Pablo Mendelevich

Ya pasaron casi mil amaneceres desde aquel martes en el que asumieron los Fernández. Es probable que casi nadie se acuerde de la frase del alba: “volvimos mejores”. Luego de prestar juramento la fórmula compareció en Plaza de Mayo ante sus entusiastas militancias. Cristina Kirchner miró al presidente que ella había formateado y le dijo: “Sé que usted tiene la fuerza y la convicción para cambiar esta realidad tan fea que están viviendo los argentinos”.

Según la Real Academia, un batacazo es un “triunfo o suceso inesperado y sorprendente”. Si la fueguina Silvina Batakis hiciera un “Rodrigazo”, como propone Milei en memoria de Celestino Rodrigo, ¿se lo llamaría Batakazo con K (sic)? No hay que preocuparse por eventuales contradicciones semánticas. Con la sobreabundancia de absurdos que hay, hoy nadie se va a demorar en esas discusiones, mucho menos siendo ajenas a las sagradas cuestiones de género.

Varios sindicalistas del peronismo, no sólo Augusto Vandor, se reunían con Onganía en pleno apogeo de la “Revolución Argentina”. Respetables escritores, como Borges y Sábato, almorzaron con Videla dos semanas después del golpe de 1976. Hubo políticos que asistieron al “asado del siglo” para quince mil personas que organizó Galtieri (antes de Malvinas) en Victorica. 

En esta Argentina circular y desesperanzada, cada tanto aparecen en las redes sociales usuarios que compiten sobre hartazgos. Unos se manifiestan hartos de la repetición de problemas ancestrales, otros de la política, otros de los cortes de calles. Los más ácidos dicen que están hartos de estar hartos.

Tal vez Malvinas fue el mayor trauma producido por la manipulación de la verdad que envolvió a la sociedad argentina. Y eso es mucho decir. Se cumplieron ayer 40 años de la rendición, lo que arrastra un aniversario aún menos memorable, el de la negación de la derrota por parte del adalid de la guerra, Leopoldo Galtieri.

La idea de que en la oposición se están peleando por Yrigoyen mientras el gobierno estalla, la corrupción acecha, la inflación se torna indomable, la educación decae y la pobreza crece, habla de una dirigencia desconectada de la realidad, lo que agranda el temor al futuro de por sí incierto. Pero los opositores no se están peleando por Yrigoyen. O por el Hipólito Yrigoyen de galera y bastón de hace un siglo. La discusión en todo caso versa sobre los contornos del populismo. No el de ayer sino el de hoy.

Si John Kennedy y el Che Guevara, que dejaron este mundo hace casi seis décadas, cuando tenían 46 y 39 años, se levantaran hoy de sus tumbas y vieran que América latina y Estados Unidos siguen discutiendo “el problema cubano”, seguramente celebrarían una coincidencia. Lo menos que pensarían es que al morir ellos el reloj de la historia se detuvo.

En 2010, Mario Vargas Llosa renunció enojado a la titularidad de la comisión encargada de establecer el Lugar de la Memoria del Perú ante el presidente Alan García, rival político suyo, quien lo había designado. Como García decidió decretar una amnistía, Vargas Llosa lo acusó, con diversas consideraciones, de buscar votos “entre los herederos de un régimen autoritario que sumió al Perú en el oprobio de la corrupción y el crimen y siguen conspirando para resucitar semejante abyección”. Por su prosa no sería extraño que esta renuncia figure en alguna edición de las obras completas del Premio Nobel de Literatura. 

Es una verdadera novedad histórica lo que está pasando a nivel político institucional. Hay un presidente débil y un desencanto social mayúsculo, pero sin que se escuche –afortunadamente- al golpismo rugir, no al menos de la manera tradicional, esto es, que hubiera interesados en tomar precipitadamente el poder -detestable atajo- para hacer algo distinto de lo que está haciendo el presidente Alberto Fernández (que no es mucho). ¿Falta absoluta de ideas alternativas acerca de qué hacer con el país? ¿Madurez cívica? 

El debate viene escalando. Sí, es una frase absurda. Escala un conflicto, no un debate. Pero nos explicaron que entre los dos bandos gubernamentales no hay pelea alguna: están debatiendo. Para más datos, ideas. 

Si se dice que la Corte Suprema y su presidente Horacio Rosatti pasaron a ser los enemigos públicos de cabecera de Cristina Kirchner, detestación empedernida, metódica, pertinaz que ya conocen -entre otros- el Grupo Clarín, el campo y Macri, alguien puede pensar que irrumpieron nuevos actores en escena. Que de manera inesperada brotaron unos jueces apátridas, que vaya uno a saber de dónde salieron.

El ingeniero santafesino Agustín Rossi es un hábil político cuyo desempeño como líder parlamentario dejó buenos recuerdos, seguramente conoce mucho sobre temas militares (fue dos veces ministro de Defensa) y nadie discute que le sobran cualidades para el diálogo. Pero de historia argentina no parece saber demasiado.

A muchos académicos de ciencias sociales les apasiona investigar la capacidad de los sistemas electorales de inducir resultados. Es un asunto que a buena parte de los políticos les quita el sueño. Aunque hay varias diferencias entre los dos grupos.

Cristina Kirchner no le atiende el teléfono al presidente de la Nación, pero recibe con la mayor cordialidad al embajador de Estados Unidos. “It’s too much”, deben rezongar sus seguidores camporistas antiimperialistas, “los pibes para la liberación”. 

Los analistas políticos dicen que algo importante está por pasar. Es cierto que en la política argentina las novedades hacen fila para entrar a escena, nunca se agotan. Los hechos más o menos sensacionales, sean epidérmicos o profundos, se suceden en forma continua, fenómeno que no es ajeno al vértigo que impone el influyente mundo de los medios. 

 

La filosa lengua de Winston Churchill dejó una colección de frases memorables, una de las cuales atañe a nuestro país: “Perón fue el único soldado que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus iglesias”.

 

Habrá que prestarle atención al instante en el que se apruebe en la Cámara de Diputados el acuerdo con el FMI. ¿Qué harán quienes voten por la afirmativa, es decir quienes “triunfen”? ¿Celebrarán alborozados? ¿Se levantarán de sus bancas para besarse y abrazarse? Eso sería algo extraño, por lo menos contradictorio con el actual momento que atraviesa el país, cuando ningún sector político tiene posibilidades de sentirse orgulloso, satisfecho por haber alcanzado metas propias, metas gratificantes.

 

Alberto Fernández, el presidente que nunca miente, arrancó su discurso ante la asamblea legislativa con una mentira. Se dirá que en verdad (sic) las mentiras fueron incontables, que cuando habló de porcentajes y festejó “una de las reactivaciones industriales más veloces del mundo” lo difícil fue encontrar algo cierto, no una mentira. Pero esta es, quizás, la más interesante, porque fue la única referencia doctrinaria que hubo en toda la pieza. Ni con la propia doctrina el Presidente evita enredarse en tergiversaciones.

Cuando la ausencia de viento hace desesperar a los marineros se dice que hay una calma chicha. Tensión incomparable, muchas veces precede a la gran tormenta. Pero tal vez el momento actual estaría mejor representado por una mesa de póker con caras inescrutables. Nadie se abalanza, todos quieren conocer primero las cartas de los otros. 

Hace justo un año el gobierno festejaba haber conseguido la aprobación de la ley de Fortalecimiento de la sostenibilidad de la deuda pública, pero en este primer aniversario ya no hubo guirnaldas. 

En su gira por Rusia y China el Presidente volvió a exhibir una política errática en el plano de las relaciones internacionales 

 

El kirchnerismo no quiere imponer una versión propia de la historia diferente de la real. Es mucho peor: al pasado lo acomoda a sus necesidades de cada momento. Historia a la carta. Acaba de ocurrir con la apropiación del 10 de diciembre, una fecha hasta ahora desdeñada.

 

 

Hay una triste historia que, tal vez por casualidad, conecta los hechos de esta semana con oscuros episodios de la década del setenta

 

 

Cálculos, hipótesis y ansiedades en la antesala de la crucial elección legislativa

 

La suerte judicial de Cristina Kirchner no ayuda a imaginar un acuerdo entre el gobierno y la oposición

Se ha dejado de hacer la V de la victoria: una señal del desconcierto en el que ha caído el Frente de Todos

 

El espejo histórico de 2001, a la luz de la incertidumbre política que atraviesa al 2021

 

La reacción del oficialismo revela una mezcla de improvisaciones, contradicciones y despropósitos

La idea de la reelección presidencial irrumpió en el escenario político para generar una mayor confusión

La cantidad de vacunas sin aplicar abre nuevos interrogantes sobre la estrategia sanitaria del Gobierno

La hipocresía implícita en el cumpleaños permitido no fue un error ni fue singular, del mismo modo que no lo fue la corrupción en la “década ganada”

 

Hace dos años, las PASO marcaron un drástico cambio en el escenario nacional, con fuerte impacto económico

 

 

El debate público no se conjuga en futuro y parece centrado en los prejuicios con los que salen del país

 

 

Matices y detalles históricos detrás del discurso de Alberto Fernández ante Xi Jinping

 

En las vísperas de la elección legislativa, se acentúa la lógica binaria de la confrontación política

 

Para deslizar el sistema político hacia alguna clase de autocracia, para carcomer con paciencia los pilares de la democracia liberal, no hacen falta los dos tercios del Senado

 

 

El oficialismo pretende invertir la carga de la responsabilidad y le apunta a la oposición

El hecho de que la familia Kirchner y Alberto Fernández tengan apreciaciones divergentes sobre cómo tratar a Patricia Bullrich no sólo confirma la incompleta coordinación que existe entre los socios de la coalición gobernante. Lejos de ser un asunto protocolar habla de un endeble marco democrático.

Con su reconocida capacidad de ver muchas veces más allá que el promedio de los políticos, cualidad que sus devaneos histriónicos no afectaron, Lilita Carrió lo viene advirtiendo: es momento de sosegarse. En su advertencia más reciente Carrió se diferenció de los fanáticos, tomó clara distancia de ellos. Algo acuciante. El modo convencional de leer el tablero político según se trate de oficialistas o de opositores y de acuerdo con los posicionamientos de cada uno quizás no motive alarma, pero el acecho del fanatismo sí.

Las reglas electorales en ocasiones pueden estimular resultados extraordinarios (un ejemplo lo dio el Frente para la Victoria en las legislativas de 2005 cuando casi duplicó el caudal de las singulares presidenciales de 2003, en las que el voto peronista se distribuyó en tres candidatos), pero los analistas prestan atención antes que nada a dos variables de la realidad: la situación económica y la unidad del peronismo.

Resulta grave la naturalidad con que se aceptan las reacciones antirrepublicanas del oficialismo y la creencia de que la agresividad verbal no incide en los hechos

 

 

Los retenes diurnos del sábado fueron justificados a viva voz desde el gobierno bonaerense como “controles sanitarios

 

“Ningún temor a los dioses o a las leyes de los hombres servía de contención o freno. Pues, por un lado, veían que todos morían por igual, y entonces se consideraba que la piedad y la impiedad conducían al mismo destino. Por otra parte, nadie creía que viviría el tiempo suficiente como para tener que hacerse responsable y pagar la penalidad por su inconducta”.

 

 

En la comunicación, lo importante nunca es lo que uno dice sino lo que el otro entiende

 

 

Pedro Castillo, un maestro de escuela rural que es hijo de padres analfabetos, fue el domingo a votar a caballo. Votó en su pueblo, a unos mil kilómetros de Lima, pero cuando llegó al lugar el animal se le encabritó. Demasiada gente alrededor, mucho griterío. Y eso que faltaban algunas horas para que se confirmase que el jinete estaba teniendo un buen día. Había ganado las elecciones presidenciales en primera vuelta.

Hay kirchneristas que niegan serlo, vaya uno a saber por qué. Aunque a veces cabe suponerlo. Está el kirchnerista que no salió del placar y está el que acaba de conseguir un empleo público y prefiere que su suerte le sea atribuida por la familia y los amigos a otras calificaciones personales. Pero no sólo se trata de planicies militantes. La propia Cristina Kirchner, quien años atrás se insinuaba implacable o cuanto menos desencantada con el peronismo de Perón, en 2017 reaccionó en una entrevista que le concedió al diario El País como si el periodista la acabara de ofender: “Yo soy peronista, no me digas que soy kirchnerista”.

Esa cualidad, sin embargo, no se debe a una vocación por la planificación meticulosa, sino a que se repite a sí mismo a lo largo de la historia

 

 

El menú de improperios, descalificaciones y burlas que los kirchneristas descargan a diario sobre la figura de Mauricio Macri -desde el supuesto apego a la vagancia hasta una presunta incapacidad para hacer política- en realidad son piezas accesorias del cargo mayor, que es neutrónico. Repiten que Macri destruyó el país.

 

 

Es muy extraña la forma en la que la historia parece desafiar en la Argentina el previsible derrotero involutivo anunciado por Marx, la tragedia repetida como miserable farsa. Acá abundan los loteos, relatos, retazos de relatos, encolados de segunda mano, remakes con guión invertido, desvirtuaciones institucionales puestas en valor. Todo parece volver -los dislates casi siempre tienen algún precedente- pero la lógica de la serie, si la hay, nunca es nítida.

 

Todos somos sujetos y sujetas de la solidaridad hacia el otro y la otra, explicaba Alberto Fernández mientras hablaba de líderes y de lideresas. La lideresa más importante -justo la madre espiritual de todos y todas, contraseña que durante años nutrió a los humoristas- horadaba a su izquierda el pupitre mediante un tamborileo intermitente con tres de sus falanges de la mano derecha (ver trasmisión oficial).

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