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Domingo, 26 Junio 2016 23:48

La ¿santa? trinidad macrista

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Desde diciembre de 1983 hasta la fecha la dirigencia política democrática argentina no dejó de empequeñecerse y de encerrarse en sí misma. De élite representativa de toda la población se fue transformando en una clase o casta defensora sólo de ciertos intereses económicos, para devenir finalmente una corporación más, mera representante de los privilegios de sus miembros y de nada exterior a sí misma.

 

Por eso hoy es muy difícil la renovación de la dirigencia política, como fácil lo fuera en 1983, porque no tiene bases sociales donde apoyarse.

 

En 1983, una ciudadanía movilizada de varios millones de personas, conformaron el gigantesco reservorio desde el cual se fueron recolectando los nuevos cuadros políticos de la democracia recuperada.

 

Nunca, como en aquellos años, hubo un nivel tan alto de politización en la sociedad, pero lamentablemente a los pocos años eso comenzó a disminuir porque las nuevas élites no pudieron dar respuesta plena a los requerimientos sociales y el escepticismo fue cundiendo en la población.

 

Con la crisis de fines de los 80 las grandes corporaciones, contra las cuales el radicalismo y el peronismo renovados venían a imponer el equilibrio del liderazgo democrático, socavaron el piso de la novedad.

 

El pacto militar sindical que Alfonsín denunció previo a asumir se demostró activísimo y a él se le sumaron los empresarios de la patria contratista que quisieron hacerse con el poder. Unos lo lograron y otros no, pero entre todos desbancaron al primer y hasta hoy único intento de poner a la política por encima de las corporaciones.

 

En los 90 ya no tuvimos más políticos plenos sino, en el mejor de los casos, gerentes o técnicos sin capacidad de liderazgo y, en el peor, testaferros de los intereses económicos.

 

El ejemplo fundacional de esa nueva era fue el intento de Carlos Menem de entregar la conducción económica del país a una multinacional argentina, Bunge y Born, que jamás tuvo la menor idea de qué hacer con la nación.

 

Entonces, ante la incapacidad de los empresarios para traducir en poder político su poder económico, los políticos le hicieron ese servicio y se transformaron en meros testaferros de dichos empresarios, que multiplicaron sus riquezas a cambio de aportar poco o nada al país.

 

Todo esto terminó con la nueva crisis, la de 2001-2.

 

A partir de entonces, y luego del breve interregno duhaldista que se ocupó de hacer los trabajos sucios, asumió -gracias a él- Néstor Kirchner como Juan Manuel de Rosas con la suma del poder público (pero sin hacer los méritos que hizo Rosas para llegar a ese podio).

 

Comenzó así la etapa del gran enmascaramiento, de decir las cosas con cualquier nombre menos por el real. Así se vendió la impostura de afirmar que, como lo hizo Alfonsín pero muchísimo mejor, Kirchner venía a rescatar la política de manos de las corporaciones.

 

Ocurrió exactamente lo contrario, aunque por caminos inesperados: no es que la política haya desertado de su papel como lo hizo en los 90, sino que ahora los políticos intentaron quedarse con todo pero para ellos solos.

 

El kirchnerismo no fue la clase política contra las corporaciones como de algún modo pudo serlo en los 80. Fue la clase política queriendo convertirse en la única corporación con poder, no para representar al interés general sino a los políticos como casta particular que se autonomiza del resto de la sociedad.

 

Pero, eso sí, hablando en nombre de todos, en particular de los más humildes. Jamás se vio tanta hipocresía acumulada.

 

Todo eso es lo que hoy parece estar estallando como en el 83 estallaron los años 70, década en la que juntó toda la violencia reprimida a lo largo de muchísimo tiempo.

 

Algo parecido ocurre con el kirchnerismo, que sumó lo peor de toda una generación política que quiso quedarse con todos los privilegios, logrando hoy un casi unánime y creciente repudio social.

 

Así, nos encontramos frente a otra oportunidad de acabar con nuestros sucesivos fracasos, porque la democracia sigue sobreviviendo pese a una sociedad despolitizada y una clase política desprendida de la sociedad.

 

Quien hoy intenta asumir la conducción de la sociedad es un nuevo experimento en el que en un solo haz tenemos a gerentes, empresarios y políticos reunidos en una constelación precaria pero que alcanzó para ganar las elecciones y que parece ya haber generado cambios muy significativos, sobre todo en el terreno institucional.

 

Con ello el intento de autonomía corporativa de la política va quedando en lo que nunca debió ser: una secta fundamentalista en su ideología y corrupta en su accionar. Por eso unos vuelven a sus cuevas y otros ingresan en las cárceles. Todo bien.

 

Mientras, los que no formaron parte de este grupúsculo que en un momento sumó el poder público, tratan de ver qué hacer con el país.

 

Aunque, para bien o para mal, a ellos busca sumarse la dirigencia peronista tradicional que trata de sacarse de encima a los que gracias a su inmensa ayuda pudieron hacer el desmadre que hicieron. Lo de siempre.

 

Hoy nos gobierna una élite que preside un político de origen empresario (que para algunos viene a expiar los pecados de su padre, mientras que para otros viene a representarlos).

 

Son sus ministros muchos gerentes de empresas privadas, y construyen consenso un grupo reciclado de políticos de los viejos partidos. De algún modo se intenta demostrar que la alianza entre empresarios, políticos y gerentes puede ser fructífera. Una nueva ¿santísima? trinidad.

 

No obstante, el proceso democrático de renovación institucional va más allá de lo que ocurre dentro del PRO. Así, muchos de los que se juntaron para derrotar un sistema indefendible, ahora cada uno se va por su lado.

 

Pero eso está bien. Implica que ya no hay hegemonismos ni batallas culturales. Hay disputas políticas que es lo lógico en una república. Ya no somos Dios contra el Diablo. Nadie se puede diferenciar tanto como para creer que representa exactamente lo contrario del otro.

 

Los republicanos, contra Obama, intentaron dividir al país en dos como el kirchnerismo lo intentó aquí. Ahora los propios republicanos sensatos están aterrados porque su intolerancia ha gestado un psicópata xenófobo y aislacionista pero que no surgió de la nada sino que sacó lo peor del espíritu norteamericano a la superficie y, salvo un milagro, se prepara para representarlo. Es el populismo que surge de la claudicación de la clase política.

 

En la Argentina podemos estar marchando por un camino mejor y distinto, si tanto oficialismo como oposición acaban con los relatos y contrarrelatos estériles y se ponen a debatir políticas concretas que es lo que la sociedad les pide en vez de gestar grietas, que no representan a nadie. 

 

Carlos Salvador La Rosa

Carlos Salvador La Rosa

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