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Viernes, 22 Abril 2022 10:11

Indecisión, inflación, disgregación y vacío - Por Jorge Raventos

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Tras la Semana Santa se ha iniciado para la Casa Rosada un período de definiciones impostergables. Desde el momento en que quedó constatado sin temor a equívocos que el sector que se referencia en la vicepresidenta se ha sublevado contra el rumbo que, mal que bien, el gobierno adoptó al consumar el acuerdo con el FMI, el abanico de respaldos que sostiene a Alberto Fernández le reclamó al Presidente actos de autoridad que pongan en caja la indisciplina.

Fernández, un experto en diferimientos, ha venido esquivando esa presión con distintas excusas, pero esa actitud conciliadora, lejos de ser retribuida por el cristino-camporismo, fue cascoteada con actitudes más desafiantes. 

"La otra mejilla"

La propia vice intervino en ese coro con su discurso ante la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana, en un espacio -el Centro Kirchner- copado por militantes de su tendencia, que la ovacionaron como solían hacerlo en el Patio de las Palmeras. "Que te pongan una banda y te den el bastón un poquito es importante pero no todo el poder, créanme, créanme, créanme, lo digo por experiencia... Ni te cuento si además no se hacen las cosas que hay que hacer...", lanzó la señora con un destinatario inconfundible.

Los amigos de Fernández están más que fastidiados: "Alberto está dando mucho más que la otra mejilla -resume uno de ellos-; está permitiendo que le destruyan lo que queda de autoridad para intentar reconstruir el poder político".

El ministro de Economía, Martín Guzmán, es el segundo blanco elegido por los rebeldes, que lo ven como el nexo entre Fernández y el Fondo y por eso aspiran a voltearlo. Ha sufrido la desobediencia del subsecretario de Energía, Federico Basualdo, a quien le pidió sin éxito la renuncia, y las críticas abiertas del secretario de Comercio, Roberto Feletti, que le endosó a su superior su propio fracaso en el manejo de la inflación.

La reacción de Guzmán a principios de la semana anterior pareció insinuar un cambio de actitud de la Rosada: "Seguiremos con aquellos que estén alineados con el plan", se despachó el ministro con una frase que -vox populi- fue dictada por el Presidente.

¿Era una amenaza de purga en las filas del gobierno? Con Fernández siempre conviene no anticiparse, porque se sabe que, para él, como para Zenón de Elea, el espacio es infinitamente divisible, por lo que para llegar de un punto a otro puede haber innumerables estaciones.

"Es la política"

El círculo más estrecho del albertismo acompaña resignadamente las dudas hamletianas del Presidente. Quisieran que él "se ponga los pantalones" pero todavía admiten que hay espacio para evitar una ruptura con el sector K. Por ejemplo: quizás no es preciso echar a los desobedientes, quizás alcanza con ignorarlos o pedirles que "no estorben", como hizo el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, vocero de hecho de la Presidencia.

Alberto Fernández parece inclinado a ese procedimiento y obtiene logros parciales. El secretario de Energía, Darío Martínez, se allanó a convocar a las audiencias públicas necesarias para encarar los aumentos de tarifas previstos en el plan. Martínez formó parte de los retobados -había cuestionado públicamente los riesgos de escasez de gas para producir electricidad- pero este gesto lo mostró dispuesto a "no estorbar". Basualdo, por su lado, sigue pataleando contra los incrementos que se prevén en las tarifas. ¿Uno seguirá en su lugar y el otro se irá? ¿O no se irá nadie?

El tema de las tarifas no sólo incide sobre la inflación -que, con 6,7 por ciento de incremento en marzo es el foco central de las preocupaciones-, sino en una cuestión de mayor alcance: la perspectiva de que la producción nacional se vea paralizada por carencia de energía. El gobierno cordobés ya ha alzado la voz de alarma haciéndose eco de la preocupación de los productores de esa provincia, que han sido advertidos de ese riesgo por sus proveedores habituales.

Precios en ascenso y producción en declive son factores que anuncian problemas. "Esto se va a poner feo", amenazó el cristinista Feletti.

Fernández y sus colaboradores más incondicionales parecen convencidos de que pueden avanzar en las cuestiones más acuciantes (la inflación, ante todo) apostando a una mejora en la gestión. El anuncio que hicieron juntos el ministro de Economía y el Presidente (mejoras en los ingresos de jubilados, desocupados, monotributistas) apunta en esa dirección: recuperar espacio con medidas de gobierno.

Pero la inflación, que saltó considerablemente de marzo a abril, no parece tanto un tema de gestión como uno de confianza (si se quiere, de desconfianza). Los economistas más reconocidos por el establishment admiten que Guzmán ha contenido significativamente tanto el déficit fiscal como la emisión, es decir lo que habitualmente se señala como causas principales del fenómeno, y sin embargo la inflación ha crecido y sigue haciéndolo.

En el caso argentino no se aplica aquella frase de Bill Clinton dirigida a su antecesor y competidor electoral, George W. Bush ("Es la economía estúpido"), sino más bien "es la política", "es la desconfianza política". El centro de esa desconfianza reside precisamente en el vaciamiento de la autoridad presidencial y en la ostensible (y extendida) dificultad de Fernández para poner orden en su gobierno, al que llegó apalancado por la señora de Kirchner. Fernández no leyó (u olvidó) a Goethe: "Lo que te ha sido dado, conquístalo para poseerlo".

La disgregación

El núcleo que rechaza el acuerdo con el Fondo -una política que contó con respaldo de la mayoría de las fuerzas políticas- es partidario del "cuanto peor, mejor": aspira a que el rumbo que insinúa el acuerdo con el FMI fracase más temprano que tarde, con la expectativa de provocar cambios en el gobierno que permitan cumplir con los cantos que se escucharon en el CCK subrayando el discurso de la señora de Kirchner: "Vamos a volver".

El riesgo de ese retorno es de baja probabilidad. Lo que no lo es que se afirme la situación de ingobernabilidad subrayada por el esmerilamiento de la autoridad presidencial y la falta de reacción del gobierno.

En rigor, se asiste a una desintegración del poder político que, tanto en sus expresiones oficialistas como en sus manifestaciones opositoras, no consiguen soldar un núcleo que exhiba ante la sociedad musculatura y eficiencia para sostener una prueba de largo alcance.

Los montoncitos de poder dispersos entre líneas, facciones, candidaturas y ornitologías varias abonan con su impotencia la insatisfacción social y, como consecuencia, la prédica de la antipolítica, que refleja una decepción de buena parte de la sociedad que atraviesa posicionamientos ideológicos.

Entre la desconfianza y la convergencia

La batalla iniciada por el núcleo K contra la Corte Suprema suma a esa dispersión y ha provocado repercusiones sobre el mismo oficialismo. Aunque muchos comentaristas eligen remarcar que la división del bloque de senadores del Frente de Todos fue "una picardía de la vicepresidenta" destinada a apropiarse de un asiento en el Consejo de la Magistratura birlándoselo a Juntos por el Cambio, lo cierto es que esa maniobra fue un movimiento de repliegue del kirchnerismo, que pasó de enfrentar la decisión de la Corte referida al Consejo a acatarla.

Ese repliegue respondió a que ni los gobernadores ni el Presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, estaban dispuestos a acompañar una guerra contra la Corte o una desobediencia a sus fallos (así todos tuvieran objeciones sobre la movida de los Altos Jueces).

El Jefe de Gabinete, Juan Manzur, lo explicó con suficiente claridad:

"La decisión que tomó nuestro bloque dentro del Senado de la Nación está dentro de los parámetros legales en los cuales está permitido este tipo de accionar. Tiene que ver con una decisión del máximo tribunal de avanzar en un fallo en el cual no estamos de acuerdo, por eso la decisión correcta de nuestro bloque de avanzar en el marco de esta decisión que se ha tomado", dijo el tucumano. "En el marco de esta decisión", supone el acatamiento del "fallo en el cual no estamos de acuerdo".

Massa se ocupó personalmente de desmarcarse de las desobediencias al aceptar como representante del Cuerpo designada ante el Consejo a una diputada de la oposición.

La picardía de CFK, para considerarse exitosa, tendrá que pasar el cedazo de la Corte Suprema, ya que el tema -como tantos otros- se ha judicializado y terminará en el tribunal superior.

Este tironeo, que seguirá apasionando a cierta prensa más interesada en el vodevil que en la política, es otra muestra de disgregación y si en algo influye sobre la inflación que preocupa a la mayoría de los argentinos es en que la estimula.

Hay otros sectores -realistas y moderados, parte de distintas fuerzas- que empiezan a tejer redes de convergencia, preocupados por la centrifugación. Tienen una tarea prometedora entre manos: el poder político necesita ser reconstruido y ese es un objetivo que excede a las facciones o coaliciones individuales.

El gobierno, que no termina de comprender que su fragilidad reside en la desconfianza y la anemia del poder presidencial, tendrá que sostenerse tomando decisiones, aunque las postergue, o será víctima de ese vacío, como advirtió la señora de Kirchner, "si no se hacen las cosas que hay que hacer".

Jorge Raventos

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