Lunes, 12 Septiembre 2022 07:26

El artilugio para el Mundial, y los tres problemas de la gestión K - Por Walter Schmidt

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El kirchnerismo se abroquela en su núcleo duro, pero no atrae a todo el PJ. La estrategia de dividir a la oposición. Y los problemas para gobernar. 

Pocas veces en la historia se da el fenómeno en el que una corriente política importante clama porque su líder sea Presidenta o vuelva a hacerlo, pero no cuando está en la oposición sino cuando está ocupando la vicepresidencia de un gobierno que ella misma diseñó y detenta el verdadero poder. Pero, además, como en el caso de Cristina Kirchner, las grandes decisiones sólo son ejecutadas si antes tienen su aprobación. Ocurre con el ajuste, con el aumento de tarifas, el dólar soja, las negociaciones con el FMI, la estrategia de culpar a los otros por la inflación, la ofensiva contra el Poder Judicial, los lineamientos gruesos de la política exterior, la estrategia electoral o el manejo de las principales cajas en el Estado. 

“Cristina Presidenta” o “Cristina 2023”, es el extraño reclamo de la grey kirchnerista que se ha multiplicado luego del terrible atentado contra la vice. Se escuchó el fin de semana en el acto de unos dos mil manifestantes en Parque Lezama y sobrevoló la misa en Luján devenida en un acto partidario inusual. Como una suerte de intento por capitalizar políticamente el ataque –afortunadamente- fallido, perpetrado por Fernando Sabag Montiel y su novia.

En 2019, la premisa que posibilitó la construcción del Frente de Todos con CFK, Alberto Fernández y Sergio Massa, era “con Cristina no alcanza, pero sin Cristina no se puede”. Y con esa lógica se forzó una unidad entre quienes habían estado enfrentados entre sí. La duda creciente hoy es, ¿por qué si en 2019 con Cristina no alcanzaba, en 2023 sí alcanzaría? Porque a diferencia de aquél entonces en el que el rival a vencer era Mauricio Macri, hoy Alberto y Massa forman parte del cuarto gobierno kirchnerista, políticamente devaluado, y suena casi imposible que puedan engrosar con adhesiones y hacer competitiva una candidatura de Cristina.

A diferencia de aquél entonces, hay síntomas que denotan el desgaste de Cristina, que se suma al que ya traía cuando volvió al poder, Obviamente se acentuó con dos años y medio de una gestión durante la cual –producto de la herencia macrista, la pandemia, la falta de un plan y luego la incapacidad para afrontar los problemas, y la guerra en Ucrania- la inflación y la pobreza marcan una situación peor que la que heredaron.

La falta de credibilidad es exponencial y se vive con mayor intensidad en las redes sociales. Al punto que un hecho tan grave como el atentado contra Cristina provocó, según un monitoreo de Social News, que sólo un 3,4% pusiera en duda el hecho. Pero una semana después, el 62,3% descreía que se hubiese tratado de un intento de magnicidio. Otro dato que tampoco pasó inadvertido ocurrió en la cancha de Boca juniors, una semana atrás. En un evento previo al partido en el que un socio pisa el campo de juego y patea la pelota a uno de los arcos, el elegido grito un “aguante” para Juan Román Riquelme y “para Cristina”. Lo que provocó una cerrada silbatina. Difícil que hay sido para Riquelme.

“La estrategia de Cristina es dinamitarle la interna a Juntos por el Cambio”, menciona al pasar un funcionario de la Casa Rosada. Varios cristinistas pasaron del intento de acusar a la oposición, a los medios y al Poder Judicial del atentado, a “tender una mano” a Juntos por el Cambio. El ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, y el referente de La Cámpora Andrés “Cuervo” Larroque se esmeran con frases como “bajar un cambio” o “refundar la democracia”, y filtrando contactos con dirigentes opositores que nadie sabe quiénes son. El objetivo es dividir a Juntos por el Cambio y, por momentos, lo consiguen.

En esa misma línea táctica, en Casa Rosada se viene escuchando la idea de eliminar o suspender las PASO del año próximo, durante el Mundial de fútbol. La excusa del oficialismo es que lo impulsan los gobernadores y ponen como ejemplo al sanjuanino Sergio Uñac. Algunos intendentes bonaerenses del FdT tampoco quieren primarias porque rechazan la idea de tener que disputar una candidatura después de cuatro años de gestión con otros dirigentes, como la esposa de Emilio Pérsico. Lo cierto es que es un objetivo cristinista para alimentar una ruptura en Juntos por el Cambio, por la falta de acuerdo que esto le generaría a la oposición no sólo para erigir un candidato presidencial sino también a gobernadores, a diputados, senadores, etc.

Ese artilugio, que además tiene que ser aprobado por el Congreso, aunque sea durante el Mundial, tiene un riesgo, a la vista del propio kirchnerismo. Que prospere en su contra algún amparo judicial y el tema deba ser dirimido por la Corte Suprema. Y si el tribunal demora demasiado su decisión, un cambio de reglas sería imposible aplicar por la cercanía del proceso electoral.

Mientras, en el Ejecutivo conviven tres agendas: la de Alberto, la de Cristina y la de Massa. La del Presidente se ha convertido en casi protocolar, con algunas definiciones mediáticas. La de Cristina, muy preocupada por cuestiones personales, entre ellas su situación judicial. Y la del ministro de Economía, que consiguió amesetar por ahora la crisis, pero debe lidiar con la falta de dólares y de credibilidad del Gobierno.

Quien está abocado a sostener la gestión, detrás de escena, es el vicejefe de gabinete, Juan Manuel Olmos. Muy activo al punto que en media hora puede hablar con Alberto, Vilma Ibarra y Massa, es quien se ocupa de monitorear la subejecución de las distintas áreas. Quienes dialogan con él, suelen escuchar sus argumentos acerca de tres problemas que aquejan al Gobierno: uno político, la interna que traba la gestión a la hora de firmar o avanzar con proyectos, por ejemplo, por las diferencias entre La Cámpora y el Movimiento Evita; otro de gestión administrativa, porque no hay capacidad técnica para armar pliegos, licitaciones ya que los cuadros profesionales del Estado se han ido o los han echado; y el tercero económico, por la falta de recursos, motivo por el cual se están reasignando partidas presupuestarias.

Sin una postura homogénea, ni mucho menos, la oposición presiona para adelantar los tiempos de su interna.

Horacio Rodríguez Larreta, que suele repetir que su candidatura no depende de la decisión de Macri de competir o no, buscará en las próximas semanas forzar una definición de la dirigencia del PRO. La idea es que aquellos que se postularán para algún cargo definan de antemano si se alinearán detrás de su candidatura presidencial o no.

Nadie sabe si Larreta resistirá los insistentes planteos de Macri para que designe a Jorge Macri como el candidato a jefe de gobierno porteño del PRO, que compita con el radical Martín Lousteau. Incluso envío un emisario que amagó con impulsar que Jorge Macri sea el candidato de Patricia Bullrich en la Ciudad. Pero Larreta demora esa decisión, e incluso se guarda la carta de Fernán Quirós porque sabe que el acuerdo con Lousteau le sirve para atar vínculos con la UCR. Pero ¿Macri se quedará de brazos cruzados si Larreta no apoya a ningún candidato o, en términos macristas y del PRO, entrega la Ciudad al radicalismo?

El ex presidente sigue ocultando su decisión. Un amigo y un ex funcionario de su gobierno, muy cercanos, lo ven entusiasmado con la idea de volver. Pero hay dos problemas: el primero es que Macri, reconocen, está más radicalizado y no sólo rechaza profundizar una alianza con los sectores peronistas no K, sino que cuestiona a Facundo Manes y a la UCR.

"¿Cómo vamos a hacer para tomar las decisiones estructurales que hay que llevar adelante, si no tenemos consenso y el voto en el Congreso de otros sectores como el peronismo?”, plantea un macrista.

El segundo punto es que, por momentos, Macri transmite que no tiene ganas, en caso de volver a ser Presidente, de levantarse y ver grandes movilizaciones en su contra o a kirchneristas insultándolo todo el día. En esa lectura, no es menor el caso de Cristina Kirchner, que volvió, pero traía a cuestas un importante desgaste y el rechazo de un sector de la sociedad que no la votaría bajo ninguna circunstancia.

Walter Schmidt

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