Jorge Fernández Díaz

 

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento. El momento en que el hombre sabe para siempre quién es”, recitó ante la prensa. Desde esa tarde última Carlos Pagni no deja de punzarlo con su ironía: “¡Un peronista que lee a Borges!”. Miguel Ángel Pichetto eligió esa frase borgeana para explicar por qué aceptaba acompañar a Mauricio Macri en la campaña de 2019.

 

 

El último gran teórico del peronismo, que tantos errores cometió acerca del presente, era no obstante un agudo descifrador del pasado. En cierta ocasión, dos especialistas más jóvenes que daban por descontada su anuencia repitieron en un coloquio un viejo cliché: el 17 de octubre de 1945 fue el día en que los “sectores populares tomaron la ciudad blanca”.

 

 

Las urgencias políticas y económicas se entrecruzan en una Argentina trágica; las incógnitas de la “segunda etapa” del gobierno de Alberto Fernández después de la derrota que intentan disfrazar de triunfo

 

 

“Hay que crear un estado de conciencia popular de austeridad”, advirtió por cadena nacional al lanzar su flamante programa de estabilización; poco más tarde, redondeó el concepto: “Sabemos que hay exceso de consumo”.

 

 

En poderosos segmentos de la universidad argentina y en el interior de proactivos cenáculos culturales, dominados siempre por mandarines y comisarios políticos, persisten en ignorar o directamente censuran a escritores que no adhieren a alguna de las floridas variantes del peronismo, a cualquier forma del marxismo militante o utópico y a sus inofensivos acompañantes terapéuticos: esos sujetos y sujetas que se hacen los gansos para sobrevivir a la cancelación del medioambiente.

 

 

A principios del siglo pasado los grandes duelos dialécticos se seguían por los periódicos y se debatían cara a cara en los bares. En una tarde de 1918, el notable economista Joseph Schumpeter y el padre de la sociología moderna, Max Weber, se encontraron en un café de Viena para intercambiar impresiones acerca de la revolución rusa.

 

 

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, decía Marx. La identidad del kirchnerismo está formada por un puñado de tradiciones políticas que vienen desde el fondo de la historia, que se fueron agregando y enriqueciendo con el paso del tiempo, y que forman hoy un credo heterodoxo y a veces hasta inconsciente.

 

 

“Aunque todo lo demás nos falle –decía John Kenneth Galbraith–, siempre podremos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular”. Al kirchnerismo se le ha subido el fracaso a la cabeza, y marcha a toda máquina a babor y a estribor, por proa y por popa hacia el norte y hacia el sur, es decir: hacia ninguna parte, e inventa por el camino probados adefesios de magnitud colosal para garantizarse el desastre económico, que no se quiere perder por nada del mundo.

 

 

Aquella vieja y fecunda amistad entre dos lúcidos pensadores cayó en una brusca crisis terminal cuando uno de ellos denunció los campos de concentración y el despotismo que reinaban en la Unión Soviética, y el otro le replicó: “No tienes derecho a criticar al movimiento comunista porque estás fuera de él. Tienes que simpatizar con él para tener derecho a corregirlo”.

 

 

La democracia no puede vivir sin la verdad y el populismo no puede vivir sin la mentira, dirá Jean-François Revel, aunque a su manera, y añadirá enseguida que las ideologías radicalizadas –aquellas que generan fanatismos– son siempre una mezcla de emociones fuertes con ideas simples.

 

 

“Esto no parece un gobierno peronista”. La frase está datada a mediados del año 2020 y se le atribuye a cierta arquitecta egipcia, aunque no hay certeza de que ella efectivamente la haya pronunciado en su pirámide del Instituto Patria. Es, sin embargo, una frase verosímil, susurrada por ciertos adláteres en los oídos de algunos cronistas del poder.

 

 

Un populismo que se queda sin plata, luego se queda sin votos y al final se queda sin pueblo. Así como el triunfo en las urnas les otorga a los populistas una suerte de razón automática –justifican con ello cualquier capricho, extremo o disparate–, una paliza comicial les birla el banquito y la coartada, y les desarticula hasta la lengua.

 

 

Con gran perspicacia, aunque nunca a salvo de un cierto prejuicio progre, Pablo Gerchunoff explica un divorcio soterrado pero espectacular. El asunto tiene su miga, puesto que desnuda la metamorfosis ideológica de las clases medias argentinas, que juegan un papel decisivo en estas elecciones dramáticas.

 

 

A Eduardo Galeano el apellido Walsh siempre le recordaba una cierta tarde remota en una fábrica de tabaco de La Habana. Los dos escritores –el uruguayo y el argentino– transmitieron a un funcionario del régimen un fuerte interés por atisbar esa manufactura legendaria, y entonces los llevaron juntos a una planta donde los obreros armaban los cigarros más famosos del mundo y un camarada ubicado en un pupitre sobre una tarima les leía pasajes literarios.

 

 

Hace unos años, durante un lujoso homenaje a Octavio Paz en Casa de América de Madrid, se desplegó un amable pero significativo debate ideológico entre el liberalismo puro y duro, y el llamado “liberalismo de izquierda”, que encarnó aquella tarde el mismísimo Felipe González.

 

 

En el agitado invierno de 2019 una vasta operación militante inundó de correos las casillas de los científicos argentinos. Se reclamaba una firma y se descontaba que la “gente de bien” de esa valiosa comunidad no podía sino adherir –por lógica y moral– a la fórmula Fernández y Fernández. La solicitada en cuestión daba por probados algunos hechos políticos y económicos que, como algunas alquimias y esoterismos de pandemia, carecían precisamente de evidencia científica.

 

 

En los intervalos de un congreso de periodistas, Vargas Llosa se escapaba a una playa de un hotel de Cartagena, se refugiaba en unos toldos de beduino y se entregaba febrilmente a la lectura de aquel ensayo recién salido del horno.

 

 

La última travesía de Perón hacia su definitivo mausoleo y hacia su parque temático, que durante aquel significativo Día de la Lealtad del año 2006 –recordarán– derivó en una escaramuza con pistolas y cuchillos entre dos simpáticas gavillas sindicales, nos asalta la memoria cuando los actuales custodios de la quinta de San Vicente abren las puertas y franquean el paso. Un encargado del Museo 17 de Octubre va encendiendo las luces y dejando ver las fotos gigantescas y la iconografía pejotista, y explica por qué razón ha desaparecido de tan ilustre recorrido la señora Isabel Perón.

 

 

No hay comunismo sin riqueza, sostenía en los albores de la revolución; librado por fin del dominio imperial, el cubano sería “el pueblo más rico del mundo”. Típico anticapitalista católico, Fidel Castro suponía que la tierra prometida estaba al alcance de la mano: produciremos más leche que Holanda, más cítricos que Israel, mejor queso que Francia. “Estoy seguro de que en pocos años –profetizó– elevaremos nuestro nivel de vida por encima de los Estados Unidos”.

 

 

En las inmediaciones de Aviñón, durante el siglo XIII, un hombre ejecuta por la espalda al señor feudal, y al ser detenido declara el motivo del crimen: el conde en cuestión se acostaba con su mujer. A punto de ser decapitado, su esposa ingresa en la celda y le pregunta por qué mintió y por qué la llena de vergüenza. El condenado explica que fue una estrategia basada en su propia debilidad: “Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían”.

 

 

El ajedrez boxístico más legendario y sugestivo de la historia está narrado con preciosismo en El combate; allí Norman Mailer lleva, a su vez, la literatura periodística y la crónica deportiva a uno de sus puntos culminantes.

 

 

El poeta, que leía muy temprano los periódicos, se asomó a su balcón del hotel Grand Saint Michel y gritó a los cuatro vientos: “¡Se cayó el hombre!”. Y todos los exiliados que pernoctaban en los alrededores se removieron nerviosos, en la esperanza de que fuese su propio dictador y no otro el que acababa de ser depuesto.

 

 

Hace diez tardes, durante una apasionante tertulia en la Academia Argentina de Letras, un nuevo camarada interpeló a los argentinos.

 

 

Durante cinco días y cinco noches que fueron una sola agonía de oxígeno, fiebres y fantasmas, Flores repechó la neumonía bilateral y la maldición del Covid sin rebajarse ni por un segundo al miedo a la muerte.

 

 

En un estupendo libro de artículos que desdichadamente permanece inédito en la Argentina –Cuando los tontos mandan–, Javier Marías fustiga al filósofo Slavoj Žižek, “al que no he leído y oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo –anota–. Todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud”.

 

 


En una noche cualquiera, que sin embargo Sebreli siempre rememora, aconteció un pequeño pero significativo episodio del género de la picaresca. El legendario autor de Los deseos imaginarios del peronismo acudió a un prestigioso programa de televisión y desplegó allí su colección de fundamentos acerca de cómo el movimiento de Perón, en sus diversas reencarnaciones, pero esencialmente durante los últimos treinta años de primacía total, había conducido a la Argentina hacia este pronunciado cañadón de las desdichas.

 

Sir Robert Chiltern, alto funcionario del gobierno inglés y barón elegante y presuntamente probo se desliza por un fastuoso salón de forma octogonal saludando a sus invitados y oyendo los sones de los instrumentos de cuerda que animan la velada y habilitan el baile. En ese laberinto de canapés y afectación pronto se encontrará con la señorita Cheveley, una mujer alta, de labios finísimos y cabellos de un rojo veneciano, que resulta en sí misma toda una obra de arte.

 

 

En un estupendo ensayo de seiscientas páginas llamado Mis héroes, el filósofo Tomás Abraham relee a Tulio Halperin Donghi y sintetiza astutamente lo que pensaba el gran historiador acerca del peronismo: un autoritarismo plebiscitario que si bien no era fascismo –decía– no dejaba de ser “una tentativa de reforma fascista de la vida argentina”, un régimen basado en la intimidación.

 

Como dice Schopenhauer, cuando uno ha sobrevivido a dos o tres generaciones se siente como si estuviera en un circo viendo a un saltimbanqui realizar, una y otra vez, las mismas acrobacias –apunta Abelardo Castillo–. “Hay ciertas pantomimas que están hechas para sorprender solo una vez; después fatigan y desilusionan”.

 

 

Todo libro contiene dos o tres páginas secretas donde se localiza no el propósito aparente de su autor, sino la razón honda y visceral de su obra. Ese núcleo puede encontrarse en la página 193 de Mi camino, donde María Eugenia Vidal rechaza la condición de halcón y asume definitivamente su vocación de paloma: allí comienza a recitar su catecismo consensual y a describir la grieta como la gran tragedia argentina.

 

 

Su abuela materna, que también portaba un ilustre apellido de avenida, la visitó en la cárcel de Devoto y le regaló una pelota para que jugara al vóley con las otras presas políticas. “¿Por qué mierda no te hiciste radical el día que te llevé al comité? –le soltó– Hoy no estarías acá. Pero no, te hiciste peronista”. La abuela de Patricia Bullrich era radical de corazón y en 1973 le había presentado a Balbín con la intención de afiliarla.

 

Dicen que, durante una conversación apasionante, en una noche indeterminada de los años 30, el autor del libro más enigmático del pensamiento argentino arrojó de pronto ese original al fuego, y Borges se apresuró a rescatarlo de las llamas.

 

Cuenta la leyenda que, unos setenta años antes de Cristo, fue tomado esclavo en Siria y enviado con grilletes a Roma, y que gracias a su lucidez y sus extraños talentos se ganó el corazón de su amo, quien lo liberó y lo educó esmeradamente. Publio Siro era actor, un gran improvisador y un maestro de la pantomima: en un torneo de cómicos y de mimos venció a todos sus rivales y fue premiado por el mismísimo César.

 

El héroe de los pibes acude a una cita clandestina y descubre que se trata de una embocada. Saca su pistola y se desata un tiroteo de película; con varios proyectiles en el cuerpo, sube a un Renault y huye cubierto de sangre. Despista a sus perseguidores y deriva hacia una zona de casas bajas en Parque Patricios. Se apea mirando por encima del hombro, vigilando si la patota militar lo ha alcanzado y toca timbre en un chalet cualquiera.

 

 

Dos pícaros con prontuario se dan a la fuga, cruzan la frontera y se refugian en una pequeña comunidad; uno de ellos arranca una camisa de un tendedero y se la coloca apresuradamente, sin advertir que le ha quedado prendido un broche en la parte trasera del cuello. Los curas de un monasterio local los confunden con dos clérigos eruditos y reformistas que estaban por visitarlos, y ellos fingen ser sacerdotes para esconderse de la policía.

 

 

Borges prefería la sinopsis de una historia a su largo desarrollo literario, la condensación del cuento o el poema a la dilación y el gigantismo de la novela, el breve artículo ensayístico al extenso tratado, y la observación microscópica de los hechos altamente simbólicos a su prolongado abordaje narrativo. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” narra en dos páginas la vida completa de un gaucho matrero, y reduce toda esa existencia al único acto de una noche. En ese cuento figura un párrafo que confirma la filosofía borgeana: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

 


Están los ciegos y están los cínicos, distingue el filósofo Santiago Kovadloff: “Los cínicos saben qué hacer para sostenerse en la cresta de la ola, y los ciegos, para soñar que no sucede lo que pasa, idealizando un pasado que dejó de existir hace mucho”. Alude así a las dos formas clásicas de ser kirchnerista; se podría arriesgar que existe al menos una tercera categoría, donde se combinan esquizofrénicamente esos dos temperamentos antagónicos.

 

 

Una cultura del matonismo y del bullying ha desplazado el acting consensual, se apoderó de todo el discurso kirchnerista y marcó su temperamento agresivo

 

Era un hombre enlutado, parco y diminuto, nada gregario, y concentrado día y noche en su magnífico arte, que consistía en escribir desmesuras sentimentales y truculentas intrigas de folletín para distintas radionovelas populares. Un artista genial, aunque de brocha gorda, que mantenía en vilo a su multitudinaria audiencia con sus ficciones desaforadas. Se llamaba Pedro Camacho y el joven Vargas Llosa lo apodaba "el escribidor".

 

Jacobo Timerman, que con solo 24 años fue confinado por Apold a las listas negras del primer peronismo y que luego consideraba a los montoneros como verdaderos "fascistas de izquierda", que solía acusar recibo en su oficina de sobres anónimos y amenazantes con las credenciales de sus periodistas recién asesinados, que un día recibió por la mañana una condena a muerte de un grupo guerrillero y por la tarde, otra firmada por una organización paraestatal de extrema derecha, consideraba en el transcurso de los ahora romantizados años 70 que el país se debatía directamente entre dos fascismos.

 

Para justificar el oscuro abismo que se abría entre relato y realidad, cautivos de una ficción que ellos habían creado alrededor de la verdadera naturaleza del peronismo, los principales referentes de la “juventud maravillosa” hacían abuso del concepto táctica y estrategia.

 

La literatura histórica y también la mística, los antiguos textos sagrados y la crónica oral y escrita del poder y la política de todos los tiempos suelen estar repletos de profecías y clarividencias, y a veces de sus tragicómicas contracaras: el desenmascaramiento de los más ingeniosos timos; con algunos de ellos, nigromantes y videntes sibilinos persuadieron a cabales estadistas y los condujeron a verdaderas catástrofes.

 

Un fugitivo venezolano llega a una isla asolada por una extraña peste, y al tiempo descubre a un grupo de personas que repiten cíclicamente las mismas escenas. Testigo oculto, el náufrago apunta en su diario el asombro que le provoca esa situación y la belleza de una dama, Faustine, que contempla lánguidamente los crepúsculos.


 

 

Un excompañero del colegio jesuita, tan devoto como Fidel Castro, lo visitó en su hora de gloria: el triunfante revolucionario se alojaba ya en un fastuoso hotel de La Habana, luego expropiado a la cadena Hilton. Su amigo no pudo dejar de observar que Fidel tenía dos libros en su mesita de luz; uno flamante y sin tocar de Carlos Marx, y un ejemplar sobado de tantos estudios y lecturas: los discursos de Juan Perón.

 

 

A mediados de octubre de 1880 una carta publicada en las páginas del diario The Times hizo enarcar las cejas a la opinión pública británica. La misiva llevaba la firma de un capitán inglés retirado que administraba tierras de una familia en Irlanda. Luego se supo que, tras una mala cosecha, ese administrador había impuesto astronómicos precios de alquiler a los pequeños y medianos agricultores que arrendaban los campos, y que estos habían acudido a la Liga Agraria para que negociara una cifra más razonable.

 

 

Coats era un caballero de gestos suaves, pero Mattis sabía que en realidad estaba hecho de acero puro. Revistaba entonces como director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos, y su interlocutor era un general retirado de cuatro estrellas del Cuerpo de Marines, a cargo ahora de la Secretaría de Defensa.




Para Ortega y Gasset, la diferencia entre argentinos y europeos estaba cifrada en dos verbos enfrentados: ser y hacer. Contrariamente a nuestros cosmopolitas y laboriosos ancestros del Viejo Continente (hacer), los argentinos llevaban una vida ensimismada, revertida sobre sí mismos, en la que vivían eternamente consagrados a la construcción de su propio personaje (ser).


 

Arturo Jauretche, aquel ingenioso articulista del nacionalismo criollo que inventó todo el argumentario descalificador del peronismo y que todavía resulta el Santo Patrono de la militancia kirchnerista, no pudo evitar hacerse amigo de Sebreli.

 

 

Cada día cada cual se lleva a casa su propia cruz. De las vicisitudes del ruidoso desalojo de Guernica, uno de los fiscales se llevó a su hogar y a su insomnio el odio visceral de aquellos ojos.


 

¿Qué significa la manida admonición kirchnerista "el capitalismo está al borde del abismo"? Significa que el capitalismo está parado en el borde del precipicio, mirando hacia abajo, y preguntándose qué corno estamos haciendo. ¿Y cuál es la nación más neutral del mundo? La Argentina: no interviene ni siquiera en sus propios asuntos internos. ¿Y cuáles son los períodos críticos que tiene por delante el cuarto gobierno kirchnerista? Son cuatro: primavera, verano, otoño e invierno.

 

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