Sábado, 29 Agosto 2020 21:00

Alberto Fernández hace con la pandemia como Néstor Kirchner hizo con Cromagnon - Por Marcos Novaro

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La receta es la misma: si llegan malos tiempos, esconder la cabeza, hablar de otra cosa, ignorar las críticas. Nunca, hacerse cargo más que de los éxitos.

 

¡Qué lejos estamos de ese discurso inaugural, en que Alberto Fernández pidió se le advirtiera a viva voz cuando alguien creyera que estaba metiendo la pata!

Justo cuando es más evidente que debería escuchar, moderarse, cooperar, se niega a hacerlo, rompe lanzas con la oposición, incluso con su “amigo” Larreta, y se refugia en una campaña de autobombo según la cual hizo todo bien, la economía repunta, y si hay problemas es culpa de los demás: “Los que querían miles de muertos, ahí los tienen”.

¿O será que esa predisposición a escuchar las críticas estaba desde el principio solo dirigido a los militantes que lo rodeaban, y a una militante en particular, la jefa?

Como sea, lo cierto es que Alberto solo consideró que la pandemia fuera el eje de su gobierno mientras hubo réditos políticos que recoger con ella, cuando parecía que los costos iban a ser aquí menores que en los países vecinos; es decir, mientras el pico estuvo lejos. Ahora que está encima nuestro ha descubierto que hay otras cosas mucho más importantes. Y que ni siquiera existe ya la cuarentena. Aunque la extiende, porque otra cosa no se le ocurre, lo hace con el mayor disimulo.

La lógica del oportunismo político es llevada así al extremo. Los contagios baten récords, los muertos se siguen acumulando, pero él prefiere hablar de recuperación económica, que según Santiago Cafiero es la que bate récords. No se sabe bien dónde, porque la tibia recuperación que estaba produciéndose en las provincias del interior se extinguió desde que los casos se multiplicaron también en ellas.

Es natural que esto coincida con el descarte de lo último que quedaba de moderación: el interés presidencial por despolarizar y despolitizar los anuncios sobre la estrategia sanitaria decayó desde que se volvió evidente que Larreta era el que sacaba mejor provecho de ellos, ateniéndose a las medidas específicas para su distrito, y sin mezclar ese asunto con reproches o críticas a los otros dos participantes. Así que ya no habrá más conferencias conjuntas con él. Y se le negó de paso la posibilidad de abrir algunas actividades escolares presenciales, muy controladas, simplemente porque es opositor y no hay que dejarlo hacer las cosas mejor que a los distritos propios. ¿Qué se creía? ¿Qué iban a dejarlo imponer su inmundo espíritu meritocrático, o transmitirlo a los tiernos espíritus de los niños porteños?

El presidente confirma así que compró el diagnóstico que desde hace tiempo tienen los kirchneristas duros: que Horacio Rodríguez Larreta era el único que se beneficiaba de esas conferencias y más en general de la cooperación sanitaria, así que había que liquidarlas. En vez de corregir la causa del problema, que estaba haciendo mejor las cosas que ellos, proponían combatir el síntoma, que no se notara.

Si Larreta sigue alto en las encuestas, mientras Alberto cae, es porque se tomó en serio la moderación, no como un simple recurso publicitario. Es decir, cumple mejor que el Presidente el rol que él inicialmente postuló para sí, pero fue abandonando, al poner su capital político al servicio de los compromisos asumidos con Cristina. Así que ahora hace lo contrario de lo que al comienzo anunció: en vez de corregir para recuperar el terreno perdido, pretende arrastrar hacia abajo a su adversario, complicarle lo más posible la vida, y negarle cualquier solución que no sea el encierro. La peor versión de la polarización destructiva: meritocracia al revés.

No hay que sorprenderse si pronto llegan a los porteños más malas noticias, sobre todo en el terreno fiscal: la coparticipación del distrito está en la mira; y es el trasfondo de la frase insólita que lanzó el presidente sobre la “opulencia de la ciudad”. ¿Se estará refiriendo a los miles de negocios cerrados para siempre, a las villas y barrios pobres que no son mucho menos populosos que en el conurbano? ¿Retomará el argumento de Cristina de que lo que los porteños tienen es a costa de lo que no tienen el resto de los argentinos? La idea de nivelar para abajo se extiende, porque es inescindible del modo en que el oficialismo entiende la competencia, política, económica y cultural.

Es lo que está detrás de sus iniciáticas impositivas, que volvieron al centro de la escena también en estos días.

Es el caso del Impuesto a la riqueza, o contribución solidaria excepcional, como gusta ahora llamarla. ¿No exagera bastante su impacto positivo para las cuentas y disimula su muy probable impacto negativo para la inversión y la actividad?

El oficialismo habla de 12.000 afectados. Puede que sean algunos más porque entran los bienes blanqueados durante el gobierno de Macri. Pero si es probable que minimice el número de afectados lo seguro es que exagera el beneficio fiscal: habla de recaudar 300.000 millones de pesos, si lo dividimos entre 12.000 contribuyentes, cada uno debería aportar, se supone que una vez pero vaya uno a saber, la friolera de 25 millones. ¡25 millones por cabeza! ¿En serio alguien cree que va a ser posible recaudar esa cifra?, ¿estarán mintiendo con el resultado, para darle importancia a una medida que no la tiene?, ¿o minimizando el número de contribuyentes, para no asustar a la clase media antes de que se haya vuelto un hecho consumado? ¿O es que piensan que las matemáticas y las cuentas públicas no hay que mezclarlas?

El proyecto tiene otros aspectos cuestionables, y algunos directamente delirantes. Se carga sobre los argentinos, en general, aunque no sean residentes, lo que implica un absurdo total y será motivo de muchos conflictos judiciales. Igual que sucederá con la cláusula que establece que el patrimonio se calculará al 31/12/19, algo por completo sin sentido si se va a cobrar el año que viene.

Lo han dicho varios economistas: es muy probable que recaude más Uruguay que Argentina gracias a este tributo. Y que sigamos distribuyendo pobreza, y achicamiento de la economía. Lo que también resultará del posible aumento del impuesto a las ganancias, si se adopta en la situación actual.

Primero circuló que se aumentaría el porcentaje máximo de ganancias para los contribuyentes individuales, que de 35% se iría a 41%. Esto sí impactaría en mucha gente, varios millones de asalariados y autónomos. Y recaudaría mucho más. Pero supone un desafío bien grande, porque unos cuantos de los afectados están afiliados a sindicatos peronistas bastante poderosos (petroleros, aceiteros, camioneros, muchos de cuyos afiliados pagan ya la máxima alícuota del tributo).

Será por eso que el gobierno se apuró a corregir el rumor y dijo que piensa aumentar ganancias, pero solo para las empresas. Llevando el máximo a 35%. ¿Sobre qué ganancias se calcularía? ¿Igual que con el tributo a la riqueza, se seguirán considerando ganancias ficticias al demorar la actualización por inflación? Más empresas se irán a países vecinos, o decidirán funcionar por completo en negro. El daño para la economía es probable que sea mayor que el beneficio para el fisco.

Ganancias es, en verdad, un buen impuesto, mejor que el IVA, o que Ingresos Brutos, al menos; pero pervertirlo es otra cosa que Alberto está copiándole a Néstor. Primero, porque no se actualizan adecuadamente las escalas, entonces un empleado de ingresos no tan elevados termina pagando el máximo, igual que un millonario. Luego, porque las deducciones son bastante arbitrarias y desalientan la inversión. No contemplan situaciones educativas, muchos gastos asociados a la producción ni los esfuerzos por incrementarla, por lo que resulta muy injusto en muchos casos. Y por sobre todo, porque no se han hecho mayores esfuerzos para combatir el negreo, por lo que paga mucho quien está en blanco y hay muchos que no pagan nada.

Guzmán habló de hacer un esfuerzo por combatir la evasión, pero lo que está primero en la agenda parece ser pegarle un nuevo manotazo a los que se tiene a mano, y ya están agobiados por la presión fiscal. Más aliciente para que, ante un derrumbe de la actividad tan agudo como el que enfrentamos, autónomos que realizan tareas de alta calificación se vayan del país. O para que algunos que están en blanco y puedan hacerlo se pasen a la informalidad. Tal vez no en lo inmediato, pero a mediano plazo seguro, se achicará la población y el número de empresas alcanzados por el impuesto, y se recaudará menos que antes.

Y tal vez lo más importante: ¿qué se va a financiar con estos impuestos? La asistencia por la pandemia y la cuarentena se está reduciendo. Lo que se prevé aumentar es la planta de empleados públicos, en particular en el Poder Judicial: 1400 cargos nuevos acaban de votar muy alegremente los senadores oficialistas para la famosa reforma judicial, que la propia Cristina dice no es la que necesitamos, y ni siquiera es una reforma. Esos nuevos cargos significarán no menos de 10.000 millones de pesos al año. No parece un dato que aliente a quienes tendrán que pagarlos con su esfuerzo.


Marcos Novaro

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