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Viernes, 11 Febrero 2022 12:06

El matrimonio de conveniencia no se divorciará - Por Vicente Massot

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Más allá de que nunca fue una de sus preocupaciones de cabecera y que -por lo tanto- nunca figuró en su lista de prioridades, el gobierno tomó conciencia de que, a esta altura del partido y dada la situación calamitosa que atraviesa el país, es tarde para forjar un plan de estabilización y ponerlo en marcha en consonancia con los requerimientos del Fondo Monetario Internacional.

Por de pronto, no hay tiempo para pegar un volantazo, cambiar la dirección de las velas, y atarse a un libreto económico que requeriría un respaldo dentro del Frente de Todos que hoy resulta poco menos que imposible de conseguir. Además de que el almanaque le juega en contra y no hay consenso suficiente para una jugada así, también es cierto que Fernández y Martín Guzmán nunca creyeron demasiado en la necesidad de dotar a su administración de un plan por el estilo. 

La hoja de ruta que se han fijado, e intentarán cumplir a rajatabla, se reduce a y se resume en una sola cuestión: llegar a las elecciones que se substanciarán en agosto y septiembre del año próximo con alguna posibilidad -por remota que fuese- de darle pelea a Juntos por el Cambio en la disputa presidencial. Imaginar otra cosa por parte de la Casa Rosada sería no entender sus limitaciones. De ahora en más deberá pelear contra sus opugnadores con notorias desventajas, y en esa lid las probabilidades de salir airoso rondan el cero. Eso lo saben -aunque no puedan decirlo en público- tanto el presidente y sus íntimos como la señora Cristina Kirchner y los suyos. Asumen que las chances de conservar el poder el año que viene son remotas, lo cual no quita que se hayan fijado algunas metas de mínima, que les permitirían mantenerse vivos: retener el dominio de la provincia de Buenos Aires y su hegemonía en la cámara alta del Congreso de la Nación. Todo cuanto hagan, de ahora en más, tendrá por objeto cumplir esos objetivos.

En atención al hecho de que el pesimismo es común a todas las facciones oficialistas, es difícil que las disidencias que han astillado la unidad del Frente de Todos escalen hasta hacerse insoportables y obren -en consecuencia- una ruptura abierta y sonora entre los maximalistas que responden a la vicepresidente y los minimalistas que forman detrás de Alberto Fernández. Lo que hay en juego es demasiado serio como para rifarlo por disputas internas. Aun dando por sentado que, de cara al acuerdo con el Fondo, exista un abismo en las posiciones que sostienen el jefe del Estado y el hijo de Néstor y Cristina, la renuncia de éste a presidir el bloque de diputados no desembocará en una guerra sin cuartel.

Si ello ocurriese sería la crónica de una muerte anunciada para los dos bandos. A semejanza de lo que sucedió inmediatamente después de la derrota sufrida en los comicios legislativos del año pasado, la sangre no llegará al rio. Entonces pareció que la carta pública de la viuda de Kirchner y el feroz ataque que sufrió el presidente, acribillado por fuego amigo, era el principio del fin para el gobierno. Pero, si bien desde entonces nada fue igual en el seno del Frente oficialista, ninguno de los contendientes quiso redoblar la apuesta. Sabían que en caso de subir el tono de la riña se acercarían peligrosamente al precipicio que los devoraría.

La frase de que no los une el amor sino el espanto es la que mejor gráfica la relación de dos banderías opuestas en términos de sus compromisos ideológicos que -sin embargo- están obligadas a una cohabitación tóxica e imprescindible al propio tiempo. El kirchnerismo luce quebrado, aunque no llegará a romperse, cuando menos hasta conocer el resultado de la compulsa electoral de 2023. Podrán haber zancadillas, insultos, golpes bajos, gestos histéricos, amenazas de deserciones, faltas de respeto y descalificaciones al por mayor. No obstante, lo cual -e inclusive a disgusto, en muchos casos- ninguno hará rancho aparte. En petit comité, los Kirchner dicen incendios del personaje que la Señora eligió para presidir el país y, a su vez, en Olivos, este último no tolera ni a la madre ni al hijo. Con todo, están dispuestos a salvar un matrimonio claramente de compromiso.

Los esfuerzos que hace el presidente de la República para dar la impresión de que entre las dos capillas ideológicas los roces son accidentales, se compadecen mal con los desplantes de Cristina Fernández y ahora de su hijo. Recién llegado del singular viaje que lo llevó a Rusia, China y Barbados, el jefe del Estado confesó que había hablado en buenos términos con la Señora y ratificó que, en última instancia, él era el que tomaba las decisiones. La suya fue una jugada pensada con el propósito de ratificar que la unidad peronista no estaba en tela de juicio. Por más que existiesen posturas contrapuestas -expresó- no dudaba de que el acuerdo con el Fondo sería respaldado por los bloques mayoritarios. La viuda de Kirchner mantuvo la boca cerrada y otro tanto hizo su hijo; en estos momentos, analizan con cuidado qué perfil adoptar de cara a la discusión que se ha abierto en el Frente del que forman parte. Llegados a esta instancia, conocidas que son las reservas que mantiene la Señora y con el portazo que dio Máximo, el camporismo debe decidir qué hacer en la crucial votación que tendrá lugar en las dos cámaras del Congreso Nacional.

Al día de hoy, lo que ha decidido la bancada de La Cámpora y los incondicionales de Máximo es que no van a militar en contra del gobierno y -ni por asomo- sumarían sus votos a los de la principal fuerza opositora, en el hipotético caso de que ésta decidiese no convalidar aquel acuerdo. Falta conocer puntos esenciales del borrador que han garabateado los responsables del staff del FMI junto al ministro de Economía argentino y su equipo. Es de sobra conocido que, a las apuradas, la administración populista hizo un anuncio incompleto respecto de la negociación en marcha. Voceó a los cuatro vientos algo que sólo era una verdad a medias. Se había avanzado mucho, es cierto, pero hay todavía un trecho que recorrer. Kristalina Georgieva y Martin Guzmán pueden haber coincidido en un programa que nadie -fuera de ellos- conoce en detalle. Y precisamente por eso es que el asunto no está cerrado, ni mucho menos.

De una manera o de otra el acuerdo con el FMI llegará a buen puerto y, a la par, los problemas más graves que nos aquejan -la inseguridad, la inflación, la pobreza, el auge del narcotráfico y tantos otros- y todas las reformas necesarias en materia previsional, fiscal, laboral e impositiva, seguirán vigentes sin solución a la vista. Es esta la razón en virtud de la cual hay que ser realistas en el análisis de la situación. A igualdad de lo acontecido con el corte que se le dio a la deuda que mantenía el país con los bonistas, este acuerdo con el principal organismo del mundo no solucionará ninguna de las asignaturas pendientes de la Argentina.

Seamos honestos: al día siguiente todo seguirá igual y en ello residen las dificultades del oficialismo para ser competitivo el año que viene. Cumplir con las exigencias del Fondo no será fácil y a ello deberá sumársele una inflación que se devorará toda mejora que las medidas populistas se empeñen por dar a los votantes. Con tal aumento en el costo de vida de la gente, para el kirchnerismo será una tarea digna de Hércules retener la presidencia.

Vicente Massot

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