Luis Tonelli

 

Estamos en la Argentina atravesando la etapa más difícil que le puede pasar a un país; la que puede denominarse “la era de la estupidez”. Etapa que se caracteriza cuando todas las voces públicas demuestran que no solo la política, gobierno y oposición, sino la sociedad toda está “en cualquiera”, mientras que el país se desliza raudamente hacia el penúltimo episodio de una catástrofe en cámara lenta, que lo ha desfigurado cruelmente.

 

Los presidentes en la Argentina tienen el poder de signar, para bien o para mal, una época. De generar eso que en preciso lenguaje filosófico alemán se denomina el zeitgeist. En un presidencialismo tan marcado como el nuestro, la misma debilidad presidencial pasa a ser, paradójicamente, un dato fuerte.

 

La táctica de Alberto Fernández consiste en “ir llevándola”; lo condicionan su debilidad y la heterogeneidad del Frente de Todos, con el monitoreo implacable de Cristina Kirchner 

 

La cuestión de la distancia entre nuestras creencias y la “realidad” ha tenido bastante centralidad en la filosofía occidental. Quizás la metáfora que, todavía, forma parte del punto de vista standard en nuestras sociedades es la del “mito de la caverna” de Platón. Los comunes y silvestres, situados entre el fondo de la caverna y la fuente de luz, pensamos que esa sombra es la realidad, cuando es mera doxa, mera opinión.

 

 

La Presidencia de Alberto Fernández pareciera estar basada en la afirmación de los pragmatistas estadounidense que sostenían que a los problemas se los olvida por ser reemplazados por nuevos problemas, antes que por haberles hallado solución. Con la pequeña diferencia que aquí los nuevos problemas se suman a los viejos, que siguen siempre presentes.

 

 

La Argentina se ha vuelto un país tan paradojal, que hasta el absurdo festejo al que convocó el Presidente, luego de haber perdido por paliza en las elecciones legislativas, aparece ahora como la convocatoria de un visionario.

 

 

Las crisis pueden ser producidas por cualquier cosa. Pero un elemento recurrente en las crisis argentinas, son los malentendidos con quienes, de haber entendido sus reales intenciones, podría haberse evitado sus estallidos.

 

 

Los festejos por la “victoria que fue derrota” organizados por el Gobierno Nacional, generó una ola de indignación, entendiendo a este acto como otro acto de la “post verdad” a los que no tiene acostumbrado el oficialismo (en general estas operacions declamatoris, en la voz presidencial comienzan con un “En el mundo admiran a los argentinos por XXX” -siendo esos X las cuestiones más disparatadas que puede imaginar”.

 

 

En un país donde el gobierno se ha autofelicitado de ser ejemplo internacional de la lucha contra el COVID (aunque ostente récords tanto de muertes como de caída de la economía, no debe sorprender que el Gobierno haya convocado a una marcha a la Plaza de Mayo para festejar la victoria electoral (que en realidad fue derrota, y una derrota de aquellas),

 

 

Esa depuración de candidatos por la voluntad popular, llamadas P.A.S.O., tan criticadas, denostadas, y menospreciadas por todos, han sido consideradas ahora como el principio del fin del Gobierno de Alberto Fernández (cuando faltan las elecciones generales que tendrán lugar en poco más de una semana, y dos años para las presidenciales). Y más aún, algunos se apresuraron a considerarlas el fin de una época: ni más ni menos, la era peronista.

 

 

Esa depuración de candidatos por la voluntad popular, llamadas P.A.S.O., tan criticadas, denostadas, y menospreciadas por todos, han sido consideradas ahora como el principio del fin del Gobierno de Alberto Fernández (cuando faltan las elecciones generales que tendrán lugar en poco más de una semana, y dos años para las presidenciales). Y más aún, algunos se apresuraron a considerarlas el fin de una época: ni más ni menos, la era peronista.

 

 

Del “Vienen por todos” al “cuidado que, quizás, se quedan sin nada”. En pocos días, la parábola que ha recorrido el gobierno de Alberto Fernández (es un decir) ilustra bien esa caracterización de la Argentina como país en donde puede pasar de todo. Incluso nada.

 

 

Tres son las fuentes que confluyen en la caída en la imagen de Alberto Fernández: la primera, es el accionar de la oposición -vamos a tomar en primer lugar, de a quien le echa la culpa el Gobierno-. Pero la oposición no tiene una postura obstruccionista, sencillamente porque no tiene el poder para hacerlo.

 

 

El planeta peronista no sale de su asombro. Han impactado sobre su superficie tres enormes aerolitos no previstos, y que vaya han levantado polvareda. El primer aerolito fue que esta vez es el peronismo en el poder el que se ha chocado de frente con una crisis muy profunda, cuando siempre, los compañeros le dejaban la bomba activada a los gobiernos no peronistas, que se empeñaban en desarmarla emprendiendo a martillazos contra ella.

 

 

Toda derrota del peronismo enciende en la oposición, la esperanza de que su ansiada desaparición por fin suceda. Pero dado que las noticias acerca su muerte definitiva fueron ciertamente un tanto exageradas, vale la pena tomar a su fracaso en las urnas en su carácter coyuntural, ya que el cementerio de errores humanos rebosa de predicciones falsas, y ocuparnos del diagnóstico que hizo de ellas el gobierno y los cambios que ha promovido para tratar de dar vuelta el resultado en el noviembre que se viene.

 

 

En momentos en que se escriben estas líneas, la amplia derrota en las urnas está mostrando sus primeras consecuencias políticas. Y ellas son de una gravedad extrema. Los ministros nombrados por sugerencia de la vicepresidenta han ofrecido su renuncia al Presidente.

 

 

Si todos pensamos que somos individuos autónomos, racionales, átomos girando en su propia orbita, realmente nadie iría a votar. El voto para presidente de cada uno de los argentinos que va a votar vale menos una cuarentamillonesima parte del total de los votos. Pero los argentinos, cuando vamos a votar nos asumimos como un colectivo. Precisamente como argentinos. Y nos sentimos protagonistas, más allá del peso específico de nuestro voto.

 

 

Lo escuchamos seguido y más en épocas electorales: a los políticos no se les cae una sola idea. Cosa que cuando miramos los spots de campaña, queda inmediatamente comprobada.

 

 

Siempre hay algún trasnochado, y más en estas épocas de absurda Grieta “ideológica”, que afirma que Jorge Luis Borges no es literatura argentina, sino literatura internacional.

 

 

La foto del cumpleaños de la pareja del Presidente, organizado ilegalmente tras los altos muros de la Residencia de Olivos (pero hoy a tiro de las redes sociales) nos deja muchas enseñanzas y no pocas dudas. Acá, va una síntesis de ellas, en formato “memo”.

 

 

Néstor Kirchner solía decirles a sus pares del extranjero, cuando le manifestaban su preocupación por la deriva ideológica del país “Tranquilos, no escuchen lo que digo, miren lo que hago”. O sea, una cosa es el jueguito que se hace para la tribuna, y otra muy diferente, son los lineamientos concretos de política exterior importantes. Como lo hizo por años el PRI mexicano, no muy diferente a lo que hace hoy AMLO desde su presidencia admirada por Alberto Fernández.

 

 

“Ama la incertidumbre y serás democrático” decía Adam Przerwoski a principio de los 80, con las dictaduras militares todavía asolando a Sudamérica. Los gobiernos autoritarios ejercen un control tanto ex ante como ex post de la política (censura, desapariciones forzadas, represiones. De todos modos, las dictaduras no personalistas siempre han tenido el problema de la incertidumbre hacía adentro de no tener nunca resuelto el problema de la sucesión. Conflicto que, finalmente, terminaba involucrando a la sociedad toda.

 

 

La Argentina es un país donde TODO puede pasar, pero finalmente, TODO sigue igual. Deberíamos decir que es un “país donde todo puede pasar, incluso NADA”. Y finalmente, como pasa de todo, no pasa nada. Seguimos en nuestra deriva, que da como resultado un vector siempre descendente.

 

 

Es posible que en las elecciones venideras de renovación del Congreso Nacional (aparte del resto de las elecciones propias del federalismo electoral argentino) produzcan tantas cifras, tantos argumentos, tantas post verdades, tantas chicanas, y tantos memes que, en realidad, ni siquiera el triunfo en los medios será de alguien único. Todos se proclamarán ganador, como la Grieta lo demanda, y como la confusa realidad política argentina lo permite.

 

 

Y finalmente Mauricio Macri aprendió que la política no es siempre pérdida de tiempo y pérdida de plata, como siempre pensó, echándole la culpa de todos los males argentinos (como se suele hacer desde los medios, desde los countries y en los bares donde se juntan los padres de clase media alta a charlar después de llevar a los chicos a la escuela).

 

 


A los argentinos nos gusta la naturaleza. Por eso naturalizamos en su momento la violencia política, luego el terrorismo de Estado, la corrupción, la pobreza y la desigualdad galopante. Y ahora, hemos naturalizado a la víctima del COVID. No tenemos vacunas, las cuarentenas fueron siempre imposibles, y volvimos a darnos besos babosos. Aunque todos tengamos un pariente muy cercano o un amigo que se lo llevó la pandemia, muchísimos conocidos contagiados y que se están contagiando

 

 

La cuestión del asalto al Estado por parte de los grupos privados siempre estuvo centrada especialmente en el lobby corporativo empresario. Incluso hubo ingeniosas teorías marxistas que sostenían porqué los Estados capitalistas combatían de algún modo esa intrusión; dado que pese a ser el Estado burgués “la oficina que representa los intereses capitalistas” había una racionalidad colectiva que le era propia para actuar en contra de los capitalistas privados para que capitalismo en general no entrara en crisis. De allí la idea de “autonomía relativa del Estado”.

 

La vacunación viene a todo vapor, y es una gran noticia para todos los que vivimos en estas playas. La experiencia en la vacunación masiva se hace notar y estos reservorios de capacidades profesionales que tiene el país siempre nos permiten abrigar esperanzas de poder salir de este des-desarrollo que viene de décadas.

 

 

La pandemia lo complica todo. La pandemia sirve de excusa para todo. Así vive la situación actual el Gobierno de Alberto Fernández, cuya producción de justificaciones -válidas y de las otras- ha sido siempre su gran activo desde que llegó a la Casa Rosada. Capacidad que contrasta con la módica gestión de su Gobierno y que dado que se trata de mujeres y hombres fogueados en la experiencia de gobierno solo se explica por el carácter invertebrado de la coalición oficialista y la falta de conducción y visión estratégica. Para decirlo sintéticamente, el Frente de Todos ha sido una maquinaria electoral exitosa y un fracaso como coalición de gobierno, produciendo esto graves problemas en la gestión del gobierno.

 


“Los medios tienen una agenda paralela, que no es la de la gente, que está de fiesta cuando consigue vacunarse”,
se dice desde la Casa Rosada. Y tienen razón. Incluso mejora la opinión hacía el Gobierno en los vacunados, marcan las encuestas.

 


Hace ya muchos años (1972) que Humberto Eco publicó “La Nueva Edad Media” en donde avizoraba un mundo desorganizado a partir del debilitamiento de la autoridad estatal que alentaba la privatización del espacio público por parte de corporaciones varias. Algo no muy diferente a lo que diría el famoso informe de la Trilateral firmado por Huntington, Crozier y Watanuki y que popularizó el concepto de ingobernabilidad que hoy usa hasta mi tía Nacha de Quilmes.

 

 

La sociedad es posible gracias a que todos cumplimos infinitas rutinas diarias que no las problematizamos, y si lo hacemos, en términos casi oníricos. Es lo que consideramos normal hacer.

 

La aparición de los piqueteros en el paisaje político argentino vino de la mano de un gran cambio en nuestra sociedad: el fin del pleno empleo, disfrutado por décadas, y clave para el poder casi único en América Latina del que gozaron los sindicatos argentinos.

 

Rene Girard escribió alguna vez que el verdadero motor de la historia no era ni la lucha de clases como lo decía Marx, ni la acción de los grandes héroes como lo decía Toynbee, sino el rol que cumplían los chivos expiatorios. Desde tiempos ancestrales, el rito de quemarlos en la hoguera pública ha servido para expiar las culpas propias, aglutinar a las sociedades y permitir un nuevo comienzo.

 

Que la palabra publica este completamente devaluada queda fácilmente demostrado por el hecho que todavía se le factura a Raúl Alfonsín el mítico “Felices Pascuas. La Casa está en Orden” cuando a Alberto Fernández ya ni se le escuchan sus contradicciones que dentro de poco tendrán lugar en la misma oración que enuncia. (Encima, esa frase de Alfonsín nunca existió así, la hace aparecer cínica. Comenzó su discurso con el “Felices Pascuas”, pero mucho después, lo finalizó con un “La casa está en orden y no corre sangre en la Argentina”).

 

 

En casi todos los países la pandemia del COVID 19 ha causado estragos y los sigue causando. Graves problemas en el presente y gravísimos problemas a futuro que ni siquiera imaginamos. Consecuencias tremendamente negativas humanas, sociales, económicas y políticas.

 

La primera ola de la pandemia en el país presentó el peor desenlace posible; récord de muertes y caída de diez puntos del PBI. Dos acotaciones de este penoso resultado: La primera es que, en general, el sistema hospitalario no colapsó, pero ni la cuarentena eterna ni las medidas restrictivas sociales sirvieron para bajar a cero el nivel de contagios. Ellos se amesetaron con su consecuente número de muertes, lo que llevó a tener las mismas víctimas que los países que nunca enclaustraron a la población.

 

El Gobierno nunca tuvo un Plan B para enfrentar la pandemia. Todo el año 2020 estuvo cruzado por hacer el aguante en la espera de la vacuna que llegaría sin falta a fines de años. Todos vacunados y todos a salvo, entonces de la ya temida segunda ola que castigaba invernalmente a los habitantes del hemisferio norte.

 

Como se sabía, o sea, sin ninguna sorpresa, la segunda ola de la epidemia de COVID 19 está llegando y golpeando a la Argentina. Pero a pesar de que estábamos muy advertidos -especialmente por la información proveniente del invierno en el hemisferio norte, el Gobierno Nacional exhibe el mismo nivel de confusión, improvisación y arbitrariedad que el que demostró el año pasado. Claro está, sin siquiera las magras capacidades con las que contó en los primeros meses del 2020, luego de implementada la cuarentena.

 

Entre las crisis catastróficas y la sobreexcitación que producen las burbujas económicas ahora sabemos que no existe solo la ansiada y nunca alcanzada “normalidad”. También puede darse un período de atonía, de crisis en cómodas cuotas, de decadencia lenta pero tremendamente dañina. Todavía pensando que un estallido como el 2001 es brutal y que debemos evitarlo a toda costa.

 

 

A poco de conocerse la sorpresiva y sorprendente fórmula electoral del Frente de Todos en la que Alberto Fernández aparecía como el candidato a Presidente, y Cristina Fernández de Kirchner como su vicepresidente, aparecieron dos tipos de manifestaciones. La que consideraba que Alberto podía ser un Presidente con autonomía e independencia manifiesta de Cristina, y la de los que entendíamos que tarde o temprano, el poder real de la vicepresidenta se haría valer, especialmente en temas claves de gobierno.

 

 

Hasta hace pocas horas, Alberto Fernández podía ufanarse de ser un Presidente Pequeño, Pequeño, pero Presidente al fin. El discurso de apertura de las elecciones legislativas había sido una aburrida elegía a las posiciones políticas de su vicepresidenta, pero sabemos que el lema del Presidente es “a las palabras se las lleva el viento” (aunque no la cloud de internet). El discurso contenía asimismo la confesión explicita de que, más que quejarse airadamente, no iba a ser mucho más para cumplir con la tarea para lo cual Cristina Fernández lo designó en el primer lugar de la fórmula presidencial: el resolver su situación judicial, la de sus seres queridos y la de sus seres no tan queridos.

 

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

 

 

“No importa que el gato sea blanco o negro. Lo que importa es que atrape ratones” decía el General, que si de algo estuvo siempre preocupado fue de generar “estaticidad” (demasiada, a mi gusto). Nos llegan noticias del muy neoliberal vecino trasandino con su muy neoliberal presidente y su módico estado neoliberal. En un solo día, han vacunado todo lo que en un viaje charter a Rusia Aerolíneas Argentina trae para vacunar en la Argentina.

 

 

Así como decimos es una exageración afirmar que en la Argentina no rigen las instituciones -ya que como vimos en el artículo de 7 Miradas “Nuestra Constitución Republicana-Populista”, proveen incentivos para que gobernadores e intendentes busquen más bien el apoyo de la Casa Rosada que buscar inversiones, también escuchamos continuamente que las ideologías no existen, o que al menos, el electorado no es ideológico.

 

Los mitos no son la realidad que no son. Pero si esa realidad que crean, a partir de que se los cree. Toda nación es una construcción mítica, aunque en la Argentina también sufrimos una destrucción de la nación que no tiene nada de mítica. Y, para redundar en las redundancias, en un país llenos de mitos, existen algunos muy perniciosos ya que, al desvirtuar la realidad, escamotean diagnósticos más acertados y propuestas eficientes para resolver nuestros problemas

 

 

La Argentina es un país donde proliferan los “ismos”. Tenemos una manía de que a cada fenómeno político emergente le adosamos ese sufijo. Así tenemos republicanismo y populismo. También peronismo y alfonsinismo (como antes hubo rosismo, mitrismo y roquismo). Y tuvimos “menemismo” y hasta “delaruismo” y “chachismo”. Y “kirchnerismo”, aun en su momento inicial, cuando todos sus integrantes entraban cómodos en una combi de esas que unen Ezpeleta con el Correo Central.

 

Se termina 2020. Un año de privaciones y de incertidumbres. Un año de ausencias, ocasionales y permanentes. Un año de miedo y de urgencias. En síntesis, un año del que muchos dicen que hay que olvidar.

 

 

Si para algo se han creado los gobiernos, es para reducir la incertidumbre. En primer lugar, la llamada “incertidumbre hobesiana”, en donde la que está en juego es la vida misma dada la violencia de todos contra todos, cuando el “hombre se transforma en lobo del hombre”. Hoy, los gobiernos en el mundo intentan proporcionar certidumbres “contextuales”, bajo un contexto en donde todas nuestras certezas -incluso las científicas- se mostraron lábiles, pequeñas y frágiles frente al despliegue de la epidemia del COVID-19.

 

 

 

La nueva epístola de Cristina Fernández a los Conurbanensis (y resto de la feligresía K) dirigiendo un feroz ataque a los miembros de la Corte Suprema de Justicia ha sido criticada correctamente por la oposición, que visualiza en ella un adelanto de la reforma judicial que el oficialismo está pergeñando. Reforma destinada a terminar con el sistema de división de poderes, tal como lo conocemos, y su reemplazo por una politización franca del sistema político en su conjunto, cuyo vértice de conducción lleva a la vicepresidencia.

 

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