Vicente Palermo

Comencemos por lo obvio: si estamos delante de una coalición opositora con pretensiones de gobernar, esa aspiración exige un grado de consistencia política mucho más alto que aquel que pueden tener unas fuerzas que se unen meramente para derrotar al gobierno. 

Me gusta que el presidente trasandino, Gabriel Boric, diga que en la Patagonia no hay frontera.

La decadencia argentina ha alcanzado magnitudes espantosas. Pero la regeneración es un imposible: es creer que se puede revertir todo de un golpe. El libertario hace punta en leer el estado de ánimo antipartido.

Nuestra obsesión por 1982 nos cierra el paso para pensar mejor sobre Malvinas. El mundo cambió, pero seguimos diciendo y sintiendo las mismas cosas que hace 40 años.

 

No nos miente Fernández: con el programa anunciado tendremos (parafraseando a Borges) todo el pasado por delante

 

Nació en el mundo del ajedrez la sentencia que afirma que la mejor defensa es un buen ataque. Quizás alguien pensó en ella cuando el último día de enero - y en vísperas de la movilización para echar a los jueces de la Corte - presentó Máximo Kirchner su renuncia a la presidencia del bloque.

 

En democracia y en un régimen representativo, hay algo peor a que un dirigente nos tome por tontos: que él lo sea.

 

 

Las típicas urgencias de las crisis no marcan un buen precedente. ¿Y si miramos al Brasil de Fernando Henrique Cardoso o al Japón de la posguerra?

 

Algo extraño nos afecta al sentir que aquello que sucede delante de nuestros ojos está más allá de toda humana comprensión. La expresión es exagerada, sin duda, pero no queda muy lejos de los hechos.

 

 

Somos contemporáneos de una época en que élites y sociedad no se relacionan con vínculos duraderos. En la Argentina, tanto Mauricio Macri como Alberto Fernández fueron tremendos destructores de confianza política.

 

 

A lo largo de mi vida, el peronismo me pone a prueba. Puso a prueba mi sensatez y mi responsabilidad políticas durante mi juvenil militancia. Desde el colapso militar en 1982, pone a prueba mi capacidad para ir más allá de la tolerancia.

 

 

Hay un consenso: es grave que el presidente de la República viole la ley, y acerbamente irónico que transgreda la ley que a su arbitrio ha fijado. Pero el hecho revela otras aristas.

 

 

Por supuesto que Beatriz Sarlo no es ninguna vendepatria, por más que haya tenido a bien desenterrar ese término arcaico - que no sirve más que para provocar innecesariamente.

 

 

Nuestros políticos sonríen con frecuencia. En ciertos contextos, se puede sospechar estar delante de un engaño. Una vez que la sonrisa cayó en la desconfianza, es difícil que pueda salir de ella.

 

 

El sistema capitalista consiste en capitalizar a un cinco por ciento de la comunidad, mediante la descapitalización absoluta del otro noventa y cinco por ciento, que es el Pueblo… El capitalismo, [es] incapaz de desprenderse de nada y demasiado egoísta para ofrecer algo concreto…”.

 

CFK es poderosa. Muy bien, pero ¿por qué? Y ¿cuál es la naturaleza de su poder? A mi juicio, CFK es un tigre de papel. A mediados del siglo XVI, un joven francés, Étienne de la Boétie, pensó el problema de la servidumbre, observando que ésta es básicamente voluntaria.

 

 

La Argentina está tan empantanada, y su política tan desencantada, que sólo la audacia podría sacarlas a ambas del atolladero.

 

 

Desde los años ‘80, los gobiernos se jactan de poner Malvinas “al tope de la agenda exterior de la república”. Lo peor es que lo hacen. Calificándolo, algo narcisistas, de “política de Estado”. Así hacemos macanas y nos embarramos la cancha nosotros mismos.

 

 

¿Hay propagación, efecto demostración, o la presencia de una causa común? ¿Ambas o ninguna de las dos cosas? Apenas podemos conjeturar: si hay un eje común, es el de la democracia de masas en sociedades capitalistas, periféricas y atravesadas por la desigualdad.

 



Propongo discutir una dimensión a mi juicio relevante del gobierno de Cambiemos, la dimensión republicana. Cuando muy pocos se atreven a decir algo más que “¡qué catástrofe!” o “son liberales, pero sólo en lo económico”, entre otras reacciones de angustia que aturden, discutirlo me parece, no valentía, pero sí responsabilidad.

 

 

Desde hace mucho ya, el Estado argentino se caracteriza por su debilidad. Este rasgo básico de nuestro Estado nadie lo ignora, pero pocos extraen de ello las debidas conclusiones de política.

 

 

La inmensa mayoría de los ciudadanos ve, por ahora, a la corrupción como un simple juego de suma cero: los recursos ilegalmente obtenidos podrían destinarse a cosas mucho mejores.

 

 

El antagonismo está en la naturaleza de la política tanto como lo están la composición y el acuerdo.

 

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