Opinión

 

El concepto del líder aplaudido y ovacionado por los funcionarios de su gobierno no tiene relación con los aciertos o desaciertos de las políticas oficiales. Es inherente al culto a la personalidad. Ese culto nunca se presenta solo, viene acompañado de una disciplina política rígida, tal como lo demostró, a escala sanguinaria, el estalinismo.

 

 

El kirchnerismo pretende mantenernos inmersos en una mediación erudita e innecesaria entre nosotros y la realidad, como señalaba George Steiner respecto de hechos semejantes al acto político montado en el Estadio Único de La Plata, diseñado de acuerdo con la tradición de las movilizaciones partidarias soviéticas y/o nacionales socialistas.

 

 

No miremos para otro lado. No disimulemos la gravedad de lo que está pasando. No miremos para otro lado como hace Alberto en la foto que Cristina está sacando la lengua. No miremos para otro lado. El cachetazo público y verbal de Cristina no fue para los ministros. Fue para Alberto. La jefa del jefe del estado dijo con toda claridad que los que tengan miedo o sean inútiles o vagos se tienen que ir del gobierno. Por varios motivos esa bofetada de poder estalló en la mejilla de Alberto.

 

 

El respiro de los números de la pandemia que tenemos desde que las temperaturas comenzaron a subir en la Argentina, puede durar poco si el gobierno sigue manejándose con la irresponsabilidad que ha venido mostrando hasta el momento y que ya es, casi podríamos decir, un sello distintivo de su gestión en todas las áreas, no solo en la de salud pública.

 

 

A los malos resultados obtenidos por la estrategia argentina contra la pandemia, cerca de 42.000 muertes y un número incomprobable de casos, ya que el testeo no fue uno de los fuertes de la táctica adoptada, hay que sumar el desmanejo en la adquisición de vacunas. Dos escándalos en una semana. Uno con la vacuna de Laboratorios Pfizer y otro con la vacuna Sputnik V, de producción rusa, a la que el gobierno se aferró ciegamente.

 

 

 

Naturalismo, cachivaches y la geopolítica de rebaño.

 

 

 

 

Grabois da autoestima a los pobres, pero no con movilidad social sino diciendo que de ellos será el reino de los cielos (y la revolución) solo por ser como son.

 

 

 

No deja de ser patético, con un cierto toque de siniestro, que un psicópata como Vladimir Putin ponga en evidencia a un mitómano como Alberto Fernández.

 

 

La pregunta es hasta dónde está dispuesta a llegar Cristina para imponer su visión conspirativa como versión oficial de la realidad. ¿Atravesará las líneas rojas de la institucionalidad?

 

 

 

Que la agenda de Alberto Fernández se circunscriba al presente es interpretado, en mayor medida por aquellos que no digieren el regreso del kirchnerismo al poder, como una reducción de la figura presidencial y una confirmación de la superioridad absoluta del poder de Cristina Kirchner

 

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