Vicente Massot

Para entender lo que sucedió el domingo y sorprendió por igual a libertarios y a kirchneristas, a encuestadores y a analistas, a periodistas y a simples mortales, se hace necesario responder tres cuestiones excluyentes: qué pasó, cuáles fueron las razones del aplastante triunfo de Fuerza Patria, y qué escenarios se recortan en el horizonte desde ahora y hasta el 26 de octubre.

Hay más de cuarenta visitas acreditadas de Diego Spagnuolo a Balcarce 50 y a la quinta presidencial de Olivos. El ex director de la Andis -Agencia Nacional de Discapacidad- era hasta hace poco tiempo abogado personal de Javier Milei y había figurado en una lista de candidatos a diputados por La Libertad Avanza cuando esta agrupación estaba en pañales. En virtud de las mencionadas razones se supone que el jefe del Estado le confió el manejo de la Agencia de la cual acaba de ser despedido, sin demasiados miramientos.

El cierre de las listas que competirán en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, el próximo domingo 7 de septiembre, no fue distinta de ninguna de las que hemos conocido en estas playas desde tiempo inmemorial. Nada nuevo bajo el sol, pues. Salieron a relucir, en todos los espacios políticos, los vicios de siempre. Se compraron y vendieron candidaturas a granel y aparecieron los vivos de costumbre que -en eso de cambiar de camiseta a último momento- son mandados a hacer. Por supuesto, la casta cantó presente, tanto en las tiendas kirchneristas como en las libertarias.

Hay un aspecto saliente del gobierno que no termina de entenderse, que no se corresponde con la lógica más elemental y que lleva a pensar o, mejor aún, a repensar el grado de sensatez con la cual se toman las decisiones de carácter estratégico en la Casa Rosada. Es este: ¿Por qué cargar de insultos a quienes lo han ayudado y de cuyos votos en el Congreso de la Nación depende?

Pareciera que, justo antes de los cruciales comicios que se substanciarán entre sep- tiembre y octubre próximos, han comenzado a soplar vientos de Fronda. Contra lo que podría su- ponerse a primera vista, no se trata de alguna algarada a punto de explotar, enderezada en contra del gobierno por parte del kirchnerismo, o por el creciente nerviosismo de quienes no terminan de convencerse acerca de la viabilidad del plan económico puesto en marcha por Javier Milei desde el momento en que hizo suyo el sillón de Rivadavia.

En una democracia de espectadores -donde los políticos son los actores principales- cada vez interesan menos las ideas que se exponen, los argumentos que se levantan para defender una determinada posición ideológica o los títulos que la clase partidocrática es capaz de exhibir para justificar su derecho a ser elegida y gobernar.

En la superficie de la política criolla la centralidad de Cristina Kirchner no admite dudas. Todo lo que se relacione con su futuro inmediato o mediato ha sido materia de análisis en el gobierno, en los estrados judiciales y en el estado mayor peronista por igual. ¿Deberá usar tobillera o no es necesario ponerle esa suerte de candado para estar seguros de que no saldrá sin aviso de su domicilio? ¿Podrá recibir cuantas visitas le vengan en gana o quedará reducida esa posibilidad a unos pocos y escogidos? ¿Tendrá libertad para salir al balcón y arengar a su tropa o eso le estará vedado? ¿Se le permitirá navegar sin condicionamientos por las redes para hacerse oír o ello le estará prohibido?

No hubo que contener el aliento o esperar demasiado. Sucedió lo que resultaba, a esta altura, un secreto a voces. Como era de esperar, la Corte Suprema de Justicia de la Nación decidió la suerte de Cristina Fernández, dejando firme la condena en dos instancias que sobre ella pesaba. A modo de consecuencia, la condenó a pasar los próximos seis años de su vida detenida en su domicilio e inhabilitada a perpetuidad para ejercer cargos públicos.

El oficialismo advirtió que si las iniciativas se convierten en ley, serán vetadas; se discute una suba para jubilados y más recursos para la salud; los libertarios y Pro intentaron frustrar la sesión; se coló el caso $LIBRA 

Hay momentos o períodos en los cuales, más allá de cuántos sean los problemas que se acumulen en el horizonte de los principales actores y fuerzas políticas del país -de manera indistinta, tanto en lo que hace al oficialismo como al arco opositor- todo gira alrededor de cierto tema excluyente al cual -sin diferencias de banderías- aquéllos se consagran en cuerpo y alma.

Hay tres datos que dejó tras de sí la reciente elección legislativa, sustanciada el pasado domingo 18 en la capital federal, que merecen una consideración aparte. En primer lugar, ya no caben dudas respecto del vector de poder que supone el reordenamiento de las cuentas públicas y el pronunciado descenso de la inflación. De ordinario, se estila pasar revista a cuántos diputados y senadores responden al gobierno, o qué sectores corporativos importantes han cerrado filas con la administración libertaria, o cual es el alcance del apoyo de Trump a su par rioplatense, para determinar la solidez de la gestión encabezada por Javier Milei.

Que -por las razones que fueran- más de 40 % del padrón electoral de la capital de la república no se haya molestado en ir a votar, nada quita de lustre al triunfo de Manuel Adorni. El fenómeno no es producto de la perversidad populista ni de la ignorancia de las masas ni tampoco de la poca consistencia de los partidos. La explicación es mucho más sencilla, aunque disguste a los bien pensantes: cada día hay más personas hartas de los políticos, que pregonan una cosa y hacen otra, sin rendir cuentas y sin la menor vergüenza.

Hay una primera evidencia -a prueba de balas- que no admite una doble o triple lectura: los responsables de haber clausurado en el Senado de la Nación la posibilidad de que contásemos este año con la ley de Ficha Limpia -como se la bautizó desde un principio- fueron dos senadores de Misiones: Carlos Arce y Sonia Rojas Decut.

Si creyese que los resultados de las elecciones legislativas en Salta, Jujuy, San Luis y Chaco tuviesen alguna importancia estratégica, Javier Milei no hubiera dudado un minuto y se hubiese encargado de incluir en su agenda una recorrida por aquellas latitudes. Pero como lo que ocurra el próximo domingo en esos distritos lo tiene sin cuidado, no se molestó en subirse a un avión para respaldar a sus candidatos.

Apenas desaparecido el Papa, se dispararon una serie interminable de letanías laicas en su homenaje. Rivalizaron en cantarle alabanzas y poner por las nubes su paso por la Santa Sede, desde presidentes hasta futbolistas, incluyendo a actores cinematográficos, periodistas, filósofos y sindicalistas de distintas observancias ideológicas. Como todos los muertos son buenos y todas las novias son lindas -si hemos de hacerle caso al viejo refrán de origen español- no hubo en las notas y declaraciones de despedida voces discordantes.

El plan -si acaso hubo alguna vez uno- estuvo mal diseñado desde su mismo inicio y -por lógica consecuencia- terminó como era de esperar. Cualquiera con un mínimo de entendimiento podía predecir, sin esforzarse demasiado, cuál sería el destino de Ariel Lijo y de Manuel García Mansilla.

Tratemos de imaginar en qué berenjenal estaría metido el gobierno si, por cumplir de manera estricta con los mandamientos institucionales, hubiese sometido a discusión el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la cámara alta del Congreso nacional.

Si en este análisis semanal no hiciéramos mención a lo que ocurrió el sábado pasado entre Santiago Caputo y Facundo Manes en el Congreso de la Nación, omitiríamos un detalle significativo de la deriva de la política argentina. Está fuera de duda que, al final del día, el incidente protagonizado por ambos resultó de lejos el más comentado y polémico de la noche.

El escándalo que ha generado el paso en falso dado por Javier Milei y su entorno respecto de la cripto moneda, no ha cesado de crecer o -según sea la óptica con arreglo a la cual se lo analice- lleva destino de desaparecer dejando detrás suyo pocos rastros. Hay acerca de este tema dos visiones, de suyo contrapuestas: la de los moralistas y su contraria, la de los realistas. 

Luego de un sinfín de dimes y diretes en el cual quedaron enredados el oficialismo y la oposición por espacio de semanas, finalmente Milei se decidió a convocar a sesiones extraordinarias que darán comienzo en pocos días más. Excluido el debate acerca del Presupuesto -que el gobierno nunca iba a autorizar- los temas que se destacan del corto listado que será objeto de discusión, son tres.

El formidable espaldarazo que viene de darle Kristalina Giorgieva, la mandamás del Fondo Monetario Internacional, al gobierno libertario no ha sido uno de esos típicos comunicados del organismo en cuestión a la hora de quedar bien con los países deudores. La funcionaria de origen búlgaro midió bien sus palabras antes de pronunciarlas. Por lo tanto, es conveniente tomarlas como lo que son: el reconocimiento más enfático que el FMI ha expresado respecto de un programa económico argentino en décadas. A la vez, les ha abierto la puerta a Javier Milei y a Luis Caputo para darle la puntada final a un nuevo acuerdo -lo que puede significar un antes y un después en punto a las negociaciones iniciadas con el Fondo a poco de iniciar su gestión el actual gobierno libertario.

En un país con instituciones sólidas -o, si se prefiere, a prueba de balas- las disputas a cara descubierta y sin solución de continuidad del jefe del Estado con la presidenta del Senado no dejarían de tener consecuencias nefastas para la marcha de la gestión gubernamental. Si además hubiese encontronazos reiterados y cada vez más agudos entre el Poder Ejecutivo y el Judicial, lo más probable es que todo terminase en una crisis institucional de novela. Pero -como es de sobra conocido- en la Argentina las instituciones son continentes sin demasiado contenido. Siempre tenidas en cuenta y enaltecidas en los discursos, han sido de tal manera despellejadas con el paso de los años que hoy semejan cáscaras vacías. 

En punto a la corrupción de la clase política rige, entre nosotros, una ley de hierro: pocos están dispuestos a enjuiciar a un presidente, gobernador, senador, diputado, intendente o quien fuere, si su nivel de gastos, ingresos o declaración jurada no llaman la atención, puestas al descubierto por una investigación periodística o por un paso en falso del funcionario que se trate. En nuestro país se habla mucho de los vicios de los gobernantes pero los jueces y los fiscales se hacen olímpicamente los desentendidos a la hora de investigar y de procesar a los corruptos, salvo honrosas excepciones.

Ha transcurrido un año desde que Alberto Fernández -muy a su pesar- le colocó la banda y le hizo entrega del bastón presidencial a Javier Milei. Cuantos habían pronosticado, dejándose llevar por sus antipatías ideológicas, que el personaje tropezaría a poco de iniciar su gestión, se equivocaron de medio a medio.

Analizado desde el costado de la ética pocas dudas caben -si acaso alguna- de que la performance de los diputados oficialistas a la hora de facilitar el quorum para tratar el proyecto de ley de la ficha limpia, resultó vergonzosa. Las excusas que expusieron, no solamente los representantes de La Libertad Avanza sino también el jefe de Gabinete y el vocero presidencial, parecieron una tomadura de pelo. Pero visto el tema desde el costado político, la jugada que obraron los libertarios no merece reparos. 

El espectacular triunfo del candidato republicano en las elecciones presidenciales que se substanciaron en los Estados Unidos no va a obrar un cambio sustantivo en las relaciones hemisféricas -de la primera potencia mundial con los países iberoamericanos- desde el punto de vista estratégico. Sencillamente, porque -en los términos de las prioridades de Washington- nuestras naciones figuran entre las últimas, lejos de Israel, Irán, Rusia, Ucrania, China, Taiwán y Europa. Es seguro que Méjico -por su contigüidad geográfica, nada más- posea, para el próximo gobierno encabezado por Donald Trump como para cualquier otro de raíz demócrata, una importancia especial que Brasil y la Argentina, por ejemplo, no tendrán jamás.

En unos días más nadie mencionará a Diana Mondino. Las teorías que se echaron a correr respecto de por qué fue despedida de manera tan poco decorosa del Palacio San Martín, desaparecerán de la escena tan rápido como aparecieron. La velocidad de vértigo que ha impuesto Javier Milei a su gestión se ha tragado, en apenas diez meses, un total de ochenta y ocho funcionarios -de primera y segunda línea- de los cuales no se ha vuelto a hablar.

Nadie en diciembre del año pasado, cuando Javier Milei aún no había terminado de acomodarse en el sillón de Rivadavia, siquiera imaginó los logros que tendría la gestión libertaria. Las dudas respecto de cuál sería la deriva de la administración recién instalada en el poder, y la caótica situación que heredaba el nuevo gobierno -de resultas de las torpezas inconcebibles del dúo Alberto Fernández - Sergio Massa- hacían pensar que el presidente estaría obligado a bajarse de sus convicciones y de forjar acuerdos con sus enemigos de la Casta.

Hay en estos momentos, a la vista de todos, una pelea que tiene dos contrincantes -Cristina Fernández y Ricardo Clemente Quíntela-, prestos a disputarse la conducción del peronismo a nivel nacional. Si bien la mencionada no es de desestimar, en realidad la disputa de fondo, la que verdaderamente interesa, es otra cuyos únicos contendientes son el actual gobernador de Buenos Aires y la viuda de Néstor Kirchner.

Dos semanas atrás nadie -ni en los espacios opositores ni tampoco en los despachos gubernamentales- alguien hubiese siquiera imaginado la serie ininterrumpida de éxitos que cosecharía Javier Milei en tan corto espacio y en tan distintos frentes de batalla. El presidente tiene -pues- sobrados motivos para considerar a la segunda semana del mes en curso como la más exitosa de su gestión.

El índice de pobreza publicado en el curso de la semana pasada fue motivo de escándalo -no necesariamente de sorpresa- por parte del colectivo ‘bien pensante’ y de toda una serie de periodistas especializados, por un lado, y de políticos de origen opositor, por el otro, que no perdieron la oportunidad de criticar al gobierno libertario como si éste fuese el principal responsable de tal calamidad. En la empresa de enderezar censuras de las más diversa índole contra Javier Milei, no realizaron mayores distinciones y pasaron por alto los matices a los cuales es menester hacer referencia si lo que se desea es dar a conocer un análisis serio.

Es posible que, como lo informan distintas casas encuestadoras, el grado de adhesión de la ciudadanía a Javier Milei en particular, y a su administración en general, haya decrecido en el curso de las últimas semanas. No sería de extrañar en atención, sobre todo, al veto con el cual el presidente fulminó la ley aprobada por ambas cámaras del Congreso, referida a los haberes de la clase pasiva. Algunos relevamientos ponen de manifiesto que, si bien el humor de la gente no ha cambiado de manera brusca, de todas maneras se nota una declinación tenue en el nivel de apoyo que el líder libertario ha recibido desde el inicio de su gestión.

El Presupuesto no es otra cosa que la síntesis y compendio de lo que el Estado piensa recaudar y, al propio tiempo, de lo que estima menester gastar. Resulta una suerte de radiografía anticipada de ingresos y egresos. En países como el nuestro, donde las instituciones tienen escasa fuerza y son poco respetadas, desde tiempo inmemorial las distintas administraciones -salvo raras excepciones- han trampeado a la hora de presentarle a la ciudadanía la estimación de cuánto evaluaban recaudar y cuánto dispondrían para eso que llamamos gasto público.

El país, en términos políticos, al menos, se asemeja a un teatro en el cual, al mismo tiempo, se desenvolviesen en tres escenarios diferentes entre sí, tres distintas obras. Por un lado, está en cartelera una comedia de enredos desastrosa, donde el grotesco se acompasa bien con la índole de los personajes subidos a la escena. Por el otro, hay un estrado que le ha sido reservado al presidente de la Nación con el propósito de que allí, frente a la ciudadanía que lo mira expectante, desarrolle sus monólogos, precisos algunos y desmesurados otros. Por último, también hay una tarima en donde el colectivo oficialista y las banderías opositoras cruzan aceros o forjan acuerdos sin solución de continuidad.

Si el triángulo de oro -para copiar la definición que acaba de hacer Javier Milei respecto de la estructura decisoria del gobierno- pensó alguna vez que la votación capaz de consagrar a Ariel Lijo y Manuel García Mansilla como ministros de la Corte Suprema de la Nación sería apenas un trámite, se equivocó de medio a medio. En realidad el presidente y sus dos todopoderosos laderos -Karina y Santiago Caputo- se han metido en un verdadero berenjenal del cual no saben bien de qué manera salir indemnes.

En nuestro país ha sido una constante -común a las distintas administraciones que pasaron por la Casa Rosada, de setenta años a la fecha- utilizar en provecho propio las cajas de jubilados y pensionados. Echar mano a éstas con el propósito de incrementar el gasto público fue una metodología que inauguró Juan Domingo Perón en el curso de su segunda presidencia y que luego, con diferentes matices, copiaron los gobiernos que le continuaron. Por supuesto, los únicos perjudicados resultaron aquellos que habían aportado durante toda su vida laboral y, de buenas a primeras, se toparon con una realidad de suyo cruel.

El sonado escándalo protagonizado por Alberto Fernández tuvo tal resonancia en los medios de comunicación clásicos y en todas las redes que -por lógica consecuencia- relegó a un segundo o tercer lugar a otras cuestiones de singular importancia. Desde que tomó estado público la inaudita violencia que aquél ejerció durante años a expensas de Fabiola Yánez, los pliegos de Ariel Lijo y de Manuel García Mansilla -candidatos propuestos por el gobierno para integrar la Suprema Corte de Justicia de la Nación- desaparecieron, o poco menos, de la escena, como si fueran asuntos de menor trascendencia.

Comencemos con los perdedores porque el ganador resulta fácil de distinguir y es uno solo. El principal damnificado de los dos escándalos que sacuden con desigual intensidad y cobertura periodística al país de los argentinos -el referido a los seguros y el de la violencia sexual de la cual fue víctima Fabiola Yáñez- es, sin duda, Alberto Fernández. Convertido, más allá de cuanto dicte la Justicia en uno y otro caso, en el único muerto social y político que se recuerde en décadas en nuestro país, sus próximos años habrán de transcurrir en la cárcel o en el ostracismo. Hay acciones de las que no se vuelve.

Sucedió lo que estaba cantado desde antiguo. Las elecciones venezolanas se iban a substanciar porque el régimen chavista -aun con toda la fuerza que es capaz de ejercer- no se hallaba en condiciones de suspenderlas. Era claro que el espacio opositor se impondría al oficialismo por un margen bien amplio y eso lo sabía todo el mundo. Razón de más -en atención a la diferencia de fuerzas que acreditaban las dos banderías en pugna- para anticipar lo que pasaría. Nicolás Maduro y la nomenklatura del régimen no podían aceptar de manera pasiva que el poder se les escurriese de las manos y, de buenas a primeras, se encontrasen el domingo a la noche, terminados de contar los votos, en un avión con rumbo a Cuba o a Rusia.

Los cánticos de Enzo Fernández y de algunos de sus compañeros del Seleccionado de fútbol no debieron pasar a mayores. En épocas idas, nadie hubiese reparado en ellos y a nadie se le hubiese ocurrido sancionar a un jugador y menos transformar su travesura verbal -que eso fue- en una cuestión de Estado, o poco menos. Claro, los tiempos han cambiado y el progresismo planetario se ha hecho cada vez más exigente en eso de combatir toda forma de discriminación, por inocente que esta sea.

La fiesta del pueblo fue, como todas las que se originan en espectáculos de carácter deportivo, efímera. El pasado día domingo buena parte de los argentinos sólo hablamos de fútbol. Todos, en mayor o menor medida, opinamos respecto del seleccionado nacional como si fuéramos a reemplazar a Scaloni. En el fondo, somos directores técnicos en potencia. A comienzos de la madrugada del lunes los festejos -algo menos efusivos que los inmediatos posteriores a la final disputada en Qatar- cruzaron en diagonal nuestra geografía. Sin distinción de preferencias políticas, el deporte del balón pie nos igualó de una manera que no deja de sorprender. Es en lo único que obramos unidos, olvidándonos por unos instantes de las diferencias que tanto nos cuesta desterrar en otros aspectos.

El Pacto de Mayo -que terminó formalizándose en julio- no ha suscitado mayores expectativas, ni dentro del oficialismo ni tampoco en los diferentes segmentos del arco opositor que aceptaron dar el presente en Tucumán. Como nadie se llama a engaño respecto de su naturaleza -es, después de todo, una expresión de deseos- sólo el futuro curso de los acontecimientos determinará si hay razones para entusiasmarse o no con semejante propuesta. Que las intenciones que lo impulsan son las mejores, y que pocos si acaso alguno de los actores principales de la política criolla podrían hoy ponerse en su contra, es cosa fuera de duda. Pero del dicho al hecho media un trecho, como reza el viejo adagio.

- ¿Y ahora qué? -  El gobierno consiguió finalmente que los dos proyectos claves por los que tanto bregó, se convirtieran en leyes. Luego de negociar día y noche, por espacio de medio año, en las dos cámaras del Congreso Nacional, los libertarios tienen derecho a celebrar una victoria de singular importancia. Como esos proyectos eran la condición necesaria para avanzar en pos de las reformas estructurales de la economía -el núcleo duro del programa de Milei- si acaso hubieran sido trabados o rechazados en bloque por los senadores o los diputados, a esta altura el oficialismo estaría metido en una crisis de magnitud.

A nadie le escapa que el papado es la última monarquía absoluta existente en el mundo occidental. Imaginar, pues, que en el país natal del sumo pontífice un conjunto de curas villeros pueda transformar la ceremonia de la Misa en una suerte de acto de proselitismo peronista sin la anuencia de Francisco es no entender ni la naturaleza del poder de la Santa Sede con asiento en Roma, ni las preferencias ideológicas del sucesor de Pedro, ni tampoco su forma de actuar en la arena política. 

Cualquiera que haya visitado un bazar -poco importa si persa, hindú o árabe- se habrá percatado, a poco de caminar por sus intrincados pasadizos, que allí se pueden hallar los más diversos objetos. Desde especias exóticas hasta alfombras típicas, pasando por joyas elaboradas con elementos autóctonos, libros raros o instrumentos musicales.

El Estado -que tanta tirria le causa a Javier Milei- no es entre nosotros un animal voraz, dispuesto a comerse a la primera de cambios a quienes ocupan ministerios, secretarías, entes autónomos y organismos públicos de todo tipo, tamaño y color. Es, más bien -como lo definió alguien, de manera magistral- una máquina de impedir. De una dimensión elefantiásica, con costos alocados, una cantidad de empleados desproporcionada, una productividad bajísima y tamaña ineficiencia puesta de manifiesto como prestador de servicios básicos, sería un milagro que funcionase cual corresponde y cumpliese con su cometido en tiempo y forma.

Si alguien definió alguna vez a Donald Trump, Jair Bolsonaro y Alberto Fujimori como outsiders, es porque aún no conocían a Javier Milei. Si hay un político al cual le cabe como anillo al dedo la anterior definición, ese es el jefe de los libertarios argentinos. Y no solo en razón de que hizo su irrupción desde fuera de las murallas de la política, sino también por su estilo, sus modales, su lenguaje y su desparpajo a la hora de comunicarse tanto con sus seguidores como con los poderosos de esta Tierra. El presidente está encantado con el personaje que se ha inventado, y se siente en el mejor de los planetas. Por eso, con base en la decisión de la revista Time de elegirlo para su portada, dijo ser el jefe de estado “más popular del mundo”. Puede que sea una exageración -a las que es adicto- pero razones no le faltan.

Para muchos observadores de la realidad internacional, diplomáticos de carrera, escritores, artistas, analistas de distintas tendencias y políticos de esta y aquella orilla del Atlántico, una crisis de proporción inédita -desde las guerras de la Independencia a nuestros días- amenaza agriar las relaciones entre la Madre Patria y el país de los argentinos. El conflicto suscitado a raíz de unas declaraciones de Javier Milei respecto de la mujer del jefe de estado español, no ha hecho más que escalar en los papeles y en los pronunciamientos de los dos gobiernos, hasta topes inimaginables.

Hay una encuesta de reciente factura, debida a CB Consultora, que hace referencia a la imagen de Javier Milei en los veinticuatro principales municipios del Gran Buenos Aires. Lo menos que puede decirse de la misma es que resulta muy sintomática y merece ser analizada con atención por un motivo en particular. Si bien en el balance general los números que arroja son adversos al presidente -el diferencial le es favorable apenas en dos distritos: el de San Isidro y el de Vicente López- lo que llama poderosamente la atención es que, comparado con el anterior sondeo, en quince de los partidos que incluye la muestra la opinión favorable respecto de la persona del presidente -y por lógica consecuencia, de su gobierno- ha crecido.

Con base en el apoyo indisimulado de la mayoría de los gremios del transporte, la medida de fuerza que ha sido anunciada para el próximo jueves por la CGT tendrá un alto grado de acatamiento. Pero el hecho de que en ese día sea notoria la merma de la actividad en las principales ciudades no significa -al menos, no necesariamente- que el paro resulte un éxito político para los Gordos de la central obrera y sus aliados.

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