Lunes, 09 Agosto 2021 08:36

La disputa por los trabajadores en negro en medio de la pelea electoral - Por Walter Schmidt

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Mientras la mayoría de la sociedad desconfía tanto del oficialismo como de la oposición, las agrupaciones sociales se pelean con el sindicalismo por la caja.

La sindicalización que promueve el Gobierno de los trabajadores en negro no es más que consolidar la precarización del trabajo, aceptar que la pobreza llegó para quedarse y dejar de apostar a un plan que genere empleo. Más bien, administrar lo que hay, aunque ello signifique que el Estado le dé la espalda a un sector marginal y lo deje en manos de agrupaciones políticas kirchneristas.

El Banco Central no quiere imprimir billetes de 5 o 10 mil pesos para que no sea interpretado como una devaluación de la moneda. Pero el Ejecutivo no tiene problema en blanquear a los trabajadores en negro sólo en lo sindical y mantenerlos en la informalidad. Sindicalizarlos para darles una cobertura –obra social- y pelear de vez en cuando por el monto de los planes sociales que reciben. Mientras, que sigan en negro.

¿Es esto un reconocimiento de que la salud pública no es buena o detrás está el negocio por una caja monumental por parte de los dirigentes K? Uno de ellos, Esteban Castro, es el titular de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), que podría llamarse Unión de los Trabajadores en Negro. Ya existe la obra social Ostep de la UTEP que tiene unos 500 mil afiliados. Pero la personería gremial le permitiría gestionar la cobertura médica de sus afiliados, desde cartoneros hasta feriantes o vendedores ambulantes.

¿Por qué a estos dirigentes no les conviene que los trabajadores tengan un trabajo formal? Porque pasarían a la órbita de los gremios tradicionales, según la actividad, y eso sería alimentar el poder de la CGT y del moyanismo, con quienes los Juan Grabois, Emilio Pérsico, Daniel Menéndez o Gildo Onorato tienen una disputa de poder. La manifestación del sábado no tuvo otro objetivo que demostrar que en una Argentina pobre hay oportunidad de consolidar un espacio que odia a la oposición y al sindicalismo y al que ya no le alcanza con manejar los planes sociales. Como suele ironizar Miguel Ángel Pichetto, los gerentes de la pobreza.

“Me parece una locura. Tenemos que ir al empleo formal no legalizar la informalidad”, dijo Florencio Randazzo, candidato por “Vamos con vos”, a Clarín.

El 55% de los argentinos estuvo alcanzado por algún programa social de transferencias de ingresos y asistencia alimentaria durante el 2020 en la gestión de Alberto Fernández. Ese número era 32,9 en 2010 en pleno gobierno de Cristina Kirchner y de 40,3% cinco años cuando la ex presidenta dejó el poder. Mauricio Macri lo aumentó al 43,8%.

De 13 millones de asalariados, 9 millones son formales, entre privados y públicos; y 4 millones están en negro. Luego están los cuentapropistas, que ascienden a más de 5 millones, entre los cuales hay quienes hacen sus aportes al Estado –monotributistas- y quienes no.

La matriz de la “nueva argentina” pos pandemia comienza a delinearse en medio de una campaña electoral donde el eje es la economía y no la vacunación. Según la encuesta de Managment & Fit exclusiva para Clarín, sobre la situación sanitaria, la principal preocupación para el 63,8% es la consecuencia que la pandemia tendrá en la economía, y apenas el 24,3% tiene temor a infectarse.

En el oficialismo argumentan que desde 2005 el kirchnerismo no gana una elección intermedia y que, en noviembre, podría revertirse esa racha. Claro está que en las últimas las elecciones legislativas donde fueron derrotados los K, el peronismo estaba dividido (Sergio Massa fue por otra lista en 2013 y 2017). Esta vez, salvo Florencio Randazzo, todos están contenidos en el Frente de Todos.

“Va a ser más corta la diferencia que le saquemos a la oposición en las PASO que en la general, porque ellos van a ir a la primaria con una multioferta. Creo que en noviembre vamos a ganar. Por más de 6 puntos es un gran triunfo y por dos dígitos, una paliza”, se envalentona un importante dirigente del FdT.

En la Casa Rosada apuestan a que en noviembre se sienta mucho más el impacto de las medidas económicas –modificación de ganancias, planes de consumo en cuotas, disminución de la inflación- que debería empezar a tener efecto en octubre. “Tenemos que llegar a las PASO con el 25 o el 30 por ciento de la población vacunada con dos dosis. Está claro que no vamos a repetir el resultado de 2019 pero estamos ante una elección de 46 puntos”, afirma un funcionario.

Son muchos los rumores que aseguran que el gabinete después de las elecciones y más allá del resultado, ya no será el mismo. Pero todos evitan las filtraciones.

En la otra orilla parece haber primado la conveniencia de bajar el tono en la disputa bonaerense que encarnan en Juntos por el Cambio, Diego Santilli y Facundo Manes.

Pese a que al larretismo le conviene que Manes entre en la retórica de la interna, con declaraciones que buena parte de la sociedad ya no quiere escuchar, hay cierto enojo porque tienen más relevancia los dichos del candidato radical que el hecho de que Juntos por el Cambio se mantuvo unida pese a todo y que esa unión consiguió en la Cámara de Diputados frenar proyectos oficialistas como la modificación de la Ley de Ministerio Público o la reforma de la Justicia. “Pesa más lo que diga Manes, Elisa Carrió o algún otro, que son apenas un puñado, que la posición que tenemos la mayoría de los dirigentes del radicalismo, el PRO y de la Coalición Cívica en la mesa nacional o en la calle”, dicen cerca del alcalde porteño.

Es probable que las tensiones se disparen a partir de lo que se juega Horacio Rodríguez Larreta en las PASO en función de su proyecto presidencial, más que en las elecciones de noviembre. Larreta está convencido que con un triunfo en las PASO se impondrá la moderación frente a las posiciones más duras. En su entorno creen que no hubiera sido lo mismo si quienes se alzaban con un triunfo en la primarias de Juntos por el Cambio en Ciudad y Provincia hubieran sido Patricia Bullrich y Jorge Macri en lugar de María Eugenia Vidal y Diego Santilli. “Una vez que se instala un discurso duro, después es muy difícil desandarlo”, opina uno de los colaboradores de Larreta.

La disputa interna detrás de la que hoy se mueve el radicalismo no es transitoria y de seguro recrudecerá después de las elecciones. Ocurre que el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, está decidido a disputar la presidencia de la Unión Cívica Radical y se enfrentará a Martín Lousteau, quien ya tendría decidido competir y representa la renovación. Lousteau es muy crítico con dirigentes que desde hace tiempo navegan en el radicalismo. Presidir el partido será clave porque en 2022 la UCR exigirá tener más protagonismo en la coalición, en materia de candidaturas y de reparto de poder si Juntos por el Cambio llegara al poder en 2023.

De allí las críticas de Morales a Larreta porque cree que el porteño apoyará que Lousteau sea el próximo presidente de la UCR. “Yo también entonces me voy a meter en la interna del PRO”, suele decir Morales a sus colaboradores. En efecto, esta semana el gobernador le armó una importante agenda a Patricia Bullrich, que estará en Jujuy con la excusa de su libro “Guerra sin cuartel”.

Pero el avance de las organizaciones sociales, la crisis económica y las internas no son más que algunos de los motivos que alimentan la falta de credibilidad y la decepción de la mayoría de la sociedad en la clase política. El 65% de los encuestados desconfía en el oficialismo (65,7%) y en la oposición (64,8%). Una cifra sólo superada por la falta de confianza en el sindicalismo (75,8%) y en el Poder Judicial (79,8%).

Walter Schmidt

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