Jorge Fernández Díaz
La máquina libertaria de vapulear personas y defender lo indefendible se enfocó durante estos meses en cualquier persona que señalara los déficits gemelos del Gobierno: la gestión y la política. Ya saben: colectivistas, golpistas, cucarachas, ensobrados, viejos meados o simplemente necios: no la ven.
“Nosotros no participamos de la gloria de nuestros antepasados, sino cuando nos esforzamos en parecernos a ellos”, notaba Molière. Mis dos abuelos –uno herrero y el otro ebanista– eran republicanos: uno murió luchando en Normandía contra los nazis; el otro participó de la batalla de Madrid y luego se refugió en una carpintería de los suburbios de Buenos Aires. Es curioso porque últimamente ellos, más que los fantasmas de mis padres se asoman detrás de mi hombro para leer lo que escribo.
El gran secreto de uno de los más geniales novelistas fantásticos de todos los tiempos radica en el crudo realismo con que siempre describió la sociedad en la que ocurrían los acontecimientos más increíbles y sobrenaturales.
Despertó perplejidad y una cierta indignación que una artista argentina del mundo del teatro –una flamante ganadora del prestigioso premio Ibsen– confesara abiertamente su desprecio por Luis Brandoni calificándolo como lo que en verdad él nunca fue –“un macrista”–, y también su consecuente y declarada negativa a darle al gran actor un eventual trabajo aduciendo “enemistad ideológica” (sic): Brandoni le parece apenas apto para encarnar un “facho”.
Además de autopercibirse un personaje desmesurado de una ópera de Puccini, el Presidente también se sueña como un célebre “piloto de tormentas”: Carlos Pellegrini, que asumió en medio de un caos económico, llevó a cabo una serie de reformas dolorosas con alto costo social, soportó críticas altisonantes y al final “se abrochó el frac, se puso la galera y se fue caminando a su casa aguantando los insultos”, como le contó el actual jefe del Estado a su amigo Nicolás Márquez: “Yo quiero ser el Pellegrini del siglo XXI”. Márquez recuerda ese deseo presidencial en un flamante ensayo biográfico llamado Milei, la revolución que no vieron venir (Hojas del Sur) que firma junto con el periodista Marcelo Duclos y que se lanzará formalmente el miércoles en la Feria del Libro con un “presentador sorpresa”.
“Debido a que prestamos demasiada atención a los defectos de los demás, morimos sin haber tenido tiempo de conocer los nuestros”, decía La Bruyère, que era un sabio propenso a la sátira; también aseguraba que la vida era una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan. Luego de las primeras fases del duelo -la negación y la ira-, surgen las primeras briznas de una autocrítica en el progresismo argento, y también, por cierto, en el kirchnerismo encarnizado.
Aquel gallardo gobernador fue capturado por civiles y ya estaba herido, desnudo y atado en la misma plaza de San Juan donde improvisaban un patíbulo, cuando permitieron perversamente que la turba lo golpeara con deleite, lo escupiera con odio y lo vejara de mil formas. Un amigo personal del hombre surgió entonces de la multitud que lo estaba linchando y, para abreviarle el sufrimiento y evitarle una muerte más afrentosa, lo atravesó con su espada. Fue así como finalmente expiró Francisco María Solano Ortiz de Rozas, capitán general de Andalucía, gobernador político y militar de Cádiz y mentor del joven capitán José de San Martín.
Que por primera vez un presidente de la Nación califique como “imbécil” a un articulista porque escribe cosas supuestamente “estúpidas” y “pelotudeces” (sic) no es menos escandaloso que la ocurrencia de que esta clase de injurias “democratizan al periodismo”: por acción, omisión, militancia solapada, seguidismo oportunista o ignorancia directa, parece que para ciertos colegas a Javier Milei lo asiste incluso el derecho al insulto personal.
Es posible que esa misma mañana recordara, como siempre, la tensa víspera en el “Santísima Trinidad”, aquel crespo oleaje de la noche más fría, el sabor metálico del peligro, el desembarco en botes neumáticos y la marcha silenciosa por la tierra oscura; la toma del cuartel de los Royal Marines, el izamiento de la bandera, las escaramuzas en un aeródromo cercano que era una verdadera emboscada, la captura por el camino de varios ingleses y esa sensación imborrable de haber protagonizado la historia.
En la página 305 de El secreto de Spinoza aquel filósofo que sembró la Ilustración parece describir la actual polarización extrema y hasta la fe identitaria y ciega a que a veces inducen las redes sociales. Allí el legendario pensador de la racionalidad le dice a su interlocutor: “La polémica es emoción pura. Y lo que yo pretendo es discutir con la razón, sin pasiones que tan solo oscurecen el camino de la verdad. No vale la pena intentar convencer a quien, por la emoción, nunca aceptará ver la razón, sean cuales sean los argumentos que invoquemos”.
A veces la historia no es una dinámica de causas y efectos, sino un mero juego de azar. Prueba de esta segunda opción es que hoy mismo arrasa en la Argentina una serie sobre Guillermo Coppola – “El representante”– donde se reproduce –aunque de un modo sutilmente sarcástico– la “fiesta menemista” y donde no falta incluso a la cita un joven Mariano Cúneo Libarona, mientras en el puro presente un gobierno institucionaliza como “prócer” a Carlos Menem e intenta inducir en el imaginario colectivo un revival de aquellos diez años de estabilidad monetaria.
“Te pido que me juzgues por los enemigos que he hecho”, se defendía Franklin Roosevelt. Ese mismo reclamo es lo que parece formularles cada día el León a sus sufridos votantes mientras atraviesan el tortuoso desfiladero de la recesión. Son sus enemigos y no los resultados brillantes de su gestión lo que mantiene a la tripulación y a los pasajeros unidos en la nave, no sólo confiando en el capitán sino siendo literalmente sus rehenes. No hay otro barco en el horizonte ni otro rumbo, dicen quienes profesan la fe de los desesperados; no eligen creer, sino que saben consciente o inconscientemente que no se pueden permitir el lujo de creer en ninguna otra cosa mientras permanezcan en esas aguas borrascosas y solitarias.
“Durante un segundo de lucidez tuve la certeza de que nos habíamos vueltos locos –dice un personaje de Los detectives salvajes–. Pero a ese segundo de lucidez se antepuso un supersegundo de superlucidez en donde pensé que aquella escena era el resultado lógico de nuestras vidas absurdas”.
La primera vez que aquel reportero desconocido vino a la Argentina fue en los bulliciosos años setenta. Recuerda de ese momento “esplendoroso” los círculos de personas que debatían con ardor la política en la calle Florida, y la asombrosa cantidad de librerías, cines y teatros sembrados por toda la ciudad: Buenos Aires le pareció entonces mucho más potente culturalmente que Madrid.
La palabra cosplay podría ser traducida libremente como “jugar disfrazado”, algo que muchos de nosotros hacíamos en nuestro patio de la infancia inspirados en los paladines de la televisión y la historieta. Esa gozosa actividad del disfraz y la imaginación ya no se detiene en la pubertad: durante esta “era de la adolescencia eterna” avanza sobre la vida adulta, protagoniza eventos coloridos alrededor del planeta y hace juego con la extraña fascinación tardía por la peripecia de los superhéroes.
No hay límites para la creatividad de un poder dispuesto a actuar con la determinación necesaria, siempre que respete las reglas fundamentales de cada construcción narrativa –anota el asesor del presidente–. El límite no viene marcado por el respeto a la verdad, sino por el respeto a la ficción. Y el motor primordial que hay que tener en cuenta es la cólera”. Se refiere a reconocer, y a utilizar como insumo, la rabia esencial de las sociedades frustradas.
Tengo un amigo sensible que se ha aficionado a las películas apocalípticas para tolerar mejor, en contraposición, la montaña rusa de la realidad argentina. Este verano seguí su consejo y vi Dejar el mundo atrás después de haberme tropezado con un irónico afiche callejero que así la promovía: “En el final, ni los dólares te sirven”.
El tren de la historia se pasó varias estaciones, y resulta que ahora nos encontramos en un andén remoto e inmersos en un experimento único: tenemos el primer presidente paleolibertario del planeta
Solo en un país degradado y en emergencia total permanente, sin demasiada conciencia histórica ni cultura política, y condenado a vivir un eterno presente de dimes y diretes pudo haber pasado sin pena ni gloria una noticia significativa: ha puesto punto final esta semana a su extensa tarea de articulista acaso uno de los intelectuales latinoamericanos más combatidos e influyentes, y sin duda quien más ha cuestionado durante los últimos treinta años las diferentes formas del populismo.
Aquel caballero atildado y reo, de moño elegante y prosa lírica, era redactor de la vieja revista Gente y participaba de la tertulia regada con whisky que se desplegaba cada noche en el café de México y Paseo Colón. Se llamaba Horacio Ferrer y era admirador de Mario Mactas, y de un grupo de periodistas cultos y audaces que pernoctaban en la “alegre demencia de aquella redacción” (sic). Una tarde de 1969 salió a pasear por el centro, transido de tristeza existencial, y se le ocurrió una repetición sonora: “Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao”. Rápidamente, se la hizo conocer a su amigo Astor Piazzola, y fue así que comenzó la escritura y composición de “Balada para un loco”, que revolucionó el tango y recibió duras críticas de sectores de izquierda: sostenían que se trataba de una canción “oligarca”, porque transcurría en Callao y en Arenales.
Un argumento para una comedia política podría dar cuenta de un director y un guionista de cine y televisión que, desesperados por conseguir financiación y sin inspiración alguna, descubren un día que el modo más eficaz de triunfar consiste en hacerse pasar por peronistas.
Leí el otro día que la ciencia sigue estudiando con sumo interés una antigua y difusa forma del horror: se llama afantasía, y es un mal congénito o adquirido que impide a determinadas personas imaginar. Estoy seguro de que si Dios, con su magnífica ironía, le hubiese dado a elegir a Borges entre sufrir ceguera o falta de imaginación, este habría optado de inmediato por su gloriosa no videncia, desde la cual fue capaz de pensar con lucidez el universo y también dictar algunas de las páginas más memorables de la literatura.
Recuerdo, entre tantas otras, la increíble noche en que Lyman Felt, postrado en una cama de hospital, explicaba con denuedo las razones profundas de su recién descubierta bigamia. Quizá la recuerdo especialmente porque cuando cayó el telón me di cuenta de que, atrapado por sus gestos y parlamentos, yo estaba agotado y que su protagonista, después de semejante despliegue emocional y de haber demostrado una energía ilimitada, volvería en breve al escenario para una segunda función de sábado.
Una vieja y recurrente pesadilla humana, máxima alegoría de la soledad existencial, consiste en despertar un día y descubrir que la ciudad está completamente vacía y después que el planeta entero –producto de alguna plaga o extraño cataclismo– ha quedado desierto, y que uno es el último hombre o acaso la última mujer sobre la Tierra. Se han escrito obras maestras de la literatura popular alrededor de esa fantasía íntima y aterradora.
Un escritor lúcido, que es un viejo amigo, me dijo hace unos días: “Tengo un divorcio emocional con la sociedad; no puedo referirme a ella sin insultarla”. Con esa frase dolorida y políticamente incorrecta daba por cancelada cualquier intervención pública, y asumía una especie de exilio interior. Interesa el sentimiento no solo por su carácter lacerante, sino porque pone en palabras el vasto desencanto de muchos argentinos que quieren entrañablemente a la Argentina y no pueden ser indolentes frente a su descomunal descomposición, ni cínicos o irresponsables frente a un dilema electoral entre dos esperpentos.
En un mar de incógnitas y de dilemas de hierro, bajo la sombra de una bandada histérica de cisnes negros y en un país descompuesto y desconocido que baila al son de ciclotimias y batacazos, propongo una modesta ucronía. Supongamos por un momento que la rabiosa rebelión contra el catastrófico modelo peronista que fundió a la Argentina en lugar de surgir con un sesgo de derecha hubiera tenido una orientación de izquierda.
El resultado del domingo retrata lo difícil que es desalojar del poder a quienes han generado una dependencia tan grande y cuentan con tanta capacidad extorsiva
Los primeros sábados de Néstor Kirchner en Olivos eran una invariable escaramuza futbolera de seis contra seis, donde él mismo ejercía de esforzado jugador imposible de marcar –nadie se atrevía–, de árbitro inapelable por razones obvias y, durante el posterior vermut a la sombra, también de jocoso verdugo de alguno de los funcionarios que lo acompañaban.
Saliendo al cruce de un populista español, Javier Cercas sentenció alguna vez que en las instituciones democráticas no debía haber ni el más mínimo espacio para la épica: “La política democrática no se parece a la épica arrebatada de Juego de tronos, donde héroes y monstruos pelean a muerte por el poder en dos continentes ficticios en medio de guerras, torturas, violaciones, secuestros de niños y asesinatos en masa”, sino a la prosa serena y razonable de la serie Borgen, donde “hombres y mujeres comunes y corrientes, dotados de sueños, pasiones, deseos y debilidades mediocres de perfectos antihéroes, se esfuerzan por mejorar la vida de los conciudadanos”.
Aquella noche mágica en el Gran Rex donde el Sinatra del flamenco fraseaba con su particular estilo un tema mítico de Yupanqui, la gente ovacionó especialmente una palabra: libertad. Diego El Cigala grababa allí mismo su disco de tango y música argentina, y el público era transversal y variopinto. Cuando Diego dejó caer los famosos versos –“Yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar, y una novia muy hermosa que se llama libertad”–, el teatro entero se vino abajo.
Ignacio Camacho es probablemente el analista político más lúcido de España. Me lo presentó hace unos cuantos años en Madrid Arturo Pérez-Reverte, que es uno de sus lectores más consecuentes. Escribe cada día del Señor, de domingo a domingo y desde hace décadas, una influyente columna de opinión en el diario ABC, y hasta los articulistas y dirigentes ubicados en las antípodas de su pensamiento le reconocen su sensatez y clarividencia. Ignacio me pidió hace unos días que le enviara material sobre el fenómeno Milei.
Hoy el padre de Mafalda tendría un empleo precario, la madre estaría trabajando en el servicio doméstico y la familia entera haría ingentes esfuerzos para mantenerse a flote; sus hijos irían a la escuela, pero no todos terminarían el secundario. Y tratarían de evitar que Mafalda quedara embarazada tempranamente y que el hermanito se metiera en la droga. Vivirían en un barrio donde se teme salir a la calle por la atroz inseguridad, y donde probablemente habría un supermercado chino: Manolito trabajaría allí.
Alguien debería contar alguna vez la historia del cine a través de sus grandes personajes secundarios. Uno de ellos es indudablemente Kenitai, rastreador que acepta guiar a un teniente joven e idealista con la misión de atrapar a un grupo de apaches renegados. Todo ocurre en el desierto de Arizona, y dentro de La venganza de Ulzana, film de Robert Aldrich que hoy es considerado una auténtica obra maestra.
Los periodistas que seguían paso a paso ese juicio histórico se habituaron a la palabra taquiyya. No se trata de un simple sinónimo de “mentira” leguleya, aquella que suele ejecutar el acusado frente a un juez de instrucción, sino del “fingimiento que practican los creyentes cuando no tienen la libertad de vivir su religión a la luz del día”.
“Los pueblos también son responsables por aquello que deciden ignorar”, escribió alguna vez Milan Kundera, que murió esta semana en París y que fue una voz insumisa contra los regímenes totalitarios de izquierda y de derecha. La sentencia no solo pone en cuestión la supuesta infalibilidad del pueblo y tampoco se agota en la complicidad que a veces adopta en relación a determinados asuntos graves, sino que va un poco más allá: sugiere que el inconsciente colectivo suele desarrollar un fuerte mecanismo de negación.
Una persona hizo desaparecer una 4x4 para poder cobrar el seguro y se presentó a una comisaría de Vicente López para denunciar que se la habían robado. Le preguntaron dónde había sucedido el hecho y descubrieron de inmediato que era una mentira. En algunos temas nuestros detectives son realmente infalibles: elemental, mi querido Watson, la policía manejaba el mercado del robado y sabía perfectamente cuál era el área del partido en la que permitían operar a los ladrones.
El epigráfico y electrizante Andrés Malamud, no sin razones técnicas e históricas, cuestiona el término “feudal” para describir estas rancias formas hegemónicas que se apoderaron de varias provincias y distritos, y que los condujeron al atraso, a la servidumbre y al crimen. La mismísima aclaración del politólogo evidencia cuánto se ha popularizado en la Argentina ese término para bautizar el modelo imperante, y el Diccionario de la Lengua Española parece habilitar en parte su uso, puesto que en su segunda acepción anota: “Sujeto a una estructura abusiva y fuertemente jerarquizada”.
El siciliano Leonardo Sciascia –célebre autor de El caso Moro e implacable denunciante de la Cosa Nostra– levantó ampollas en la erizada piel de la opinión pública cuando a comienzos de 1987 escribió un artículo en el Corriere della Sera: allí defenestraba también a “los profesionales de la antimafia”, dirigentes y jueces que gozaban de ese estrellato y protagonizaban corruptelas y dudosos ascensos, y obtenían gracias a su rol blindajes políticos.
Un viejo refrán advierte que a veces la historia pega un giro inesperado en la dirección correcta. La frase parece irónica, puesto que lleva implícita la idea de que la mayoría de los giros inesperados suelen conducir al error o al desastre. Cada quien sacará sus propias conclusiones acera de si se trató de una suerte o de una maldición lo que aconteció aquella lejana noche febril, en una pizzería legendaria llamada “Casona de Roque”, donde un presidente recién elegido le reveló a un periodista famoso que para salvar al país traicionaría a su electorado. Los historiadores modernos persisten en ignorar esa crucial cita de medianoche, el martes posterior a las elecciones presidenciales de 1989.
“El socialismo, que presume de juventud, es un viejo parricida: él es quien ha matado siempre a su madre, la República, y a la libertad, su hermana”. Esta reflexión temprana y clarividente se le adjudica a Honoré de Balzac. El posterior socialismo democrático, sin embargo, ha refutado al genio de La comedia humana porque demostró ser esencialmente republicano, y uno de los grandes hacedores del Estado de bienestar y del milagro europeo.
Hay amores tan bellos que justifican todas las locuras, enseñaba Plutarco, y lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal, añadía luego uno de sus lectores más lúcidos: Friedrich Nietzsche. Muy pronto intuyó Cristina Kirchner que el mito evitista, creado por la “generación diezmada”, no estaba sostenido por la bonanza que administró el general Perón durante los primeros cuatro años de su presidencia, ni por las dádivas de la fundación o el horrible martirologio temprano de su esposa, sino principalmente por determinados relatos religiosos y sentimentales montados alrededor de un concepto: el “amor del pueblo”.
En esta etapa embrionaria, la tan temida Inteligencia Artificial todavía “refleja el pensamiento de quien interactúa con ella y le sigue la corriente; sabe ser todo para todos, como san Pablo, y tiene olfato para callar a su interlocutor”, refiere Fernando Savater.
Después de veintisiete años de firmar ejemplares en la Feria del Libro de Buenos Aires, y de hacerlo invariablemente de pie y durante largas horas con el buen talante de un mosquetero de Dumas, al escritor Arturo Pérez-Reverte le sucedió esta vez algo inusual, al borde de lo insólito: varios de sus lectores más agradecidos se le acercaban con los ojos llenos de lágrimas o directamente rompían a llorar cuando se hacían la foto de rigor. A medianoche, tomando la última copa con amigos y a punto de regresar a Madrid, nos preguntó qué pensábamos de aquel extraño fenómeno emocional.
“Un buen diagnóstico del profundo problema político de la Argentina es que sea una persona tan evidentemente desequilibrada como Javier Milei la que hable en favor del sentido común, en contra de la presión fiscal y de la malversación del Estado”, concluye Pola Oloixarac en Galería de celebridades argentinas. Pola es acaso la retratista más aguda y talentosa de la literatura política contemporánea, y su reciente libro dedica dos capítulos sarcásticos a la figura que mantiene en vilo a todo el sistema electoral.
Con explosión o sin ella, con bomba o con veneno, en cámara rápida o lenta, con cualquier resultado electoral o mucho antes de llegar siquiera a las urnas, la historia urde luctuosamente un cierre de ciclo en la Argentina.
A principios de mayo de 1942, en un puerto del mar Báltico ocupado por los alemanes y a órdenes del mismísimo ministro de Propaganda de Hitler, un veterano y escéptico director de cine gritaba por primera vez acción; comenzaba así el accidentado rodaje de una película llamada “Titanic”, que tenía por objeto mostrar simbólicamente el naufragio de las naciones enemigas del Tercer Reich.
Un piloto de combate que es abatido por los japoneses salva milagrosamente su vida en una balsa inflable y llega exhausto a una isla. Estamos en la Segunda Guerra Mundial, y el norteamericano descubre que justo en aquel solitario pedazo de tierra y vegetación rodeado de océano, pernocta otro sobreviviente: un soldado del imperio del Sol Naciente, que intenta eliminarlo. A partir de entonces se desata una violenta partida de ajedrez, que reproduce en proporciones reducidas la gran guerra, entre esos dos hombres entrenados que van ganando y perdiendo, que alternativamente pasan de cazadores a prisioneros, y que se gritan sin comprenderse, puesto que ninguno domina el idioma del otro.
“Esclavos de la consigna” es un genial verso del poeta Vicente Huidobro y es también el título de las memorias íntimas de un valiente que acaba de morir: Jorge Edwards.
Uno de los misterios más singulares de la literatura nacional tiene que ver con un hotel, un viajante solitario y unos ruidos sobrenaturales. Una increíble casualidad del destino provocó que, más o menos por la misma época, pero sin enterarse uno del propósito del otro, Cortázar y Bioy Casares escribieran el mismo cuento: un argentino cruza en barco al Uruguay, pide ser conducido al sombrío hotel Cervantes, se hospeda en un cuarto y por la noche comienza a oír sonidos molestos, provenientes de la habitación contigua.
La primera dama quería patos canadienses para el estanque de su jardín. Seleccionó en internet parejas de ánades reales, ánsares índicos, cercenas doradas, patos mandarines y canards pompón; los hizo importar desde Calgary en vuelo expreso y los puso al cuidado del jardinero de palacio, un discreto viudo sin hijos ni amigos, que vivía para podar y abonar las plantas, y para entretener con juegos a los nietos de la pareja presidencial.

