Lunes, 19 Abril 2021 11:34

La intervención de la Corte, los Cafiero anti autonomía y el velorio rojo de Mario Negri - Por Ignacio Zuleta

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La oposición, dividida por el tono del reclamo. La provocación de Massa y el debate por la Ciudad. 

Ni fondos ni autonomía (Blitzkrieg sobre Larreta)

La disputa sobre la vuelta a clases es una tormenta en un vaso de agua, pero ese vaso está en la Capital Federal, distrito vidriera que impone consignas al resto del país. La pelea del Gobierno con la oposición se libra en el AMBA y no en el resto de la Argentina, en donde los gobernadores resuelven por las suyas qué van a hacer. La educación se confunde ahora con la batalla contra la peste. Pero es un universo que tiene raíces profundas en cualquier sociedad. Por eso en muchos países las aulas no se cerraron, ni en los peores momentos de la peste. Los pacientes de los pediatras no son los niños, sino sus madres. A ellas hay que darles tranquilidad y pomaditas. Lo mismo ocurre con la política educativa: los clientes no son los niños sino sus padres. Los políticos suelen olvidarlo.

¿Para qué Alberto se pelea en el salón Familias, cuando la política se despacha en el salón Bar y Billares? Revela mucho acrílico y poco estaño (dícese del material de las barras en las pulperías, metáfora tanguera), algo que tienen por lo general los gobernadores, y que les falta también a quienes hoy lo rodean al Presidente en sus decisiones -un grupo de adolescentes en política-. Es la mesa chica, sin experiencia ejecutiva, de Axel, Máximo, Wado, Santiago, Sergio, a la que Gustavo Béliz -el único con recorrido-, mira como un tío silencioso mientras sigue tomando carrera, desde hace 30 años, para patear ese maldito penal. ¿Para cuándo, joven…?

Las acciones de los gobiernos sobre la educación, con peste o sin ella, tocan a millones de adultos, que deben trabajar para educar. Si no hay escuelas que alberguen a sus hijos no pueden hacerlo. Cada vez que un gobierno quiso conmover a la sociedad arremetió sobre la educación. Raúl Alfonsín ensayó con el Congreso Pedagógico (1984-88), bajo el pretexto de la educación, una cruzada reformista. Carlos Menem impuso el impuesto docente, que remediaba desde la Nación un conflicto que era provincial -por eso la Carpa Blanca estaba ante el Congreso, no en la plaza de Mayo- en un intento de usar a la educación como llamador de adhesiones.

La protesta divide a la oposición

El efecto de las medidas del Gobierno, más allá de lo que resuelva la Justicia en el distrito federal -el resto del país es normal- produce estados alterados. Para el Gobierno la consigna es clara: a Larreta, al PRO, y a Juntos por el Cambio, hay que destruirles el quincho de la CABA. Le sacamos los fondos, le cerramos las escuelas y ahora les cortamos la autonomía. El motivo es estrictamente proselitista, pero de doble filo, porque estas acciones alejan al Gobierno del apoyo del público moderado de la CABA. Un público que al peronismo no le sobra, ante unas elecciones en las que se juega el futuro.

El Gobierno sabe que el cierre enloquece la colmena a la oposición en el distrito, en donde se disputan candidaturas por el oficialismo local. Patricia Bullrich es señalada por el Gobierno como agitadora callejera y desentierran a Macri como jefe de una oposición que no controla. Pero su nombre contamina. Larreta está obligado a mantener las calles en orden. Tiene experiencia ejecutiva y sabe que la paz te salva como gobernante, y que el caos te entierra. El cacerolazo es una protesta de indignados que no reconoce diferencias. Es un panfleto contra el todo. Va contra cualquiera que mande, Larreta, Alberto o Del Caño, aunque no mande.

La rebeldía del after office, nuestro Tea Party

Las disidencias enojan a los caciques del PRO del distrito y el Gobierno hunde el cuchillo como en manteca blanda. El bullrichismo querría más moderación de la policía local ante las protestas como la de la Plaza de Mayo: el sábado, alguien arrojó hacia la policía una molotov que no encendió. ¿Gente del PRO tirando bombas? Inevitable no pensar en una provocación de sus adversarios para incendiar la pradera, como dice el proverbio que repetía el legendario Mao (Tse Tung, guglealo si ya no sabés quien fue) para anunciar la revolución (“Una sola chispa puede incendiar la pradera").

También Bullrich hubiera querido más rebelión en los bares y confiterías, pero Larreta mandó a la policía y a los inspectores, que libraron coquetas escaramuzas en confiterías de la Recoleta y Palermo Chico el viernes al after-office, que viene a ser como después de tomar el té. Después de todo, la revolución americana estalló con un motín por el té (el Boston Tea Party, 1773). No hubiera desagradado al sindicalismo gastronómico, que tiene buen diálogo con la oposición -Dante Camaño fue uno de los aportantes a la cumbre pichettista de San Miguel, hace un par de semanas-.

Habrá ajustes de cuentas, porque en la misma línea de aplacar incendios, los personeros de la coalición intervinieron para amortiguar algunos reclamos, como la demanda del diputado Jorge Enríquez contra el Presidente por el cierre de las escuelas con un DNU, cuando el Congreso está abierto. Habla de abuso de poder en un expediente que está ya en la oficina de María Servini y que el legislador va a ratificar este lunes.

Cortan los teléfonos y Massa provoca

Hay que entender los estilos y los proyectos: Bullrich busca una candidatura en la Capital que puede tenerlo a Santilli como competidor, y éste maneja la policía local. "Dejamos que dijeran lo que querían durante tres horas, pero lo de la bomba ya no...", deslizó el vicejefe porteño. Patricia no tiene mucho que perder. Otros, como Enríquez o Fernando Iglesias, terminan sus bancas en diciembre y van por la reelección en el distrito. No se van a perder el beneficio que les da notoriedad como opositores rompedores. El Gobierno, por las suyas, sobreactúa la indiferencia ante reclamos de una oposición con la que ha cortado los lazos.

Apenas subsisten algunas líneas por debajo, como las que preserva Santilli con Olivos a través de Julio Vitobello. Los provoca a través de Massa, que acuerda el voto para sacar la postergación de las PASO sin Juntos por el Cambio. Suma casillas a esa gresca con el llamado a discutir en Presupuesto la Ley de Ganancias de sociedades, que la oposición rechaza. También con una invitación a que el hijo de Carlos Soria exponga en la comisión de Diputados las razones del proyecto de recorte del mandato del procurador. "Ir a hablar de los fiscales en este clima de pandemia es como ir a un velorio vestido de rojo" ironizó Mario Negri, jefe del interbloque de JxC.

Tambalea conciliación en la Corte por los fondos porteños

Disconformes con el país que les ha dado poder, empleo y fortuna, los personeros del peronismo que gobierna arrastran su lento caracol de sueños: una revolución que les alivie la dificultad de gobernar y hacer política con esta Constitución, estos jueces, estos medios, estos partidos políticos, esta oposición, este pejotismo, estos empresarios, estas leyes, estos códigos y esta peste. La exasperación con ese mundo por cuya administración han competido, alcanza en estas estas horas el tono más alto, con la denuncia de inconstitucionalidad de los fallos de la Suprema Corte, que resguardan la autonomía de la CABA.

Primereó Alberto con su descalificación de la competencia del tribunal para atender los reclamos de la Ciudad contra el cierre de las aulas. Pero hay otra pelea, por otro canal. La Nación no había respondido hasta este domingo a la citación de la Corte a una conciliación entre los procuradores Carlos Zannini y Gabriel Astarloa en la causa por el recorte de los fondos a la Ciudad, que aprobó el Congreso por moción del Gobierno nacional. La música que acompaña a este episodio le pone dudas a ese encuentro. Por lo menos habrá una reprogramación, porque la mesa chica de Olivos quiere dar el debate sobre la autonomía bajo los dorados techos del más alto tribunal.

Los Cafiero, una vida dedicada a pelear contra la autonomía

Alberto ya derramó: “La Corte Suprema no es tribunal originario en las cuestiones de la Ciudad, porque es autónoma, pero no tiene rango provincial, y la competencia originaria habla de conflictos entre las provincias y la Nación”. Los voceros de Olivos blindaron este fin de semana esa posición, con los argumentos del abogado Juan Manuel Soria Acuña, vocal del Tribunal Fiscal de la Nación, que ha afirmado en varias monografías que el fallo de la Corte, que le reconoce a la CABA la categoría de provincia, es inconstitucional. Este profesional es, además, una estrella del anti-abortismo. Ha escrito que la ley de despenalización es nula por inconstitucionalidad. Afirma que viola tratados internacionales y que debió ser aprobada por 2/3 de los miembros de las dos cámaras.

La Corte ya tomó nota de esa andanada dialéctica, y la considera una chicana que los obligará a respaldar a la mayoría que, en casos anteriores, ha hablado de la CABA como una categoría equivalente a las provincias. A los justices les desagrada la velocidad con la que la política les reclama soluciones que deberían facilitar ellos. Para el peronismo no es una novedad: Cafiero nieto (Santiago) prolonga en el tiempo la visión del abuelo (Antonio), que fue el autor de la ley que lleva su nombre y que recortó la autonomía del distrito. Es uno de los capítulos de la posición de su partido ante la reforma de la Constitución de 1994: nunca les gustó, salvo la reelección para Carlos Menem, y desde entonces se han ocupado de jibarizar las principales reformas de aquella convención.

La "Ciudad-Estado", un lujo criollo

Este episodio cruza de manera singular el debate de coyuntura por la manera de enfrentar la peste, con el proyecto más viejo del oficialismo: demoler el fortín CABA, donde tiene su centro de mayor poder la coalición opositora, con una maniobra de pinzas. Por un lado, cortarle los fondos. Por el otro, negarle la autonomía con el uso del AMBA como una jurisdicción, cuando es un concepto técnico, pero sin régimen jurídico. Miguel Pichetto adelantó en “A dos voces” que el AMBA es la creación albertista de una nueva unidad territorial. Eso le sirvió al Gobierno para dictar normas que, en otras provincias, dejó al arbitrio de los gobernadores.

Uno de los redactores de la Constitución, el ex diputado y convencional Antonio María Hernández, contradice esa descalificación de la autonomía: "Es casi una Provincia. Sostuve en el seno de la Convención que es una Ciudad Estado, como lo son Berlín, Bremen y Hamburgo en la Federación Alemana. También cuestioné en el debate en la Cámara de Diputados la constitucionalidad de la Ley 24.588 en sus Arts. 2,7,8 y 10 por no respetar el Art.129 y limitar la autonomía plena. La Corte Suprema de Justicia en sus últimos precedentes como "Corrales", "Nisman" y "Bazán" y "Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires c/Pcia. de Córdoba" han reafirmado lo que expreso. Y en el último fallo, ha reconocido categóricamente que la CABA puede recurrir como cualquier Provincia ante la Corte en instancia originaria".

La mayoría de la Corte, que respalda ese status, enfrentará las nuevas interpretaciones, que considera "conservadoras". Carlos Rosenkrantz, en el fallo Córdoba, ratificó: “La calificación de la Ciudad Autónoma como un estado que merece el mismo trato que una provincia a los fines de la jurisdicción federal es un juicio congruente no solamente con la reforma constitucional de 1994 sino con uno de los antecedentes legislativos más relevantes para esta cuestión: la sanción de la ley 1.467 y el debate legislativo que tuvo lugar en el Congreso en 1884”.

Reflotan el debate por la reforma de la Constitución

La violencia del debate sobre estos restos del viejo sistema reabre la discusión sobre los reclamos del peronismo de una reforma de la Constitución, que recurren cada vez que gobierna su partido. Los llamados los hizo esta vez Cristina de Kirchner antes de ser vicepresidenta. En el discurso que dio en una peña tercerista en noviembre de 2018 desnudó su pensamiento: "El 70% u 80% del poder está afuera, en organizaciones, en organismos, en sociedades, en medios de comunicación, cosas que no están reguladas en ninguna Constitución ni en ninguna ley. Por eso es imprescindible darle una nueva arquitectura institucional que refleje la nueva estructura de poder. Hay una estructura de poder que no está reflejada ni en la Constitución ni en la regulación. Es necesario que esa estructura de poder esté regulada e institucionalizada" (Estadio de Ferro, 19 de noviembre de 2018).

Cristina no es persona de libros ni dictámenes, y sus frases siempre tienen pegadas otras influencias, algunas ajenas, como las traducciones que le acercan. Por eso habló en aquel discurso de "gobernanza" -palabreja que no se oye mucho por el Conurbano infinito-. Ahora, embretada en debates sobre su cargo y condición -vicepresidenta reprocesada-, repite los argumentos. “Para hacer una verdadera reforma de la Justicia, la Constitución debería ser modificada", dijo el 15 de mayo del año pasado para defender los proyectos de reforma judicial de su gobierno. También piden reforma de la Constitución sus consejeros, el principal Raúl Zaffaroni.

Nostalgias imperiales

Tampoco es algo exclusivo de la Argentina ni del peronismo. Hay un clima de época que responde a la crisis de los sistemas políticos, previa a la guerra contra el bicho, que lo ha agravado. Ocurre en Gran Bretaña, cuna del constitucionalismo moderno -aunque ese país simula no tener una constitución escrita, apenas una metáfora- en donde ha triunfado el thatcherismo por sobre lo que los conservadores llamaron "la herejía europea". Esa "herejía" imponía la noción de que la Constitución debe estar por encima de los políticos: los jueces pueden rectificar las decisiones de un gobierno si viola la Constitución. El Brexit significó la victoria del autoritarismo que emancipó a la Gran Bretaña de su compromiso con el pensamiento europeo de la división de poderes.

Es lo que demonizó Cristina en aquel grito de Ferro de 2018, cuando dijo: "Miren de dónde data: de 1789. De ahí surge la idea de gobernar un país con tres poderes y, además, uno que es vitalicio, que es el Poder Judicial, rémora de la monarquía”. Es un pensamiento muy bolivariano, en sentido literal -ni chavista ni madurista-. Simón Bolívar, el mero mero, soñó para la gran América un sistema emparentado con el británico de su tiempo, una variante modificada de la monarquía, que podía ser útil para asegurar la solidez de la nueva Venezuela. Lo explica bien Linda Colley en otra lectura obligada de estos días, que enseña y sirve, además, de recreo para el aislamiento: "The Gun, the Ship, and the Pen: Warfare, Constitutions, and the Making of the Modern World" (Londres: Liveright Publishing Corp., 2021).

Bolivarismo auténtico

"La veneración que le profesa el público a su monarca -decía Bolívar- es un prestigio que trabaja con fuerza para aumentar el respeto supersticioso hacia su autoridad". Eso quería Bolívar para la América, cuya organización le birló a San Martín, que era argentino, como el papa Francisco. Le dejó esa tarea a Chávez, la misma que husmean los absolutistas del cristinismo que le responden con cualquier agenda. Cristina pertenece a la especie de los políticos de performance, no de ideas. Nunca vas a saber qué piensa de nada, si cree más en la educación pública o en la privada, o si está a favor o no del aborto. Hay que deducirlo de sus actos, de su performance: rechazó el aborto cuando era presidente; pero habilitó el voto a favor en el Senado cuando ya no lo era.

También se revela como una perfomer cuando exalta el estatismo extremo pero sus hijos cayeron -diría Macri- en la educación privada (él en TEA, ella en el Lasalle). Como a los performers, sus seguidores le exaltan los actos, no las ideas, que no importan mucho. Como no importan las de un rey, que puede ser un genio, el rey bobo o el príncipe pirata (que se les fue, pero aún los guía), pero los monárquicos les van a exaltar el esplendor, el dorado del trono, la belleza de la corona, el armiño de sus capas. Es lo que tiene el poder. Por eso le llaman... poder.

Ignacio Zuleta

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