Carlos Salvador La Rosa

 

La grieta se hace metafísica cuando creemos que el que piensa distinto, en vez de sostener ideas tan respetables como las nuestras, expresa la mentira o la locura.

 

 

Hoy la Argentina es una torre de Babel donde cada cual habla su propio lenguaje. Con la irrelevancia de las elites y las incomprensiones entre la clase media y los nuevos pobres.

 

 

Los camporistas de Cristina y los piqueteros de Grabois libran una interna oficialista con importantes diferencias, pero donde los unifica un vetusto y retrógrado anticapitalismo.

 

 

Perón era un conductor que sabía seducir a todo el que se le acercaba. Cristina es una ideóloga que sólo seduce a quiénes se le parecen. Pero ella es la expresión del peronismo siglo XXI.

 

 

Esta semana, un mail indiscreto de una asesora sincera pero inexperta en el arte de la simulación política, mostró que la Argentina ha hecho de las vacunas un tema ideológico.

 

 

Cristina Kirchner se ha propuesto dos grandes misiones en esta etapa de su existencia política: convencer al mundo de su inocencia y convencer a la historia de su eternidad.

 

 

En su mundo de paradojas crecientes el cristinismo halló una nueva grieta: entre ellos que defienden al pueblo y la clase media gorila y cipaya que defiende la “faizer” imperialista.

 

El pueblo argentino ya no elige más a sus representantes, sino sólo a qué miembros de la elite cambia por otros. Se trata de una democracia cada vez más restringida.

 

Alberto Fernández ya entendió que su sueño de ser un Néstor Kirchner prolijo con estilo de Raúl Alfonsín es una gran tontería que jamás pudo haber sido ni nunca será.

 

La nueva estructura institucional de la Argentina está concentrando todo el poder en el Congreso cristinista mientras vacía de todo poder al Ejecutivo y a la Justicia.

 

Es muy importante para Alberto ser presidente. Quiere permanecer en ese cargo que siempre soñó poseer, pero al que nunca imaginó llegar. Permanecer con poder o sin él. Lo mismo le da.

 

Algunos consideran al presidente como el de las puertitas del Señor López por sus sumisiones y otros como el Dr. Merengue por sus contradicciones.

 

El peronismo tenía en sus orígenes una lógica redistribucionista, hoy la única lógica que tiene es la subsidiadora.

 

La casta política es peor aún que la clase política. En primer lugar, busca la impunidad y luego exige sus privilegios por pertenecer. Lawfare y vacunagate son sus cartas de presentación.

 

Nuestra elite más que parasitaria es cancerígena: nos consumen para vivir ellos, pero no nos matan porque nos necesitan seguir consumiendo.

 

 

El principal problema del peronismo gobernante es que le falta poder en vez de sobrarle porque Cristina y Alberto se restan en vez de sumarse.

 

 

Boudoulandia es un país donde la identidad nacional deja de ser expresada por San Martín, Belgrano, Sarmiento y Perón para serlo por Boudou, D’Elía, Aníbal y Parrilli.

 

 

 

Para avanzar de Santa Cruz al país entero, el kirchnerismo sintetizó el feudalismo conservador y autoritario con las utopías social populistas.

 

 

El tío Cámpora y el tío Alberto cumplieron el papel de delegados de quien por diversas razones quería, pero no podía acceder a la presidencia de la Nación.

 

Esta semana el presidente estuvo bastante ajetreado, comenzó con la vacunación contra el Covid-19, siguió con la ley de interrupción voluntaria del embarazo y por último con las modificaciones a las jubilaciones.

 

 

Grabois da autoestima a los pobres, pero no con movilidad social sino diciendo que de ellos será el reino de los cielos (y la revolución) solo por ser como son.

 

 

A las cartas públicas que Cristina le manda a Alberto criticándolo por todo, Alberto le responde a Cristina por los medios pidiéndole perdón por todo.

 

 

El apriete para lograr la impunidad: Parrilli quiere un país donde las leyes se apliquen solo a los ladrones de gallinas y a los poderosos el lawfare.

 

Los fallos de la Corte acerca del traslado de los jueces Bruglia, Bertuzzi y Castelli expresan a la perfección la lógica corporativa de nuestras instituciones.

 

 

Juntando pedazos dispersos, casi siempre contradictorios, Cristina armó un gobierno que no funciona, y para colmo le ocupó todas sus segundas líneas.

 

 

El presidente enfrenta una realidad que ya no puede controlar. Y el relato crea una realidad donde el delirio es su único contenido. Muy difícil gobernar así.

 

 

Una semana, Alberto Fernández apoya el informe Bachelet sobre Venezuela. Pero la otra semana no sabe cómo desdecirse de las causas por las cuales lo firmó.

 

Debería el gobierno nacional alegrarse de que aparte de reclamar por sus reivindicaciones particulares y sectoriales, una gran parte del pueblo de la nación argentina salga a reclamar también por las instituciones y la libertad. Por algo que es de todos y no sólo de los que reclaman.

 

Alberto no parece ser políticamente un genio por lo que ha demostrado hasta ahora, pero está siendo menos de lo que podría ser frente a Cristina.


 

Cristina Fernández ha convertido la Cámara Alta en un poder unipersonal, con rasgos de una monarquía con funciones legislativas, judiciales y ejecutivas.

 

 

El pacto Alberto-Larreta contra la pandemia, conducía al primero a devenir jefe del oficialismo y al segundo jefe de la oposición. Por eso se lo dinamitaron.

 

 

El rechazo a la meritocracia, la reforma judicial y el quite de coparticipación a la Capital Federal tienen algo en común: los tres igualan hacia abajo.

 

Parece increíble que un presidente actúe tan en contra de sí mismo, al romper una alianza con Rodríguez Larreta que le dio una popularidad enorme e impensada.

 

“Aluvión zoológico llamó un radical a los peronistas en los años ’40. “Aluvión psiquiátrico” llama hoy Axel Kicillof a los que marcharon el 17A. Para el radical antiperonista de los años 40 los peronistas eran animales. Para el Kicillof fanatizado del presente, los no peronistas están locos.

Para la Señora, la verdadera reforma es la que ella impulsó durante su segunda presidencia en el 2013 donde se proponía, entre otras linduras, que los consejeros que designaban y destituían a los jueces fueran elegidos por el voto en las boletas partidarias.

 

Aunque por ahora no actúe, Ernesto Sanz sigue influyendo en la política. Cree que en el gobierno nacional quien manda es Cristina y no Alberto. Ve en Cornejo a un presidenciable. Y critica duro la reforma judicial.

 

 

El peronista sectario cree que todos los argentinos deben ser peronistas, mientras que el antiperonista cree que nadie debe ser peronista. El antiperonismo siempre crea más peronismo en sus peores versiones. Mientras que el peronismo sectario crea antiperonismo.

 

 

Cristina, sin ignorar lo que hizo, se ve inocente porque al nivel del hombre común tomar dineros ajenos es un delito, pero al nivel de los seres excepcionales no. El lawfare provee impunidad al ubicar a la política más allá de la justicia, al considerarla inimputable. El lawfare es un indulto para los más poderosos.

 

 

Alberto está obligado, a fin de mantener la paz interna de su coalición, a negar todas y cada una de las cosas que dijo en esos años locos en que se creyó libre. Todos creen que Cristina logrará su impunidad, pero no tanto ella porque es la única que conoce la contundencia de las pruebas en su contra.

 

 

Gracias a los Kirchner, los herederos de los que fueron echados de la Plaza por Perón hoy tuvieron su triunfo póstumo y le doblaron la mano al General. Estos muchachos sienten veneración por Cristina, aún más que por Evita.

 

 

 

Cristina es una opo-oficialista que defiende al gobierno o se le opone según lo requiera su plan estratégico, dentro del cual Alberto es sólo una táctica más.

 

 

La cuarentena no es la cura de nada. Es sólo un medio entre tantos otros que se debe usar de acuerdo a la prudencia política.

 

 

Así como el no peronismo cae del gobierno debilitado por falta de poder, el peronismo cae por un uso excesivo que termina hartando.

 

 

La principal meta de la persona con vocación de político no es el bienestar del pueblo, aunque puede quererlo. Su meta central es lograr la grandeza a través de la ambición de confundir su persona con el todo que gobierna.

 

 

El Estado tiene que luchar contra su principal enemigo, la oligarquía agropecuaria que es para ellos la peor de todas, cuando debería ser su principal aliada.

 

 

Cristina eligió bien, pero porque tuvo a quien elegir. No le servían para sus objetivos ni Randazzo, ni Lavagna, ni Schiaretti, ni Massa. Todos tenían algún poder propio que mañana podrían poner contra ella.

 

 

“Hemos perdido el adelanto de las ideas sobre el mundo, la distancia que hace que una idea siga siendo una idea. El pensamiento debe ser excepcional, anticipador y estar al margen, debe ser la sombra proyectada de los acontecimientos futuros. Ahora bien, hoy vamos a la zaga de los acontecimientos. De ahí el retraso de la interpretación”.
- Jean Braudillard, “El crimen perfecto”, 1995.

 

 

Es demasiado grande la dimensión de la actual pandemia como para que cuando la misma finalice, todo vuelva a estar como estaba. Es previsible que el mundo cambie en muchas cosas, aunque no sepamos en cuales y si ellas serán para bien o para mal. Intentemos imaginar algunas, no a modo de profecía sino como proyección del presente.

 

 

A pesar de todo, durante estos primeros meses de gobierno, nadie creyó seriamente que Alberto Fernández podría ser un Cámpora, chirolita de Cristina, ni un De la Rúa con una vice que lo despreciaba desde la corrección política de izquierda como hizo el Chacho Álvarez con el radical.

 

 

Los sectores no kirchneristas del actual gobierno, compuestos por los cuadros más importantes del albertismo y del massismo, tanto en su modo de pensar como en las políticas que proponen en la mayoría de los casos, están mucho más cerca de la lógica de un dirigente medio de Cambiemos, como Monzó, Frigerio, Morales o Cornejo que de Cristina (no están, claro, cerca de Macri y su círculo íntimo, pero estos dirigentes de Cambiemos que citamos tampoco lo estuvieron ni lo están).

 

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