Sergio Suppo

Un hilo rojo une la madrugada del 14 de junio de 2016 con la mañana del 19 de febrero de 2021. Una misma combinación de cinismo organizado y negación colectiva trata de borrar las huellas de esas dos confirmaciones de lo evidente.

 

Perdida en la secuencia ininterrumpida de golpes de Estado durante más de medio siglo en la Argentina, la idea de legado político apenas si empezó a recuperarse una vez que, aunque con alteraciones y mezquindades, se normalizó la entrega del mando de un presidente constitucional a otro. Las muertes de Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner permitieron revisar, a partir de sus funerales, la herencia que habían dejado sus mandatos al país.

Un político a tiempo completo, un caudillo popular, un presidente conservador. A los noventa años, Carlos Saúl Menem completó con audacia, intuición, pragmatismo y una inquebrantable fe en sí mismo un largo, controvertido e insoslayable trayecto por la vida pública de la Argentina.

Hay dos datos cruzados que alimentan el futuro político de la Argentina. El peronismo aprendió qué debe hacer para regresar al poder. Juntos por el Cambio tiene por delante demostrar que tiene la misma capacidad de aprendizaje.

En los años noventa, bajo el paraguas de la confidencia, un dirigente muy conocido era descripto así por uno de sus principales operadores: "No es que sea mentiroso, es que no conoce la verdad".

Con cierta regularidad, surge del coro oficialista una voz que recita un discurso contrafáctico: "Con Macri, hubiera habido un millón de muertos". "Sin nosotros en el gobierno esto sería una catástrofe".

El gobierno de Cristina Kirchner y Alberto Fernández ejecuta una decisión sin anunciarla: ya empezó la campaña electoral. Todo está ahora orientado a obtener un resultado que reafirme su poder y agrande su capacidad de maniobra.

Parece cuento, pero el movimiento nacional y popular del fin del mundo empezó a recrear una historia clásica de las historias de las monarquías del pasado. Es transparente que Cristina Kirchner adelantó su herencia en beneficio de su hijo Máximo sin soltar el mando. Está menos claro, sin embargo, el efecto que provocará en el esquema de poder el intento de cancelación del futuro del presidente Alberto Fernández y el precipitado lanzamiento de la postulación del hijo de la vicepresidenta.

El kirchnerismo se apropió de los beneficios que le reporta el sistema feudal en las provincias

En un país atragantado de presidencialismo, el futuro de Alberto Fernández empieza a recortarse en el momento en el que otros mandatarios soñaron con quedarse el mayor tiempo posible. El sucesor de Mauricio Macri parece no haber tenido la oportunidad de experimentar la agridulce soledad del poder. Un año y dos días después de asumir, está solo y sin poder.

Nadie podrá olvidar dónde y qué estaba haciendo el miércoles 25 de noviembre al mediodía, cuando la noticia de la muerte de Diego Maradona cruzó por las vidas de cada uno y de todos los argentinos. Y también del Gobierno, a quien el inesperado sacudón emocional del país encontró soñando con su recuperación.

El experimento del peronismo es nuevo: todos pretenden gobernar al mismo tiempo

Alberto Fernández se ampara en recetas clásicas para la distracción política. La ortodoxia del ajuste tiene moños y papeles de colores que tratan de esconderlo.

Mauricio Macri acostumbra a señalar una de las gigantescas fotografías que decoran su despacho, en Olivos, cerca de la quinta en la que vivió cuatro años. "No podemos perder el contacto con la gente y la expectativa que pone en nosotros", suele decir a sus visitantes.

La primera lección de ajedrez que recibe Beth Harmon (Anya Taylor-Joy) es cuidar la dama. "Sin ella, estás perdida", le dice su primer maestro, el portero del orfanato en el que vive la futura genia del ajedrez que protagoniza Gambito de dama, el último éxito de Netflix. La serie es pura ficción, aunque recoja datos reales de un mundo perdido en las tinieblas del siglo pasado.

Hay que reconocerle dos cosas a Juan Grabois: cumple lo que promete y es obediente. En la campaña electoral que terminó con el triunfo del binomio de Cristina Kirchner y Alberto Fernández dijo que se venía un tiempo en el que los campesinos sin tierra ocuparían campos y los que vecinos sin casa tomarían viviendas.

Alerta de spoiler. En uno de los primeros capítulos de Borgen, el empresario más importante de Dinamarca se opone a un proyecto que obligará a los directorios a tener tantas mujeres como hombres. Y amenaza con llevarse a sus compañías fuera del país.

El mundo dio muchas vueltas desde 2003; atravesó un par de crisis globales, sobrelleva una guerra comercial entre las dos potencias más grandes y está tratando de encontrar la manera de salir de la devastación económica que provocó el coronavirus. Mientras, el kirchnerismo sigue diciendo y haciendo las mismas cosas que dijo e hizo una vez que se olvidó de la herencia de Eduardo Duhalde.

El Gobierno fantasea con un 17 de octubre, la fecha mágica del viejo peronismo. Supone que en menos de tres semanas ocurrirá un relanzamiento, cambiará el clima y se definirá un rumbo.

Nunca antes en la Argentina democrática alguien con tantos flancos débiles y cuentas pendientes despertó tanto temor político y, a la vez, acumuló tanto poder. Como enseñó Maquiavelo, es el miedo antes que la habilidad y el convencimiento el que permite que Cristina Kirchner se autoabsuelva y se proponga alcanzar la suma del poder público.

La vieja obsesión argentina de querer saber cómo nos mira el mundo siempre tuvo como contracara la permanente búsqueda de modelos a seguir.

El 10 de diciembre de 2013, Cristina Kirchner bailó ante una multitud en la Plaza de Mayo en el festejo partidario con el que su gobierno celebraba treinta años de democracia. Un país atribulado la vio festejar, feliz, en una semana signada por más de diez muertes como resultado de otros tantos levantamientos policiales.

El renacido fenómeno de la ocupación de tierras es apenas la última imagen de una larga película, un ejemplo más de un Gobierno que simula hacer algo, se contradice y termina enredado en sus propias contradicciones. Donde algunos suponen amplitud ideológica, el nuevo peronismo muestra su propia confusión. No es variedad, es desconcierto.

Un país en blanco y negro, binario y decadente discute agendas exóticas en medio de otra fenomenal crisis económica y social. Es un país con dirigentes que especulan con sus propios enfrentamientos y diseñan su futuro según el calendario electoral o sus urgencias personales.

 

Alberto Fernández eligió el desprecio y dejó pasar la que pudo haber sido la última oportunidad para ser presidente por sí mismo. Ignoró "a los que gritan" y en lugar de su prometido consenso aplicó la táctica más conocida del kirchnerismo: dobló la apuesta y aceleró con la consumación de la intención de Cristina Kirchner de someter al Poder Judicial a sus necesidades penales.

 

La defensa penal de Cristina Kirchner tiene varios caminos y distintas velocidades, pero un único común denominador: el uso intensivo del poder político para liberar de investigaciones y condenas a la jefa del oficialismo.

La situación se aclara de una vez. Una porción significativa de las acciones del Gobierno son parte de la estrategia de defensa penal de una persona, la vicepresidenta Cristina Kirchner. Son decisiones coordinadas y alineadas con el propósito de salvarla del fuego de una o varias condenas en las causas de corrupción.

 

En un ejercicio infrecuente en los intelectuales argentinos, Beatriz Sarlo confesó en televisión que se había equivocado. "Nos ilusionamos con que Alberto (Fernández) podría hacer un gesto fuerte respecto de la Dama, pero ese gesto todavía no ha tenido lugar", dijo. Y para reafirmar la admisión de su error, completó: "No volvió la Cristina que yo creía; pensé que iba a dar un paso atrás más ostensible".

 

El kirchnerismo avanza hacia la recuperación completa del poder

 

A la Argentina le quedan pocos botes para salvarse de un nuevo diluvio universal y sus gobernantes resolvieron prenderlos fuego para resolver sus problemas internos.

 

El kirchnerismo siempre usó el pasado en su favor, lo reconstruyó a su medida, dibujó lo que no ocurrió y remarcó con los tonos más convenientes los retazos de la historia que le sirvieron para acrecentar su poder.

 

De las promesas de cerrar la grieta y llenar la heladera, a la domesticación de la Justicia y la expropiación de Vicentin

 

El campo encontró los datos que buscaba para confirmar que Cristina Kirchner volvió para ajustar cuentas. El anuncio de la expropiación del grupo Vicentin no fue el primero, sino el segundo aviso que recibió de ese propósito.

 

El país que aparecerá después de la eterna cuarentena tiende a construirse según los sueños incumplidos de Cristina eterna. Es la Argentina que se enamora de soluciones transitorias y las convierte en dogmas sagrados. "Cuarentena o muerte" es la nueva consigna del viejo relato, mientras celebra con alegría la supresión de libertades y se extiende la paralización hasta el borde de la desaparición de las actividades productivas.

 

Millones de argentinos que aceptaron, disciplinados, el aislamiento obligatorio por la pandemia, pasaron de la sospecha a la certeza de que el kirchnerismo también quiere encerrar y poner bajo el rigor de su tratamiento las dos grandes pesadillas de Cristina: el Poder Judicial y el sector agropecuario.

 

El peronismo kirchnerista se asoma al espejo de la pobreza urbana impactada por una pandemia. No tiene, como en el pasado, muchas posibilidades de descargar responsabilidades. Tampoco puede predecir la dimensión del cataclismo que sus dirigentes anticipan con premeditado dramatismo.

 

En el corazón de Villa Azul, entre Quilmes y Avellaneda, hay una cancha de fútbol con césped sintético. En ese rectángulo aseguran que se produjo la propagación del coronavirus, partido tras partido. El asentamiento es casi un apéndice de Villa Itatí, seis o siete veces más grande y poblada.

 

Un año después de la bendición política más significativa desde que en 1972 Juan Perón ungiera a Héctor Cámpora, Alberto Fernández todavía despierta las expectativas contrapuestas de los enigmas irresueltos.

 

Axel Kicillof tiene dos problemas para enfrentar la realidad, que mezcla la vieja crisis con el latigazo de la pandemia: no tiene qué repartir y no puede irse muy lejos ni demasiado profundo en la distribución de las culpas.

 

Hablan de ellos y nosotros, y un aire de ajenidad habita esos gestos y palabras. Cuentan como triunfos las nuevas posiciones de poder obtenidas y celebran sin mucho disimulo los fracasos de los funcionarios de Alberto Fernández.

Como en otros tiempos, la capilla del penal de Villa Devoto volvió a ser el sitio elegido para negociar cómo algunos presos saldrán de la cárcel. El coronavirus y sus consecuencias están escribiendo otro capítulo de la historia, que parece repetirse.

 

¿Qué hice yo durante la pandemia? La huella del coronavirus perdurará en infinitas respuestas a lo largo del mundo, de las generaciones y del tiempo.

 

¿Alberto Fernández será el presidente de los consensos? ¿La apuesta a distanciarse de Cristina Kirchner se licuará a medida que se consolide su presidencia?

 

Es una vieja ley. Las crisis y el tiempo acentúan los rasgos esenciales de las personas y de los países. Lo bueno y lo malo, la indiferencia y el arrojo, la generosidad y lo miserable se hacen visibles y tangibles, sin la grisácea pátina de la normalidad y la inercia.

 

La tormenta no llegó, pero las medidas para prevenirnos ya nos golpean con una fuerza destructiva y avasallante. El freno y el aislamiento social recetados en la Argentina bajo un cierto consenso global generan sus efectos contraindicados antes de que pueda comprobarse su efectividad para detener al coronavirus.

 

La incertidumbre que enciende la pandemia impide separar los hechos de las creencias, las certezas de las suposiciones. Cada país sabe en qué momento chocó contra el coronavirus, pero ninguno sabe cómo quedará después de la mayor crisis epidemiológica de la humanidad.

 

Del desinterés a la obsesión, la Argentina y el presidente Alberto Fernández recorren el mismo camino que el resto del mundo frente a la pandemia que paraliza a la humanidad. Los registros recientes acumulan, aquí y allá, frases que se burlan, soslayan o menosprecian las consecuencias del coronavirus.

 

La oposición enfrenta dos dilemas inmediatos: el desconcierto que le provocó abandonar el poder y el desafío de relacionarse con el nuevo oficialismo. Ambos retos están superpuestos; conviven con la crisis económica, el cisne negro del coronavirus y los rebrotes de fanatismo kirchnerista.

 

Alberto Fernández edifica su lugar en la historia sin los planos del futuro. Nunca los exhibió, pero no hay presidente argentino que no quiera inaugurar una nueva etapa, su propio tiempo.

 

Alberto Fernández se parece más de lo que desearía a Mauricio Macri, pero a la vez padece un agravante incómodo.

 

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