Pablo Mendelevich

Hay kirchneristas que niegan serlo, vaya uno a saber por qué. Aunque a veces cabe suponerlo. Está el kirchnerista que no salió del placar y está el que acaba de conseguir un empleo público y prefiere que su suerte le sea atribuida por la familia y los amigos a otras calificaciones personales. Pero no sólo se trata de planicies militantes. La propia Cristina Kirchner, quien años atrás se insinuaba implacable o cuanto menos desencantada con el peronismo de Perón, en 2017 reaccionó en una entrevista que le concedió al diario El País como si el periodista la acabara de ofender: “Yo soy peronista, no me digas que soy kirchnerista”.

Esa cualidad, sin embargo, no se debe a una vocación por la planificación meticulosa, sino a que se repite a sí mismo a lo largo de la historia

 

 

El menú de improperios, descalificaciones y burlas que los kirchneristas descargan a diario sobre la figura de Mauricio Macri -desde el supuesto apego a la vagancia hasta una presunta incapacidad para hacer política- en realidad son piezas accesorias del cargo mayor, que es neutrónico. Repiten que Macri destruyó el país.

 

 

Es muy extraña la forma en la que la historia parece desafiar en la Argentina el previsible derrotero involutivo anunciado por Marx, la tragedia repetida como miserable farsa. Acá abundan los loteos, relatos, retazos de relatos, encolados de segunda mano, remakes con guión invertido, desvirtuaciones institucionales puestas en valor. Todo parece volver -los dislates casi siempre tienen algún precedente- pero la lógica de la serie, si la hay, nunca es nítida.

 

Todos somos sujetos y sujetas de la solidaridad hacia el otro y la otra, explicaba Alberto Fernández mientras hablaba de líderes y de lideresas. La lideresa más importante -justo la madre espiritual de todos y todas, contraseña que durante años nutrió a los humoristas- horadaba a su izquierda el pupitre mediante un tamborileo intermitente con tres de sus falanges de la mano derecha (ver trasmisión oficial).

Había una vez en un país lejano un movimiento populista. De la familia de las religiones políticas, diría Loris Zanatta. Desdeñoso con la pluralidad, nostálgico del partido único, habituado a predicar sobre los derechos del pueblo, rico en liturgia, saturado de euforia. El movimiento sobrevivió a infinitas tempestades mediante sucesivas reinvenciones.

Era difícil imaginar que Carlos Menem pasaría los últimos diez años de su vida como senador nacional alineado con el kirchnerismo. Kirchner lo denostaba, se burlaba de él, hasta llegó a un destrato personal, en pleno Senado, vertido en envase supersticioso.

 

Así arrancan muchos políticos cuando nos explican sus ideas, en particular Alberto Fernández: “Lo que la gente tiene que entender…”, dicen.

Vaya si no es una noticia fuerte: el PJ bonaerense rechaza el acuerdo con el FMI. Es lo primero que uno ve, con esas exactas palabras, con esa contundencia, al buscar la "actualidad" en el sitio oficial del partido. Justo cuando el ministro Martín Guzmán va y viene a Washington y cuando Alberto Fernández dialoga con el presidente electo Joe Biden con la esperanza de que Estados Unidos distraiga su enorme influencia en el Fondo para ayudar a que la Argentina alcance el acuerdo.

 

El concepto del líder aplaudido y ovacionado por los funcionarios de su gobierno no tiene relación con los aciertos o desaciertos de las políticas oficiales. Es inherente al culto a la personalidad. Ese culto nunca se presenta solo, viene acompañado de una disciplina política rígida, tal como lo demostró, a escala sanguinaria, el estalinismo.

 

 

La Argentina ya ha tenido, por cierto, episodios absurdos en su historia. Algunos trágicos, otros grotescos, otros risueños. En esa galería multicolor no debería faltar la manifestación del lunes que arrancó en Avenida de Mayo y 9 de Julio para terminar frente a Tribunales: es la primera vez que partidarios de un gobierno salen a la calle para exigir "una Navidad sin presos políticos".

 

 

Casi ningún comentarista se quedó con ganas de decir que el velorio de Maradona fue una metáfora de la Argentina. La idea de que los tropiezos públicos, los escándalos, la ineficacia, son metáforas nacionales, está en boga.

 

 

Adivinanza sencilla para usuarios entrenados en argentinidad mediante la mera rutina de ver caer las hojas del almanaque: ¿En qué se parecen el impuesto al viento, la idea de derogar las PASO, el nuevo índice jubilatorio y la embestida contra el traslado de los jueces?


 

En la Argentina casi no se usa el verbo vacar, pero se ve que en Perú es corriente: Martín Vizcarra se convirtió el lunes en el cuarto presidente "vacado" por el Congreso, luego de una sesión de cinco horas, que culminó con una votación aprobada por 105 votos contra 19 (más 4 abstenciones). La moción de vacancia es el procedimiento para sacar del cargo al presidente: una destitución legal.

 

La verificación más penosa de la grieta, como se llama en la Argentina a la partición política irreconciliable, se da en el seno de muchas familias comunes y silvestres. Ya lo decía Félix Luna para explicar el extremo al que había llegado el enfrentamiento peronismo- antiperonismo a mediados del siglo pasado: el extremo hogareño.

 

 

Es mejor pensar que ya no es la V de la victoria lo que hacen los peronistas cuando posan para selfies ceremoniales como la de los 75 octubres y suponer que solo están informando cuántas son las personas que gobiernan ahora el país. Sería una extraña jactancia, pero no exenta de jurisprudencia.

 

 

Una ventaja que el peronismo les ofrece a sus exégetas son los brotes de transparencia que intercala en su rica verborragia. En apenas 72 horas produjo tres pronunciamientos aparentemente inconexos a los que, sin embargo, basta unir para entender mejor cómo son las cosas.

 

 

Una tarde de 1981, en tiempos del general Roberto Viola, cuando la dictadura intentaba exhibirse menos feroz, uno de los periodistas estrella del diario La Prensa, Manfred Schönfeld, fue atacado al salir del diario por un grupo de personas nunca identificadas.

 

La idea de que la calle siempre fue peronista tal vez forme parte de los mitos políticos argentinos. Los recientes "banderazos" opositores incluso llevaron a algunos de sus artífices a celebrar un quiebre inédito del monopolio del peronismo en la ocupación de la calle, en consonancia con la ausencia de concentraciones oficialistas en el contexto de la pandemia. Sin embargo, en la génesis no fue así.

 

Entre las 14 palabras que eligió la Real Academia Española para definir el año 2019 sobresale euroescéptico. Se le dice así al europeo que duda del valor de la Unión Europea. El euroescepticismo, una categoría política, viene en dos versiones.

 

No parece casual que Eduardo Duhalde haya estremecido al país con dos frases pronunciadas en lenguaje político extremo al día siguiente de que Alberto Fernández hubiese llevado ese lenguaje a su máxima potencia desde diciembre de 2019.

 

Las piruetas del kirchnerismo para camuflar una amnistía dentro de la reforma judicial son un dudoso homenaje a la memoria de los aqueos. Mítico o, quién sabe, de base real, el Caballo de Troya fue cuanto menos ingenioso.

 

 

Si uno aspirara a ser invitado por la reina Isabel a tomar el té en el Palacio de Buckingham probablemente no lo ayudaría salir en el Times de Londres diciendo que el protocolo de la monarquía le parece una pérdida de tiempo. Alberto Fernández, sin embargo, acaba de hacer algo parecido.

Cada vez es más difícil encontrar en Netflix una película o una miniserie que no diga que está basada en hechos reales. ¡Todo está basado en hechos reales! Bueno, todo no. La realidad, eso es lo más extraño, parece poco inspirada en hechos reales. O en lo que hasta hace poco se estandarizaba como real.

 

Hijo de un trabajador rural y de la peluquera del pueblo, Fabián Silvano Lorenzini no tiene el physique du rol de un hombre de la oligarquía.

 

 

Mientras se negociaba por enésima vez la deuda al borde de la cesación de pagos, Alberto Fernández explicaba que había decidido la expropiación de Vicentin para evitar que cayera en manos extranjeras. Sus palabras exactas fueron: "Para nosotros ese es un mercado muy importante. Nosotros rescatamos Vicentin de un camino seguro al precipicio, que terminaba con la quiebra o en manos extranjeras".

 

Había una vez un país entrañable que era famoso por la indescifrable paradoja que lo acuciaba. Tenía de todo. Riquezas naturales, diversidad, recursos humanos fabulosos, técnicos, científicos, escritores, artistas, deportistas de primer nivel. Y cada vez más pobreza.

 

 

La nueva normalidad ya llegó. Está aquí. En todas partes. Expandida a los más variados órdenes de la vida. Desde la desocupación, la deuda y el futuro de los teatros hasta la agenda de los preescolares. Es la incertidumbre. Por su propia esencia tiene carácter provisorio, pero mientras tanto, la incertidumbre es lo normal.

 

 

La primera dificultad que le ofrece una pandemia, como esta del coronavirus, a la política es bastante conocida, pero tal vez convenga recordarla: una pandemia no tiene solución.

 

 

Parece ser que aquel proverbio del general que dice que para mandar un tema político al muere basta con crear una comisión, en realidad no se le ocurrió al general sino a Napoleón, quien a su vez se habría inspirado en una idea de Juana de Arco.

 

 

"El coronavirus tiende a potenciar la imagen del que gobierna y a debilitar la del opositor. Si uno gobierna bien, la gente, a veces por desesperación, por necesidad, se aferra a ese que hace las cosas como ellos esperan. El opositor se queda solo, hablando y explicando. La gente no lo valora porque siente que mientras unos hacen los otros hablan".

 

Algunos de los discursos más célebres de Winston Churchill, estadista de una estirpe ya extinguida en el mundo, permiten recordar que incluso durante la Segunda Guerra Mundial el Parlamento británico siguió en funcionamiento.

 

Tiempo de coronavirus, de pandemia, algo que prácticamente nadie (aparte de Bill Gates, de quien circula una charla TED de 2015 con la premonición y las necesarias prevenciones) tenía en su agenda.

 

 

De repente, con la pandemia del coronavirus quedaron obsoletas hasta las metáforas, o invirtieron su sentido. Viralizar, voz que quiso hacer virtuosa para las comunicaciones la velocidad de propagación de los virus y que la Real Academia bendijo hace apenas un año, hoy representa para la Humanidad entera la peor perspectiva. Ya no referida, claro, a mensajes virtuales sino a la etimología cruda del término.

 

 

Es una suerte que Angela Merkel no haya estado el domingo en un palco de nuestra Cámara de Diputados cuando el presidente Alberto Fernández leyó su primer discurso de apertura de sesiones parlamentarias. Ella es la última estadista que preguntó en voz alta qué es el peronismo.

 

 

Alberto Fernández ya es el presidente de la unidad de los argentinos. Al menos así lo cree la locutora oficial Natalia Paratore, más conocida como la locutora militante por su devoción cristinista, de un estilo probablemente similar al del maestro de ceremonias norcoreano que trabaja de anunciar en Pyongyang la llegada a los actos oficiales de King Jon-un.

 

 

Una pregunta que a esta hora se hacen sottovoce analistas políticos, dirigentes, sindicalistas, parroquianos bien informados, ministros que ya vaciaron sus escritorios y, sobre todo, Mauricio Macri, se refiere a la intensidad judicial que tendrá desde el martes próximo la persecución judicial contra quien ese día dejará de ser el presidente para convertirse en un expresidente. Dijo Alberto Fernández durante el segundo debate presidencial, hace sólo seis semanas: "El día que (Macri) deje el gobierno lo esperan más de cien causas donde está siendo investigado".

 

 

Vuelve el peronismo. Que ya había vuelto en 1973, 1989, 2001 y 2003. Vuelve la fuerza política que en los siglos XX y XXI más tiempo estuvo en el poder: 13.340 días (seguida por los conservadores, los radicales y los militares).

 

 

Horacio González se equivocó de día. Sus dos comentarios estruendosos, el de que el kirchnerismo tratará de nuevo de reescribir la historia argentina y aquel que confirma que Cristina Kirchner no será una mera vicepresidenta... debieron ser hechos el lunes 28 de octubre o en los días subsiguientes, cuando se liberará (si el 27 gana el binomio Fernández) otro cepo, el que para permitir que la campaña kirchnerista fluya amable mantiene inertes las más entusiastas iniciativas revolucionarias.

 

Los cien años de presidentes llegados al poder gracias al sufragio universal, secreto y obligatorio que se cumplen mañana a partir del ascenso de Hipólito Yrigoyen muestran un camino sinuoso y escarpado hacia la democracia, que en algunos aspectos, aun hoy, sigue esquiva.

 

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