Si sólo tuviese que explicar la relación con Martínez Sosa y su mujer, y la forma como se orquestó desde la Casa Rosada el gigantesco ilícito de todos conocido, podría especular con que los tiempos de la Justicia criolla al final le permitirían litigar y litigar sin dar con sus huesos en una prisión. Pero quedar asociado a la figura del golpeador lo ha dejado en el infierno más temido. Nadie quiere saber nada de él, transformado ante la opinión pública en un inútil como gobernante, un corrupto como funcionario público y un abusador en su relación con las mujeres. Que el club de sus amores de La Paternal, Argentinos Juniors, lo haya borrado de un plumazo de su lista de socios ilustres, y que sus conmilitones del Grupo de Puebla hicieran otro tanto, no era cosa que pudiese preocuparlo. Que la situación lo obligase a renunciar a la presidencia del PJ y que hasta los integrantes más hipócritas del colectivo progresista nativo, lo crucificasen, tampoco. Lo que lo ha destruido es la reacción de la sociedad, que a partir de ahora le hará la vida imposible si acaso se permite poner un pie fuera del departamento que le presta desde antiguo Pepe Albistur.
La segunda derrotada ha sido Cristina Fernández. Con esa notable capacidad para equivocarse en la elección de las personas, no tuvo mejor idea que elegir a un incompetente para acompañarlo en la fórmula presidencial peronista del año 2019. De la misma forma que se había inclinado antes por Aníbal Fernández como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires -en el mismo momento en que una parte importante del país lo consideraba un aliado del narcotráfico- y se había negado a darle a Florencio Randazzo la oportunidad de dirimir supremacías en una interna en los comicios legislativos del 2021, optó cinco años atrás por Alberto. Esa decisión no fue gratis. Aunque hizo lo imposible por diferenciarse de aquél, ante buena parte de la ciudadanía no sólo es la responsable de haberlo llevado a la Rosada sino que forma parte de una misma asociación ilícita.
En realidad, la Señora se ha quedado sin discurso ni argumentos que esgrimir ante la catarata de críticas que recibe. A su vez, el peso que sus seguidores tienen en el seno del peronismo es cada vez menor. Hoy el kirchnerismo se reduce a La Cámpora y ésta -desde hace rato- es una secta poderosa sólo en el Gran Buenos Aires. Se podrá sostener que en términos electorales el conurbano bonaerense no es poca cosa, y que por algo Axel Kicillof gobierna ese estado provincial. También es verdad que retuvieron semejante bastión porque sus opositores fueron separados a las urnas. Juntos se hubiesen quedado con el sillón de Dardo Rocha sin demasiada dificultad.
La imagen de la ex–presidente está por el piso. La que alguna vez estuvo a la cabeza de las preferencias públicas, en estos momentos se halla en el pelotón del fondo. La idea de que, en una circunstancia tan aciaga para los seguidores de Juan Domingo Perón, ella podría alzar la voz, erigirse en la cabeza indiscutida del movimiento y poner orden en el seno de las tribus que lo conforman, es soñar despierto. Esas facultades están lejos de su alcance, y en buena medida sus silencios y el haberse retirado a cuarteles de invierno, es menos una maniobra táctica que fruto de la convicción de que su liderazgo es cosa del pasado.
Como no podía ser menos, el tercero que ha sufrido los efectos de un torpedo en su línea de flotación ha sido el peronismo. Venía algo destartalado después de su pobrísima performance electoral, aunque se había hecho fuerte en las dos cámaras del Congreso. Sus bloques de senadores y de diputados lucían compactos, a pesar del revés sufrido por Sergio Massa a manos de Javier Milei. Sin embargo, de a poco comenzaron las fugas que es muy probable que -a raíz de cuanto acaba de tomar estado público- se repitan. En realidad ha quedado en evidencia, producto del desastre que le ocasionó la administración de los Fernández, que no hay un peronismo. Los que existen son reinos de taifas dispuestos a sacar tajada y a pactar con el oficialismo libertario, prescindiendo de considerar lo que opine la conducción nacional. Poco o nada tienen en común, por ejemplo, los mandatarios de Tucumán, Salta y Catamarca, con los de Buenos Aires y La Rioja.
Pero hay otra clase de tara de la que el viejo justicialismo no es capaz de desprenderse. ¿Cómo encontrarle una explicación razonable y racional a la actitud que han adoptado casi todos sus dirigentes respecto de la acusación que pesa sobre Fernando Espinoza, el intendente de La Matanza? Sería insensato suponer que lo hacen a propósito, para demostrar que no se abandona a los compañeros caídos en desgracia. Tampoco cabría pensar que no se dan cuenta de la factura que, tarde o temprano, le pasará la sociedad por cerrar filas junto a un procesado por abuso sexual. Con el violador José Alperovich cumpliendo sentencia en el penal de Ezeiza y Alberto Fernández acusado de patear a su ex–mujer cuando estaba embarazada, ¿es posible que no se percaten de que Espinoza representa una manzana podrida de la qué hay que desembarazarse cuanto antes?
¿Quién ganó por goleada? Hasta el más ignorante de los mortales o, si se prefiere, el menos avisado de los argentinos en política, contestaría sin dudarlo y sin errar: Javier Milei. Salta a la vista que en el triunfo que ha obtenido -lo cual no lo desmerece- él no ha tenido arte ni parte. Ha sido enteramente el gigantesco error de un ser tan despreciable como tonto -de lo contrario, hubiese dejado muchas menos constancias de sus actos- y no la inteligencia del presidente de la Nación, lo que le dio a este tamaño espaldarazo. Milei no hizo nada para merecer los laureles que recibió. Con todo, a esta altura poco importa. Lo cierto es que la torpeza e ignominia del kirchnerismo le sirvió en bandeja de plata lo que nadie estaba en condiciones de anticipar.
La reacción del primer magistrado forma parte de su lógica combativa. Aprovechó que sus enemigos le habían dejado picando la pelota en el área chica, sin arquero a la vista, para hacer un gol cantado. Arremetió contra algunos periodistas, contra el socialismo y contra el progresismo en general, de manera furibunda. Cualquier que lo conozca mínimamente sabe que no deja pasar oportunidades de este tipo cuando se le presentan y, además, gratis. Como sea, el libertario sigue sumando puntos valiosos por donde se analice. Ayer, con base en la estrategia montada para enfrentar a Maduro sin medias tintas. Hoy, aprovechándose del cinismo, la corrupción y la inmoralidad del kirchnerismo.
Vicente Massot


Comencemos con los perdedores porque el ganador resulta fácil de distinguir y es uno solo. El principal damnificado de los dos escándalos que sacuden con desigual intensidad y cobertura periodística al país de los argentinos -el referido a los seguros y el de la violencia sexual de la cual fue víctima Fabiola Yáñez- es, sin duda, Alberto Fernández. Convertido, más allá de cuanto dicte la Justicia en uno y otro caso, en el único muerto social y político que se recuerde en décadas en nuestro país, sus próximos años habrán de transcurrir en la cárcel o en el ostracismo. Hay acciones de las que no se vuelve.
