Jueves, 07 Enero 2021 09:53

Cristina sí sabe adónde quiere ir. ¿Y Fernández? - Por Ricardo Roa

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El Presidente hace como que pone el rumbo del Gobierno. Pero el mapa lo dibuja la vice.

Se busque por donde se busque siempre aparece lo mismo: Alberto Fernández puede decir una cosa, luego otra diferente y finalmente la contraria. La conclusión: no tiene en claro para dónde va y por lo tanto no permite saber para dónde va, aunque hace como si supiera. Vale, entre muchos otros, el caso de las prepagas. El anteúltimo día del 2020 les autorizó un aumento del 7%. Y apenas horas después, también por el Boletín Oficial, les volteó el incremento.

De un plumazo no sólo barrió el 7% sino también las larguísimas conversaciones que concluyeron en esa suba del 7% y en las que él mismo y su jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, estuvieron involucrados. Del otro lado de la mesa estuvo sobre todo Claudio Belocopitt, que preside la cámara de las prepagas y que se enteró por los medios de que el Gobierno había metido la marcha atrás.

Belocopitt quiso saber qué había pasado, pero fue inútil: tanto Fernández, al que conoce hace tiempo, como Cafiero no contestaron más sus mensajes. Obvio: no tenían cómo explicar o justificar lo que había pasado. Y menos explicarle para qué le habían pedido una parva de datos sobre los costos de las empresas. La mayor víctima de semejante enredo fue el funcionario que firmó la resolución: Eugenio Zanarini, superintendente de Servicios de Salud, que terminó internado por un episodio cardiovascular.

Otro Fernández auténtico fue tranquilizar después a Belocopitt con el argumento de que entendía el atraso tarifario y luego afirmar que “nadie controla a las prepagas, que sólo piden aumentos”. Es inevitable pensar que en este zafarrancho estuvo y está la mano de Cristina. O más aún: las decisiones de Cristina, que ya ha dicho que quiere cambiar todo el sistema de salud. O, si se prefiere más claro, ir por la caja de las obras sociales.

Y un Fernández también de estos días es el de la película sobre la parodia electoral venezolana. Asumieron los nuevos jefes del Parlamento, votados ni siquiera por el 30% del padrón, y mandó un representante en papel de embajador y convalidó la maniobra de Maduro para simular que hay democracia.

Una vuelta de tuerca más: Fernández está en el Grupo de Puebla, pero no se va del Grupo de Lima, que piensan exactamente al revés. En la OEA apoya la dictadura y en las Naciones Unidas apoya denuncias contra la dictadura como el atroz informe Bachelet sobre los muertos y torturados por el régimen chavista.

Detrás de Venezuela está Cuba y un pasado que un ala del cristinismo añora como si fuera posible resucitar. Es un mundo que ya no existe, sepultado por cambios geopolíticos y tecnológicos. Y no advierten o no quieren advertir que en esos países la gente huye o trata de huir: son los que tienen la mayor cantidad de exiliados del continente.

Obligados por el fracaso, a Cuba y Venezuela no les queda otro camino que inclinarse ante el dólar por más eufemismos que quieran usar. Van en una marcha forzada al capitalismo. Ya no es suficiente la ayuda rusa y china. Precisan y buscan dólares: se quedaron sin remesas, sin turistas, sin petróleo y sin aparato productivo.

Hay diferencias entre Cristina y Fernández y un tema de relación de fuerzas entre ellos. Están a la vista. Una tiene un plan y objetivos. El otro, un proyecto político sin contenido. Se sabe para dónde quiere ir Cristina. No se sabe para dónde quiere ir Fernández. O si no se anima a decirlo. Pero el tiempo pasa. Y el que sabe para dónde va marca el rumbo.

Ricardo Roa

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