Domingo, 30 Agosto 2020 21:00

La Ciudad despierta culpa, pero el Conurbano bonaerense parece que no - Por Walter Schmidt

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Alberto Fernández y Cristina Kirchner repiten sus críticas a la Ciudad, donde viven. Pero nada dicen de la decadencia de la Provincia.

 

Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo alemán, fue uno de los pocos intelectuales alemanes que rechazó desde el inicio al nazismo, lo que le valió ser prohibido en la universidad. Tras la capitulación alemana en 1945, se convirtió en uno de los teóricos más importantes de la reconstrucción. Creía que la regeneración moral de la identidad alemana era posible pero no clausurando aquél pasado terrible sino sacando lo malo y dejando lo potable. En su libro “El problema de la culpa” propone grados de responsabilidad: la culpa criminal, la culpa política, la culpa moral y la culpa metafísica. Definía a la culpa política, como las consecuencias de las acciones de gobierno que terminan sufriendo los ciudadanos. En la Argentina, la lista de “culpables” sería extensa.

Alberto Fernández acaba de remitir a la culpa en esta lógica permanente de diferenciarse, ante los ojos cristinistas, de la oposición y en particular de su mejor aliado Horacio Rodríguez Larreta. “Nos llena de culpa ver a la ciudad de Buenos Aires tan opulenta, bella, desigual e injusta con el resto del país”, lanzó en la semana. Puede hasta resultar comprensible la estrategia de diferenciación del Presidente, lo que a veces falla es la manera. Sobre todo porque son muchos –incluidos él- los funcionarios nacionales, provinciales, intendentes bonaerenses, legisladores, militantes mediáticos, todos oficialistas, que tienen su domicilio en Puerto Madero o, como la vicepresidenta Cristina Kirchner, en Recoleta.

Ya había ensayado algo similar para justificar el sorpresivo DNU que declara servicios públicos a internet, la telefonía celular y la TV por cable. “Lo hice en gran medida porque me di cuenta de que, por lo menos en la Ciudad de Buenos Aires, había 6.000 chicos que no acceden a Internet. Y como no tienen Internet no le llegan las clases de sus maestros”, argumentó.

Un relevamiento del Indec de fines de 2019 sobre el acceso a la tecnología, afirma que el 10,5% de tres millones de porteños no tienen internet, mientras que los bonaerenses sin conexión ascienden al 20,9%, pero de un total de 16 millones de personas.

Suena al menos paradójico que el mandatario se preocupe por los chicos de la Ciudad sin internet para tomar una medida de esa índole, cuando su ministro de Educación, Nicolás Trotta, rechaza de plano discutir el posible regreso de esos niños a clase bajo un protocolo sanitario para recuperar el tiempo perdido, con un discurso político agrietado cuando definió a Nación y Ciudad como “nosotros y ellos”.

Si en lugar de la Ciudad, donde está claro que la Casa Rosada busca golpear a Larreta y a su antecesor Mauricio Macri en los puntos débiles de la gestión porteña -que los hay-, el objetivo fuera evaluar las carencias en el Conurbano bonaerense, núcleo de la provincia. ¿Se animaría a culpar a alguien? Y en ese caso, ¿a quién?

Desde que la Ciudad es autónoma, en 1996, hubo 6 jefes de gobierno: los radicales Fernando de la Rúa y Enrique Olivera; los centroprogresistas Aníbal Ibarra –kirchnerista- y Jorge Telerman; y los dirigentes del PRO, Mauricio Macri y Rodríguez Larreta.

Desde el retorno a la democracia en 1983, la provincia de Buenos Aires fue gobernada por un radical, Alejandro Armendariz; 5 peronistas Antonio Cafiero, Eduardo Duhalde (dos mandatos), Carlos Ruckauf, Felipe Sola, Daniel Scioli (dos mandatos); una dirigente del PRO, María Eugenia Vidal; y el actual, K, Axel Kicillof.

La diferencia entre ambos distritos es contundente, más allá de lo ideológico. En más de dos décadas la Ciudad fue evolucionando en sus distintas gestiones y ha reflejado una convivencia política inusual. A modo de ejemplo, la obra hídrica más importante en más de medio siglo fue inaugurada por Macri, acompañado por Ibarra, Telerman y Olivera.

En cambio, la Provincia ha ido decreciendo la calidad de vida de sus habitantes en los últimos 37 años.

Podrá argumentarse que la Ciudad posee más recursos propios –no provenientes de la Nación- que la provincia, lo cual es cierto. Aunque también hubo periodos de bonanza en el territorio bonaerense, como cuando Eduardo Duhalde dejó la vicepresidencia para ser gobernador, no sin antes garantizarse que Carlos Menem le inventara el Fondo de Reparación Histórica del Conurbano bonaerense que en ese momento equivalía a 2 millones de dólares por día para las arcas de la provincia. El resto, es conocido. Ningún gobernador supo, pudo o quiso que la Nación le enviara los fondos necesarios para mejorar la calidad de vida de sus comprovincianos. Y se conformó con lo que había.

La Ciudad tiene cuatro fuentes de recursos: el 78,9% de los ingresos es por recaudación de impuestos a la actividad económica y al consumo como ingresos brutos, sellos, ABL, patentes; el 10,6 lo que recibe del gobierno nacional en concepto de coparticipación federal; el 7,6% por ingresos no tributarios, trámites que van desde verificación de obras y tasa de justicia hasta infracciones varias, espectáculos, etc.; y el 2,9% son recursos de capital, ventas de activos y transferencias. La dependencia de la Nación es menor o la “opulencia” de la que habla el Presidente, en todo caso se debe al aporte del bolsillo de los porteños. De acuerdo con los mismos datos oficiales, la Ciudad recauda el 88,8% de sus ingresos, y lo que viene de la Nación representa el 11,2%.

La Provincia, en cambio, recauda el 55 % de sus ingresos y recibe de la Nación el 44,3%. Pese a tener el 38% de la población del país y una economía que representa un tercio de la nacional, apenas percibe el 19,7% de los recursos coparticipables.

A simple vista, en función de los datos, la dirigencia política debería sentir culpa por cómo ha dejado el territorio bonaerense. Y no por la situación de la Ciudad.

Según la Dirección Provincial de Estadísticas bonaerense, en un relevamiento de 6 aglomerados urbanos (lugares con más de 500 mil habitantes) del segundo semestre de 2019, los números hablan por sí solos: el 10,8% vive en viviendas hechas con materiales de calidad “insuficiente”; el 19,8% de los bonaerenses habitan en un cuarto junto a 1 o 2 personas más y un 5,5%, con tres o más; el 22,1% tiene un saneamiento “inadecuado”, es decir, no cuentan con baño, lo comparten con otras viviendas o lo tienen afuera de su casa; el 22% no tiene agua corriente; el 36,3% no accede a la red de gas; y el 44,3% no tiene cloacas.

En cuanto a villas y asentamientos en el conurbano, en 1983, año del retorno a la democracia, vivían unas 290 mil personas; en 2001 era 594 mil; en 2006 alcanzaban los 936 mil; y hoy viven en esas condiciones cerca de 1.500.000.

Alguien podría argumentar que es obra de una mayoría de gobiernos peronistas, pero hay una corresponsabilidad de la oposición que gobernó dos veces y que acompañó desde la Legislatura bonaerense, por acción u omisión, las decisiones de gobierno. ¿Nadie siente culpa por el Conurbano bonaerense? En plena pandemia, nadie le pide perdón a los bonaerenses, que en un 35,5% dependen de una salud pública que han deteriorado las pésimas gestiones.


Walter Schmidt

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