Rogelio Alaniz

 

Las lecciones que la historia brinda no son tranquilizadoras: cuando las clases dirigentes no se ponen de acuerdo para impedir la catástrofe, la catástrofe llega.

 

 

“Ser usado para fines innobles es la única tragedia”. La frase pertenece a Bernard Shaw, pero muy bien puedo tomarme la licencia de imaginar que esas palabras tuvo presentes Beatriz Sarlo cuando en un programa televisivo le informó al legislador kirchnerista Mariano Recalde: “Me ofrecieron la vacuna por debajo de la mesa y dije: ‘Jamás, prefiero morirme ahogada en Covid’”.

 

El balance social es deplorable y el balance institucional es atemorizante. Sin embargo, el país está lo que se dice tranquilo. No hay estallidos sociales, no hay piquetes, no hay asaltos a supermercados. Hay resignación y hay miedo.

 

 

Desde que se constituyó la fórmula Alberto-Cristina, siempre se sospechó, se supuso o se conjeturó con buena o mala fe, que el poder real lo ejercería Cristina. Los recelos contrastaban con la esperanza, la ilusión o la certeza de muchos peronistas y muchos no peronistas de que Alberto lograría constituir un espacio propio de poder, algo así como un peronismo republicano que pondría límites razonables a la voracidad de poder de Cristina.

 

 

A esta altura del partido al kirchnerismo le importa más demostrar que Mauricio Macri es tan o más ladrón que Cristina que probar la inocencia de su jefa. Si esa hipótesis se pudiera probar se crearían felices condiciones para arribar a una suerte de gran acuerdo nacional.

 

El presidente habló de más y recurrió a las peores adjetivaciones. Osciló entre el ridículo y la infamia. La imputación más benigna es la del ridículo, pero hay mucho de infame cuando en pandemia se discurre a favor de la viveza criolla. Ginés se fue y se fue no por una intriga de la oposición sino por una intriga interna, intriga que como efecto no querido ponía en evidencia uno de los episodios más desvergonzados e infames de la política criolla.

 

¿Es posible entender la política a través de los “sentidos”? Tal vez lo sea. Por lo menos en el lenguaje cotidiano se habla del “olfato” político, de la “mirada” política, del “oído” político, del “tacto” político, como recursos en más de un caso decisivos para entender la política o para tomar decisiones. Si esto fuera así, ¿por qué no mencionar también el “gusto” político? El gusto y el disgusto. Preveo las objeciones.

 

Debemos admitir que la palabra “Derechos humanos” se ha transformado desde hace tiempo en un concepto conflictivo, por lo que no está de más una breve pero precisa mención histórica a las instituciones que se propusieron sostener estos valores: la Liga Argentina de los Derechos del Hombre fundada en 1937 y la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos creada en 1975.

 

 

El martes 9 de febrero el país entero debería movilizase alrededor de una exclusiva consigna: "Que se abran las escuelas". Es necesario hacerlo, es justo hacerlo. Si la Argentina nos importa, si nuestros hijos y nuestros nietos nos importan, las escuelas y los colegios deben abrirse.

 

 

En su afán por hallar una explicación a la solidaridad del peronismo y del gobierno nacional con su compañero Gildo Insfrán, algunos colegas consideran que ella obedece a estrictos motivos electorales. Con todo respeto, me voy a permitir discrepar.

 

Fue una gran mujer y los grandes hombres de su tiempo así lo reconocieron. Su desenfado, lucidez y coraje lo pagó con lágrimas y soledad, pero nadie la oyó quejarse o arrepentirse por el camino elegido. No tuvo el linaje de Mariquita Sánchez, ni la belleza de Eduarda Mansilla, ni la sensualidad de Juana Gorriti, pero sin desmerecer a nadie, como dicen las señoras, fue la más atrevida de todas, la que con más consecuencia luchó por lo que creía y la que, por supuesto, pagó el precio más alto por su osadía.

 

 

La situación se presenta de la siguiente manera: las concejales de la ciudad de Formosa, Celeste Ruiz Díaz y Graciela Neme son detenidas por la policía de Gildo Insfran. Pocas horas después ambas concejales son liberadas. Una aclaración es pertinente: "La policía de Gildo Insfran", ¿está bien expresado?


 

 

La pandemia no hizo más que profundizar una tendencia perversa del sindicalismo docente, cuyos rasgos más distintivos fueron los paros salvajes y la indiferencia más absoluta al daño que se le hacía al sistema educativo.

 

 

Si alguien me pidiera una evaluación acerca de la actual situación política la expresaría en los siguientes términos: al Gobierno no le va mal, pero al país sí. ¿Contradictorio? Claro que lo es. Y supongo que de su resolución depende el destino de los argentinos.

 

 

 

Hubo un tiempo en que la señora Cristina hablaba desde la tribuna y el atril y se suponía que el país entero se detenía extasiado a escucharla. Hubo un tiempo en que la Señora bailaba en los escenarios, mientras en otras ciudades la policía apaleaba trabajadores. Ahora parecería que ese pasado, algo tropical, algo caribeño, se confunde cada vez más con leyendas o con pesadillas cargadas de brumas y sombras. La Señora ahora no habla, o no habla tanto, pero, como madame du Deffand o la marquesa de Merteuil o, por qué no, alguna sugestiva heroína de Manuel Puig escribe cartas.

 

 

El año 2020 se va, pero el que no se va es el coronavirus. Los cálculos más optimistas auguran que por lo menos tenemos un año por delante. La vacuna es una buena noticia, pero a las buenas noticias hay que transformarlas en realidades. Y ese pasaje es algo un poco más complicado y en ese sentido las recientes novedades con la vacuna rusa y la vacuna de Pfizer así parecen confirmarlo.

 

 

 

No deja de ser patético, con un cierto toque de siniestro, que un psicópata como Vladimir Putin ponga en evidencia a un mitómano como Alberto Fernández.

 

 

 

Un año de pandemia. Pobreza, indigencia, desocupación, inseguridad, pero en la carta de la Señora el silencio sobre estos temas es, si se quiere, asombroso, conmovedor, estruendoso.

 

 

 

Se llama Cristina Elisabet Fernández. O Cristina Fernández de Kirchner. O sencillamente, Cristina. Después vienen los apodos: algunos agradables, otros desagradables. Precio a pagar por la fama. Fue dos veces presidente de la Nación.

 

 

Ajustamos, pero con los bombos del Tula con música de fondo. Por lo pronto, los platos rotos empezarán por pagarlos los jubilados que son viejos, no hacen huelgas y en general no votan a los peronistas.

 

 

El gobierno nacional da señales de agotamiento como consecuencia de problemas objetivos reales que incluyen sus propios errores.

 

 

 

Más que una calificación de izquierda, el kirchnerismo debería ser concebido como una variante interna del peronismo.

 

 

 

Si la propiedad privada de los medios de producción es el rasgo económico distintivo del capitalismo, bien podría postularse que el mayor o menor desarrollo de las clases medias merece ser considerado su expresión social más visible y, por qué no, más deseable, por lo que no es arbitrario suponer que un capitalismo "exitoso", un capitalismo que funcione o un capitalismo sustentable se expresa en un escenario de amplias clases medias.

 

 

Al tango –o la ranchera- del título de la nota, lo escribió Ivo Pelay y lo pusieron de moda Olinda Bozán y Tita Merello. Es probable que la letra se haya referido a los años duros de la década del treinta. Noventa años después el interrogante del hombre de la calle ya no es por el mango sino por el dólar.

 

 

Las palabras nunca son neutrales; están cargadas de sentido. Y también se gastan...

 

Si Alberto Fernández hiciera un repaso de sus nueve meses de gestión política, arribaría a la conclusión de que cada vez que decidió ser el presidente de todos los argentinos y cumplir en líneas generales con los preceptos de su discurso inaugural alrededor del estado de derecho, la racionalidad económica y el pluralismo, creció su imagen política.

 

La reforma judicial ha suscitado previsibles recelos porque late la sospecha de que para el peronismo la independencia de la Justicia es, en el más suave de los casos, un principio demasiado condicionado por las necesidades del poder.

 

La pandemia provoca una suma de desgracias que considero innecesario enumerar porque todos las conocemos y las padecemos.

 

Las políticas que hoy en Occidente disfrutan de la aceptación de las mayorías son aquéllas consideradas como “centristas”.

 

 

Sería un error postular que el lunes 17 de agosto toda la Argentina estuvo en la calle, pero sería una torpeza mayor ignorar que sin el reconocimiento a la legitimidad de esas multitudes no es posible gobernar.

 

 

Atendiendo a las pintorescas operaciones verbales que se traman desde el poder oficial, sería prudente empezar a ponernos de acuerdo acerca del significado de las palabras porque, como diría tía Cata, estos señores me quieren hacer pasar gato por liebre o, como alguna vez dijera tío Colacho: "Me quieren hacer pasar mate de leche por ropero provenzal".

 

 

El populismo no suele ser escrupuloso con el lenguaje. Su relación con las palabras merodea la manipulación, porque se supone que la conquista política del "sentido común" suele permitirse estas licencias. Ocurre que una concepción de la política que establece una diferencia definitiva entre amigo y enemigo exige el uso y, si es necesario, el abuso de palabras que cumplan con ese objetivo.

 

 

Para decirlo de manera frontal -ya habrá tiempo para relativizarlo- un vecino tiene derecho a resistir el ingreso de un ladrón a su casa. ¿Es necesario decir que le asiste el derecho a defender lo que es suyo: su familia, sus bienes, su propia vida?

 

 

Nuestras experiencias políticas en clave populista transitan no desde la tragedia sino de la farsa a la tragedia.

 

 

La pandemia y el coronavirus son una desgracia de la naturaleza; la administración de la cuarenta en nuestras playas es una desgracia de la política. En un caso intervienen los dioses; en el otro los hombres.

 

 

Para Hugo Chávez la palabra expropiar podía ser un verbo, un adjetivo e incluso un sustantivo. "Exprópiese" en los labios del jefe de la revolución bolivariana se parecía mucho a un canto de combate.

 

 

Se supone que el objetivo político es salir de la cuarentena, no enterrarnos todos los días un poco más en ella. Esta suposición de sentido común sería en principio compartida por todo el mundo, pero pareciera que empinados funcionarios del actual gobierno nacional no están de acuerdo.

 

 

El conflicto del gobierno nacional con la empresa Vicentin confirma, por si a alguien le quedaba alguna duda, que cada vez que disponga de una oportunidad o considere que las condiciones le resultan favorables, el peronismo intentará “ir por todo”.

 

 

No me consta que declarar una cuarentena sea fácil, como se dijo en estos días, pero me animaría a decir que salir de una cuarentena será una tarea ardua y que el temple y la lucidez de un estadista se medirá en este inquietante escenario, porque será allí donde todas las dificultades que arrastra un país, y que la pandemia no ha hecho otra cosa más que exasperar, deberán ser traducidas al lenguaje político, al arte de construir consensos sociales.

 

 

La experiencia enseña que en una república las instituciones son tan decisivas como la política y los políticos

 

 

Soy partidario de que el desafío político y social que se nos presenta es salir de la cuarentena, porque el precio de la recesión puede llegar a ser más alto que el precio que cobra el coronavirus.

 

 

Estamos atravesando por un momento histórico difícil. Decididamente malo. Los argentinos y el mundo.

 

 

Un mundo en cuarentena nos inquieta. Es lógico y humano que así sea. También es razonable suponer que la humanidad va a superar esta crisis, aunque es legítimo preguntarse a qué precio.

 

 

Un relato sobre la epidemia, de rigurosa actualidad.

 

 

Ciertos críticos literarios aseguran que en el inicio de un texto está la clave de la novela. El principio muy bien podría extenderse al territorio de la política. En este caso, al discurso del Presidente de la Nación en la Asamblea Legislativa ponderando el valor de la palabra y condenando la simulación y la mentira.

 

 

A dos meses de haber asumido el poder, las diferencias internas del peronismo parecen ocupar el centro del escenario. ¿Es tan así? ¿Gobierno bifronte? ¿Disputas inevitables y hasta saludables de una coalición de poder?

 

 

Algo anda mal en un país cuando oficialismo y oposición se concentra en un solo centro de poder. El desenlace de esa contradicción suele ser siempre violento y las facturas que se pagan alguna vez estuvieron teñidas de sangre. Y los costos los paga toda la sociedad.

 

 

No presiento una súbita caída al abismo o el ingreso al infierno, como profetizan algunos. Intuyo algo peor: un progresivo empobrecimiento de la vida cotidiana; una persistente y agobiante sensación de humillación; una devaluación progresiva de la inteligencia y la sensibilidad; una resignada convivencia con el hampa; un regodeo en el hábito de contemplar cómo crece la insignificancia de la Argentina en el mundo.

 

Hay dos versiones que explican por qué la ciudad de Rosario se ganó el apodo de la “Chicago argentina”. Una laboral y otra policial. La laboral, dice que su industria frigorífica se equiparó con la de la ciudad yanqui. La policial, la más difundida, remite a la presencia de la mafia siciliana en los años treinta. Chico Grande y Chicho Chico.

 

Al poco tiempo de ser derrocado por el dictador Juan Carlos Onganía, el presidente Arturo Illia deja constancia pública de los bienes que dispone.

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