Viernes, 23 May 2025 09:00

Goles son amores – Por Vicente Massot

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Que -por las razones que fueran- más de 40 % del padrón electoral de la capital de la república no se haya molestado en ir a votar, nada quita de lustre al triunfo de Manuel Adorni. El fenómeno no es producto de la perversidad populista ni de la ignorancia de las masas ni tampoco de la poca consistencia de los partidos. La explicación es mucho más sencilla, aunque disguste a los bien pensantes: cada día hay más personas hartas de los políticos, que pregonan una cosa y hacen otra, sin rendir cuentas y sin la menor vergüenza.

Podrán rasgarse las vestiduras quienes insisten en creer que una retracción tan notoria a la hora de hacerse presente en el cuarto oscuro pone en tela de juicio a la democracia. Pero antes deberían reconocer que ha sido la versión criolla de esa democracia la que, desde l983 a 2024, ha llevado al país a la catástrofe que heredó la administración de Javier Milei. 

Más allá de estos y otros lamentos por el estilo, goles son amores. En eso, las urnas y el fútbol quedan hermanados. Salió airoso quien obtuvo mayor número de sufragios, y perdieron -cierto que en diferente medida- todos los demás. Lo cual, bien mirado, no es algo tan común. Cuanto sucede, de ordinario, cuando son tantas las listas que se presentan -el domingo pasado sumaron 17- es que, una vez conocidos los resultados finales, cabe distinguir con claridad a los ganadores, en plural, de los perdedores. A diferencia de comicios legislativos anteriores, hace cuarenta y ocho horas, en la Reina del Plata, uno solo de los candidatos tuvo razones suficientes para festejar. Los demás, o bien hicieron un papelón, o apenas se salvaron del incendio.

La virtual interna abierta entre el oficialismo nacional y el Pro dejó en evidencia que la relación de fuerzas en favor de los libertarios resulta abrumadora. Un par de números sirven como ejemplo superlativo de lo dicho: el macrismo salió tercero en un bastión en el cual era imbatible, no fue capaz de triunfar en una sola comuna de CABA y perdió más de 28 % de su tribu respecto de las elecciones del mismo tipo del año 2023. Sostener, pues, que su estado es terminal, no representa una exageración ni mucho menos. Los primos Mauricio y Jorge apostaron, guiados por su asesor de campaña catalán -que entre nosotros, fracasó siempre- a todo o nada, y ahora han quedado a la intemperie. Deberán aceptar resignados a partir de hoy que comience una fuga de dirigentes amarillos hacia las tiendas mileístas, y están condenados a hacer las veces de furgón de cola de La Libertad Avanza en octubre, cuando se libre -una vez más- la madre de todas las batallas en el territorio bonaerense.

El problema que enfrenta el Pro, al igual que la Coalición Cívica y el radicalismo, no reside en lo que vayan a obrar en las próximas semanas o meses, después de digerir de la mejor manera posible las estruendosas derrotas que cosecharon, dirigentes tales como Elisa Carrió, Martín Lousteau, María Eugenia Vidal y cientos otros a escala nacional, provincial y municipal de esas agrupaciones. Es irrelevante porque ha quedado al descubierto su falta de votos. Son cas- carones vacíos con muchos caciques y pocos indios. Si ceden a la tentación de forjar una versión devaluada de Cambiemos es muy probable que en octubre la polarización los termine de borrar del mapa. Fuera de esta opción, estarán en libertad de retirarse a cuarteles de invierno y no competir, o tendrán que aceptar las condiciones que habrán de imponerles -con más o menos misericordia- Karina Milei y Sebastián Pareja.

A esta altura, nadie duda de cuál será la postura de los principales integrantes del Pro en la provincia de Buenos Aires. Son legión los que claman por cerrar un acuerdo con los libertarios, en las condiciones que sea. No echarse en brazos de los Milei -que seguramente les harán lugar en las listas que competirán en los meses de septiembre y octubre- representaría un suicidio. Algo que -de más está decirlo- ninguno de los intendentes y diputados que tienen mu- cho que perder si persisten en vestirse de amarillo, está dispuesto a hacer. Rifar el futuro por lealtad a un partido en disolución carece de sentido. No se trata de traición al espacio al que sirvieron durante tantos años. Se trata, sencillamente, de sentido común e instinto de sobrevivencia político. Cristián Ritondo, Diego Santilli, Diego Valenzuela y el lord mayor de Mar del Plata lo han entendido a la perfección.

El escenario parecía montado para que el peronismo se impusiese a simple pluralidad de sufragios, por vez primera desde aquella célebre elección de Antonio Erman González ganándole a Marta Mercader. Con sus adversarios divididos y sin el lastre del kirchnerismo duro a cuestas, existían motivos valederos para que los candidatos nucleados en torno a las banderas de Ahora Buenos Aires alentasen esperanzas. Por momentos, y al calor de la mayoría de las encuestas que lo ponían al tope de las preferencias de la gente, Leandro Santoro creyó que estaba a punto de dar el batacazo. Sin embargo no sólo salió segundo sino que no movió el amperímetro respecto del porcentaje que tradicionalmente ha obtenido el PJ. Las caras de velorio el domingo a la no- che en su bunker, eran similares a las de los próceres del Pro en el mismo momento.

El único que -fuera de Adorni- se permitió festejar como si hubiese ganado, fue Horacio Rodríguez Larreta. Las razones de tanta algarabía, él solo las conocerá. De candidato presidencial fallido saltó -sin escalas intermedias- a dar batalla por un insignificante puesto en la legislatura porteña. Pero la ciudad que venía de gobernar durante ocho años le dio la espalda. Sacó un pobrísimo 8 % y llegó cuarto cómodo.

Si alguien imaginaba que el escándalo de las criptomonedas y la equívoca actitud del oficialismo nacional en la votación del proyecto de ley de Ficha Limpia iba a tener una incidencia manifiesta en el ánimo de los votantes, y por consiguiente mellaría las posibilidades de que La Libertad Avanza realizase una buena elección, se equivocó de medio a medio. Para el periodismo aquéllos son temas esenciales y bien está que así sea. En el cuarto oscuro, en cambio, importaron poco o nada.

Fuera de lo ya analizado hay otros dos datos que saltan a la vista de la elección reciente, que es menester tomar en consideración para calibrar lo que puede suceder en los comicios que se nos vienen encima: por un lado, que el contrato de adhesión de un sector de la población relevante con la figura de Javier Milei sigue intacto; por el otro, que la baja en el índice de la inflación sigue siendo la carta más poderosa que poseen los libertarios. Si el país dentro de cinco meses marchase a las urnas con un índice ubicado por debajo de 2 % -algo que, en el actual marco macroeconómico, está casi asegurado- la victoria del gobierno bien podría ser de campanillas.

Vicente Massot

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