Carlos Mira

 


Si hay algo que está surgiendo al lado de los dos grandes temas que gobiernan la atención del país en estos días (la salud y la economía) es la enorme sensación de papelón que los argentinos sensatos están sintiendo por su propio país cuando las circunstancias lo exponen a nivel internacional.

 

La situación del ministro de economía, Martín Guzmán, sitiado en el gobierno por el kirchnerismo duro por su decisión de despedir al subsecretario de energía, el cristinochavista Federico Basualdo (ex colaborador de Horacio Verbitzky en su blog marxista “El cohete a la luna”) tiene al gobierno sumido en un caos de peleas entre dos facciones que componen el Frente de Todos pero que naturalmente tienen un peso específico diferente.

 

El gobernador Kicillof es mucho más que un gobernador. Es el Virrey de la Reina, el lugarteniente de la avanzada gramsciano-marxista que tiene por misión solidificar el pobrismo analfabeto y mendicante en la provincia de Buenos Aires y, especialmente, en el conurbano.

 

 

El presidente tiene una particular inclinación por la mala fe. Ha hecho gala de ella en centenares de ocasiones desde que asumió. Mintió, se disfrazó de moderado, engañó a quienes lo votaron, justificó el robo de vacunas y ahora endilga a quienes defienden las libertades civiles de la Constitución que “niegan la realidad”.

 

 

En una movida secreta que muy pocos conocieron, el gobierno designó, a principios de abril, un embajador extraño, en un país donde hace años la Argentina no tenía representación diplomática, que está sumido en una guerra civil y que está presidido por un dictador sanguinario.

 

 

Una de las características más comprobable en las sociedades que pierden sus esperanzas de mejorar es la verificación de que se está en manos de burros y obtusos; de tercos y ciegos que siguen empecinados el camino que produjo el fracaso.

 

 

Todos conocen la inclinación “todista” del castrochavismo kirchnerista.

 

Como siempre, el kirchnerismo te vende gato por liebre. De la mano del audaz Sergio Massa salió a vender una reforma a la ley de impuesto a las ganancias según la cual un número importante de trabajadores en relación de dependencia se vería teóricamente beneficiado con una baja en su tributación por ingresos.

 

No hay dudas que el nivel de deterioro y decadencia persistente que padece la Argentina se tiene que deber a algo mucho más profundo que a un simple encadenamiento de elecciones económicas equivocadas.

 

La concepción bélica que el kirchnerismo tiene de la existencia se materializa en su afán de ocupar territorios, cualesquiera sean ellos, a fin de sentar allí sus reales y reclamar como propias esas comarcas.

 

 

La Argentina se está quedando sin vacunas. La ministra de salud admitió que no tiene idea de cuando van a llegar más remesas. Se hizo un anuncio con bombos y platillos, bien al estilo kirchnerista, sobre la llegada de tres millones de dosis de la vacuna china Sinovac pero luego se dijo que no había fecha de ingreso.

 

 

La situación en el sur argentino es alarmante. Si no se hace algo a tiempo los malones de intrusos tomarán un impulso nunca antes visto desde que Roca concluyó la Campaña de Desierto.

 

 

Alberto Fernández dio en el Congreso el discurso de un canalla. Sólo un canalla puede mentirle en la cara al pueblo como lo hizo el presidente. Solo un canalla puede decir que persigue la unidad cuando lo único que hace es alentar un discurso de odio, divisor y de persecución a todos los que no conformen la banda presidida por su jefa.

 

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha caído en su propia trampa. Tiene incorporado en los pliegues más íntimos de su subconsciente la idea de que ellos -el politburó del castrochavismo argentino- tienen una desigualdad innata y admitida respecto del resto de la sociedad a la que consideran meros engranajes de su maquinaria de poder.

 

 

El kirchnerismo está destruyendo, literalmente, al país. Lo está empobreciendo, haciéndolo desaparecer, transformándolo en insignificante en términos relativos. La coincidencia temporal entre la llegada del kirchnerismo al escenario político nacional y la caída estrepitosa de todas las variables comparativas de la Argentina sencillamente alarman.

 

 

El fallecimiento del presidente Carlos Menem presenta una nueva ocasión para discutir y recordar su legado. Para ese cometido es preciso, antes que nada, salir de la pusilanimidad clásica que caracteriza a gran parte del periodismo argentino que carece de las agallas necesarias para sobreponerse a las “modas” del momento y circunscribirse a la verdad objetiva de los hechos. Lamentablemente, luego de las tribunas y las tarimas de los políticos, los siguientes elementos más proclives a la demagogia son las cámaras, el teclado y los micrófonos.

 

 

La tapa de hoy del órgano oficial del gobierno -Página 12- ahorraría decenas de comentarios como éste. El solo verla implica un despertar inmediato sobre los que le espera a la Argentina y LA senda sobre la cual está el país.

 

 

 

 

Todos conocen las veleidades de reina que tiene la Sra. Fernández. Ella efectivamente cree que es un ser superior a nosotros y que nosotros debemos rendirle pleitesía y pagar por sus ocurrencias y placeres.

 

Los argentinos pueden creer que el gobierno transita un camino de vaguedades, mezcladas con una anomia de ideas y un amateurismo administrativo alarmante. Puede creer, en suma, que estamos frente a un conjunto de improvisados combinados con burros que no tienen demasiada idea de lo que hacen.

 

La respuesta que el gobierno porteño recibió de uno de los gremios docentes -el de enseñanza media y secundaria, ADEMYS- a su propuesta de reiniciar las clases presenciales en los colegios de la ciudad a partir del 17 de febrero, fue que esa iniciativa es “criminal”. O sea, nada de andar con chiquitas, o con eventuales miradas diferentes sobre el mismo tema. No, no: directamente, Horacio Rodríguez Larreta es un “criminal” por el mero hecho de presentar la idea.

 

 

 

Otra de las barbaridades que se están gestando en el gobierno y que confirman la idea de que los funcionarios elegidos el 27 de octubre de 2019 están gestionando intereses privados utilizando los sillones públicos y que no se están ocupando de gobernar el país sino usando y manipulando sus instituciones para resolver problemas particulares de sus integrantes, ha sido la idea de constituir un tribunal especial -presuntamente llamado “Tribunal Federal de Sentencias Arbitrarias”- con el evidente objetivo de liberar a la Sra. Fernández de los múltiples problemas que ella enfrenta en la justicia criminal.


 

Fernández ha entrado decididamente en una fase de mentiras, populismo, demagogia y relato que contiene un indudable ADN kirchnerista.

 

 

El respiro de los números de la pandemia que tenemos desde que las temperaturas comenzaron a subir en la Argentina, puede durar poco si el gobierno sigue manejándose con la irresponsabilidad que ha venido mostrando hasta el momento y que ya es, casi podríamos decir, un sello distintivo de su gestión en todas las áreas, no solo en la de salud pública.

 

 

 

En una evidencia más de la dureza de la cara de piedra de Fernández, el presidente grabó un spot para televisión y radio con motivo del fin de año.

 

 

 

La cuestión de lo que está ocurriendo con la Argentina quizás sea mucho más simple de explicar de lo que parecería surgir de muchos análisis, algunos de los cuales, inclusive, pueden haber salido de estas mismas columnas.

 

 

A un año de la llegada del cuarto kirchnerismo al poder hablemos de igualdad. Después de todo, esa es la cantinela con la que baten el parche estos muchachos: la idea que ellos buscan un país con igualdad.

 

 

Si llegaran a cristalizarse los mejores escenarios que prevé el gobierno según las estimaciones que surgen del presupuesto aprobado por el Congreso, la Argentina seguirá siendo un país muy pobre, sin oportunidades y con muy escasas posibilidades de que el nivel de vida de los más postergados -y en general que el nivel de vida de todos- mejore y permita una mejora de las condiciones de vida. El peor indicador en este sentido es la inflación.

 

 

“Es más fácil engañar a la gente
que convencerla de que ha sido engañada”

- Mark Twain

 

 

 

Si por algo pasará a la historia el cuarto kirchnerato es por haber sido el gobierno de la impunidad, del ajuste y de la propaganda

 

 

 

¿Quién puede dudar a esta altura del partido que el kirchnerismo está usando la estructura del Estado (sostenida por todos los argentinos con sus impuestos) para lograr lo que no son otra cosa que los objetivos personales de su jefa? Si, si: toda la Argentina pagando el plan de impunidad de una persona, de una familia y de una banda de secuaces que los acompañaron y se beneficiaron con el latrocinio al Tesoro Público más grande de la historia del país.

 

 

Son muchas, obviamente, las palabras que podrían definir a este gobierno en particular y al kirchnerismo en general. Corrupto, autoritario, negacionista, abolicionista, hegemónico, vengativo… En fin, son muchos los términos que lo describen.

 

 

Durante el fin de semana explotó en las redes un vídeo que muestra al terrorista Grabois en una reunión autotitulada “cumbre de los pueblos” sacándose la careta completamente y advirtiendo a su auditorio: “está claro que hacemos quilombo por plata… O sea: esto es por plata. Aquí no estamos haciendo la revolución. Hacemos quilombo para sacarle plata al Estado para mantener a los compañeros nuestros”.

 

 

¿Qué puede esperarse de un país en donde la impulsora más escalofriante de la más profunda división nacional que el país recuerde desde los años ’40 convoca a un acuerdo?

 

 

La familia Soriani fue secuestrada en su propia casa en El Foyel en Bariloche por un conjunto de delincuentes autodenominados “mapuches” que están robando propiedades desde hace tiempo en el sur argentino sin que la ley sea restaurada por la autoridad.

 

 

 

Yo no sé, francamente, si el presidente Fernández es o se hace. Se está desarrollando el 56° Coloquio de IDEA, la convención empresaria más importante del año que usualmente se desarrolla en el hotel Sheraton de Mar del Plata y que este año por razones obvias, tomó un formato virtual.

 

 

En marzo de 2020, el presidente Fernández, subido a un imaginario caballo blanco, rodeado de un conjunto de médicos que hoy si se los quiere buscar nadie los encuentra, con tono sobrador, como quien está de vuelta de una batalla en la que hizo todo bien; con el gesto del que se las sabe todas, mirando de reojo a la cámara y apenas levantando el costado derecho de su bigote, afirmó: “Somos un gobierno de científicos; no de CEO’s”, en clara alusión sarcástica a cómo había sido caracterizado el gobierno de Mauricio Macri.

 

 

Nuevamente la política exterior se muestra como una manifestación de las cuestiones de política interna. El voto argentino en la ONU de condena a la violación de los derechos humanos en Venezuela ha tenido una serie de efectos domésticos que no se sabe si han terminado aún.

 

 

Ya nos referimos a lo que dimos en llamar el “partido del siglo”, es decir la eventual respuesta de la Corte a la situación de los jueces Bruglia y Bertuzzi de la Cámara Federal.

 

A veces uno piensa porque la Argentina ha caído tan bajo en su nivel de vida, en su índice de calidad institucional, en el ranking general de las naciones.

 

 

La tendencia fascista de la Argentina no sólo viene retroalimentada desde el peronismo en el poder.

 

La Argentina ha tomado un camino que no solo es fascista y que archiva para siempre la República, sino que también es profundamente inmoral, mentiroso, decadente, racista y vergonzoso.

 

 

Pensemos en los perfiles de Néstor Kirchner, Cristina Elisabet Fernández y de Alberto Fernández.

 

La Argentina está entrando de a poco, una vez más como en el cuento de la rana hervida, en un sistema de ley de la selva.

 

 

¿Qué clase de gobierno es este? ¿Qué perfil de país se está delineando en la Argentina?

 

 

El ex presidente Duhalde dijo que el año que viene es muy probable que no se celebren las elecciones de medio término que prevé la Constitución. Dijo que podría haber un golpe de Estado, aunque aclaró que conoce a la oposición y que no son enemigos sino gente que, simplemente, tiene otra postura.

 

 

Probablemente el presidente Fernández quede en la historia como el presidente más cínico que tuvo el país. Confieso que iba a escribir “que tuvo la República”, pero ya estoy muy consciente que la Argentina ha dejado de serlo hace rato.

 

 

Muchos dudan acerca de si en política existe una verdadera lucha entre el bien y el mal o si, en realidad, se trata de una lucha en donde todos son malos.

 

 

 

El gobierno está lanzado ya desenfrenadamente, de la mano del coronavirus, a un ataque completamente desenmascarado sobre las libertades más íntimas de la ciudadanía.

 

 

Como era lógico los principios que el gobierno pretende aplicar a toda la Argentina no podían variar en el caso del enfoque que intenta darle al tratamiento del coronavirus.

 

 

Muchas veces nos hemos referido en estas columnas a la inveterada tradición argentina de ponerse en guerra con lo obvio.

 

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