Jueves, 21 Noviembre 2019 21:00

Elencos que se ajustan en vísperas del estreno - Por Jorge Raventos

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Ya en la recta que conduce al traspaso de mando en Argentina, la política local produce sus ajustes de última hora mientras mira observa atentamente lo que ocurre en la región, donde se registra un doble regreso al escenario: el de las grandes manifestaciones que se despliegan en las calles y, en paralelo, el de una incipiente presencia activa de los militares; en algunos casos (el Brasil que preside Jair Bolsonaro) para virtualmente cogobernar, en otros (Ecuador, Chile, Perú), para prestar auxilio a los gobiernos civiles en funciones, y en otro (Bolivia) facilitando el derrocamiento del presidente en ejercicio.

 

La calle y los cuarteles aparecen como tentaciones alternativas cuando los sistemas políticos no dan respuesta a la creciente insatisfacción de las sociedades. Los estudios demoscópicos registran ese paulatino desplazamiento. Uno de ellos, por caso (de la firma Latinobarómetro), pinta un paisaje regional que ilustra los cambios de la opinión pública en relación con décadas anteriores: las fuerzas armadas aparecen como una institución sumamente confiable: con 44 por ciento de sustento, superan por poco a la Iglesia, duplican al Poder Judicial y cuadruplican a los partidos políticos.

Hasta el momento Argentina ha sorteado las explosiones sociales (y las tentaciones alternativas), no porque no se encuentre extendida la insatisfacción, sino porque las mediaciones políticas (poderes nacionales, provinciales y municipales; movimientos sociales, sindicatos, partidos) han tenido elasticidad y capacidad de contención y generación de esperanzas. Lo que sostiene esa capacidad es, sin embargo, una administración precaria y endeudada, un sistema productivo de baja eficiencia (salvo en algunos sectores), una vinculación con el mundo poco significativa para esta época de globalización. Si se quiere consolidar aquella estabilidad política que hasta aquí ha protegido al país de las tormentas que azotan la región se vuelve acuciante apuntalar sus endebles bases actuales.

POLITICA DOMESTICA Y POLITICA EXTERIOR

Tanto el presidente entrante como el saliente dedican estos días a ajustar las clavijas de sus respectivas coaliciones.

Alberto Fernández está, en primer lugar, procurando rodear anticipadamente a su futura administración de apoyos que excedan el capital electoral que lo llevó a su consagración como presidente.

Si la señora de Kirchner comprendió oportunamente que era indispensable un paso atrás para ampliar la oferta y alcanzar la victoria en las urnas, Alberto, que se benefició de aquella jugada estratégica de la expresidenta, parece dispuesto a ir aún más allá: ensanchar la sustentación de su gobierno y lanzar con velocidad medidas urgentes para calmar las urgencias sociales y alimentar la paciencia que permitió que Argentina canalizara sus reclamos por el camino de las urnas y las instituciones. Su programa para combatir el hambre ya se ha puesto en marcha, antes de asumir y él ha convocado con amplitud, a especialistas, políticos, pastores y famosos.

Se nota, asimismo que la región y el mundo están más presentes que nunca en el paisaje político local. El país abre su nueva etapa, por ejemplo, en corto circuito con el gobierno de su socio principal, Brasil. El presidente Jair Bolsonaro había jugado aventuradamente en la política interna argentina apostando sin disimulo por la reelección de Mauricio Macri. Alberto Fernández, a su vez, expresó abiertamente su respaldo al ex presidente Lula Da Silva, quien, tras ser liberado de su detención preventiva (el proceso judicial no está concluido), se ha convertido en un adversario activo y temido para Bolsonaro.

Fernández invitó a Lula a asistir a la ceremonia de asunción. Entretanto, el gobierno brasilero parece dispuesto a abrirse del Mercosur, independizándose de esa sociedad a través de tratados individuales de libre comercio con Estados Unidos y con China. Un desafío para la política exterior argentina.

La formidable deuda que heredará Fernández empuja al país a mantener las mejores relaciones posibles con Estados Unidos, mediación indispensable para arreglar sus cuentas con el Fondo Monetario Internacional. Donald Trump se ha mostrado amigable con Fernández, en primera instancia, pero la situación regional está influyendo sobre ese vínculo: el presidente de Estados Unidos saludó con entusiasmo el desplazamiento de Evo Morales en Bolivia y felicitó a los militares que cooperaron en él, mientras Fernández repudió no sólo el derrocamiento sino la declaración de Trump, que comparó con "las actitudes intervencionistas de Estados Unidos en los años setenta". Fernández también ha invitado a Evo Morales a cambiar su asilo de Méjico a la Argentina, para estar más cerca de Bolivia.

MIRANDO A WASHINGTON

Si la eventual fisura del Mercosur que parece alentar Bolsonaro representa un problema (a la vez económico y geopolítico) para la inminente gestión de Fernández, en círculos próximos al presidente electo se analiza con preocupación el aliento que Trump ofreció a la desobediencia militar boliviana: ¿asistimos acaso, como evocó Fernández, a un revival de aquella política de los "70 en la que sectores militares del continente operaban como correas de transmisión del establishment estadounidense? "Cuando se habla de la influencia del Comando Sur en los asuntos de nuestros países no siempre hay conciencia de la importancia que la región tiene para Estados Unidos", advierte, por caso, Horacio Verbitsky en su sitio web, El Cohete a la Luna.

El presidente del CELS no es una figura del albertismo (un ismo que, aunque no existe todavía, resume provisionalmente al sector del Frente de Todos menos allegado al clásico cristi-kirchnerismo), pero expresa una línea de pensamiento que atraviesa al conjunto de la coalición.

Esa manera de leer la realidad no solamente prevé conflictos con Estados Unidos y augura intrigas análogas a las que observa en Bolivia, sino que, en cierto sentido, espera que se concreten y confirmen sus sospechas. Las visiones simplificadoras necesitan realidades simplificadas.

Alberto Fernández prefiere no ver los hechos con perspectiva conspirativa: dijo lo que dijo sobre la reacción de Trump frente a Bolivia, pero cree que Washington va a ayudar a su gobierno en el tema de la deuda y que no está interesado en que cunda el desorden institucional en América del Sur. Fernández no ignora, obvio, que Estados Unidos tiene intereses que preservar en la región, pero cree que esos intereses no son, en principio, incompatibles con una estrategia argentino de desarrollo.

A veces, sin embargo, los juegos se complican. Así como un episodio externo (el golpe en Bolivia) introdujo un factor momentáneo de tensión en el vínculo con Washington, los ajustes locales previos a la asunción pueden haber sumado otro.

Fernández, contrariando su propio deseo (no quería tener en su gabinete ministros que repitieran un destino anterior) terminó ofreciéndole la cartera de Defensa al santafesino Agustín Rossi, que hasta ese momento se preparaba a ser jefe del bloque oficialista de diputados. El enroque le permitió a Fernández conseguir dos objetivos simultáneamente: satisfacer a Cristina Kirchner (ya que se abrió la puerta para que sea su hijo Máximo quien lidere al oficialismo de la Cámara Baja) y facilitarle el trabajo a su aliado firme, Sergio Massa, futuro presidente de la Cámara, que no sintoniza bien con Rossi, pero sí con Máximo.

El precio que paga Fernández es, sin embargo, potencialmente alto: Rossi es un K ideológico, tiene una mirada parecida a la de Verbitsky en el tema Defensa y, aunque es un político maduro, quizás no es la figura más amigable para mantener una relación con Estados Unidos en una problemática que Washington siempre tiene entre sus prioridades.

RECURSOS ESCASOS

El movimiento de Rossi no es (ni será) el único que Fernández producirá antes de asumir. Guillermo Nielsen, que venía probándose el traje de ministro de Economía (después de haber preparado el terreno para ocuparse de energía, de petróleo, de Vaca Muerta) parecía el jueves 21 destinado a un desplazamiento. Fernández debe reservar buenas butacas a todos los socios del Frente Todos (empezando por los principales) y Nielsen quiere monopolizar los puestos de quienes serían sus principales colaboradores. En esta materia también -como enseñan los economistas- las necesidades superan a los recursos. Lo razonable es que no sea el Presidente quien ceda, por más que él prefiera a Nielsen por sobre otros óptimos candidatos.

Otro enroque: al ofrecerle inesperadamente un cargo en el gabinete al senador cordobés Carlos Caserio, Fernández intentó liberar otro casillero para aceitar la coordinación de la Cámara Alta. Caserio resistía la unificación de bloques de senadores para dejarlos bajo dirección K. Para permitir la movida, la señora de Kirchner resignaría su deseo de que el bloque fuera conducido por su seguidora mendocina Anabel Fernández Sagasti, y así, de haber unificación, presidiría al conjunto el formoseño José Mayans, que ha sido parte del bloque no K que supo dirigir Miguel Pichetto antes de cambiar de divisa.

Pichetto ahora encarna la cuarta pata de Juntos por el Cambio, un ámbito en el que también abundan los ajustes (que seguramente continuarán más allá de la entrega del poder). Los temas centrales, en este caso, tienen que ver con la estructura de la coalición (más piramidal, con Macri como vértice, como quieren los hombres del presidente que sale; más horizontal y participativa como esperan los radicales) y, en definitiva con el liderazgo de la oposición al próximo gobierno y con el tono que adoptará esa oposición. Desde su mirador porteño, Horacio Rodríguez Larreta, el mandatario más poderoso de la coalición que deja el gobierno, atiende su juego distrital y mira el futuro con paciencia. Está convencido de que, cuando llegue el momento de discutir en serio poder (más que figuración), él tendrá en sus manos cartas ganadoras.

Jorge Raventos

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