Sergio Suppo

El tiempo acrecienta la gravedad y también el ridículo de aquella reunión del 7 de diciembre de 2021 entre los cuatro ministros de la Corte Suprema y el ministro de Justicia de la Nación. Aquella mañana, Martín Soria agotó su media hora de fama con una perorata de agravios, chicanas y acusaciones. 

 

Juntos cumple con un viejo ritual de los opositores argentinos que consiguen ganar una elección. A la velocidad a la que se extiende como una mancha paralizante la variante ómicron del coronavirus, la coalición malgasta su trabajoso triunfo en las elecciones de medio término.

 

Inoportuna, la nueva ola de Covid amenaza con superponerse con las fiestas de fin año. Peor resulta todavía que los argentinos encuentren a sus gobernantes entretenidos en juegos de engaño y distracción. 

 

Estaba claro que iba a perder, pero eligió chocar con su viejo jefe. No lo sabía, pero para Raúl Alfonsín aquella decisión de enfrentar a Ricardo Balbín en una elección interna fue el primer paso hacia la presidencia.

 

 

El peronismo empezó a prepararse para un aterrizaje forzoso. Las luces rojas que se encendieron en el tablero de control en las elecciones primarias del 12 de septiembre nunca se apagaron. A juzgar por el ánimo y las palabras de quienes las hicieron, las drásticas maniobras de campaña para salir de la emergencia electoral no habrían dado el resultado esperado.

 

El mensaje presidencial en el que pide que la provincia “sea parte de la Argentina” inclina aún más la cancha para sus candidatos en una provincia que rechazó desde el primer momento la lógica de Néstor y Cristina; el peronismo local terminó convertido en un partido distrital, en defensa de lo que se percibe como un centralismo voraz

 

Solo la resiliencia congénita de los argentinos frena un pronóstico más sombrío frente a la superposición de fenómenos que se concentran en el tramo final del segundo año de la pandemia.

 

 

El kirchnerismo cambia el discurso, pero no las mañas. Con el “ah, pero Macri” dibujó la única explicación posible del desastre social y económico.

 

 

Más usada que leída y analizada, “el empate hegemónico”, la definición de Juan Carlos Portantiero sobre el ciclo entre el primer y el segundo peronismo regresa una vez más como definición de procesos actuales que parecen remitir a aquel otro gran fracaso nacional.

 

 

El país que luego del frustrado intervalo macrista volvió a ser gobernado por el kirchnerismo también parece atrapado en su propio desatino; y corre el riesgo de quedar preso del interés de hacer de la pobreza un capital político antes que un doloroso problema a resolver

 

 

La muerte no es registrada, tampoco el duelo de los sobrevivientes. Importa poco la desesperación de la caída en la pobreza. Tampoco interesa el dolor resignado por un futuro incierto. Para el mundo del poder y de quienes aspiran a regresar a él, dominan el cálculo y la ventaja en un juego de suma cero en el que unos creen ganar y otros no aceptarán perder.

 

Atribulados por urgencias tan perentorias como tener qué comer y evitar ser contagiado, la mayoría de los argentinos no pueden imaginar con qué país se encontrarán después del tiempo electoral en el que acaban de entrar.

El mundo electoral ha vuelto a girar para llegar al mismo lugar: el territorio de gente que fue indecisa y que ahora tiene las esperanzas rotas vuelve a ser la franja en disputa

La ola de Covid que un mes atrás estremeció los indicadores sanitarios de la zona más poblada de la Argentina ahora golpea el interior profundo del país.

El peronismo vuelve a endosar al resto del país sus conflictos internos. Esta vez no es un problema partidario, de liderazgos políticos, de discusión de cargos o de la supremacía de un sector sobre otro. Lo que el inveterado oficialismo discute ahora es la esencia misma del sistema político e institucional de la Argentina. Y va ganando con comodidad el grupo que cree necesario abandonar la democracia liberal, desterrar la división de poderes como esencia de la república y caminar a contramano del sistema de libertades económicas del capitalismo.

Producto de una egomanía incurable, desde siempre los argentinos hemos preguntado cómo nos ven. Las respuestas han incluido, no pocas veces, la sorpresa y el desconcierto del interlocutor extranjero que nunca se había detenido a formarse una opinión sobre nosotros.

Una nueva versión de antiguos fracasos se proyecta sobre la Argentina. Como una deteriorada pantalla de un cine de barrio, el país resiste la reproducción de imágenes y palabras que parecían perdidas en el tiempo. Muchos espectadores ya se fueron a otras salas; otros saben que no conviene pagar por una entrada para ver el espectáculo de una nación que se autodestruye.

 

 

El Gobierno camina con dificultades crecientes hacia un punto electoral inquietante y remoto

 

Salud en terapia intensiva, educación aislada, economía asfixiada, pobreza sin remedio, justicia afiebrada, seguridad sin vacunas contra la delincuencia. La pandemia de coronavirus habilita mucho más que juegos de palabras; detona una crisis múltiple que pocos presidentes argentinos han debido enfrentar.

Maradonia es una nación atravesada por una equivocación: el país que creemos ser y el país que somos. Diego Maradona representó y representa muchas cosas al mismo tiempo; su gloria y su drama es además una metáfora intensa de los argentinos. Cada uno de nosotros tiene un Maradona diferente, construido a imagen y semejanza de nuestros propios prejuicios, ideas, sentimientos y deseos.

La ciencia rusa acaba de ser impactada por un contratiempo llamado Alberto Fernández. En cuestión de horas, detonadas las alarmas por un tuit de trasnoche del propio Presidente, fue Vladimir Putin quien llamó al contagiado de Covid para interesarse en esa resonante falla de la vacuna Sputnik V.

El Presidente llegó a Lago Puelo después del fuego, el humo y las cenizas. Y luego del choque de intereses económicos, las maniobras políticas y las furiosas pasiones que desataron en Chubut el debate de la habilitación de la minería a cielo abierto en una zona de la provincia. Alberto Fernández fue al sur con la idea de que estar en el lugar de una catástrofe es, a la vez, un deber y una conveniencia. Había hecho lo mismo en San Juan, meses atrás, luego de un terremoto.

La vicepresidenta controla por acción directa de sus hombres o mediante discursos todas las áreas centrales del Gobierno

Una niña llevada a un recorrido incierto sirve como dolorosa metáfora de una nación gobernada sin rumbo

La búsqueda de impunidad no solo incluye la domesticación de la Justicia, sino también el aquietamiento de los sectores ajenos al oficialismo

Desde desplazar jueces e insistir con el lawfare hasta jugar con la idea de un indulto, el kirchnerismo explora todas las alternativas para que la vicepresidenta y sus hijos escapen a las condenas; la condena a los hijos de Báez detonó una alerta por la situación de Florencia Kirchner.

Un hilo rojo une la madrugada del 14 de junio de 2016 con la mañana del 19 de febrero de 2021. Una misma combinación de cinismo organizado y negación colectiva trata de borrar las huellas de esas dos confirmaciones de lo evidente.

 

Perdida en la secuencia ininterrumpida de golpes de Estado durante más de medio siglo en la Argentina, la idea de legado político apenas si empezó a recuperarse una vez que, aunque con alteraciones y mezquindades, se normalizó la entrega del mando de un presidente constitucional a otro. Las muertes de Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner permitieron revisar, a partir de sus funerales, la herencia que habían dejado sus mandatos al país.

Un político a tiempo completo, un caudillo popular, un presidente conservador. A los noventa años, Carlos Saúl Menem completó con audacia, intuición, pragmatismo y una inquebrantable fe en sí mismo un largo, controvertido e insoslayable trayecto por la vida pública de la Argentina.

Hay dos datos cruzados que alimentan el futuro político de la Argentina. El peronismo aprendió qué debe hacer para regresar al poder. Juntos por el Cambio tiene por delante demostrar que tiene la misma capacidad de aprendizaje.

En los años noventa, bajo el paraguas de la confidencia, un dirigente muy conocido era descripto así por uno de sus principales operadores: "No es que sea mentiroso, es que no conoce la verdad".

Con cierta regularidad, surge del coro oficialista una voz que recita un discurso contrafáctico: "Con Macri, hubiera habido un millón de muertos". "Sin nosotros en el gobierno esto sería una catástrofe".

El gobierno de Cristina Kirchner y Alberto Fernández ejecuta una decisión sin anunciarla: ya empezó la campaña electoral. Todo está ahora orientado a obtener un resultado que reafirme su poder y agrande su capacidad de maniobra.

Parece cuento, pero el movimiento nacional y popular del fin del mundo empezó a recrear una historia clásica de las historias de las monarquías del pasado. Es transparente que Cristina Kirchner adelantó su herencia en beneficio de su hijo Máximo sin soltar el mando. Está menos claro, sin embargo, el efecto que provocará en el esquema de poder el intento de cancelación del futuro del presidente Alberto Fernández y el precipitado lanzamiento de la postulación del hijo de la vicepresidenta.

El kirchnerismo se apropió de los beneficios que le reporta el sistema feudal en las provincias

En un país atragantado de presidencialismo, el futuro de Alberto Fernández empieza a recortarse en el momento en el que otros mandatarios soñaron con quedarse el mayor tiempo posible. El sucesor de Mauricio Macri parece no haber tenido la oportunidad de experimentar la agridulce soledad del poder. Un año y dos días después de asumir, está solo y sin poder.

Nadie podrá olvidar dónde y qué estaba haciendo el miércoles 25 de noviembre al mediodía, cuando la noticia de la muerte de Diego Maradona cruzó por las vidas de cada uno y de todos los argentinos. Y también del Gobierno, a quien el inesperado sacudón emocional del país encontró soñando con su recuperación.

El experimento del peronismo es nuevo: todos pretenden gobernar al mismo tiempo

Alberto Fernández se ampara en recetas clásicas para la distracción política. La ortodoxia del ajuste tiene moños y papeles de colores que tratan de esconderlo.

Mauricio Macri acostumbra a señalar una de las gigantescas fotografías que decoran su despacho, en Olivos, cerca de la quinta en la que vivió cuatro años. "No podemos perder el contacto con la gente y la expectativa que pone en nosotros", suele decir a sus visitantes.

La primera lección de ajedrez que recibe Beth Harmon (Anya Taylor-Joy) es cuidar la dama. "Sin ella, estás perdida", le dice su primer maestro, el portero del orfanato en el que vive la futura genia del ajedrez que protagoniza Gambito de dama, el último éxito de Netflix. La serie es pura ficción, aunque recoja datos reales de un mundo perdido en las tinieblas del siglo pasado.

Hay que reconocerle dos cosas a Juan Grabois: cumple lo que promete y es obediente. En la campaña electoral que terminó con el triunfo del binomio de Cristina Kirchner y Alberto Fernández dijo que se venía un tiempo en el que los campesinos sin tierra ocuparían campos y los que vecinos sin casa tomarían viviendas.

Alerta de spoiler. En uno de los primeros capítulos de Borgen, el empresario más importante de Dinamarca se opone a un proyecto que obligará a los directorios a tener tantas mujeres como hombres. Y amenaza con llevarse a sus compañías fuera del país.

El mundo dio muchas vueltas desde 2003; atravesó un par de crisis globales, sobrelleva una guerra comercial entre las dos potencias más grandes y está tratando de encontrar la manera de salir de la devastación económica que provocó el coronavirus. Mientras, el kirchnerismo sigue diciendo y haciendo las mismas cosas que dijo e hizo una vez que se olvidó de la herencia de Eduardo Duhalde.

El Gobierno fantasea con un 17 de octubre, la fecha mágica del viejo peronismo. Supone que en menos de tres semanas ocurrirá un relanzamiento, cambiará el clima y se definirá un rumbo.

Nunca antes en la Argentina democrática alguien con tantos flancos débiles y cuentas pendientes despertó tanto temor político y, a la vez, acumuló tanto poder. Como enseñó Maquiavelo, es el miedo antes que la habilidad y el convencimiento el que permite que Cristina Kirchner se autoabsuelva y se proponga alcanzar la suma del poder público.

La vieja obsesión argentina de querer saber cómo nos mira el mundo siempre tuvo como contracara la permanente búsqueda de modelos a seguir.

El 10 de diciembre de 2013, Cristina Kirchner bailó ante una multitud en la Plaza de Mayo en el festejo partidario con el que su gobierno celebraba treinta años de democracia. Un país atribulado la vio festejar, feliz, en una semana signada por más de diez muertes como resultado de otros tantos levantamientos policiales.

El renacido fenómeno de la ocupación de tierras es apenas la última imagen de una larga película, un ejemplo más de un Gobierno que simula hacer algo, se contradice y termina enredado en sus propias contradicciones. Donde algunos suponen amplitud ideológica, el nuevo peronismo muestra su propia confusión. No es variedad, es desconcierto.

Un país en blanco y negro, binario y decadente discute agendas exóticas en medio de otra fenomenal crisis económica y social. Es un país con dirigentes que especulan con sus propios enfrentamientos y diseñan su futuro según el calendario electoral o sus urgencias personales.

 

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