Domingo, 12 Junio 2016 07:14

El segundo semestre, ese horizonte todavía lejano

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Mauricio Macri acaba de cumplir seis meses de gestión. Ingresa en el segundo semestre tan mentado casi como el de la panacea universal, que hasta encumbrados miembros de su staff ponen ahora entre signos de interrogación.

Gabriela Michetti mandó directamente esas expectativas a un punto no precisado de 2017, y Marcos Peña anotició a propios y extraños que el objetivo de "pobreza cero" de la campaña electoral pasada por ahí es más un slogan que un objetivo que alguna vez se podrá palpar y disfrutar.

Encima el zarandeado ministro de Energía desoye los ruegos del presidente y avisa que el año que viene también habrá aumentos de tarifas de los servicios públicos. Las encuestas muestran que la gente todavía acompaña, pero hay observadores que advierten que si no hay paliativos urgentes y concretos para los que sufren el ajuste, la paciencia podría comenzar a escasear. Un condimento del que se agarran los cristinistas para alimentar un escenario de saqueos y rebeliones callejeras.

Macri los tiene bien identificados aunque por ahora ha hecho una mención pública más bien genérica. “No escuchen a los que quieren que nos vaya muy mal, no les hagan caso a los que andan metiendo miedo”, los denunció el viernes desde Yapeyú.

Cabría ensayar, con todo, en un necesario balance de este primer semestre, un panorama más general. Puede decirse que el gobierno ha mostrado, antes que ninguna otra cosa, los trazos finos y gruesos, no siempre felices, de un aprendizaje. Que ha mezclado algunos éxitos y sonados fracasos propios de la experiencia de encontrarse con que gobernar la Nación no es gobernar un distrito tradicionalmente amigable y económicamente pudiente como la Capital.

Entre los rasgos salientes de estos seis meses hay uno que destaca, aunque no alcance a tapar las asignaturas pendientes. El presidente mostró, al revés de su antecesora, que la negociación es una buena parte del éxito de la política. Algunos lo llaman el toma y daca, y no está mal ni descubren la pólvora.

Los tijeretazos que sufrió el proyecto original de ayuda a los jubilados y blanqueo de capitales es todo un ejemplo. Y una enseñanza: se acabó la escribanía automática en la que el Ejecutivo enviaba las leyes con la orden de no tocarles ni una coma.

Ha sido también, no debiera perderse de vista, producto de las herejías a que debió someterse un gobierno sin mayorías propias en ninguna de las dos cámaras. Y obligado por lo tanto a negociar con la oposición, que la mayoría de las veces se ha traducido simplemente en conceder para poder avanzar. El tejido de alianzas ha sido constante en estos meses, con sus mas y sus menos. Hasta puede que haya por ahí alguna agachada indecorosa que contabilizar. Pero el resultado muchas veces es lo que interesa en última instancia.

El dato no es menor. El presidente se encamina a obtener en el Congreso, con notorios cambios, se insiste, la que tal vez se convierta en la medida más positiva y contundente no sólo de esos seis meses sino de sus cuatro años de gestión, como la ley de reparación histórica para los jubilados con sentencia firme.

No es menos cierto en ese cuadro que el presidente supo sacar partido de la necesidad de sus adversarios. Y que no le tembló el ánimo para sentarse con gobernadores e intendentes peronistas y hasta con algunos que siguen haciendo profesión de fe ultracristinista que no son justamente los que andan pregonando cataclismos sociales inminentes entre sus vecinos y punteros barriales.

Los gobernadores vinieron al pie de Macri por un sola y sencilla razón: la plata. Se ha dicho y repetido que los mandatarios provinciales sólo responden a una primaria necesidad, que es cerrar sus propios presupuestos. Y dónde hacerlo sino delante de quien hoy es el dueño de la caja y la chequera.

Un capítulo de ese necesario aprendizaje sobre la marcha que debió hacer Macri se lo lleva por sí solo Sergio Massa. El presidente fue y vino en su relación con el tigrense, quien a su vez actuó y a veces sobreactuó su rol en la escena política. El gobierno vio en Massa un enemigo a vencer en las elecciones de 2017, y Massa por momentos oscilo entre aquel político garantista de la gobernabilidad y el que amenazaba con volver a las fuentes del peronismo tradicional.

Finalmente Massa fue uno de los factores claves delante del cual Macri terminó cediendo en algunas de las reformas más relevantes a la ley que ayudara a pagarle a los jubilados. Otras, como la marcha atrás del gobierno con la negativa a eximir del medio aguinaldo el pago del Impuesto a las Ganancias es un éxito del líder del Frente Renovador. Y a la vez una muestra más de las incoherencias en que suele caer el macrismo.

Las negociaciones para corregir el proyecto que encabezó Emilio Monzó dejaron pagando a Peña y a Alfonso Prat Gay, que a la misma hora negaban con énfasis que el gobierno tuviera entre sus planes eliminar esa carga.

Hay que reconocer que el gobierno ha mostrado en este medio año la capacidad casi inédita en estas playas de ser capaz de avanzar y retroceder. De reconocer errores y enmendarlos. Aunque en el debe habría que achacar muchas veces impericia y falta de cálculo de los responsables de algunos malestares sociales, en especial en el tema de los fuertes tarifazos. A menos que se crea que hay estrategas iluminados que creen que es bueno el error para después mostrar la sabiduría de enmendar. Algo de eso hubo, dicen, en laboratorios del Pro.

Lo único razonable es que el gobierno se equivocó y volvió sin ruborizarse. Mal parece no haberle ido, como sostienen algunos sociólogos y ensayistas. La sociedad seguiría convencida de que es mejor esto, y la convicción de que hay una luz al final del túnel, que lo anterior. 

Eugenio Paillet

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