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Miércoles, 16 Marzo 2022 11:25

Danza de abalorios - Por Carlos Berro Madero

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La guerra entre Rusia y Ucrania ha desatado el espanto en casi toda la comunidad internacional, por lo virulenta, imprevista y cambiante, dejando a todo el mundo haciendo cálculos sobre cómo preparar un futuro al que habrá que adaptarse sin manuales previos de funcionamiento.

Una gran mayoría de la humanidad se pregunta cuáles serán los cambios que generará la misma dentro del orden establecido, centrándose por el momento mucho más en imaginar el destino final, que en prestar atención a la rapidez del viaje que nos conducirá a él. 

Decía Alvin Toffler en los 70, que es fundamental tener una imagen clara de un futuro que puede dar valiosas perspectivas sobre el presente y obliga a “alinearse” de manera diferente a los diversos actores -activos o pasivos-, del mismo.

Frente al nuevo escenario de guerra focalizada (por ahora), la danza de versiones de quienes creen que quedarse en silencio es algo inexcusable, inundan los medios audiovisuales, careciendo muchas veces de rigurosidad y exactitud, sumando más confusión a los hechos que afectan al individuo del común: a) por percibir que puede estar gestándose algo peligroso para él a mediano plazo; b) de qué modo interpretar opiniones que “huelen” sospechosamente a ciertos intereses particulares.

Esto mueve a algunas sociedades más débiles, como la nuestra, a adoptar estrategias equivocadas, agregando un factor de riesgo adicional, favoreciendo a especuladores siempre prestos a sacar ventajas de cualquier perplejidad social.

Éstos saben bien que deben actuar rápidamente para aumentar sus chances de obtener dichas ventajas, apoyándose en el refrán popular que dice: “antes de la hora no es todavía la hora; después de la hora ya no es más la hora: la hora, es la hora”.

Nuestros políticos, estudian así de qué manera pueden obtener “inmunidad” contra el fastidio que la sociedad comienza a demostrar por su precariedad moral e intelectual, y se esconden en una cueva donde tejen sus contubernios para perpetuarse en el poder más allá de lo que suceda con Putin y Zeldensky.

Cuentan a su favor con que muchas personas se muestran abrumadas por la guerra desatada y sus consecuencias inevitables, lanzándose a una verdadera estampida (en muchos casos bastante irracional), para guarecerse de hechos que podrían reorientar radicalmente su vida.

En efecto, los sucesos temporales en curso afectarán sin duda la esencia de lo conocido, y a los argentinos nos toca enfrentarlos en momentos en que nos hallamos otra vez a las puertas de un infierno cuyas llamas nos atraen en forma inexplicable: entrar o no en un nuevo default respecto de nuestra deuda pública con el FMI.

Este tema, con sus dimes y diretes, ha sido el escenario en el que se regodearon todos por igual: unos apelando a la razonabilidad de aprobar un acuerdo “porque la patria está en peligro”, y otros oponiéndose, para aprovechar la eventual ventaja que podría otorgarles el convertirse en paladines de la “soberanía popular”, haciendo gala de una falsa autenticidad.

Un acuerdo que los principales expertos en economía del mundo entero saben de antemano que la Argentina no podrá cumplir.

En ese sentido, resultó tragicómico -por la inoportunidad-, el abrazo que “los Fernández” celebraron con Putin y Xi Ping a

través del presidente “delegado” Alberto hace pocos días, quien los llenó de elogios en nombre del pueblo argentino, usando frases melosas e infantiles.

Nuestra opinión: el peronismo ha dado sobradas pruebas de tener una mentalidad antojadiza que nos ha impedido crecer y mantener un sitial –aunque fuese modesto-, en la mesa de “los grandes” que sostienen los valores de la democracia republicana en el mundo. No la del tragicómico señor Putin, un autócrata tenebroso cuya escasa estatura física hace juego a la perfección con ideas que son producto de una vida oscura, digna de figurar en alguna saga novelesca.

Por lo tanto, si no enterramos en un galpón para trastos viejos los símbolos que caracterizan a un movimiento camaleónico y trasnochado, nos convertiremos en parias internacionales para siempre.

Hoy, más que nunca, se siente el “tic-tac” de un reloj que no detiene su marcha.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

Carlos Berro Madero

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