Miércoles, 16 Julio 2025 12:40

El gobierno obligado a recalcular – Por Vicente Massot

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Hay un aspecto saliente del gobierno que no termina de entenderse, que no se corresponde con la lógica más elemental y que lleva a pensar o, mejor aún, a repensar el grado de sensatez con la cual se toman las decisiones de carácter estratégico en la Casa Rosada. Es este: ¿Por qué cargar de insultos a quienes lo han ayudado y de cuyos votos en el Congreso de la Nación depende?

Cabría pensar en una primera respuesta: porque no los van a necesitar más. Pero aun en el supuesto de que La Libertad Avanza llegase a hacer una elección inimaginable en octubre, igual no tendría los números suficientes para llevar adelante las reformas estructurales que le son indispensables. Si en Balcarce 50 leen atentamente la encuesta reciente de CB Consultora y saltan de alegría al tomar conciencia de que de las ocho provincias donde se elegirán senadores -Salta, Chaco, Santiago del Estero, Entre Ríos, Neuquén, Rio Negro, Tierra del Fuego y Capital Federal- llevan la delantera en siete, al mismo tiempo deberían hacer una cuenta elemental: si ése fuese el resultado, pasarían a tener veinte representantes en la cámara alta. Sería un salto extraordinario e insuficiente a la vez. 

Supongamos -al menos, por un momento-que el total de los gobernadores se hubiesen complotado en contra de la administración libertaria con el propósito específico de hacerla trastabillar. Eso -al fin y al cabo- fue lo que dijo -palabras más, palabras menos- el presidente de la Nación, sin distinguir en ningún momento a quienes lo han acompañado hasta aquí sin pedirle demasiado, de aquellos -los kirchneristas, por ejemplo- que sólo piensan en ponerle un palo en la rueda a su gestión. Si el conjunto de los mandatarios provinciales hubiera urdido un plan destituyente o algo por el estilo, alguien en el Poder Ejecutivo debería preguntarse la razón en virtud de la cual un grupo cambió de bando y paso de cerrar filas junto al oficialismo durante los pasados dieciocho meses, a torpedear el superávit fiscal, en menos de lo que canta un gallo.

Nadie -al parecer- fue capaz de otorgarle a Sáenz (Salta), Jaldo (Tucumán), Jalil (Catamarca), Passalacqua (Misiones), Frigerio (Entre Ríos) y Cornejo (Mendoza) el beneficio de la duda. Por lo visto y actuado, era más fácil estigmatizarlos conforme a la matriz del pensamiento mileísta -los que no aceptan órdenes se convierten en enemigos- que sentarse a negociar. El señor Catrasca no lo hubiera hecho peor.

Demos por sentado que realmente fuesen en su conjunto el compendio del mal, ¿por qué Javier Milei manda ahora al único miembro del gobierno con criterio político, el jefe de gabinete Guillermo Francos, a conversar con algunos de los jefes de los estados del interior del país de cara a la imperiosa necesidad de blindar el veto que él fulminase contra los proyectos a los que el Senado acaba de darles la media sanción para convertirlos en ley? Se dirá que la necesidad tiene cara de hereje y -asimilada la derrota- el Poder Ejecutivo carece de una mejor opción. Razonamiento aceptado a condición de reconocer que habría sido más fácil y menos costoso extenderles una oferta razonable, la cual esperaban y nunca llegó. ¿Tan difícil resultaba anticiparse a un resultado cantado adverso en la cámara alta, antes que recibir tamaño cachetazo? La omnipotencia es siempre una mala consejera.

Por último, en una cuestión de semejante trascendencia, ¿qué sentido tiene que la Secretaria General de la Presidencia se corte sin avisar por el lado, Santiago Caputo; por otro, el ministro de Economía elija una tercera senda, y el jefe de gabinete actúe por las suyas. Si todos negocian sin un libreto táctico definido, obtener los resultados deseados estará fuera de su alcance. Da la impresión de que, en la medida en que presidente sólo se encarga de la macroeconomía y se desentiende del resto de los problemas, sus colaboradores más estrechos, que arrastran entre si diferencias indisimulables, obran de manera independiente. En atención a la negociación que se viene con los gobernadores y diputados afines de otros partidos, los caciques libertarios deberán afinar la puntería.

Lo qué pasó, pasó. Se ha abierto, a partir del pasado día jueves cuando finalizó la votación en el Senado, un nuevo capítulo o round -porque ciertamente estamos en medio de una pelea seria- que habrá de substanciarse en la cámara baja del Parlamento. Serán los diputados quienes, en algún momento del mes de agosto, decidirán la suerte de la serie de leyes que Milei vetará en el curso de los próximos días. Mientras tanto, el gobierno buscará ganar tiempo y tratará de convencer a los aliados tácticos de siempre que -una vez más- le presten sus votos.

Con ochenta y siete voluntades dispuestas a respaldarlo, el veto quedará blindado. Pero para hacerlo realidad, la administración libertaria deberá -le guste o no- abrir la billetera y retribuir con creces el salvavidas que estarán dispuestos a tirarle aquellos socios ocasionales. Por de pronto. sería un milagro que a los dos proyectos predilectos de los mandatarios provinciales -que habrán de llegar a la cámara baja antes del fin de julio- los alcance el veto. En la distribución de los ATN y del impuesto a los combustibles, los gobernadores no darán marcha atrás. En cuanto a las jubilaciones y a la discapacidad, hay mucha tela que cortar. Claro que. a los efectos de tener éxito tendrá el gobierno que modificar la torpe estrategia que abrazó sin ton ni son. Un análisis fino, de suyo provisorio, acerca de las posibilidades de recomponer la relación con sus compañeros de ruta extrapartidarios muestra que, en tanto y en cuanto el oficialismo tome asiento en la mesa de negociaciones con una posición de mínima definida, y entienda que para conseguir algo se hace menester ceder en algo, el superávit no sufrirá mella de consideración.

Exageran los que afirman que Javier Milei ha recibido un misil en su línea de flotación. Nada de eso. En realidad, le han entrado una serie de balas -salió perdidoso en las últimas votaciones de las dos cámaras del Congreso, seis veces seguidas-, más debido a su propia incompetencia que a la destreza de sus enemigos. Con todo, para no ceder a la tentación catastrofista y poner distancias de los pronósticos apocalípticos no hay razón para no ponderar la enorme importancia de cuatro datos objetivos; 1) el índice de la inflación recién conocido que se mantiene en el 1,6%. 2) el hecho de que la suba del dólar no se traslada a los precios. 3) que en el mismo momento en que un 70 % de la población reconoce que su capacidad de consumo no le permite sostener o mejorar su calidad de vida, el gobierno recibe la aprobación de casi el 50% de la gente, y 4) que la totalidad de las encuestas dan ganador a La Libertad Avanza. A menos de 60 días de los comicios legislativos que se llevaran a cabo en la provincia de Buenos Aires y a tres meses de las elecciones nacionales, cualquier gobierno celebraría alborozado.

Vicente Massot

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