Lunes, 21 Agosto 2017 21:00

El Pro se ha transformado en un auténtico partido

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El Pro, encarnado en su avatar multicolor –Cambiemos- se convirtió en un partido político de escala nacional, arraigó territorialmente en todo el país y obtuvo el primer puesto en la mitad de los distritos.  Ahora deberá  ratificar títulos en la elección “de verdad”, en octubre. Tiene muchas chances de lograrlo.

 

En la provincia de Buenos Aires el oficialismo se adjudicó seis de las ocho secciones electorales, perdió (pero creció) en la primera y la tercera, que albergan el conurbano y amplió la diferencia que había sacado en las elecciones primarias de 2015.

El uso de la “posverdad”

Allí el Pro también se recibió de partido político. Si le faltaba mostrarlo con contundencia,  lo hizo ahora no sólo por esa notoria performance, sino también por el uso astuto  de la información electoral, que le permitió festejar  anticipadamente una victoria de improbable confirmación  y clausurar  el recuento provisional  de votos con un empate técnico que todavía (durante dos semanas, hasta que se consume el escrutinio definitivo incorporando el 5 por ciento de boletas enmudecidas)  permite que la fotografía  de Esteban Bullrich aparezca encabezando la competencia. “Picardía criolla”, caracterizaría peyorativamente  un purista. Otros, decepcionados, reflexionarán,  como hizo el politólogo Eduardo Fidanza en La Nación: “¿Por qué, habiendo un programa que constituye un compromiso ético, el Gobierno privilegia los triunfos de posverdad sobre los triunfos de verdad, que obtuvo de manera legítima y merecida? (…) El Presidente afirma que decir la verdad es fundamental. Y ha avanzado en algunos campos. Sin embargo, posverdades como las del domingo ensombrecen esa declamada virtud”.

Como queda claro cuando se observan los antecedentes, el uso arbitrario de la información electoral es un recurso que ha sido empleado por todos los  oficialismos durante tres décadas y media de democracia. Si supieran disimular su envidia, más que denunciar  al Pro, los partidos  experimentados  deberían  saludarlo con un: “Bienvenidos al club”.

Aunque pueda  perturbar las rigideces morales con las que la nueva fuerza pretende distinguirse (“No somos iguales”, “Decimos la verdad”), no deja de ser una buena noticia que la Argentina sume ahora  un partido político joven que viene a llenar el vacío creado por  la crisis de la UCR que nació con la bandera de la pureza del sufragio (un plano inclinado que quizás comenzó con el Pacto de Olivos, se profundizó con el gobierno de la Alianza y se coronó en la elección presidencial de 2003, cuando el candidato presidencial de la UCR, Leopoldo Moreau, obtuvo el 2,4 por ciento de los votos).

Si el kirchnerismo dinástico  manejó el Estado como su partido político, el actual protagonismo del Pro subraya una constante: el papel siempre central que juega el Poder Ejecutivo en el sistema  político. Es el que tiene el mazo en la mano. Y eso parece independiente del signo ideológico de su titular, funciona casi como una ley física. Y,  más que cambio, expresa un ingrediente fuerte de continuidad y repetición.

Asimilación y rechazos

A través de Cambiemos, el Pro asimila al conjunto de fuerzas del no- peronismo y les ofrece ahora, si no un programa (algo que todavía no termina de formularse),  sí una  perspectiva optimista que abona con recursos y éxitos.

La asimilación está en marcha, pero aún debe completarse: es un proceso de  interés recíproco.  Aunque el radicalismo ha perdido entidad como fuerza nacional (su incidencia en la estrategia que sigue la coalición oficialista es mínima o decorativa), sigue ejerciendo peso en muchos territorios provinciales  donde Cambiemos sólo (o muy principalmente) se sostiene en las estructuras partidarias de la UCR, si bien éstas sólo consiguen oxígeno si se suman a la atmósfera general asentada en el gobierno de Mauricio Macri.

La digestión de aliados puede volverse más complicada para el Pro en el caso de la gran estrella porteña: Lilita Carrió.  La líder de la Coalición Cívica no sólo exhibió fuerza electoral propia  en la Ciudad Autónoma, sino que suma  a ese capital propio  un discurso principista  estructurado  y diferenciado (con un perfil de autonomía que atrae a los votantes oficialistas y llega a atemorizar a muchos cuadros del macrismo) y hasta va camino de transformarse  en  ariete favorito del establishment mediático (como ocurriera en la década del 90 y a comienzos de la experiencia de la alianza con Chacho Álvarez).

La doctora Carrió  encarna más genuinamente que el Pro las derivas antiperonistas  de la coalición oficialista, suma electoralmente desde ese costado y, en virtud de ese perfil, puede transformarse en un obstáculo para  las búsquedas de amplitud y gobernabilidad que el   gobierno deba eventualmente  encarar  en diálogo con sectores que ella tiene propensión a denigrar. En ese sentido, su asimilación presenta problemas.

La diáspora peronista

Es bueno que se recomponga una fuerza de reemplazo del radicalismo, pero lo que las PASO también muestran es la dificultad actual del peronismo  para unificar una personería con proyecciones que puedan dar sustentación y equilibrio al sistema político.

Parece obvio que la señora de Kirchner, aun siendo la probable ganadora de la primaria bonaerense, no puede encarnar el liderazgo competitivo que el peronismo necesita. Sus liderazgos provinciales y legislativos ya lo están proclamando. El peronismo necesita una renovación para recuperar vigor y perspectivas y CFK, encapsulada en su  trinchera del conurbano, es a futuro  una garantía de derrota nacional para la familia peronista. Esto lo comprenden inclusive las huestes de los municipios suburbanos que  todavía esta vez la acompañaron.  

En cuanto al electorado del conurbano,  ella misma reconoció durante la campaña su condición de mero “vehículo”: a falta de un instrumento mejor, los sectores más postergados  han empleado a la Señora  para  hacer notoria  su propia existencia y su capacidad  de una respuesta colectiva que no se deja intimidar por  el menosprecio.

La encuesta censal de las PASO ha permitido entrever otros  datos relevantes. La derrota del Movimiento Popular Neuquino en la provincia petrolera que alberga los yacimientos de Vaca Muerta y la de  los hermanos Rodríguez Saá en San Luis tienen, si bien se mira, rasgos comunes. En ambos casos dos experiencias provincianas que  consiguieron modernizar y hacer crecer dignamente sus jurisdicciones parecen haber encontrado  los límites del localismo. Ni San Luis ni Neuquén (en este caso, a pesar inclusive de su ubicación privilegiada en el mapa global de la industria energética) pueden desarrollarse a largo plazo a partir de estrategias de aislamiento. Estas pudieron ser  episódicamente eficaces como despliegues defensivos frente a los zigzagueos del estado central, pero se revelan  poco conducentes para escalar en  un contexto más amplio caracterizado por las oportunidades que  ofrece la integración económica mundial en marcha.

En el caso de San Luis, el vencedor de los hermanos Rodríguez Saá,  Claudio Poggi, circunstancial pero  elocuentemente aliado a Cambiemos, es un cuadro peronista surgido de la fragua del justicialismo puntano  a quien los propios Rodríguez Saá proyectaron en su momento a la gobernación provincial.  Si los hermanos, en su estrategia defensiva, optaron esta vez por aliarse con el kirchnerismo (del que tradicionalmente se diferenciaron) el discípulo buscó una salida al aislamiento puntano en una alianza con el nuevo partido del estado, es decir con el macrismo. “Se trata de crecer a partir de lo ya logrado”, explicó Poggi.  Ni los Rodríguez Saá pueden ser encuadrados como kirchneristas (como simplifica cierta prensa nacional) ni Poggi puede ser asimilado a Cambiemos: son dos manifestaciones contradictorias de un dilema y una búsqueda que afronta el peronismo.

  

El riesgo del tercero excluido

La polarización, buscada con afán por el gobierno y el kirchnerismo, no consiguió imponerse en las PASO, donde esos sectores apenas alcanzaron a rozar, sumados, menos de dos tercios del electorado. Si  la fuerza centrípeta concentrara el voto en octubre la situación mostraría cierta gravedad.

Privadas de terceras fuerzas, las situaciones críticas tienden a convertirse en conflictos catastróficos o (en caso de que uno de los términos de ese dualismo ni siquiera dé la talla para una confrontación) en monismos asfixiantes.

  Sin  fuerzas de balance que compartan  un proyecto y objetivos de Estado y representen  digna y eficazmente a todos los que hoy no  entran en la foto ni  se benefician de brote verde alguno, los “mejores veinte años” que invocó el Presidente  quedarán en una bella quimera o en un sueño de la razón. 

Jorge Raventos  
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