Jorge Fernández Díaz

En su risueño y mágico regreso a un pasado de leyenda, el atribulado protagonista de Medianoche en París –guionista consumado y novelista en ciernes– se cruza en un bar con un joven Luis Buñuel. El alter ego de Woody Allen, conociendo el futuro, le sugiere entonces al cineasta aragonés una extraña idea para una película: “Un grupo de personas asisten a una cena formal y al final cuando intentan irse se dan cuenta de que no pueden salir del salón”.

La batalla más encarnizada entre los dos principales pensadores mexicanos comenzó en 1978 y fue todo un escándalo. “Es difícil recobrar la tensión de una polémica –cuenta hoy Enrique Krauze–. Es como revivir una pelea de box”. Para convertirse en el “caudillo cultural” de su generación y con aires de superioridad moral, Carlos Monsiváis vapuleó en público a Octavio Paz, y este rebajó a su rival diciendo que no era “un hombre de ideas sino de ocurrencias”.

El día que apagaron la luz, los autócratas se restregaron las manos y los oráculos salieron a profetizar sus deseos. El 20 de abril del año 20 nadie quería petróleo; un mapa mostraba petroleros anclados en el mar: no tenían puerto donde ir.

La electrizante página 216 viene como un vendaval y nos trae dos citas tormentosas. La primera pertenece a un artículo aparecido en el diario El País de Madrid el 19 de mayo de 1985; faltaban treinta y cinco días para el lanzamiento del Plan Austral: “Saúl Ubaldini ha pedido abiertamente al Gobierno ‘que se vaya’, y significativamente la patronal argentina se ha sumado a las reivindicaciones de los sindicalistas. Entre tanto, hoy se reanuda la vista oral del juicio contra las tres primeras juntas militares”.

Un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que ha perdido un brazo en una batalla, llega un día a un diminuto pueblo detenido en el tiempo y en medio de una planicie desértica, y ante la mirada recelosa de sus habitantes comienza a preguntar por Komako, un granjero japonés que solía tener una finca en los alrededores. Las preguntas provocan creciente inquietud, y el clima se va volviendo espeso.

La temprana y dolorosa muerte de Javier Marías, hoy exaltado hasta por quienes apenas unas semanas atrás lo maldecían en secreto a raíz de sus valientes críticas al “progresismo” europeo -casi siempre cómplice de la izquierda autoritaria latinoamericana y propulsor de la tiranía de lo políticamente correcto, con sus delirios y contemporáneas inquisiciones- ha reflotado también la figura de su padre y mentor.

Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte, decía Unamuno. Pero supongo que también se viaja para verse desde lejos con mayor objetividad. Viajar es malo para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de mente, añadía Mark Twain.

“Qué será de nosotros”, me preguntó una noche del mes de julio, después de oírnos en una espinosa tertulia radial acerca de la electrizante crisis política y económica que se había desatado. Parecía espantada y dolorida. “Solo Dios lo sabe”, le respondí con sinceridad.

Cuando en una bochornosa tarde de febrero de 1991 un “lobo solitario” con las facultades mentales alteradas surgió del público anónimo y arrobado, alzó un revólver 32 y apuntó directo a la cabeza de Raúl Alfonsín nadie podía saber que el destino urdía una gran lección ética e histórica.

Un ilustrador francés, sesentón y desencantado, resentido con su mujer y perplejo frente a este mundo cruzado por las nuevas tecnologías, recibe un extraño regalo: su hijo lo anota para un “viaje en el tiempo”, original servicio que brinda una compañía dirigida por un inefable realizador cinematográfico para clientes de alta gama. Esa peculiar empresa utiliza técnicas teatrales para reconstruir con exactitud momentos especiales de la historia y falsas veladas con personajes célebres.

“Nunca se te ocurra hacer películas con niños ni con perros, ni con Charles Laughton”. Así despreciaba irónicamente un genio del cine a un genio de la actuación dramática.

Primo Levy asevera que cada época tiene su fascismo. Se entiende aquí ese vocablo no como un mero sinónimo de rasgo autoritario o de irreductible tiranía popular, sino específicamente como el autodenominado “socialismo nacional”, serio experimento que creó, maximizó y malogró Il Duce y que fascinó a una pléyade de posteriores caudillos latinoamericanos, empezando por el general Perón, quien fue testigo ocular de su génesis en Roma, y quien en 1944 les aseguró a los más relevantes miembros de la comunidad italiana en Buenos Aires: “Me propongo imitar a Mussolini en todo, menos en sus errores”.

Cuando llegó a los cien kilos, su joven mujer lo conminó a bajar de peso. El talentoso escritor, que había abusado del sedentarismo y la voracidad, le hizo entonces una firme promesa: esta vez cumpliría un régimen alimentario muy estricto. A los tres días, sin embargo, comenzó a hacerle trampas: compró cien bolitas de nueces y chocolate, y las escondió bajo la cama; cada noche se levantaba en silencio y se devoraba unas cuantas antes de volverse a dormir.

“Estos cambios audaces, este pasarse osadamente en pleno día al campo contrario, estas fugas en pos del vencedor, son el secreto de Fouché en la lucha –anota su genial biógrafo–. Ha hecho juego doble. Según sople el viento, puede sacar del bolsillo derecho una prueba de inflexibilidad y del izquierdo una prueba de humanidad; puede presentarse lo mismo como verdugo que como salvador de Lyon”.

Los inflamados celebradores anuales de la lealtad han traicionado muchas cosas a lo largo de estos 77 años, pero lo más espectacular que han hecho es traicionarse a sí mismos.

“El improvisador no es un mero ilusionista del artificio; es un virtuoso, menos instrumental que intelectual, del peligro –describe el ensayista Pablo Gianera–. Y es también un aventurero, cercano al adúltero (ávido de aventuras amorosas) y al jugador. Perdido en el presente, trata de desentenderse del pasado y de ordenar el futuro apenas entrevisto. Su meta es que lo accidental se vuelva necesario”. 

El baqueano –-apuntaba Sarmiento– era el personaje más eminente de la llanura, puesto que solía tener en sus manos la suerte de particulares, ejércitos y provincias. Un veterano topógrafo con instinto de detective rural y algunos poderes sobrenaturales para leer las huellas, para sacar conclusiones con el perfume de las tierras y el sabor de las raíces, y para descifrar con una mirada experta las plantas y los horizontes.

Un hombre de traje gris y bigote, sin demasiadas ilusiones, se entera de que dos ladrones de banco se escaparon por los techos del barrio con una fortuna; piensa que en su fuga –acechados por la policía– quizá escondieron el botín, y recuerda más tarde que esa misma madrugada había oído ruidos extraños en el tanque de agua de la terraza de su propio edificio.

En pleno fragor, justo cuando los argentinos contemplen con el aliento cortado los primeros resultados de las urnas y piensen con angustia en su destino fatal, se cumplirán exactamente veinte años de aquella admonición.

Refiere Pablo Giussani en una página antológica que el “peronismo revolucionario” de los años 70 –hijo de las clases medias altas e ilustradas o directamente de la oligarquía– se prodigaba en espectaculares donaciones a los humildes: regalos que provenían de robos a mano armada o víveres distribuidos entre hogares obreros en trueque por la vida de algún empresario secuestrado.

Cuando le tocó pagar de su bolsillo y con su presupuesto, la arquitecta egipcia matizó un tanto la generosa máxima atribuida a Eva Perón. Sí, donde hay una necesidad hay un derecho, pero también una responsabilidad, advirtió el lunes 28 de julio de 2010, levantándole el dedo a los sindicalistas de la Carta del Lavoro, que le exigían por entonces mayor poder adquisitivo para sus bases.

Pasó prácticamente inadvertida para la prensa una significativa incursión de Javier Milei en la Feria del Libro; allí el inefable anarcocapitalista presentó en sociedad a su intelectual de cabecera, un joven ensayista que acaba de publicar un best seller, La batalla cultural, al que tampoco parece registrar demasiado el gran radar mediático.

En un viejo libro brillante que por lo visto jamás se publicará en la Argentina –Donde todo ha sucedido– Javier Marías nos recuerda el enorme carácter formativo que el cine clásico norteamericano tuvo sobre nuestras vidas y, en particular, un horror que producía insomnio en nuestra infancia.

En la soleada mañana del domingo último, alguien dejó rodar sobre las mesas de La Biela una extraña palabra: “Milei”. Mario Vargas Llosa, que había caído de sorpresa en esa clásica tertulia porteña, miró entonces fijamente a Juan José Sebreli, a quien conoció en París hace décadas, y esperó su veredicto. El viejo maestro le respondió rápidamente: “Un fenómeno juvenil”.

El estatismo inflacionario, endogámico y pobrista fracasó, y ya ni las tergiversaciones funcionan como antes; con la neolengua oficial en desgaste y retroceso, quizá sea hora de conquistar la realidad y reencarnar aquella patria perdida

Los tres poderes del Estado se encuentran atados de pies y manos, y con funcionamiento mínimo: el Ejecutivo, por sus graves contradicciones internas; el Legislativo, por la muerte de la conversación política, y el Judicial, por acoso y derribo de quienes buscan amnistía e impunidad

“No soy culpable”, jura el asesino, y Patricia Highsmith revela las cavilaciones íntimas de su interlocutor: “No le creyó nada, pero se dio cuenta de que el asesino había llegado a un estado mental en que se creía realmente inocente”. El párrafo pertenece a la novela The blunderer, que algunos traducen como El torpe y otros como Una metida de pata.

Simenon escribía en 11 días una novela policial y en treinta, una novela a secas. Aseguran sus biógrafos que durante 1966 publicó sus consagratorias obras completas en una editorial suiza (alrededor de 180 libros), inauguró una estatua del comisario Maigret en Delfzijl y compuso “El gato”, acaso su historia más cruel, basada oblicuamente en los años finales de su madre con su segundo marido y también en la psiquiátrica ruptura con su esposa Denyse. Considerado hoy el “Balzac del siglo XX”, este prolífico autor belga describe allí una sórdida guerra conyugal.

 

Pertenece a un mundo inolvidable y crepuscular de la política, y sin embargo no se ha recluido en su biblioteca –es un lector omnívoro– ni en su confortable mitología personal; al contrario, se preocupa día y noche por hablar cara a cara con los protagonistas del momento a ambos lados del océano y, sobre todo, a estudiar en detalle los candentes vaivenes de América Latina.

 

El 17 de noviembre de 1941 un soldado llamado Vladimir Putin, fusil en mano y en compañía de un camarada armado hasta los dientes, recorría con el aliento cortado los cráteres del campo de batalla junto al río Nevá. Esa zona devastada y gris, a pocos kilómetros de Leningrado, estaba infestada de nazis invisibles, y los dos rusos avanzaban a pie con el dedo en el gatillo.

 

Notaba Ricardo Piglia que el crimen perfecto solía ser la utopía del género policial, pero también su negación: un asesinato tan bien ejecutado que jamás se descubre “es el horizonte al que aspiran los textos (o sus lectores) y sin embargo sabemos que esa expectativa será (fatal y resignadamente) frustrada”.

 

“Existe un izquierdismo residual, melancólico y falaz, que imaginó a Putin como la reencarnación de sus fantasías revolucionarias –escribió Jorge Sigal en Twitter mientras las tropas rusas ingresaban a sangre y fuego en Ucrania–. ¡Despierten, no vuelvan a ser cómplices de otro genocidio; no esperen a que se desclasifiquen los archivos para descubrir los crímenes!”.

 

“El paso decisivo para empezar un proceso de emancipación intelectual es darse cuenta uno mismo de que no hay ninguna obligación moral de ser de izquierdas”, lanzó Fernando Savater, y una vez más los navajeros de las redes sociales salieron a degollarlo.

 

Aun remoto pero inolvidable melodrama en blanco y negro dirigido por George Cukor, donde todos sufríamos por el destino de la pobre Ingrid Bergman, debemos el concepto gaslighting, que la piscología moderna utiliza para definir un inquietante fenómeno de manipulación.

 

“Si Putin dictara un decreto para que todos los rusos se lanzaran a la lava, muchos de ellos exclamarían: ‘Oh, Dios mío, pero ¿dónde la encontramos? ¡Sabio líder nuestro, no tenemos lava en nuestro jardín!’. Es que nuestra población se divide en dos: los que apoyan a Putin, y después todos aquellos que saben leer, escribir y llegar a conclusiones lógicas”.

 

En Isla Negra las arenas estaban permanentemente húmedas durante aquel otoño de 1994 y el océano Pacífico batía de manera inclemente esa costa gris y cansada. Así lo apunta en sus excepcionales memorias literarias Juan Cruz Ruíz, que en aquel año fungía como director global de Alfaguara y que llevaba de visita a la legendaria residencia de Pablo Neruda a dos grandes estrellas narrativas de su propia editorial: la chilena Marcela Serrano y el español Arturo Pérez-Reverte.

 

En el elegante reservado del primer piso de un restaurante que ya no existe, Jesús de Polanco nos esperaba con una sonrisa práctica y un apretón de manos. El restaurante era un clásico porteño y quedaba sobre Avenida de Mayo, y en reencarnaciones anteriores se habían sentado a sus mesas Mitre, Darío, Lugones, Gardel, Caruso, Joan Crawford y Maurice Chevalier.

 

El destino, el azar, los dioses no suelen mandar grandes emisarios en caballo blanco, ni en el correo del zar. El destino, en todas sus versiones, utiliza siempre heraldos humildes, advertía Francisco Umbral. Durante un verano de 2016, el heraldo en cuestión resultó ser efectivamente un modesto cubano de mediana edad que recogía la basura en un gran hotel “all inclusive” de la ciudad de Varadero.

 

 

La escena discurre a la luz de las velas, durante una tormenta, en el salón de un pequeño castillo de caza en Hungría. Dos viejos amigos, ex camaradas de armas que no se ven desde hace 41 años, sostienen un duelo de palabras íntimas acerca de una posible traición remota; uno de ellos esconde en un bolsillo una pistola belga.

 

 

El intrépido Cornelius Vanderbilt Jr., desahuciado por eludir los deseos paternos y su destino aristocrático y por haberse entregado en cuerpo y alma al periodismo, se hizo detener en 1923 por la policía para entrevistar en la cárcel a Adolf Hitler.

 

 

Anota el escritor argentino Edgardo Cozarinsky, en la penúltima página de Museo del chisme, unas meditaciones muy significativas acerca de ciertos síntomas íntimos que aquejan a los autócratas.

 

 

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento. El momento en que el hombre sabe para siempre quién es”, recitó ante la prensa. Desde esa tarde última Carlos Pagni no deja de punzarlo con su ironía: “¡Un peronista que lee a Borges!”. Miguel Ángel Pichetto eligió esa frase borgeana para explicar por qué aceptaba acompañar a Mauricio Macri en la campaña de 2019.

 

 

El último gran teórico del peronismo, que tantos errores cometió acerca del presente, era no obstante un agudo descifrador del pasado. En cierta ocasión, dos especialistas más jóvenes que daban por descontada su anuencia repitieron en un coloquio un viejo cliché: el 17 de octubre de 1945 fue el día en que los “sectores populares tomaron la ciudad blanca”.

 

 

Las urgencias políticas y económicas se entrecruzan en una Argentina trágica; las incógnitas de la “segunda etapa” del gobierno de Alberto Fernández después de la derrota que intentan disfrazar de triunfo

 

 

“Hay que crear un estado de conciencia popular de austeridad”, advirtió por cadena nacional al lanzar su flamante programa de estabilización; poco más tarde, redondeó el concepto: “Sabemos que hay exceso de consumo”.

 

 

En poderosos segmentos de la universidad argentina y en el interior de proactivos cenáculos culturales, dominados siempre por mandarines y comisarios políticos, persisten en ignorar o directamente censuran a escritores que no adhieren a alguna de las floridas variantes del peronismo, a cualquier forma del marxismo militante o utópico y a sus inofensivos acompañantes terapéuticos: esos sujetos y sujetas que se hacen los gansos para sobrevivir a la cancelación del medioambiente.

 

 

A principios del siglo pasado los grandes duelos dialécticos se seguían por los periódicos y se debatían cara a cara en los bares. En una tarde de 1918, el notable economista Joseph Schumpeter y el padre de la sociología moderna, Max Weber, se encontraron en un café de Viena para intercambiar impresiones acerca de la revolución rusa.

 

 

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, decía Marx. La identidad del kirchnerismo está formada por un puñado de tradiciones políticas que vienen desde el fondo de la historia, que se fueron agregando y enriqueciendo con el paso del tiempo, y que forman hoy un credo heterodoxo y a veces hasta inconsciente.

 

 

“Aunque todo lo demás nos falle –decía John Kenneth Galbraith–, siempre podremos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular”. Al kirchnerismo se le ha subido el fracaso a la cabeza, y marcha a toda máquina a babor y a estribor, por proa y por popa hacia el norte y hacia el sur, es decir: hacia ninguna parte, e inventa por el camino probados adefesios de magnitud colosal para garantizarse el desastre económico, que no se quiere perder por nada del mundo.

 

 

Aquella vieja y fecunda amistad entre dos lúcidos pensadores cayó en una brusca crisis terminal cuando uno de ellos denunció los campos de concentración y el despotismo que reinaban en la Unión Soviética, y el otro le replicó: “No tienes derecho a criticar al movimiento comunista porque estás fuera de él. Tienes que simpatizar con él para tener derecho a corregirlo”.

 

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