Opinión

 

La vertiginosa intensidad de estas últimas horas ayuda a comprender por qué la Argentina está sumida en un cortoplacismo absoluto: la coyuntura devora cualquier intento de reflexionar más allá de la última insensatez del gobierno de turno. En un entorno donde todo puede pasar y en el que quienes toman decisiones públicas se empeñan en empeorar lo malo que hicieron sus predecesores, resulta suicida desviar el foco en el largo o el mediano plazo. Torcimos el legado del epicureísmo, obligados a vivir (¿sufrir?) el momento no para “relajarnos” y disfrutar sin importar las consecuencias, sino para evitar costos mayores.

 

 

Como exintendente y actual diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, comienzo por aplaudir la respuesta del jefe de Gobierno al nuevo agravio que el presidente Alberto Fernández inflige a la ciudad y su gente. En la defensa que asume de la ciudad, de sus representados, de su trabajo y sobre todo de su educación, el jefe de Gobierno cuenta con todo mi apoyo.

 

 

La administración nacional no tiene ningún modelo predictivo para la evolución de la pandemia

 

A Alberto Fernández se le venía reclamando que ejerciera sin timidez la autoridad presidencial. Esta semana decidió satisfacer ese pedido. Tarde piaste, dirán algunos.

 

 

Lógico sería que, en atención a cuanto significa la nueva ola del COVID, el gobierno acreditase un nivel de coherencia tanto en los dichos como en los hechos. Frente a una crisis de tamaña dimensión era razonable pensar que los funcionarios de mayor jerarquía de la administración kirchnerista darían de lado sus riñas y pondrían paños fríos a sus luchas internas.

 

La primera ola de la pandemia en el país presentó el peor desenlace posible; récord de muertes y caída de diez puntos del PBI. Dos acotaciones de este penoso resultado: La primera es que, en general, el sistema hospitalario no colapsó, pero ni la cuarentena eterna ni las medidas restrictivas sociales sirvieron para bajar a cero el nivel de contagios. Ellos se amesetaron con su consecuente número de muertes, lo que llevó a tener las mismas víctimas que los países que nunca enclaustraron a la población.

 

 

Una de las características más comprobable en las sociedades que pierden sus esperanzas de mejorar es la verificación de que se está en manos de burros y obtusos; de tercos y ciegos que siguen empecinados el camino que produjo el fracaso.

 

Nunca es bueno negar la realidad. Y mucho menos cuando los contagiados y los muertos aumentan todos los días. Eso genera angustia. Estamos en el medio de una catástrofe sanitaria. Y todo el mundo se inquieta porque ve al gobierno produciendo una segunda ola de mala praxis. Otra vez, comete los mismos errores.

 

 

No hay un día en que no se sepa de un argentino que emigra, expulsado por el cerril nacionalismo populista

 

 

Pedro Castillo, un maestro de escuela rural que es hijo de padres analfabetos, fue el domingo a votar a caballo. Votó en su pueblo, a unos mil kilómetros de Lima, pero cuando llegó al lugar el animal se le encabritó. Demasiada gente alrededor, mucho griterío. Y eso que faltaban algunas horas para que se confirmase que el jinete estaba teniendo un buen día. Había ganado las elecciones presidenciales en primera vuelta.

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