesto el régimen del Generalísimo para no entorpecer las relaciones diplomáticas de la nación peninsular con la nuestra. Lo que no fue obstáculo para que -en un mundo sin celulares ni comunicaciones telefónicas seguras- el jefe indiscutido del justicialismo manejara estratégicamente a su movimiento con base en misivas y grabaciones que sus subordinados traían desde Madrid cada vez que lo visitaban en Puerta de Hierro. Aunque hoy parezca mentira y a las generaciones que entonces no habían nacido les suene incomprensible -asociada como está su vida a la galaxia de internet- esa relación del líder justicialista con sus tribus era, en aquellos tiempos, la única posible. Por ello se hizo famosa la frase que ilustra, a manera de título, la presente newsletter. Si se realiza sin prejuicios ideológicos un análisis acerca de la efectividad de los instrumentos comunicacionales utilizados, es claro que resultaron todo lo exitosos que podían serlo en atención a las limitaciones técnicas y políticas que se interponían en el camino de Perón. 

Desde que fue conocido el resultado de las PASO -que la viuda de Kirchner, a diferencia de Alberto Fernández, daba por perdidas-, Cristina inauguró la modalidad epistolar para dirigirse a la sociedad en su conjunto. No lo hizo así para emular a Perón ni a instancias de una necesidad imperiosa -de la cual no pudo desentenderse, en su momento, el gurú de las masas argentinas- sino porque de un tiempo a esta parte prefiere no hablar en público de determinados temas ni está dispuesta a recibir a uno de los tantos periodistas afines, dispuestos a hacerle un reportaje a medida de sus deseos.

Como lo que quiere es tomar distancias de una administración con la que cada día tiene menos afinidad, las cartas son un expediente inmejorable para lograrlo: se asegura la tapa de todos los diarios y su tratamiento en los más diversos medios y, al mismo tiempo, no corre el riesgo de irse de boca por efecto de la improvisación.

Es cierto que carece del poder absoluto que sobre el peronismo acreditaba su fundador; que su carisma es infinitamente más pálido que el de aquél, y que nadie estaría dispuesto a dar la vida por ella. Sin embargo, y malgrado la estruendosa derrota sufrida por el Frente que todavía dirige -algo que ha reconocido sin tapujos-, su palabra no se halla devaluada como la del presidente. Basta que aparezca una carta suya para que no haya quién, en el mundillo político, se permita ignorarla.

A los efectos de revisitarla, hay que tener en cuenta el contexto en el que fue redactada y lanzada al público. En caso contrario sería imposible entender sus pormenores y descubrir aquello que sólo se comprende de manera acabada si somos capaces de leer entrelíneas. Por de pronto, no dejó lugar a dudas de cuál es su convicción respecto de las pasadas elecciones legislativas. Sobre el particular no se anduvo con vueltas de ninguna naturaleza y fue en extremo clara. Es evidente que la martingala presidencial de que perder significa no darse por vencido no la convenció en lo más mínimo.

Para ella sufrieron una derrota indiscutible. El segundo dato fundamental es que no perdió de vista cuál resulta el tema de esta hora y acerca del mismo, a través del texto dado a conocer, puso de manifiesto la base de su estrategia actual: no quedar comprometida con las decisiones que el Poder Ejecutivo tome en la negociación con el Fondo Monetario Internacional; pero tampoco ponerle a Martin Guzmán un palo en la rueda, que sería algo así como romper lanzas y escalar hasta límites inauditos la crisis presente.

La situación de Cristina Fernández no es la más cómoda, aunque dista de ser desesperada. De momento, ha conseguido hacerse a un lado en la cuestión más ríspida que tiene entre manos el gobierno -la lapicera es monopolio del Presidente de la Nación, escribió- tirándole el muerto, en una suerte de doble abrazo del oso, al hombre que ella eligió para ocupar el sillón de Rivadavia y a la principal fuerza opositora. Es como si les hubiese gritado en la cara: háganse cargo del fardo en razón de que los últimos nos endeudaron y el otro tiene la responsabilidad política derivada de su condición de jefe de Estado. Más allá de si sus argumentos resisten el análisis académico, está claro que ha abierto un compás de espera. Cuando haya acuerdo con el FMI -si acaso lo hay- volverá a alzar la voz para refrendarlo o condenarlo. Nadie podrá decir mientras tanto que le ha entorpecido el camino a la administración que ejerce el poder. A la par, nadie podrá decir tampoco que ha aceptado a libro cerrado cualquier arreglo respecto de la deuda soberana y el ajuste que se viene.

La vicepresidente está hoy más preocupada por las causas que la involucran junto a sus hijos que por cualquier otra cosa. En este orden, es que reservadamente ha tomado contacto en las últimas semanas, con referentes de peso, tanto de la oposición como de la judicatura, con el propósito -ciertamente difícil de llevar a la práctica- de sondear el ambiente y tratar de desenvolver un plan al que cabría definir como de borrón y cuenta nueva. Para decirlo en forma más clara: que ella y Mauricio Macri queden a cubierto de toda inclemencia judicial.

El viernes pasado tuvo razones para alegrarse, enterada de una decisión del Tribunal Oral Federal 5, la que descontaba. Dados los antecedentes de dos de los magistrados intervinientes, Daniel Obligado y Adrián Grunberg, lo raro hubiese sido un fallo de naturaleza contraria al emitido. Sucedió algo que estaba cantado y le significó a la viuda de Kirchner un triunfo parcial.

Ahora su suerte quedará en manos de la sala 1 de Casación Penal en donde cuenta, de antemano, con una jueza que le ha sido siempre fiel y que votará en su favor: Ana María Figueroa. En cuanto a los otros dos integrantes de ese tribunal, Daniel Petrone y Diego Barroetaveña, son independientes. Hora antes de que se conociera el fallo del TOF 5 -que sin haber realizado el juicio correspondiente sobreseyó a la vicepresidente del delito de lavado de dinero en el caso Hotesur y Los Sauces- los dos jueces mencionados, con la disidencia de Figueroa, rechazaron un pedido del abogado de Cristina Fernández que objetaba la elevación a juicio oral de esa causa. Parece difícil que cambien de opinión a esta altura.

En petit comité. la Señora califica a Alberto Fernández de inútil y teme que haga un desastre. Por eso es que desea estar lo más lejos posible del centro donde se toman las decisiones políticas. Si bien es consciente que no está en condiciones de despegarse del todo -porque no en balde es la segunda en la línea de sucesión y la jefa del Frente de Todos- prefiere hacer malabarismos y dar la impresión de que no se mete en los asuntos propios del Ejecutivo y, por lo tanto, no es responsable de los desaguisados que este produzca.

En concreto, el mayor temor de la Señora -fuera de los temas judiciales ya citados- es la deriva que lleva la economía. No hay que ser un especialista en la materia ni un experto en finanzas públicas para darse cuenta de que el eslabón más débil de la cadena gubernamental son las reservas. Si las de libre disponibilidad orillan los U$ 2500 MM o están debajo de la línea de flotación -dicho con lenguaje poco académico- no es tan importante como el hecho, innegable, de que así es imposible llegar a marzo del año próximo. Esa certeza, unida al escaso criterio de las autoridades del Banco Central y del Ministerio de Hacienda, han logrado llevar la desconfianza e incertidumbre ciudadanas a topes peligrosos.

La circular ordenada por Miguel Pesce que se conoció el viernes, sumada a la prohibición de la venta de paquetes turísticos en cuotas por parte de las agencias del ramo, lo único que generaron fue bronca de parte de la clase media -incapacitada de veranear fuera del país si no es apelando a esa modalidad instalada, entre nosotros, desde hace décadas- e inquietud acerca de los depósitos en dólares de lo particulares.

Tan cierto es que el lunes aquella institución bancaria debió lanzar un comunicado aclarando los tantos. Pero la duda ya estaba instalada -y con razón- en mucha gente. Su razonamiento es sencillo. Se basa en el pasado, o sea, en las experiencias recurrentes que a muchos les comieron sus ahorros, y reza así: ¿quién nos asegura que no echaran mano de esos depósitos? Nadie, en virtud de que el gobierno ha perdido toda credibilidad. Al margen de otro dato verificable: si hubiese reservas suficientes y la devaluación fuese sólo un run run echado a correr por los enemigos del régimen, que necesidad hay de repetir todos los días que no se tocará el tipo de cambio y que las reservas no hacen ruido.

Por más que tres reputados economistas proveniente de la oposición -Lucas Llach, Martín Tetaz y Hernán Lacunza- hayan salido a coro a proclamar el lunes que era un disparate pensar que los depósitos de los particulares peligraban -lo cual es verdad si nos atenemos a la teoría y a la práctica de los países civilizados- cada día hay más personas que desconfían de las razones técnicas. Da toda la impresión de que el kirchnerismo, en el laberinto en el que se halla metido, está raspando el fondo del tarro con una gillette.

No sabe más que inventar para cuidar las pocas reservas que le quedan. Riza el rizo respecto del cepo con el propósito de pasar de cualquier manera el verano. En medio del derrumbe de los bonos, la aguda desconfianza de los mercados, la pronunciada suba del riesgo país -arriba de los 1900 puntos- y las arcas semivacías del Banco Central, hay sobrados motivos para preocuparse.

Vicente Massot

Vicente Massot

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