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Domingo, 05 Abril 2020 21:00

El peor momento para lanzar el Albertismo - Por Sergio Berensztein

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El núcleo cercano que rodea al presidente Fernández busca que fortalezca su propio liderazgo. Sin embargo, lo ocurrido con las filas en los bancos de jubilados, generó una grieta.

 

La Argentina está atravesando por una situación de emergencia inédita en su historia y de hecho cuando ponemos el foco en lo que está ocurriendo en otros países efectivamente se observan intervenciones sin precedentes por parte de los Estados. Producto de la crisis desatada por la pandemia de coronavirus, en nuestro país observamos un presidencialismo recargado: con el Poder Judicial y el Poder Legislativo en cuarentena, naturalmente, el Poder Ejecutivo aprovecha el vacío de poder y casi monopoliza el proceso de toma de decisiones dejado.

Además, ante la virtual desaparición del mercado, porque colapsó la economía privada ya que la gente casi no puede salir de sus casas a realizar sus actividades, por seguridad propia y por pedido del gobierno nacional, la única respuesta frente a la sociedad la puede brindar el Estado, encarnado en este momento en la figura presidencial.

En la última semana, en su momento de mayor centralidad, el presidente Alberto Fernández utilizó sus apariciones públicas para pelearse con Paolo Rocca, que fue obligado por una conciliación obligatoria a revertir por lo menos transitoriamente el despido de 1450 empleados de Techint, actitud que el presidente catalogó de “miserable”, así como para criticar a aquellos que especulan y remarcan precios. Al mismo tiempo y como contraste, durante el acto de inauguración del Sanatorio Antártida, aprovechó para elogiar enfáticamente al líder del sindicato de Camioneros, Hugo Moyano, a quien calificó como “un dirigente ejemplar”, por poner a disposición las 330 camas del sanatorio de su sindicato para que puedan atenderse pacientes de coronavirus de la provincia de Buenos Aires.

¿Estamos presenciando el nacimiento del “albertismo”? El núcleo cercano que rodea al presidente Fernández busca que fortalezca su propio liderazgo. Es evidente que su legitimidad de origen estaba de algún modo cuestionada por los votos que aportó Cristina Fernández y, recordémoslo, por la inusual manera en la que se decidió la fórmula presidencial.

¿Puede el presidente pretender aprovechar de algún modo esta inesperada coyuntura para despejar las dudas que penden sobre su liderazgo, reposicionarse como epicentro del poder y proyectarse como un líder distinto de aquí en adelante?

Eso sugiere el último estudio de opinión pública que realizamos junto a D´Alessio-Irol: aunque existe gran preocupación por la economía, las medidas adoptadas por el gobierno nacional para combatir al coronavirus tuvieron una amplia aceptación por parte de la ciudadanía, lo que se tradujo en el incremento de 10 puntos porcentuales en la imagen del presidente Fernández, que alcanza su récord en el mes de marzo con 61% de valoración positiva. En igual proporción crece el nivel de aprobación de su gestión, obteniendo su mejor valoración desde diciembre de 2019: para el 59% lo realizado hasta ahora por el gobierno nacional es bueno o muy bueno.

Encontramos un paralelismo con la efectiva construcción de liderazgo del que considera su maestro, Néstor Kirchner, en 2003, y que el presidente Fernández vivió en carne propia, de primera mano. Entre los componentes similares a ambas gestiones, además de algunos funcionarios en común, podemos señalar la confrontación con empresarios, en su momento Coto y Kirchner y ahora con Paolo Rocca; una alianza con Moyano, un sector cuestionado del sindicalismo y la ampliación de la coalición con sectores medios, saliendo del peronismo, pero con peronismo. En algún sentido ¿estamos en presencia de un Néstor 3.0?

Sin embargo, lo ocurrido ayer con las interminables filas en los bancos de jubilados, el grupo más vulnerable frente al Covid-19, que buscaban cobrar sus jubilaciones junto con los beneficiarios de planes sociales, y que permanecieron varias horas en la calle en el día más frío del año y sin respetar la distancia social, generó una grieta en el aislamiento obligatorio iniciado el 20 de marzo. Pero, sobre todo, podría llegar a erosionar lo capitalizado por el gobierno de Fernández.

Así se abrió un amplio debate en las redes sociales y en varios programas de televisión acerca del mal manejo y la falta de previsión por parte del gobierno nacional, cuestionando el creciente liderazgo de Fernández frente a la crisis del coronavirus. El enojo presidencial por lo acontecido apuntó a tres destinatarios: Miguel Pesce, titular del Banco Central; Sergio Palazzo, secretario general de la Asociación Bancaria, y el titular de la ANSES, Alejandro Vanoli. Y los tres repartían culpas. Al primero se lo responsabiliza por la falta de armado de un plan de contingencia y negociación con el sindicato bancario para garantizar que extiendan días, horarios de atención y guardias mínimas. Al segundo, por haberse negado a abrir sucursales bancarias durante la cuarentena y del maltrato a los jubilados en el día de ayer. Y al tercero, por haber dispuesto el pago de AUH junto con las jubilaciones.

Este error descubre las deficiencias de gestión de la administración albertista, disimulada con la crisis del coronavirus y terminó generando un escándalo que puede implicar que todo el esfuerzo realizado hasta ahora quede prácticamente en la nada.

El escándalo del pasado viernes pone de manifiesto que es tan nociva la gestión sin política (lo que caracterizó al gobierno de Cambiemos), como la política sin gestión (lo que lamentablemente ha mostrado este gobierno hasta ahora).

Sergio Berensztein

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