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Viernes, 28 Enero 2022 13:30

Ya estalló; no conocemos aún su dimensión – Por Vicente Massot

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Si nos tomáramos el trabajo de hacer un resumen breve respecto de las crisis políticas, económicas y sociales que hemos debido sobrellevar en el último medio siglo, pronto saltarían a la vista -sin necesidad de ser un historiador, economista, sociólogo o estadístico de nota- cuatro fenómenos que sólo se han dado en nuestro país en términos de 1) su recurrencia, 2) su magnitud, 3) la incapacidad de hacerles frente aun cuando -recortadas, como estaban, en el horizonte- nunca nos tomaron de sorpresa y 4) la ineptitud que demostramos para extraer lecciones útiles de esas experiencias desgraciadas.

En ninguna nación del continente americano -por mucho que buscáramos- toparíamos en un lapso de apenas trece años con una hiperinflación como la que se abatió sobre la Argentina a finales del gobierno de Raúl Alfonsín, en 1989, seguida de un default de la deuda soberana del calado que tuvo la de 2001. Otro tanto cabría decir de distintos acontecimientos de parecida naturaleza que, sin solución de continuidad, han jalonado nuestro pasado reciente. 

Sólo quien habitara en la estratósfera podía ignorar a mediados de 1975 que, si la clase política no salía de su impotencia y la administración presidida por Isabel Perón no cambiaba la dirección de sus velas, el golpe militar era la salida que se iba a ensayar. Algo similar, en un contexto distinto, cabría afirmar de la situación vigente en el segundo semestre de l988. El plan económico del equipo liderado por Juan Sourrouille hacía agua por todos lados y se avecinaba una catástrofe de proporciones.

No todo estaba perdido a condición de que se asumiese la gravedad de la hora y se modificasen los lineamientos del programa, con arreglo al cual el radicalismo trataba de llegar a las elecciones que se substanciarían un año después. Por fin, está el default que a principios de siglo fuera anunciado con una dosis importante de improvisación por el presidente de turno y saludado de manera tumultuosa e irresponsable por la mayoría de los integrantes del Congreso Nacional.

Ninguno de los desmadres arriba señalados fue producto del azar. No hubo un repentino tsunami que, de la noche a la mañana, y sin decir agua va, se nos viniese encima. En una palabra, no hubo cisnes negros. En estas playas las crisis resultaron harto previsibles. Si notable fue la ceguera mostrada por nuestras clases dirigentes, inconcebible ha sido el hecho de que poco o nada hayamos aprendido luego de sufrir sus efectos.

Pues bien, transcurridos veinte años -poco más o menos- desde la última hecatombe de la cual fuimos espectadores y víctimas al propio tiempo, se está configurando otra tormenta perfecta. Y todo indica que, a semejanza de las precedentes, ésta también se abatirá sobre nosotros sin que resulte posible ponerse a cubierto de sus inclemencias con alguna anticipación. En esta oportunidad las razones que explican por qué las cosas se precipitarán, sin que nadie sea capaz de frenarlas, se reducen a dos: la tozudez e incompetencia del oficialismo y la falta de poder de la principal coalición opositora.

Si acaso el kirchnerismo tuviese los reflejos y la cintura política con base en los cuales obrar un giro que lo pusiera en una ruta distinta de la que decidió tomar en diciembre de 2019, cabría alentar esperanzas acerca de una salida de la crisis sin catástrofe de por medio. Pero es en vano creer que el populismo criollo sea capaz de darse cuenta de que por este ca- mino, se va a estrellar de manera inevitable.

Lo inconcebible de la situación actual es que el gobierno se empeña en reivindicar su relato a expensas de unos datos que no admiten discusión ninguna. Se podrá discutir hasta el hartazgo de quién es la responsabilidad de haber llegado a semejante grado de deterioro. Los que no admiten disenso son los índices económicos y socia- les que trasparentan la decadencia argentina. Insistir en políticas de antiguo fallidas y considerar que los resultados pueden esta vez ser diferentes, pone de manifiesto la contumacia en el error de la administración de Alberto Fernández. Si hace todo mal, el final de la historia ya lo conocemos.

Quienes acampan del otro lado de la colina y dicen prepararse para entrar en la Casa Rosada dentro de veinticuatro meses -confiados en que, salvo que ocurriese un milagro, el kirchnerismo perderá las próximas elecciones presidenciales- si bien acreditan un poder de fuego legislativo del que carecían antes de su triunfo en los comicios de medio término lleva- dos a cabo en el pasado mes de noviembre, de todas formas no tienen la suficiente musculatura como para ponerle freno al crecimiento de la crisis.

El abismo que separa a los dos bandos en pugna hace imposible que, en vísperas de una catástrofe anunciada, se sienten como personas civilizadas alrededor de una mesa y traten de consensuar políticas públicas de emergencia. Con un agravante indisimulable, que se halla a la vista para quien ponga atención: en tanto y en cuanto los dirigentes del Frente de Todos no se pongan de acuerdo entre ellos, cualquier diálogo con la oposición en el que pudiera pensarse se vuelve una cuestión abstracta. Y a lo dicho hay que sumarle todavía una nueva dificultad.

¿Como imaginar que los dirigentes de Juntos por el Cambio podrían sentarse a conversar con los representantes del oficialismo mientras estos respaldan públicamente a Milagro Sala, a Jonás Huala y planean un acto en contra de la Corte Suprema en Plaza Lavalle para el próximo 1º de febrero? El tema de la deuda es sólo uno de los muchos en los cuáles las posiciones de tirios y troyanos parecen irreconciliables.

La crisis estalló hace rato. Basta pasar revista a los índices económicos, financieros, educacionales, sociales, previsionales, sanitarios, institucionales y de corrupción que acusa la Argentina para darse cuenta de ello. Lo que nadie está en condiciones de adelantar es la dimensión que tendrá. Recién comienza y aún no hemos visto la peor parte.

Haya o no haya acuerdo de facilidades extendidas con el Fondo Monetario Internacional, las consecuencias del desaguisado nacional las sufriremos todos.

Algunos -claro- más que otros.

Vicente Massot

Vicente Massot

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