Miércoles, 05 Enero 2022 10:56

Antes la cuarentena y ahora los récords de contagios: vuelve el temor por la economía - Por Eduardo van der Kooy

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Si bien por ahora no repercute en el sistema de salud, el altísimo nivel de infectados afecta la asistencia a los lugares de trabajo y por ende a la producción. Lo que pasa en Europa y un Gobierno otra vez atrapado en la quietud. 

La Argentina, de acuerdo con las cifras del monitor oficial, tiene en stock alrededor de 22 millones de vacunas. Solo el 13% de la población ha recibido las tres dosis, aconsejables para enfrentar la contagiosidad de la variante Ómicron del Covid. El 72% tiene la doble dosis. Pero existen cerca de 5 millones de personas que fueron inoculadas en una sola ocasión. Su resguardo, a esta altura, resultaría casi nulo. Se trata del diagnóstico unánime de los especialistas en el mundo. Israel puso en marcha la aplicación de la cuarta dosis. 

La lenta campaña de vacunación, que el Gobierno nunca atina a acelerar, tornaría más vulnerable al conjunto de la sociedad. Aunque la buena cantidad de segundas dosis y los millones de personas que durante el 2021 atravesaron la enfermedad (4.027.489) parecieran una protección momentánea contra los casos graves. Esta visto, sin embargo, que no frenan la propagación del COVID que ayer alcanzó un nuevo récord de casos en una jornada desde marzo del 2020: superó los 80 mil.

La multiplicación geométrica de los contagios, que no es patrimonio de nuestro país, empieza a encender alarmas parecidas a las que produjo la larga cuarentena del 2020 y la equívoca estrategia sanitaria: el impacto sobre la actividad económica. Aquella vez porque se cerraron mucho tiempo demasiadas actividades. Ahora porque la dispersión del Covid, entre contagiados y contactos estrechos que deben aislarse, afecta la asistencia a los lugares de trabajo. Por ende, a la producción.

El Gobierno de Alberto Fernández no habría reparado todavía en ese problema. Lo están constatando las principales naciones del planeta. El diario Los Angeles Times hizo en los últimos días un informe detallado. Italia se está viendo obligada a la reducción del transporte por falta de personal. España incrementa los controles sanitarios para la circulación, el acceso a los trabajos y las actividades sociales. Francia está en la misma senda, aunque choca con la resistencia de sectores que rechazan tanto control. En el Reino Unido se calcula que un millón de personas no pudieron reintegrarse a sus labores, producto de los contagios, después de las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

En general, se reimplanta el mecanismo del teletrabajo que, por lógica, afecta mucho al comercio. En esos países se detecta otra particularidad. Los sistemas hospitalarios empiezan de nuevo a saturarse. No por la avalancha de casos graves. Si por la concurrencia de personas con síntomas y el debilitamiento de la estructura del personal de salud, golpeado también por la ola de contagios pese a ser el sector mejor inmunizado. El reemplazo de médicos, especialistas y enfermeras no es un dilema de fácil resolución.

Sin margen de acción

El Gobierno de los Fernández carece de margen, después de lo hecho, para aplicar nuevas restricciones. Menos en época estival, aprovechada por la gente para desquitarse de tanto tiempo de privaciones, materiales y afectivas. La descompresión estimula la ola de contagiosidad y obliga a marchas y contramarchas de parte de los gobernantes.

Un caso es Córdoba. Convertido junto a Buenos Aires y la Ciudad en epicentros de la nueva ola. El gobernador Juan Schiaretti intentó colocar nuevas restricciones en el arranque de la temporada de verano. Debió relajarlas debido a un temor: el impacto sobre la temporada turística, aguardada como tabla de salvación por muchos sectores. El mandatario, en la búsqueda de algún equilibrio, resolvió apartarse del libreto nacional. Dispuso descentralizar la campaña de vacunación. Habilitó a las farmacias para su aplicación. Una participación del sector privado que la administración de la Casa Rosada sigue resistiendo.

Otro caso para observar sería Santa Fe. El diario La Capital notificó ayer que el crecimiento acelerado de casos en Rosario, por ejemplo, está afectando a la actividad comercial, gastronómica, a las empresas e industrias. Falta personal, afectado por los contagios. Se reacomodan los planteles y se varían los horarios. Pero el trabajo, aun así, se resiente. Cabe consignar que el 88% de los rosarinos están inoculados con dos dosis.

Un interrogante que acecha el panorama general es el elevado flujo turístico en los principales puntos del país. Van y vienen desde sus ciudades de origen. En muchísimos casos siendo portadores, sin saberlo, del virus que contagia. Habrá que ver que acontece con el cuadro sanitario cuando pase el tramo más fuerte del turismo de verano, que suele darse en enero.

El Gobierno, ante esta complejidad y las señales que brinda el hemisferio norte en su tiempo invernal, continúa en actitud contemplativa. Modificando protocolos que muchas veces resultan difíciles de descifrar. Sin alterar tres puntos estratégicos de la política sanitaria: la campaña de vacunación, el aumento de los testeos (la positividad está por encima del 50%; la Organización Mundial de la Salud aconseja como tope un 10% para tener una noción del panorama sanitario) y una comunicación homogénea -avalada por sus propias conductas- que insista con la necesidad imperiosa de los cuidados básicos.

Incluso demora la habilitación de los autotest, que este martes reclamó el ministro de Salud de la Ciudad, Fernán Quirós. Sería una ayuda para descomprimir las aglomeraciones en los centros de testeos. Recurso que ya utilizan las naciones desarrolladas y que, en una primera etapa, fueron útiles. Tampoco se trata de una panacea: poseen un margen de error que oscila entre el 10% y el 30%. Eso llevó, al menos en la experiencia europea, que la confianza de la gente decreciera. En infinidad de situaciones se corroboró que las personas desestimaron los diagnósticos.

La prueba y el error, sin embargo, valdría más que la quietud de un Gobierno habituado hace rato a comportarse como espectador y no protagonista de la extensísima y cruel pandemia.

Eduardo van der Kooy

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