Miércoles, 25 Noviembre 2020 10:29

Sin clases, pero con escraches - Por Ricardo Roa

Escrito por

Perdimos el año escolar. Y en lugar de pensar cómo lo recuperamos, gastamos el tiempo con los nazis que se refugiaron en Bariloche.

Hace meses que discutimos cuándo los chicos deben volver a la escuela. Es como discutir cuánto tiempo más de aprendizaje van a perder o cuánto se va a profundizar la brecha en contra de los chicos pobres o cuántas oportunidades van a perder para siempre.

Pese a la nueva ola de contagios, Europa mantiene abiertos los colegios. Restoranes y bares están cerrados, las escuelas no. Aquí un dirigente gremial decidió que hasta que no haya vacuna no habrá vuelta a las aulas. Y sanseacabó.

La ministra porteña Soledad Acuña discute hace rato con el ministro Nicolás Trotta de la Nación por este tema. De repente, los gremios sacan declaraciones de Acuña de una reunión partidaria para montar un escándalo. Acuña habla de algo no sólo conocido, sino que se debate en toda América Latina: los cambios sociológicos sufridos en el colectivo docente.

Hay caída salarial respecto de otras profesiones liberales y hay caída de prestigio de la carrera docente, que ha perdido atractivo. Nada que un especialista en educación no sepa. Otro tema del que habla Acuña es la relación entre docencia y militancia. Los docentes tienen ideas políticas como cualquiera. Bien que las tengan y que las expresen. Pero en la escuela no se trata de bajar una línea sino de asegurar un proceso de aprendizaje libre para que los alumnos desarrollen una forma crítica y autónoma de pensar.

Son temas interesantes para un seminario de política educativa. Pero mucho más interesante de debatir es por qué hace un año los chicos no tienen clase ni se ven con sus compañeros. La Organización Mundial de la Salud acaba de decir que los colegios no son los focos de contagio que se temió.

Este domingo, una nota del diario Página 12 asoció los dichos de Acuña con la educación que la ministra recibió en su infancia en una escuela de la comunidad alemana de Bariloche, en la que estaba el criminal nazi Erich Priebke. La clásica culpabilidad por contacto: estuvo en pareja con una mala persona, luego es una mala persona. O su padre fue militar: es un genocida.

Un escrache fascista por donde se mire y sin importar la línea política de donde venga. Y la reinstalación de la política del prontuario, que acá costó enormidades y usó a destajo la dictadura: Fulano es amigo de Mengano, por lo tanto, tiene algo que ver.

Priebke vivió prácticamente medio siglo en el país tras ser condenado por una masacre de 335 civiles en Italia. Murió en 2013, a los 100. Había entrado a la Argentina después de la Segunda Guerra con otros nazis y la innegable vista gorda o la anuencia del gobierno peronista, lo que podría dar lugar a otros prontuarios.

En medio de este barullo, perdimos de vista lo esencial: los chicos. Todavía no sabemos todas las consecuencias que tendrá sobre nuestro sistema educativo y sobre los pibes la cuarentena más larga del mundo a la que los sometimos. Cuántos chicos pagarán el costo de dejar de estudiar y qué impacto tendrá en los aprendizajes y en su desarrollo emocional y social. De eso no se habla en el Gobierno.

No hay improvisación política en cuanto se discute o se pretende hacerlo sobre la educación: está hace tiempo en manuales más usados que los de aprender. Este año ya está perdido. Pero mientras seguimos sin definir qué vamos a hacer en marzo, gastamos el tiempo en discusiones sobre Priebke y los nazis que se refugiaron en Bariloche.

Ricardo Roa

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…