Pablo Mendelevich

 

El kirchnerismo no quiere imponer una versión propia de la historia diferente de la real. Es mucho peor: al pasado lo acomoda a sus necesidades de cada momento. Historia a la carta. Acaba de ocurrir con la apropiación del 10 de diciembre, una fecha hasta ahora desdeñada.

 

 

Hay una triste historia que, tal vez por casualidad, conecta los hechos de esta semana con oscuros episodios de la década del setenta

 

 

Cálculos, hipótesis y ansiedades en la antesala de la crucial elección legislativa

 

La suerte judicial de Cristina Kirchner no ayuda a imaginar un acuerdo entre el gobierno y la oposición

Se ha dejado de hacer la V de la victoria: una señal del desconcierto en el que ha caído el Frente de Todos

 

El espejo histórico de 2001, a la luz de la incertidumbre política que atraviesa al 2021

 

La reacción del oficialismo revela una mezcla de improvisaciones, contradicciones y despropósitos

La idea de la reelección presidencial irrumpió en el escenario político para generar una mayor confusión

La cantidad de vacunas sin aplicar abre nuevos interrogantes sobre la estrategia sanitaria del Gobierno

La hipocresía implícita en el cumpleaños permitido no fue un error ni fue singular, del mismo modo que no lo fue la corrupción en la “década ganada”

 

Hace dos años, las PASO marcaron un drástico cambio en el escenario nacional, con fuerte impacto económico

 

 

El debate público no se conjuga en futuro y parece centrado en los prejuicios con los que salen del país

 

 

Matices y detalles históricos detrás del discurso de Alberto Fernández ante Xi Jinping

 

En las vísperas de la elección legislativa, se acentúa la lógica binaria de la confrontación política

 

Para deslizar el sistema político hacia alguna clase de autocracia, para carcomer con paciencia los pilares de la democracia liberal, no hacen falta los dos tercios del Senado

 

 

El oficialismo pretende invertir la carga de la responsabilidad y le apunta a la oposición

El hecho de que la familia Kirchner y Alberto Fernández tengan apreciaciones divergentes sobre cómo tratar a Patricia Bullrich no sólo confirma la incompleta coordinación que existe entre los socios de la coalición gobernante. Lejos de ser un asunto protocolar habla de un endeble marco democrático.

Con su reconocida capacidad de ver muchas veces más allá que el promedio de los políticos, cualidad que sus devaneos histriónicos no afectaron, Lilita Carrió lo viene advirtiendo: es momento de sosegarse. En su advertencia más reciente Carrió se diferenció de los fanáticos, tomó clara distancia de ellos. Algo acuciante. El modo convencional de leer el tablero político según se trate de oficialistas o de opositores y de acuerdo con los posicionamientos de cada uno quizás no motive alarma, pero el acecho del fanatismo sí.

Las reglas electorales en ocasiones pueden estimular resultados extraordinarios (un ejemplo lo dio el Frente para la Victoria en las legislativas de 2005 cuando casi duplicó el caudal de las singulares presidenciales de 2003, en las que el voto peronista se distribuyó en tres candidatos), pero los analistas prestan atención antes que nada a dos variables de la realidad: la situación económica y la unidad del peronismo.

Resulta grave la naturalidad con que se aceptan las reacciones antirrepublicanas del oficialismo y la creencia de que la agresividad verbal no incide en los hechos

 

 

Los retenes diurnos del sábado fueron justificados a viva voz desde el gobierno bonaerense como “controles sanitarios

 

“Ningún temor a los dioses o a las leyes de los hombres servía de contención o freno. Pues, por un lado, veían que todos morían por igual, y entonces se consideraba que la piedad y la impiedad conducían al mismo destino. Por otra parte, nadie creía que viviría el tiempo suficiente como para tener que hacerse responsable y pagar la penalidad por su inconducta”.

 

 

En la comunicación, lo importante nunca es lo que uno dice sino lo que el otro entiende

 

 

Pedro Castillo, un maestro de escuela rural que es hijo de padres analfabetos, fue el domingo a votar a caballo. Votó en su pueblo, a unos mil kilómetros de Lima, pero cuando llegó al lugar el animal se le encabritó. Demasiada gente alrededor, mucho griterío. Y eso que faltaban algunas horas para que se confirmase que el jinete estaba teniendo un buen día. Había ganado las elecciones presidenciales en primera vuelta.

Hay kirchneristas que niegan serlo, vaya uno a saber por qué. Aunque a veces cabe suponerlo. Está el kirchnerista que no salió del placar y está el que acaba de conseguir un empleo público y prefiere que su suerte le sea atribuida por la familia y los amigos a otras calificaciones personales. Pero no sólo se trata de planicies militantes. La propia Cristina Kirchner, quien años atrás se insinuaba implacable o cuanto menos desencantada con el peronismo de Perón, en 2017 reaccionó en una entrevista que le concedió al diario El País como si el periodista la acabara de ofender: “Yo soy peronista, no me digas que soy kirchnerista”.

Esa cualidad, sin embargo, no se debe a una vocación por la planificación meticulosa, sino a que se repite a sí mismo a lo largo de la historia

 

 

El menú de improperios, descalificaciones y burlas que los kirchneristas descargan a diario sobre la figura de Mauricio Macri -desde el supuesto apego a la vagancia hasta una presunta incapacidad para hacer política- en realidad son piezas accesorias del cargo mayor, que es neutrónico. Repiten que Macri destruyó el país.

 

 

Es muy extraña la forma en la que la historia parece desafiar en la Argentina el previsible derrotero involutivo anunciado por Marx, la tragedia repetida como miserable farsa. Acá abundan los loteos, relatos, retazos de relatos, encolados de segunda mano, remakes con guión invertido, desvirtuaciones institucionales puestas en valor. Todo parece volver -los dislates casi siempre tienen algún precedente- pero la lógica de la serie, si la hay, nunca es nítida.

 

Todos somos sujetos y sujetas de la solidaridad hacia el otro y la otra, explicaba Alberto Fernández mientras hablaba de líderes y de lideresas. La lideresa más importante -justo la madre espiritual de todos y todas, contraseña que durante años nutrió a los humoristas- horadaba a su izquierda el pupitre mediante un tamborileo intermitente con tres de sus falanges de la mano derecha (ver trasmisión oficial).

Había una vez en un país lejano un movimiento populista. De la familia de las religiones políticas, diría Loris Zanatta. Desdeñoso con la pluralidad, nostálgico del partido único, habituado a predicar sobre los derechos del pueblo, rico en liturgia, saturado de euforia. El movimiento sobrevivió a infinitas tempestades mediante sucesivas reinvenciones.

Era difícil imaginar que Carlos Menem pasaría los últimos diez años de su vida como senador nacional alineado con el kirchnerismo. Kirchner lo denostaba, se burlaba de él, hasta llegó a un destrato personal, en pleno Senado, vertido en envase supersticioso.

 

Así arrancan muchos políticos cuando nos explican sus ideas, en particular Alberto Fernández: “Lo que la gente tiene que entender…”, dicen.

Vaya si no es una noticia fuerte: el PJ bonaerense rechaza el acuerdo con el FMI. Es lo primero que uno ve, con esas exactas palabras, con esa contundencia, al buscar la "actualidad" en el sitio oficial del partido. Justo cuando el ministro Martín Guzmán va y viene a Washington y cuando Alberto Fernández dialoga con el presidente electo Joe Biden con la esperanza de que Estados Unidos distraiga su enorme influencia en el Fondo para ayudar a que la Argentina alcance el acuerdo.

 

El concepto del líder aplaudido y ovacionado por los funcionarios de su gobierno no tiene relación con los aciertos o desaciertos de las políticas oficiales. Es inherente al culto a la personalidad. Ese culto nunca se presenta solo, viene acompañado de una disciplina política rígida, tal como lo demostró, a escala sanguinaria, el estalinismo.

 

 

La Argentina ya ha tenido, por cierto, episodios absurdos en su historia. Algunos trágicos, otros grotescos, otros risueños. En esa galería multicolor no debería faltar la manifestación del lunes que arrancó en Avenida de Mayo y 9 de Julio para terminar frente a Tribunales: es la primera vez que partidarios de un gobierno salen a la calle para exigir "una Navidad sin presos políticos".

 

 

Casi ningún comentarista se quedó con ganas de decir que el velorio de Maradona fue una metáfora de la Argentina. La idea de que los tropiezos públicos, los escándalos, la ineficacia, son metáforas nacionales, está en boga.

 

 

Adivinanza sencilla para usuarios entrenados en argentinidad mediante la mera rutina de ver caer las hojas del almanaque: ¿En qué se parecen el impuesto al viento, la idea de derogar las PASO, el nuevo índice jubilatorio y la embestida contra el traslado de los jueces?


 

En la Argentina casi no se usa el verbo vacar, pero se ve que en Perú es corriente: Martín Vizcarra se convirtió el lunes en el cuarto presidente "vacado" por el Congreso, luego de una sesión de cinco horas, que culminó con una votación aprobada por 105 votos contra 19 (más 4 abstenciones). La moción de vacancia es el procedimiento para sacar del cargo al presidente: una destitución legal.

 

La verificación más penosa de la grieta, como se llama en la Argentina a la partición política irreconciliable, se da en el seno de muchas familias comunes y silvestres. Ya lo decía Félix Luna para explicar el extremo al que había llegado el enfrentamiento peronismo- antiperonismo a mediados del siglo pasado: el extremo hogareño.

 

 

Es mejor pensar que ya no es la V de la victoria lo que hacen los peronistas cuando posan para selfies ceremoniales como la de los 75 octubres y suponer que solo están informando cuántas son las personas que gobiernan ahora el país. Sería una extraña jactancia, pero no exenta de jurisprudencia.

 

 

Una ventaja que el peronismo les ofrece a sus exégetas son los brotes de transparencia que intercala en su rica verborragia. En apenas 72 horas produjo tres pronunciamientos aparentemente inconexos a los que, sin embargo, basta unir para entender mejor cómo son las cosas.

 

 

Una tarde de 1981, en tiempos del general Roberto Viola, cuando la dictadura intentaba exhibirse menos feroz, uno de los periodistas estrella del diario La Prensa, Manfred Schönfeld, fue atacado al salir del diario por un grupo de personas nunca identificadas.

 

La idea de que la calle siempre fue peronista tal vez forme parte de los mitos políticos argentinos. Los recientes "banderazos" opositores incluso llevaron a algunos de sus artífices a celebrar un quiebre inédito del monopolio del peronismo en la ocupación de la calle, en consonancia con la ausencia de concentraciones oficialistas en el contexto de la pandemia. Sin embargo, en la génesis no fue así.

 

Entre las 14 palabras que eligió la Real Academia Española para definir el año 2019 sobresale euroescéptico. Se le dice así al europeo que duda del valor de la Unión Europea. El euroescepticismo, una categoría política, viene en dos versiones.

 

No parece casual que Eduardo Duhalde haya estremecido al país con dos frases pronunciadas en lenguaje político extremo al día siguiente de que Alberto Fernández hubiese llevado ese lenguaje a su máxima potencia desde diciembre de 2019.

 

Las piruetas del kirchnerismo para camuflar una amnistía dentro de la reforma judicial son un dudoso homenaje a la memoria de los aqueos. Mítico o, quién sabe, de base real, el Caballo de Troya fue cuanto menos ingenioso.

 

 

Si uno aspirara a ser invitado por la reina Isabel a tomar el té en el Palacio de Buckingham probablemente no lo ayudaría salir en el Times de Londres diciendo que el protocolo de la monarquía le parece una pérdida de tiempo. Alberto Fernández, sin embargo, acaba de hacer algo parecido.

Cada vez es más difícil encontrar en Netflix una película o una miniserie que no diga que está basada en hechos reales. ¡Todo está basado en hechos reales! Bueno, todo no. La realidad, eso es lo más extraño, parece poco inspirada en hechos reales. O en lo que hasta hace poco se estandarizaba como real.

 

Hijo de un trabajador rural y de la peluquera del pueblo, Fabián Silvano Lorenzini no tiene el physique du rol de un hombre de la oligarquía.

 

 

Mientras se negociaba por enésima vez la deuda al borde de la cesación de pagos, Alberto Fernández explicaba que había decidido la expropiación de Vicentin para evitar que cayera en manos extranjeras. Sus palabras exactas fueron: "Para nosotros ese es un mercado muy importante. Nosotros rescatamos Vicentin de un camino seguro al precipicio, que terminaba con la quiebra o en manos extranjeras".

 

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