Jorge Fernández Díaz

En la soleada mañana del domingo último, alguien dejó rodar sobre las mesas de La Biela una extraña palabra: “Milei”. Mario Vargas Llosa, que había caído de sorpresa en esa clásica tertulia porteña, miró entonces fijamente a Juan José Sebreli, a quien conoció en París hace décadas, y esperó su veredicto. El viejo maestro le respondió rápidamente: “Un fenómeno juvenil”.

El estatismo inflacionario, endogámico y pobrista fracasó, y ya ni las tergiversaciones funcionan como antes; con la neolengua oficial en desgaste y retroceso, quizá sea hora de conquistar la realidad y reencarnar aquella patria perdida

Los tres poderes del Estado se encuentran atados de pies y manos, y con funcionamiento mínimo: el Ejecutivo, por sus graves contradicciones internas; el Legislativo, por la muerte de la conversación política, y el Judicial, por acoso y derribo de quienes buscan amnistía e impunidad

“No soy culpable”, jura el asesino, y Patricia Highsmith revela las cavilaciones íntimas de su interlocutor: “No le creyó nada, pero se dio cuenta de que el asesino había llegado a un estado mental en que se creía realmente inocente”. El párrafo pertenece a la novela The blunderer, que algunos traducen como El torpe y otros como Una metida de pata.

Simenon escribía en 11 días una novela policial y en treinta, una novela a secas. Aseguran sus biógrafos que durante 1966 publicó sus consagratorias obras completas en una editorial suiza (alrededor de 180 libros), inauguró una estatua del comisario Maigret en Delfzijl y compuso “El gato”, acaso su historia más cruel, basada oblicuamente en los años finales de su madre con su segundo marido y también en la psiquiátrica ruptura con su esposa Denyse. Considerado hoy el “Balzac del siglo XX”, este prolífico autor belga describe allí una sórdida guerra conyugal.

 

Pertenece a un mundo inolvidable y crepuscular de la política, y sin embargo no se ha recluido en su biblioteca –es un lector omnívoro– ni en su confortable mitología personal; al contrario, se preocupa día y noche por hablar cara a cara con los protagonistas del momento a ambos lados del océano y, sobre todo, a estudiar en detalle los candentes vaivenes de América Latina.

 

El 17 de noviembre de 1941 un soldado llamado Vladimir Putin, fusil en mano y en compañía de un camarada armado hasta los dientes, recorría con el aliento cortado los cráteres del campo de batalla junto al río Nevá. Esa zona devastada y gris, a pocos kilómetros de Leningrado, estaba infestada de nazis invisibles, y los dos rusos avanzaban a pie con el dedo en el gatillo.

 

Notaba Ricardo Piglia que el crimen perfecto solía ser la utopía del género policial, pero también su negación: un asesinato tan bien ejecutado que jamás se descubre “es el horizonte al que aspiran los textos (o sus lectores) y sin embargo sabemos que esa expectativa será (fatal y resignadamente) frustrada”.

 

“Existe un izquierdismo residual, melancólico y falaz, que imaginó a Putin como la reencarnación de sus fantasías revolucionarias –escribió Jorge Sigal en Twitter mientras las tropas rusas ingresaban a sangre y fuego en Ucrania–. ¡Despierten, no vuelvan a ser cómplices de otro genocidio; no esperen a que se desclasifiquen los archivos para descubrir los crímenes!”.

 

“El paso decisivo para empezar un proceso de emancipación intelectual es darse cuenta uno mismo de que no hay ninguna obligación moral de ser de izquierdas”, lanzó Fernando Savater, y una vez más los navajeros de las redes sociales salieron a degollarlo.

 

Aun remoto pero inolvidable melodrama en blanco y negro dirigido por George Cukor, donde todos sufríamos por el destino de la pobre Ingrid Bergman, debemos el concepto gaslighting, que la piscología moderna utiliza para definir un inquietante fenómeno de manipulación.

 

“Si Putin dictara un decreto para que todos los rusos se lanzaran a la lava, muchos de ellos exclamarían: ‘Oh, Dios mío, pero ¿dónde la encontramos? ¡Sabio líder nuestro, no tenemos lava en nuestro jardín!’. Es que nuestra población se divide en dos: los que apoyan a Putin, y después todos aquellos que saben leer, escribir y llegar a conclusiones lógicas”.

 

En Isla Negra las arenas estaban permanentemente húmedas durante aquel otoño de 1994 y el océano Pacífico batía de manera inclemente esa costa gris y cansada. Así lo apunta en sus excepcionales memorias literarias Juan Cruz Ruíz, que en aquel año fungía como director global de Alfaguara y que llevaba de visita a la legendaria residencia de Pablo Neruda a dos grandes estrellas narrativas de su propia editorial: la chilena Marcela Serrano y el español Arturo Pérez-Reverte.

 

En el elegante reservado del primer piso de un restaurante que ya no existe, Jesús de Polanco nos esperaba con una sonrisa práctica y un apretón de manos. El restaurante era un clásico porteño y quedaba sobre Avenida de Mayo, y en reencarnaciones anteriores se habían sentado a sus mesas Mitre, Darío, Lugones, Gardel, Caruso, Joan Crawford y Maurice Chevalier.

 

El destino, el azar, los dioses no suelen mandar grandes emisarios en caballo blanco, ni en el correo del zar. El destino, en todas sus versiones, utiliza siempre heraldos humildes, advertía Francisco Umbral. Durante un verano de 2016, el heraldo en cuestión resultó ser efectivamente un modesto cubano de mediana edad que recogía la basura en un gran hotel “all inclusive” de la ciudad de Varadero.

 

 

La escena discurre a la luz de las velas, durante una tormenta, en el salón de un pequeño castillo de caza en Hungría. Dos viejos amigos, ex camaradas de armas que no se ven desde hace 41 años, sostienen un duelo de palabras íntimas acerca de una posible traición remota; uno de ellos esconde en un bolsillo una pistola belga.

 

 

El intrépido Cornelius Vanderbilt Jr., desahuciado por eludir los deseos paternos y su destino aristocrático y por haberse entregado en cuerpo y alma al periodismo, se hizo detener en 1923 por la policía para entrevistar en la cárcel a Adolf Hitler.

 

 

Anota el escritor argentino Edgardo Cozarinsky, en la penúltima página de Museo del chisme, unas meditaciones muy significativas acerca de ciertos síntomas íntimos que aquejan a los autócratas.

 

 

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento. El momento en que el hombre sabe para siempre quién es”, recitó ante la prensa. Desde esa tarde última Carlos Pagni no deja de punzarlo con su ironía: “¡Un peronista que lee a Borges!”. Miguel Ángel Pichetto eligió esa frase borgeana para explicar por qué aceptaba acompañar a Mauricio Macri en la campaña de 2019.

 

 

El último gran teórico del peronismo, que tantos errores cometió acerca del presente, era no obstante un agudo descifrador del pasado. En cierta ocasión, dos especialistas más jóvenes que daban por descontada su anuencia repitieron en un coloquio un viejo cliché: el 17 de octubre de 1945 fue el día en que los “sectores populares tomaron la ciudad blanca”.

 

 

Las urgencias políticas y económicas se entrecruzan en una Argentina trágica; las incógnitas de la “segunda etapa” del gobierno de Alberto Fernández después de la derrota que intentan disfrazar de triunfo

 

 

“Hay que crear un estado de conciencia popular de austeridad”, advirtió por cadena nacional al lanzar su flamante programa de estabilización; poco más tarde, redondeó el concepto: “Sabemos que hay exceso de consumo”.

 

 

En poderosos segmentos de la universidad argentina y en el interior de proactivos cenáculos culturales, dominados siempre por mandarines y comisarios políticos, persisten en ignorar o directamente censuran a escritores que no adhieren a alguna de las floridas variantes del peronismo, a cualquier forma del marxismo militante o utópico y a sus inofensivos acompañantes terapéuticos: esos sujetos y sujetas que se hacen los gansos para sobrevivir a la cancelación del medioambiente.

 

 

A principios del siglo pasado los grandes duelos dialécticos se seguían por los periódicos y se debatían cara a cara en los bares. En una tarde de 1918, el notable economista Joseph Schumpeter y el padre de la sociología moderna, Max Weber, se encontraron en un café de Viena para intercambiar impresiones acerca de la revolución rusa.

 

 

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, decía Marx. La identidad del kirchnerismo está formada por un puñado de tradiciones políticas que vienen desde el fondo de la historia, que se fueron agregando y enriqueciendo con el paso del tiempo, y que forman hoy un credo heterodoxo y a veces hasta inconsciente.

 

 

“Aunque todo lo demás nos falle –decía John Kenneth Galbraith–, siempre podremos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular”. Al kirchnerismo se le ha subido el fracaso a la cabeza, y marcha a toda máquina a babor y a estribor, por proa y por popa hacia el norte y hacia el sur, es decir: hacia ninguna parte, e inventa por el camino probados adefesios de magnitud colosal para garantizarse el desastre económico, que no se quiere perder por nada del mundo.

 

 

Aquella vieja y fecunda amistad entre dos lúcidos pensadores cayó en una brusca crisis terminal cuando uno de ellos denunció los campos de concentración y el despotismo que reinaban en la Unión Soviética, y el otro le replicó: “No tienes derecho a criticar al movimiento comunista porque estás fuera de él. Tienes que simpatizar con él para tener derecho a corregirlo”.

 

 

La democracia no puede vivir sin la verdad y el populismo no puede vivir sin la mentira, dirá Jean-François Revel, aunque a su manera, y añadirá enseguida que las ideologías radicalizadas –aquellas que generan fanatismos– son siempre una mezcla de emociones fuertes con ideas simples.

 

 

“Esto no parece un gobierno peronista”. La frase está datada a mediados del año 2020 y se le atribuye a cierta arquitecta egipcia, aunque no hay certeza de que ella efectivamente la haya pronunciado en su pirámide del Instituto Patria. Es, sin embargo, una frase verosímil, susurrada por ciertos adláteres en los oídos de algunos cronistas del poder.

 

 

Un populismo que se queda sin plata, luego se queda sin votos y al final se queda sin pueblo. Así como el triunfo en las urnas les otorga a los populistas una suerte de razón automática –justifican con ello cualquier capricho, extremo o disparate–, una paliza comicial les birla el banquito y la coartada, y les desarticula hasta la lengua.

 

 

Con gran perspicacia, aunque nunca a salvo de un cierto prejuicio progre, Pablo Gerchunoff explica un divorcio soterrado pero espectacular. El asunto tiene su miga, puesto que desnuda la metamorfosis ideológica de las clases medias argentinas, que juegan un papel decisivo en estas elecciones dramáticas.

 

 

A Eduardo Galeano el apellido Walsh siempre le recordaba una cierta tarde remota en una fábrica de tabaco de La Habana. Los dos escritores –el uruguayo y el argentino– transmitieron a un funcionario del régimen un fuerte interés por atisbar esa manufactura legendaria, y entonces los llevaron juntos a una planta donde los obreros armaban los cigarros más famosos del mundo y un camarada ubicado en un pupitre sobre una tarima les leía pasajes literarios.

 

 

Hace unos años, durante un lujoso homenaje a Octavio Paz en Casa de América de Madrid, se desplegó un amable pero significativo debate ideológico entre el liberalismo puro y duro, y el llamado “liberalismo de izquierda”, que encarnó aquella tarde el mismísimo Felipe González.

 

 

En el agitado invierno de 2019 una vasta operación militante inundó de correos las casillas de los científicos argentinos. Se reclamaba una firma y se descontaba que la “gente de bien” de esa valiosa comunidad no podía sino adherir –por lógica y moral– a la fórmula Fernández y Fernández. La solicitada en cuestión daba por probados algunos hechos políticos y económicos que, como algunas alquimias y esoterismos de pandemia, carecían precisamente de evidencia científica.

 

 

En los intervalos de un congreso de periodistas, Vargas Llosa se escapaba a una playa de un hotel de Cartagena, se refugiaba en unos toldos de beduino y se entregaba febrilmente a la lectura de aquel ensayo recién salido del horno.

 

 

La última travesía de Perón hacia su definitivo mausoleo y hacia su parque temático, que durante aquel significativo Día de la Lealtad del año 2006 –recordarán– derivó en una escaramuza con pistolas y cuchillos entre dos simpáticas gavillas sindicales, nos asalta la memoria cuando los actuales custodios de la quinta de San Vicente abren las puertas y franquean el paso. Un encargado del Museo 17 de Octubre va encendiendo las luces y dejando ver las fotos gigantescas y la iconografía pejotista, y explica por qué razón ha desaparecido de tan ilustre recorrido la señora Isabel Perón.

 

 

No hay comunismo sin riqueza, sostenía en los albores de la revolución; librado por fin del dominio imperial, el cubano sería “el pueblo más rico del mundo”. Típico anticapitalista católico, Fidel Castro suponía que la tierra prometida estaba al alcance de la mano: produciremos más leche que Holanda, más cítricos que Israel, mejor queso que Francia. “Estoy seguro de que en pocos años –profetizó– elevaremos nuestro nivel de vida por encima de los Estados Unidos”.

 

 

En las inmediaciones de Aviñón, durante el siglo XIII, un hombre ejecuta por la espalda al señor feudal, y al ser detenido declara el motivo del crimen: el conde en cuestión se acostaba con su mujer. A punto de ser decapitado, su esposa ingresa en la celda y le pregunta por qué mintió y por qué la llena de vergüenza. El condenado explica que fue una estrategia basada en su propia debilidad: “Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían”.

 

 

El ajedrez boxístico más legendario y sugestivo de la historia está narrado con preciosismo en El combate; allí Norman Mailer lleva, a su vez, la literatura periodística y la crónica deportiva a uno de sus puntos culminantes.

 

 

El poeta, que leía muy temprano los periódicos, se asomó a su balcón del hotel Grand Saint Michel y gritó a los cuatro vientos: “¡Se cayó el hombre!”. Y todos los exiliados que pernoctaban en los alrededores se removieron nerviosos, en la esperanza de que fuese su propio dictador y no otro el que acababa de ser depuesto.

 

 

Hace diez tardes, durante una apasionante tertulia en la Academia Argentina de Letras, un nuevo camarada interpeló a los argentinos.

 

 

Durante cinco días y cinco noches que fueron una sola agonía de oxígeno, fiebres y fantasmas, Flores repechó la neumonía bilateral y la maldición del Covid sin rebajarse ni por un segundo al miedo a la muerte.

 

 

En un estupendo libro de artículos que desdichadamente permanece inédito en la Argentina –Cuando los tontos mandan–, Javier Marías fustiga al filósofo Slavoj Žižek, “al que no he leído y oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo –anota–. Todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud”.

 

 


En una noche cualquiera, que sin embargo Sebreli siempre rememora, aconteció un pequeño pero significativo episodio del género de la picaresca. El legendario autor de Los deseos imaginarios del peronismo acudió a un prestigioso programa de televisión y desplegó allí su colección de fundamentos acerca de cómo el movimiento de Perón, en sus diversas reencarnaciones, pero esencialmente durante los últimos treinta años de primacía total, había conducido a la Argentina hacia este pronunciado cañadón de las desdichas.

 

Sir Robert Chiltern, alto funcionario del gobierno inglés y barón elegante y presuntamente probo se desliza por un fastuoso salón de forma octogonal saludando a sus invitados y oyendo los sones de los instrumentos de cuerda que animan la velada y habilitan el baile. En ese laberinto de canapés y afectación pronto se encontrará con la señorita Cheveley, una mujer alta, de labios finísimos y cabellos de un rojo veneciano, que resulta en sí misma toda una obra de arte.

 

 

En un estupendo ensayo de seiscientas páginas llamado Mis héroes, el filósofo Tomás Abraham relee a Tulio Halperin Donghi y sintetiza astutamente lo que pensaba el gran historiador acerca del peronismo: un autoritarismo plebiscitario que si bien no era fascismo –decía– no dejaba de ser “una tentativa de reforma fascista de la vida argentina”, un régimen basado en la intimidación.

 

Como dice Schopenhauer, cuando uno ha sobrevivido a dos o tres generaciones se siente como si estuviera en un circo viendo a un saltimbanqui realizar, una y otra vez, las mismas acrobacias –apunta Abelardo Castillo–. “Hay ciertas pantomimas que están hechas para sorprender solo una vez; después fatigan y desilusionan”.

 

 

Todo libro contiene dos o tres páginas secretas donde se localiza no el propósito aparente de su autor, sino la razón honda y visceral de su obra. Ese núcleo puede encontrarse en la página 193 de Mi camino, donde María Eugenia Vidal rechaza la condición de halcón y asume definitivamente su vocación de paloma: allí comienza a recitar su catecismo consensual y a describir la grieta como la gran tragedia argentina.

 

 

Su abuela materna, que también portaba un ilustre apellido de avenida, la visitó en la cárcel de Devoto y le regaló una pelota para que jugara al vóley con las otras presas políticas. “¿Por qué mierda no te hiciste radical el día que te llevé al comité? –le soltó– Hoy no estarías acá. Pero no, te hiciste peronista”. La abuela de Patricia Bullrich era radical de corazón y en 1973 le había presentado a Balbín con la intención de afiliarla.

 

Dicen que, durante una conversación apasionante, en una noche indeterminada de los años 30, el autor del libro más enigmático del pensamiento argentino arrojó de pronto ese original al fuego, y Borges se apresuró a rescatarlo de las llamas.

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