Como los más se sientan en las gradas a presenciar un espectáculo, y los menos, subidos a un escenario, desempeñan un determinado papel como mejor pueden, lo importante es no desentonar respecto de lo que desea escuchar el auditorio. Los actores pueden decir cualquier barrabasada, insultar a diestra y siniestra, descalificar a sus adversarios inventándoles pecados que no han cometido o adulterar los índices que registran la inflación, el desempleo, la pobreza o la indigencia, sin que a nadie le llame demasiado la atención. No solo pasa esto entre nosotros. Es algo común en la mayoría de las grandes democracias de masas.
Lo expresado antes obliga a andarse con cuidado al momento de ponderar las razones en virtud de las cuales los conjuntos humanos eligen a un determinado candidato en desmedro de otro. En teoría, debería ganar siempre aquel que transparente ante la opinión pública mayores conocimientos respecto de las políticas públicas que piensa ejecutar. El que acredite mejores ante- cedentes en términos de su capacidad para administrar el Estado y, a la vez, resulte intachable en punto a su honestidad. En la práctica, en cambio, ninguno de los requisitos expuestos para ganar la adhesión del electorado tiene la importancia decisiva que uno imagina.
Este breve introito viene a cuento de los comicios que -ininterrumpidamente- se vienen sustanciando desde el pasado mes de abril y que culminarán, a nivel nacional, el 26 de octubre próximo. Si los ignorantes, corruptos, irresponsables y mentirosos no tuviesen lugar alguno en la consideración de los votantes, Gildo Insfrán, Cristina Fernández y Silvio Garbolino -que estaba detenido acusado de estafa, salió libre bajo fianza y ganó las elecciones en Melincué- no tendrían ninguna chance de competir y, mucho menos, de salir airosos en las urnas. Sin embargo, el eterno gobernador de Formosa -lo es desde el año l995- arrasó el domingo en su provincia; la ex–presidente, por su lado, aunque inhabilitada a perpetuidad, mantiene una intención de voto superior a cualquiera de sus conmilitones dentro del peronismo; quien fuera la mano derecha de Martín Insaurralde fue electo intendente de Lomas de Zamora en 2023, y así cabría apuntar a candidatos de todas las variantes partidarias sin un curriculum vitae presentable pero con un prontuario escandaloso, que igual son competitivos.
¿Por qué se consagran las gentes a un político X e incluso lo apoyan sin hacer caso de los vicios que arrastra? ¿Qué es lo que los impulsa a elegirlo a expensas del resto? ¿Tiene más peso la razón que la emoción, o es al revés? ¿Acaso el continente se impone al contenido y la simpatía, los ademanes, la sonrisa y los gestos de los políticos tienen más entidad en el cuarto oscuro que la formación intelectual y la decencia? Preguntas por el estilo se podrían seguir amontonando sin que haya respuestas concluyentes.
Como quiera que sea, lo cierto es que resulta un esfuerzo baldío acercarse al análisis electoral con base en el deber ser. Las cosas son como son y en las democracias de masas sólo valen los votos. Si se tuviesen en cuenta, por ejemplo, los antecedentes de los políticos, Kicillof quedaría descartado por los siglos de los siglos. No obstante, es el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Responsable directo de la estatización de YPF, hecha pasando por encima de la seguridad jurídica, llevándose el mundo por delante, y sin atender a las consecuencias de su decisión —que ahora puede costarle al país la friolera de poco más de U$ 16.000 MM — fue hace dos años el candidato más votado en el principal distrito electoral del país.
Los comicios que se han sustanciado hasta el momento no son un indicador claro si lo que se desea es saber, por anticipado, cuántos diputados y senadores terminarán sumando a su favor los libertarios, el kirchnerismo, los radicales, el Pro y los diferentes partidos provinciales. Tampoco es posible hacer un cálculo -siquiera aproximado- de cuál de las fuerzas que dirimirán supremacías en octubre conseguirá mayor cantidad de votos. Son tantas las posibilidades y tantas las incógnitas —todavía no sabemos quiénes encabezaran las listas de cada bandería, ni en septiembre ni en octubre- que no corresponde meterse en esas honduras.
Lo que hay que tener presente es que estos comicios determinaran: 1) cuál es el partido o la alianza que a simple pluralidad de sufragios —tomando el país como distrito único— ha sido el más votado; 2) cuántos diputados y cuántos senadores habrá ganado o perdido cada uno de ellos; y 3) quien alzará la copa en la provincia de Buenos Aires. En principio, las mencionadas son otras tres formas de medir los resultados, si bien no todas tienen el mismo calibre. Si los libertarios, por ejemplo, fuesen los más votados pero perdiesen a manos del peronismo en el territorio bonaerense, su victoria le serviría de poco o nada. Inversamente, si obtuviesen un triunfo a costas del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, y en términos de sufragios a nivel general llegasen segundos, tendrían razones de sobra para festejar.
De lo escrito antes se sigue que en octubre habrá dos resultados decisivos y otro decorativo. A diferencia de una pulseada presidencial, contar los votos de todas las provincias para determinar cuál es la fuerza dominante, es apenas un ejercicio estadístico. No define nada porque ése no es el propósito de la elección. Las que están en juego son bancas que se renuevan por tercios en el caso de los senadores y por la mitad en el caso de los diputados. Y por una peculiaridad argentina -la incidencia que tiene políticamente la provincia de Buenos Aires- lo que suceda en este distrito adquiere una dimensión especial.
De modo tal que el determinar quién gano y quien perdió no siempre es fácil. Salvo
-claro- que un partido sume más representantes en las dos cámaras de los que tenía y, además, se suba a lo más alto del podio en la provincia que hoy gobierna Axel Kicillof. El único en condiciones de lograrlo es La Libertad Avanza, por una serie de razones que merecen ser enumeradas. Cualquier oficialismo en Suiza perdería las elecciones, antes que se sustanciaran, si el índice de la inflación mensual fuese de 1,5 %. En nuestro país, en cambio, esa cota representa la mejor carta de presentación electoral. Por otra parte, la mayoría de las encuestas pone de manifiesto que son mayoría los que piensan que la crisis argentina es responsabilidad del kirchnerismo.
El tercer motivo es la falta de un candidato peronista movilizador, que arrastre voluntades al por mayor en Buenos Aires, como en su momento fueron los Kirchner. Por último, sigue intacta la adhesión masiva que genera Javier Milei en el electorado que revista entre 18 años y 30 años. El presidente podrá insultar, despotricar y maltratar a sus oponentes, pero nada de eso será determinante a la hora de entrar al cuarto oscuro.
Vicente Massot


En una democracia de espectadores -donde los políticos son los actores principales- cada vez interesan menos las ideas que se exponen, los argumentos que se levantan para defender una determinada posición ideológica o los títulos que la clase partidocrática es capaz de exhibir para justificar su derecho a ser elegida y gobernar.
