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Miércoles, 16 Marzo 2022 11:21

Cristina, la insinuadora - Por Pablo Mendelevich

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La filosa lengua de Winston Churchill dejó una colección de frases memorables, una de las cuales atañe a nuestro país: “Perón fue el único soldado que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus iglesias”.

Churchill se inspiró en dos sucesos que tuvieron lugar en 1955, durante el ocaso de Perón, cuando el general escaló una feroz “guerra” con la Iglesia católica en simultaneidad con el giro que traía la política económica en lo referido al capital extranjero. La quema de las iglesias, en la misma noche del 16 de junio de 1955 después de que aviones de la Marina que llevaban el signo de “Cristo vence” bombarderon Plaza de Mayo y mataron a centenares de personas, es bien conocida. La quema de la bandera, en cambio, está más olvidada. Y quizás viene a cuento de lo que acaba de suceder con las pedradas que rompieron los vidrios del despacho de Cristina Kirchner y, más que nada, con su reacción. 

Perón había prohibido a comienzos de junio de 1955 la celebración de Corpus Christi y la tradicional procesión que se realizaba alrededor de la Plaza de Mayo, pero el arzobispado decidió convocarla igual “dentro” de la Catedral, en cuyas adyacencias se dio cita una muchedumbre. Alrededor de doscientos mil personas, se estimó en la época. Al terminar la misa arrancó la procesión, en rigor la marcha: un acto político abierto. Hubo una crucial parada frente al Congreso y todo finalizó, en apariencia sin incidentes, con la dispersión en el centro de la ciudad. Pero al día siguiente los diarios peronistas (que incluían a La Prensa, expropiado por Perón) denunció un grave suceso: “¡Traidores a la Patria quemaron la bandera argentina!”. La versión decía que los manifestantes habían arriado la bandera que flameaba sobre el Congreso, le habían prendido fuego y en el mástil habían puesto la insignia del Vaticano.

Por la noche, el ministro del Interior Ángel Borlenghi dio una conferencia de prensa para mostrar los restos de la bandera quemada. Los católicos replicaron que la bandera había sido quemada por la policía para desprestigiar la marcha de Corpus Christi. Luego se demostró (todavía bajo el gobierno peronista) que efectivamente la bandera había sido quemada por orden del jefe de policía en una comisaría. Alberto Teisaire, según el peronismo el primer vicepresidente traidor, después de la caída declararía que el propio Perón había sido el autor de la idea y, por cierto, de la orden.

A la luz de aquel episodio de hace 67 años la certeza expresada en el segundo video de Cristina Kirchner de que “alguien planificó y mandó a ejecutar” el ataque contra su despacho adquiere una resonancia especial. En efecto, a los episodios políticos extraños muchas veces alguien los planifica. Incluso el planificador, se ve, puede llegar a ser una majestuosa autoridad. ¿A qué “alguien” se quiso referir? ¿En quién estaba pensando la vicepresidenta mientras se deslizaba hacia la oposición subvirtiendo todo el tablero político y poniendo patas para arriba el diseño constitucional?

Ella, que batió récords de locuacidad, desparramó incontinencias diarias por cadena, habló del yacón, del amaranto, de los camélidos, los triglicéridos, la menopausia, las propiedades afrodisíacas del chancho, explicó por qué no hay que ahorrar en dólares, por qué la diabetes es una enfermedad de alto poder adquisitivo y contó cómo lloró el día que perdió Luder, se encuentra ahora en un período no digamos lacónico pero sí misterioso, enigmático. Cultiva el arte de las medias palabras, no exento de las proverbiales odas a su difunto esposo y las diatribas al FMI y por supuesto a Macri, pero lo suficientemente inacabado para evitar, sabrá ella por qué, cualquier pronunciamiento taxativo sobre las cosas importantes.

En cartas, tuits, videos, purga una maledicencia de conventillo, eso sí, de buena factura cinematográfica, cuando toca. Insinuaciones expresadas con una mano apoyada a cuarenta y cinco grados sobre la boca, claro que referidas al piso más alto de la vida institucional del país. Sean sobre el descarrío del presidente que ella inventó, su postura hiperbólica frente al acuerdo con el FMI o la guerra de Ucrania a la que nunca le dijo guerra. Apedreado su despacho repite el estilo: cual profeta que se posa por encima del bien y del mal, la tarea de descifrar lo que cree, lo que piensa, lo que sabe, será de la feligresía. Que se arreglen. El misterio sistemático, debe calcular, es afluente de la centralidad.

A diferencia del episodio de la bandera quemada por la policía de Perón para imputarles sentimiento apátrida a los opositores, el episodio de las piedras contra las ventanas vicepresidenciales, en el supuesto de que hubiera tenido ese objetivo exclusivo, no exhibe un sentido político claro. Es que ella y los manifestantes están del mismo lado, en contra del acuerdo con el FMI, dice el primer video, “paradójicamente o intencionalmente”. Se confirma que la autora del libro Sinceramente simpatiza con los adverbios de modo terminados en mente, pero no queda muy claro en qué lugar de su escala coloca a los que le rompieron los vidrios.

A su entender no son delincuentes, terroristas ni vándalos, ni siquiera sujetos violentos, les dice manifestantes, un sustantivo amable que se usa para describir a las personas que participan de una manifestación. Ella, que como víctima se atribuye el monopolio de los daños pese a que las ventanas vecinas también fueron objeto de bombas de pintura y de piedrazos, no hace foco en los “manifestantes” de las piedras, sólo se agita por los ideólogos de quienes consumaron el “atentado”. ¿Pero cómo un atentado puede estar hecho por vulgares manifestantes? Aparece aquí el nudo de la cuestión. Nudo con historia.

Porque a la salida del 2001 los Kirchner fueron los artífices de la política que disolvió la diferencia entre represión y represión ilegal y santificó la llamada protesta social, asociándola con el reclamo justo. En la concepción según la cual las manifestaciones constituyen una forma paradigmática del derecho constitucional de expresarse y peticionar ante las autoridades la doctrina K coló legitimidad para cortar calles, rutas, puentes internacionales, quemar gomas, hacer barricadas, tirar piedras, mientras restringió las potestades de los agentes del Estado para garantizar el orden. El aspecto más rotundo fue aquella prohibición de los agentes de portar armas de fuego, sustentada en los antecedentes de activistas muertos por policías (incluso fusilados, como los casos de Kosteki y Santillán), arquetipos comprobados de desestabilización gubernamental.

Al final todo quedó en una zona jurídica gris librada al gusto del juez de turno. Lo cual pudo tener una justificación después del colapso nacional, en los comienzos de la era kirchnerista, el problema es que pasaron 19 años y sigue en boga. Casualmente un día antes de que le llovieron piedras al ala sur del frente del Congreso y agentes policiales fueron incendiados con Molotov, la Cámara Federal confirmó buena parte de los procesamientos por la apedreada anterior, considerablemente más intensa, la del 18 de octubre de 2017. Fue en la recordada semana de las catorce toneladas de piedras, cuando Diputados trataba el cambio de fórmula para calcular las jubilaciones y pensiones.

El título de la noticia es que la Cámara confirmó la mayoría de los procesamientos. Pero resulta que no fue por unanimidad. Como lo reveló Daniel Santoro en Clarín, uno de los tres jueces votó por los sobreseimientos con el argumento de que arrojarle una piedra a un policía que reprime no es delito y culpó a las autoridades por los heridos y los destrozos. El juez se llama Roberto Boico. Sí, antes de llegar a camarista era abogado de Cristina Kirchner.

Los fundamentos del voto en minoría de Boico dedican loas a la protesta social (quienes protestan “alzan la voz reclamando sus demandas con dolor”) y dice que las autoridades administrativas, alusión a la entonces ministra de Seguridad Patricia Bullrich, “prefirieron exponer a los agentes policiales y a la ciudadanía en general a la violencia directa de un grupo reducido de personas”.

Es cierto que en general en las grandes concentraciones predominan los manifestantes pacíficos, entre los cuales muchas veces hay grupos violentos agazapados que desatan las espirales de violencia. Pero no en todos los casos puede demostrarse que esos grupos quedan fuera de control de los organizadores de la protesta. ¿Alguien los instrumenta? ¿Son autónomos? En el ataque con bombas Molotov al edificio de Clarín de noviembre último, si bien no se trató de violentos desgajados de una manifestación sino de nueve jóvenes mancomunados un domingo por la noche, la Justicia sigue sosteniendo la hipótesis de que fue un grupo anarquista (uno de los atacantes ya está enviado a juicio oral). De confirmarse el anarquismo se demostraría que la oferta violenta es variopinta y que los objetivos confluyentes de los violentos pueden llevar a conclusiones equivocadas. Todo es, parecería, menos lineal: ni la única ventana apedreada el viernes pasado fue la de Cristina Kirchner ni todos los sospechosos del apedreamiento tendrían por qué restringirse al universo de la interna oficialista.

Sucede que la hipótesis internista apareció reforzada por el celo con el que se midieron las condenas políticas del hecho, al que sería más apropiado llamar apedreamiento de ventanas del Congreso que, como tergiversó el camporista Andrés Larroque, “destrucción aviesa” del despacho de Cristina Kirchner. Larroque puso el dedo en la llaga al quejarse de la reacción del Presidente, cuya demora para hacer una condena pública sólo puede atribuirse a la desconfianza que a él también -o a él en primer término- debió producirle la filmación digna de Netflix del “atentado” en tiempo real.

El hecho de que la vicepresidenta se haya sentido en la necesidad de despachar un segundo video dedicado a demostrar que el primero no era, como miles de personas expresaron en las redes sociales, una puesta en escena habla de una denunciante débil, no sólo poco convincente.

Quién sabe si no viene una nueva temporada que explique, por ejemplo, por qué los rápidos reflejos del arrojado equipo vicepresidencial sirvieron para instalar un celular que filme, como se cuenta en el capítulo dos, y no para improvisar un escudo mediante un libro grande (por ejemplo, el de Evita) y cerrar las persianas.

Pablo Mendelevich

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