Lunes, 27 Septiembre 2021 07:53

Pese al fracaso del klientelismo, el Gobierno insiste con esa fórmula - Por Walter Schmidt

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Una vez más el kirchnerismo se escuda en los planes y apuesta todo a las dádivas para atraer votos. Pero no resuelve el problema de fondo.

Dos de los problemas que provoca la práctica de comprar seguidores es que quien lo hace, padece en algún momento no sólo de una falta de credibilidad y legitimidad en el contenido de sus propuestas, sino que además los vínculos que establece no son auténticos. Esta mirada crítica, de una práctica habitual en las redes sociales, dócilmente, es trasladable al clientelismo en la política. Y lo padece hoy el gobierno de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner.

No se puede desestimar la utilización por parte del Gobierno de los recursos con fines clientelísticos. Las imágenes de bicicletas y electrodomésticos regalados en municipios del Conurbano para asegurarse el voto de los más humildes, denota la certeza del oficialismo de que el voto de los más pobres se puede comprar fácilmente. Pero lo que no se puede comprar es la lealtad o la convicción de esa persona por un partido político o un ideal.

Las elecciones PASO reflejaron un dato alarmante para la radiografía del oficialista Frente de Todos: nada más en la provincia de Buenos Aires el kirchnerismo perdió 1.300.000 votos; y apenas retuvo el 57% de los votantes que en el 2019 permitieron que Alberto y Cristina regresaran a la Casa Rosada.

Esa pérdida se divide en 405 mil personas que en 2019 votaron por el kirchnerismo y el 12 de setiembre lo hicieron, por el contrario, por los candidatos de Juntos por el Cambio. Ese segmento –según la consultora Inteligencia Analítica que suele trabajar con el oficialismo- se compone, básicamente, de ciudadanos de clase media y media alta.

A ello hay que sumarle los casi 900 mil votantes del Frente de Todos que en las PASO no siquiera sufragaron. Lo componen gente de clase media baja, y baja. Es decir que, por distintos motivos, una porción importante de la clase media y la clase baja bonaerenses le dieron la espalda al kirchnerismo.

¿Por qué la clase baja votaría en contra de quienes les dan los planes sociales? Porque el clientelismo ya no es efectivo y refleja que el peronismo/kirchnerismo tiene un votante leal del orden del 30-35%; al igual que Juntos por el Cambio. Nada más.

“El poder adquisitivo de los planes cayó y el impacto de esa ayuda es limitado. Además, los beneficiarios lo han tomado como un derecho adquirido y ahora quieren algo más…pero si le dan lo mismo, no les interesa”, razona un economista que supo ser parte de los equipos del kirchnerismo.

Inmediatamente se activa la imagen de distintas coberturas de los canales de noticias, donde manifestantes confesaban que estaban en una marcha para hacer un “reemplazo” de otra persona que no pudo ir y que por ello les pagaban “sólo mil pesos”. La hora en el duro trabajo de la construcción para un oficial especializado, ronda apenas los $350. No hay parangón.

Poco parece importar que haya trabajadores en relación de dependencia en el sector privado que sean pobres. Porque son el único ingreso familiar y ganan menos de $67.800, lo que sale la canasta básica en la ciudad de Buenos Aires, que incluye alimentos y otros rubros, pero no el alquiler de la vivienda.

Esta realidad se da en un contexto donde la dirigencia sindical parece hablarle a una pared, en lugar de empatizar con los trabajadores. Uno de los dos titulares de la CGT, Héctor Daer (el otro es Carlos Acuña) aseguró este domingo que “los índices de pérdidas de empleo en Argentina están en equivalencia con los países de Europa”. Tal vez sea un recurso retórico que funcionaba tiempo atrás, pero ya no. Si así lo fueran, ¿de qué sirve que los índices de empleo sean similares a los países europeos, si esos países no tienen al 50% de sus trabajadores en negro y sin cobertura social? Una burrada. Ni hablar de qué hacen los dirigentes gremiales para revertir esa situación. Lo más ingenioso y retrógrado debe ser el recurso de Hugo Moyano de bloquear las pocas empresas que quedan para obtener algún bono.

“Es horrible que un gobierno esté pensando en las elecciones y no en gobernar para todos. Es posible que haya más desempleo porque las empresas ven que para compensar este gasto delirante va a tener que haber alguna restricción. Puede ser algún impuesto nuevo, más inflación, más dificultades para importar, entonces difícilmente quieren aumentar su capacidad de producción o contratar más gente. Creo que las empresas están achicándose”, resume la economista y docente Diana Mondino.

De la crisis social con los terribles números de pobreza, empleo y suba de precios, el país está ingresando a la segunda crisis, la económica de índole más estructural. Se basa en sumarle a las variables sociales la falta de reservas, de control del tipo de cambio, el nivel de los depósitos.

El equipo económico del desgastado ministro Martín Guzmán sabe que deberá afrontar la etapa poselectoral con el verdadero dólar libre, que se consigue a través de la salida de acciones, a $195, y con pocas reservas líquidas en el Banco Central.

Sin embargo, todos coinciden en que la salida no es económica sino política; es decir, un paquete ambicioso de medidas en el que lo más importante será no su contenido sino quién enuncie esas medidas. “Van a tener que presentar un equipo económico que genere confianza y expectativas porque lo importante es el fundamento de las decisiones”. Es como el shock que necesitaba dar la Alianza UCR-Frepaso (de Fernando de la Rúa y Carlos Chacho Álvarez) en la crisis del 2000 y entonces se decidió por el regreso de Domingo Cavallo a Economía, recuerda un ex funcionario.

“Ocurre que la fragilidad es tal, que sólo la llegada de Lionel Messi y del Pep Guardiola puede revertir la desconfianza en el Gobierno”, resume, irónico, un legislador oficialista. El problema es que, si Cristina admitiera un volantazo ideológico y económico de tal magnitud, otorgándole plena autonomía a un equipo económico nuevo, tampoco hay muchos staffs en el país capaces de seducir al mercado local y a los inversores foráneos. Roberto Lavagna, Martín Redrado, Carlos Melconián. Por sólo citar a algunos nombres.

Probablemente el 14 de noviembre por la noche comience una etapa muy difícil de predecir, por la incertidumbre política que genera que Cristina Kirchner tenga la llave del rumbo que adoptará el Gobierno. Acaba de ocurrir con los cambios de gabinete: los reclamó en público y, horas después, Alberto F. los realizó, aunque seguro que no en los términos que ella esperaba.

“Si para cambiar el gabinete costó tanto, me cuesta imaginar qué pasará si en el acuerdo a fin de año el FMI le plantea reducir la brecha del dólar en un 40%, lo que sería más que lógico”, dispara un empresario. La brecha actual es de más del 90%.

En algún punto, el gran problema del Gobierno el lunes 15 de noviembre se resume, en una palabra: confianza.

“Todo va a ser una cuestión de confianza, cuánto tiempo puede durar una buena intención –si es que la hay- después de las elecciones. Porque el gran problema –resume Mondino- es que el país venía avanzando en una dirección y en diciembre de 2019 tomó otra”.

¿Cuánto tiempo va a pasar para que los argentinos creamos en nosotros? Bastante. Ni hablar de cuánto tiempo llevará convencer al mundo de que los kirchneristas volvieron mejores.

Walter Schmidt

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