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Miércoles, 15 Enero 2020 21:00

La hora de la verdad - Por Luis Tonelli

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Luego de un mes de gobierno, aún sigue siendo difícil encasillar al Gobierno de Alberto Fernández. Y, quizás, ese carácter ambiguo, zigzagueante y hasta contradictorio sea su esencia constitutiva.

De todos los enormes problemas que enfrentó en este primer mes de gobierno, el más acuciante ha sido el político: es que, más que tratarse de una sociedad en el poder entre Cristina y él, Alberto es el agente de varios principales (como se diría técnicamente). O sea, Alberto tiene una gestión delegada por Cristina Fernández, quien es el poder dominante dentro del magma peronista. Pero, también, como todo Presidente, es agente de los otros actores de su coalición política, de su electorado, y también lo es ante la sociedad, donde los votos se cuentan y los intereses se pesan.

Después, están los problemas, a los que tiene que enfrentar haciendo equilibrio entre esos diferentes “principales”, atendiendo con mayor cuidado a quien tiene más posibilidades de afectar su gobernabilidad (léase aquí CFK), pero cuidando de no hostigar a los otros actores porque su poder, reside precisamente -por ahora- en su capacidad de articulación y en los atributos formales presidenciales y no mucho más. O sea, roska y lapicera.

Al problema político fundamental (mantener el apoyo de CFK) lo ha “manejado” dejándola tranquila en su rol de Ayatollah de la Fe “K”. Cristina, así, maneja las dependencias “culturales” y también las “judiciales”. O sea, las que brindan sentido ideológico (y tranquilidad personal), y Alberto y los suyos, conjugan esos verbos cristinistas en los tiempos verbales que más le convienen para el ejercicio concreto de la resolución de problemas.

Es que un factor importantísimo es el “sentido de la oportunidad” (kairos dirían los griegos): esperar la coyuntura más favorable para aprovecharla a favor del poder presidencial. Pero es cierto que también el tiempo corre (chronos) y se acerca raudamente el límite de los vencimientos de la deuda en dólares bajo jurisdicción extranjera que no se puede reperfilar por decreto.

Visto así, este mes ha sido un período de gracia. Alberto ha intentado equilibrar las cuentas mediante un ajuste entre lo que entra y lo que sale por el lado del aumento de los ingresos. Y la renovada carga impositiva ha caído especialmente sobre los que no los votaron, que justo son los sectores más acomodados. Pero claro, esto es solo comparativamente hablando, porque un jubilado que no gana la mínima no es precisamente rico, sino un jubilado pobre en mejores condiciones que uno más pobre todavía.

El Presidente sabe que la estabilización en sí misma es un bien público de lo más preciado, y que con eso puede conseguir el apoyo difuso que recree un contexto de gobernabilidad. Y en esto se ha manejado bien. Pero claro, el reloj de arena está dado vuelta, y se necesitan dólares para pagar a los acreedores que no se tienen. Y aquí emerge la contradicción más importante: es imperioso para Alberto conseguir el apoyo de Trump. Sin embargo, las políticas concretas y simbólicas que demanda la Casa Blanca chocan con las del Instituto Patria.

En este período de gracia, Alberto ha querido emular la política mexicana de gritar “Gringos Go Home” pero de acordar con el gobierno de Estados Unidos todo lo importante (el famoso “mirá lo que hago y no escuchés lo que digo”, de Néstor Kirchner). Claro que hay una pequeña diferencia: la frontera común entre ambos países y la interrelación de ambas economías.

En cambio, frente a la ambigüedad de la política simbólica argentina, Trump contesta con una política simbólica que privilegia a Brasil. Por ejemplo, ha declarado que Estados Unidos va a apoyar el pedido de ingreso de Brasil a la OCDE (objetivo perseguido por Mauricio Macri sin suerte).

El agravamiento del autoritarismo político de Maduro le ha permitido a Alberto en avanzar en una condena sin llegar a coincidir con los demás países del Grupo de Lima (pro Casa Blanca) de que Venezuela es una dictadura, calificación que es un anatema para el kirchnerismo. Pero por el otro lado, el huésped Evo Morales declara que “tendría que haber creado milicias populares, como Chávez” y la embarra toda.

El gobierno argentino mientras tanto ensaya la vía de cerrar primero con los acreedores privados para después ir por el apoyo del FMI, algo que tarde o temprano será decisivo para no caer en default. Y el FMI, pese a su presidencia europea, está dominado por el celular de Trump (como lo demostró Macri al conseguir gracias a su relación personal con el presidente estadounidense un préstamo inédito).

La Argentina ya está llegando a esa frontera de la verdad, donde todo el jueguito para los propios quedará al margen. Y el primero en arribar a esa frontera ha sido precisamente la avanzada ideológica cristinista representada por el Gobernador Axel Kicillof. Por estas horas, hay una gran incertidumbre de lo que sucederá con el vencimiento de un bono en dólares que puede hacer que la provincia sea declarara en default.

Son 220 millones de dólares, una verdadera bicoca comparado con lo que debe la Nación, por lo que el caso bonaerense se convierte también en un adelanto de lo que le puede pasar al Gobierno de Alberto Fernández dentro de pocos días. No es un detalle menor. Entrar en default postergará la recuperación de la anémica economía argentina por mucho tiempo.

Luis Tonelli

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