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Jueves, 19 Diciembre 2019 21:00

Deja Vú - Por Vicente Massot

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Nada de lo que ocurrió en los últimos días fue sorprendente. Más temprano que tarde -desde el momento en que asumió sus funciones Alberto Fernández- todos sabíamos que Julio De Vido tenía los días contados en la cárcel que lo albergaba desde dos años atrás, poco más o menos.

 

La decisión del Tribunal Oral Federal Nº 7, de concederle el beneficio de la prisión domiciliaria al ex–ministro de Infraestructura y Planificación del matrimonio Kirchner, difícilmente hubiera sido tomada si el triunfador en los comicios del pasado 28 de octubre hubiera sido Mauricio Macri. Pero ahora soplan nuevos vientos, a los cuales determinados magistrados -con velocidad de atletas olímpicos- se pliegan sin necesidad de que los presione ninguna oficina gubernamental.

Se equivocaría de medio a medio quién creyese que los integrantes de tan importante cámara fueron puestos contra la pared por las nuevas autoridades. No hubo ninguna necesidad. En ese mismo sentido ha actuado el siempre polémico juez de San Nicolás, Carlos Villafuerte Ruzo, que curiosamente se acordó de procesar a miembros de la Mesa de Enlace agropecuaria once años después de ocurridos los hechos que se les imputan. Tan traída de los pelos o disparatada -como prefiera calificársela- fue la medida que hasta el presidente de la Nación creyó conveniente salirle al cruce. En resumidas cuentas, nada nuevo bajo el sol de la judicatura.

Tampoco ha sido novedoso el paquete económico puesto en marcha. Estaba de tal manera cantado que cualquier persona mínimamente informada hubiera podido explicarlo prescindiendo de conocer los detalles del mismo. Un populismo sin plata, con escasa imaginación y nula voluntad de disminuir el gasto público, era obvio que vertebraría su programa con base en el alza de las retenciones al sector agropecuario, un significativo incremento de los impuestos a los bienes personales y el conocido recargo de los gastos turísticos en el exterior pagados con tarjetas de crédito. Pronto tendremos noticias del Pacto Social con el consiguiente congelamiento de precios y salarios acordados entre el gobierno, parte del empresariado y la CGT.

Un deja vú casi perfecto Pero que las políticas públicas que la administración kirchnerista quiere echar a andar se diesen por descontadas no significa que hayan sido aceptadas mansamente. Más allá de cómo termine la historia, las gentes del campo y la bancada que conforman el macrismo, el radicalismo y la Coalición Cívica ya han hecho saber su malestar -en el caso de aquéllas- y su postura de no convalidar el otorgamiento al Poder Ejecutivo de facultades de carácter extraordinario -en el caso de los diputados opositores. A escasos días de haber llegado a la Casa Rosada, la movilización al borde de las rutas de unos y la promesa de tratar de impedir en la cámara baja la aprobación de una ley que dejaría a Alberto Fernández con poderes omnímodos, no es un buen comienzo para el gobierno.

En eso de entrar con el pie cambiado, quién se llevó las palmas fue el flamante Ministro de Economía. El pasado jueves convocó a una conferencia de prensa, precedida en la ocasión por un corto discurso insípido. Alguien debió ponerlo en autos a un intelectual que pasó diez años fuera del país acerca de los inconvenientes de generar expectativas y dejar a sus oyentes -que eran básicamente los mercados- con la sensación de haber perdido el tiempo. Por lo visto, nadie se tomó ese trabajo y fue así que Martín Guzmán tuvo un debut intrascendente. Sólo dispuesto a contestar con generalidades las preguntas que unos periodistas complacientes le hicieron al pasar, mejor es que se hubiese guardado para cuando tuviese algo importante que anunciar. De cuanto pudo anticipar -que, o no supo hacerlo, o no le dieron autorización- nos enteramos por boca del jefe de gabinete, Santiago Cafiero, en los reportajes que el día domingo publicaron los dos matutinos más importante del país -Clarín y La Nación.

Está claro que la sangre no llegará al río. El campo protestará pacíficamente y nada más. En cuanto a Juntos por el Cambio, si sus representantes en el Congreso se hallan dispuestos a dar el quorum, es señal de que las leyes enviadas por el Poder Ejecutivo serán aprobadas sin mucha demora. Otra sería la historia si estuviesen convencidos de no bajar al recinto y así obligar al oficialismo a negociar en serio.

Si bien el Frente de Todos no gozará de la luna de miel que de ordinario tienen los gobiernos, sin importar su coloratura ideológica, Alberto Fernández cuenta con una ventaja que a su antecesor le falto y que, en una sociedad como la nuestra -cruzada por antagonismos que vienen de lejos y separada por una grieta que nada hace prever que tenderá a achicarse, no es menor: los gremios más robustos, los verdaderamente decisivos, y la mayoría de los movimientos sociales no habrán de complicarle los primeros meses de su gestión con pedidos intempestivos de aumentos salariales y tomas conflictivas de las calles. No será un cheque en blanco, ni mucho menos -eso sólo Juan Domingo Perón estaba en condiciones de lograrlo sin despeinarse- aunque le dará un respiro en un momento en que tendrá que lidiar en diversos frentes, uno más complicado que el otro.

En este orden, nada más ilustrativo que el llamado de atención que los EEUU le hicieron a nuestro país el viernes, por vía -nada menos- que de Mauricio Claver-Cardone, Director para el Hemisferio Occidental del Consejo Nacional de Seguridad. Lo que se dice, un hombre de Donald Trump de pies a cabeza que ya había dado la nota el día del cambio de autoridades. Literalmente, se mandó a mudar de la Argentina indignado por la presencia en las celebraciones kirchneristas del ex–presidente de Ecuador -Rafael Correa- y del ministro para la Comunicación y la Información de Venezuela -Jorge Rodríguez. Si se tiene en cuenta que este último es uno de los funcionarios del régimen chavista sancionado por todas las naciones signatarias del TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), la presencia de Correa y Rodríguez fue inútilmente provocativa para Washington.

Responder, como lo hizo el Palacio San Martín, que no existió de parte de Departamento de Estado una queja o planteo respecto del tema y que además Claver-Cardone tiene un peso poco significativo en términos de la política exterior de aquella nación a la que Raymond Aaron calificó de República Imperial, es una demostración de ignorancia peligrosa. Sus palabras no fueron las de un improvisado o las de un kamikaze que dice lo que se le ocurre sin pensarlo ni consultarlo previamente: “-Le hemos hecho una pregunta muy contundente al presidente Fernández. Si va a ser un abogado de la democracia en la región o un apologista de las dictaduras y los caudillos que no quieren retirarse del poder”. Pero -como anticipándose a lo que pasó horas más tarde- agregó: “-Seria muy negativo para la región y la democracia la presencia de Evo Morales en la Argentina”. Pues bien, en un nuevo acto de imprudencia el gobierno no sólo recibió al ex–mandamás boliviano con bombos y platillos, y el presidente lo invitó a comer a Olivos, sino que le concedió el status de refugiado. Eso le permite -contra lo que informó en un principio Felipe Solá- hacer declaraciones y política como cualquier hijo de vecino.

El kirchnerismo parece no entender la diferencia que existe entre una distinción de naturaleza académica y un hecho político. Se podrá argumentar -con razones discutidas y discutibles pero legítimas en un seminario o en una universidad- que el Hezbollah no es un grupo terrorista. Eso puede sostenerlo un intelectual o un libre pensador, nunca un funcionario de la República Argentina. Primero, por los atentados que sufrimos. Más decisivo aún, por la relación de fuerzas que existe entre nuestro país y los Estados Unidos e Israel. Para Washington y para Tel Aviv no es una materia abierta a debate. El Hezbollah es un enemigo absoluto. De la misma manera que Nicolás Maduro y Evo Morales representan, para la administración encabezada por Donald Trump, tiranos.

Permitirle al líder del MAS en el Altiplano que, de fronteras adentro de nuestro país, “fomente la inestabilidad y la violencia en Bolivia” -son conceptos de Claver-Cardone- supone a los ojos de la administración republicana un respaldo abierto a Morales. Tomando en consideración que en el curso de los próximos meses y de todo el 2020 -en términos de la negociación con el Fondo Monetario Internacional y los bonistas- Alberto Fernández deberá moverse con sumo cuidado y demostrar una capacidad sobresaliente para llevar adelante las conversaciones con esos interlocutores, carece de sentido moverse en el tablero internacional de forma tan poco profesional. Con el agravante de que cuanto en principio pudo reputarse de error o imprudencia ahora parece ser hecho a propósito, sin importar las consecuencias.

 

Vicente Massot

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