Martes, 01 Junio 2021 09:45

La grieta que separa a Esteban Bullrich de Alberto Fernández - Por Ricardo Roa

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El senador que pelea la vida apoya las clases. Y el presidente cree que son fuego y queman.

Esteban Bullrich acaba de hablar sobre su vida, dada vuelta por un diagnóstico inapelable y brutal. Lo amenaza de muerte el ELA, la esclerosis lateral amiotrófica, crueldad que despierta al cerebro, duerme a los nervios y desconecta a los músculos. Paraliza lo que antes era normal y que de pronto se convierte en un pasado imposible de recuperar.

Pasó por el calvario de la angustia y del enojo, pero lo incentiva superar la enfermedad del único modo en que hoy es posible: aprovechando cada momento de vida para vivirla hasta la raíz. El día a día lo es todo. Bullrich es un creyente militante. Tiene para creer: una hija chica que superó un cáncer. Ve la superación, no la injusticia de la sentencia.

Su filosofía es simple y es tremendamente compleja: no nos define la enfermedad sino la manera en que asumimos y enfrentamos la enfermedad. Lo ve con una claridad que conmueve. En un avión, cuenta, pensó: si me focalizo en lo que no puedo hacer, me trabo. Decidió destrabarse a pesar de lo que está encadenando a su cuerpo. Trabarse es morirse antes, aliarse a la muerte y anticiparla.

A veces se logra aprender del dolor. Y esa lección es más honda que cualquier otra. Encontró una libertad profunda en la nueva vida que se ve obligado a llevar. Ahora se debe lealtad sólo a él mismo y a los suyos. Ya no hay máscaras posibles, ni personajes que exhibir ni discursos de ocasión para dar.

Los políticos tienen gran talento para las declaraciones intrascendentes. En situaciones límite, sólo queda lugar para la verdad. En el reportaje de Tenembaum y O’ Donnell, dice que le han dicho: “tenés que prepararte porque no vas a poder comer”. Y que él se dijo: “Bueno, hoy puedo comer, mañana no sé, pero hoy puedo”.

A Stephen Hawking, el de los agujeros negros y los impensados best sellers científicos, el ELA lo invadió a los 25 años. Murió a los 76, en 2018. Bullrich se ha propuesto seguir la senda vital del cada momento. Borges viene al caso. Alguna vez se declaró no feliz. Otra vez descubrió y escribió qué es la vida sino una sucesión de momentos. Mejor decidir que sean buenos.

El momento de ahora de Bullrich será sobre todo para estar más cerca aún de los que más quiere y más lo quieren: su mujer y sus hijos. Y para tratar de mover la política en contra de la enfermedad. La política no será el remedio, pero sí puede ayudar a que aparezcan los remedios. Hay cosas que él no hubiera pensado ni se hubiera dado cuenta de no haber sido por el ELA. Sabe, y lo dice, que ahora lo escucharán con más atención.

A Bullrich el cerebro le dicta qué decir. Es la voz la que no le sale o le sale lenta. Las ideas se le acumulan como detrás de un dique. Justo a él, un político que está para comunicar. Pero consigue sintetizar, lo que no es poco sino mucho: “Hoy el problema más grave que tiene la Argentina es la falta de humildad de su dirigencia política para pedir ayuda”. Una manera de pasarle por arriba a la grieta.

Fue, horas atrás, a una escuela para celebrar el fin del confinamiento y confirmar que está por colegios abiertos. Sin saberlo ni proponérselo, en ese acto tomaba distancia de Alberto Fernández, que dijo nada más ni nada menos que “los distritos con clases presenciales están jugando con fuego y el fuego va a quemar a la gente”. No pensó que son los padres los que mandan a los chicos.... ¿al fuego? Eso de Fernández es grieta y más que grieta: es mezclar la política con la muerte.

Ricardo Roa

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