Miércoles, 26 Marzo 2025 11:23

Lo accidental y lo esencial – Por Vicente Massot

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Tratemos de imaginar en qué berenjenal estaría metido el gobierno si, por cumplir de manera estricta con los mandamientos institucionales, hubiese sometido a discusión el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la cámara alta del Congreso nacional.

El kirchnerismo, con unos pocos aliados de la bancada radical que responde a Martín Lousteau, habría puesto en tela de juicio las negociaciones que lleva adelante el equipo de Luis Caputo vis à vis el staff que responde a Kristalina Giorgieva, prolongado la discusión más de lo necesario y, finalmente, habría tratado de darle un golpe de KO al oficialismo. Ni hablar de la repercusión sobre los mercados. Si, ante la incertidumbre de lo que se ha acordado, en las últimas semanas el dólar hizo ruido y subió el riesgo país, una derrota legislativa podría haber resultado letal para la administración libertaria. 

Columbrar los riesgos que implicaba llevar el debate al recinto de los senadores era algo simple. Se necesitaba un mínimo de sentido común y un conocimiento del ADN kirchnerista. Milei sabía de sobra el calvario que le esperaba si daba el paso que le pedía el coro de los bien- pensantes. No les hizo caso, por supuesto, y se alzó con una nueva victoria. Como en tantas oportunidades anteriores, repitió el libreto de blindar un DNU con base en las alianzas que en quince meses de su gestión ha sabido tejer de manera magistral en la cámara baja. Si se admite una expresión tribunera, cabría decir que el presidente los tiene de hijos a sus adversarios. En eso de plantearles batallas estratégicas y llenarles la cara de dedos, hasta aquí ha demostrado ser un experto. Cuando ha sufrido algún traspié de consideración -que se cuentan con los dedos de una mano- siempre ha sido menos por la capacidad de sus enemigos declarados que por los errores propios.

El viernes pasado, en paralelo con la decisión tomada por la CGT de realizar el próximo 10 de abril un paro de actividades en contra del gobierno, Hugo Moyano, que había solicitado un aumento para su gremio de 10 % correspondiente al trimestre marzo-mayo, terminó por aceptar -en correspondencia con la pauta oficial- apenas un 1% mensual. Aunque el anuncio de los popes sindicales haya recibido un tratamiento en la prensa mucho mayor que la aceptación del líder de los camioneros, en términos de importancia no hay punto de comparación entre uno y otro hecho. Las huelgas sólo sirven para quitarle productividad al aparato económico del país, pero no le hacen cosquilla ninguna al gobierno. En cambio, la forma en que retrocedió Moyano -de lejos, el gremialista más poderoso del país- trasparenta hasta qué punto es consciente de que con este gobierno no se juega.

Mientras los jefes de los partidos o movimientos de más envergadura electoral no ganan para sustos, Milei sufre el corcoveo de los mercados, impacientes por conocer los detalles de cuanto recién se hará público a mediados de abril, si damos en la palabra presidencial. Nada que lo asuste o le quite el sueño al prime magistrado. Sólo deberá esperar a que el directorio del Fondo apruebe el programa de facilidades extendidas -cosa que se puede dar por hecho- para que las pequeñas turbulencias de las últimas dos semanas en punto al tipo de cambio y a la venta de dólares por parte del Banco Central pierdan fuerza y se diluyan casi sin dejar rastros.

A diferencia del jefe de Estado, Cristina Kirchner tiene por delante problemas que la aquejan y que carecen de solución. Por un lado, están las causas judiciales que no la dejan dormir desde hace rato: Vialidad, Hotesur, Irán y Cuadernos, a las que deberá sumarse su declaración jurada de bienes de años pasados -a todas luces, falsa- que se halla bajo investigación. Por el otro, está el desgajamiento de la principal fuerza con la que cuenta: la bancada de senadores de la Unión por la Patria. Así como en noviembre había perdido a Carlos Mauricio Espínola, Guillermo Snopek, María Catafamo y Edgardo Kueider, ahora se acaban de marchar, sin pedirle permiso, Carolina Moisés, Fernando Regal, Guillermo Andrade y Fernando Salino. La declaración efectuada por estos últimos acerca de su lealtad a los principios del peronismo, y a su voluntad de seguir trabajando con sus pares de la Unión por la Patria, no la cree nadie. Pero los vientos de fronda no se circunscriben, ni mucho menos, a lo que sucede en la cámara alta. La airada reacción de la viuda de Kirchner llevada en contra de los diputados que saltaron el cerco partidario y votaron junto a los libertarios para blindar el DNU, habla a las claras de la dimensión de la fractura que aqueja al otrora sólido kirchnerismo.

De alguna manera, la fuga de los senadores y diputados antes citados se corresponde con la determinación que ya han tomado Chaco, Santa Fe, Salta, CABA y San Luis, de desdoblar sus respectivas elecciones provinciales, de los comicios nacionales que se substanciarán el 20 de octubre. No quiere decir esto que aquellos representantes del peronismo hayan labrado un pacto, o cosa por el estilo, con los mandatarios provinciales que decidieron separar unos comicios de otros. En rigor, apunta a lo siguiente: a medida que se acerca el momento de desempolvar las urnas, la mayoría de los actores políticos perciben que el oficialismo lleva las de ganar en octubre. Por lo tanto, desean cubrirse a tiempo y ponerse a distancia de los derrotados. Nadie en su sano juicio hubiera tomado semejante camino dentro del justicialismo en los años dorados del mene- mismo o del kirchnerismo. Pero, en los tiempos de las vacas flacas, abandonar el barco antes de hundirse es imprescindible, salvo para los suicidas. Sobre el particular parecen razonar de la misma manera gobernadores del PJ -incluido Axel Kicillof-, del radicalismo, y del Pro. De lo contrario, cómo explicar la decisión de Pullaro, Poggi, Zdero y Jorge Macri.

‘Se encienden alertas en la economía’; ‘el oficialismo camina por un desfiladero’; ‘los libertarios exhiben un triunfalismo sin fundamento’; ‘el gobierno ha entrado en una espiral descendente’, y tantas otras visiones tremendistas -repetidas hasta el hartazgo por los principales columnistas políticos del país- harían creer que Javier Milei camina por arenas movedizas que en cualquier momento, a la primera de cambios, pueden tragárselo. Cuesta trabajo entender cuál es la lógica que aplican en sus análisis. Por supuesto que, al cabo del año y tres meses de gestión, un cierto desgaste resulta indisimulable. Raro sería que los índices de respaldo fueran idénticos a los de enero de 2024. Natural es que mermen en atención a los costos que llevan a cuestas todos los planes de ajuste y las políticas de shock. Sin embargo, en comparación con sus adversarios y enemigos, las diferencias en favor del oficialismo son kilométricas.

En la Casa Rosada esperan con ansiedad la homologación del programa de facilidades extendidas del Fondo Monetario Internacional, que significará un antes y un después en el derrotero mileista. Tanto más si se confirma la versión, adelantada por la agencia Bloomberg, de que el monto que recibiría el país ascendería a U$ 20.000 MM: U$ 12.000 MM para el repago de la deuda contraída con el organismo de crédito, y los restantes U$ 8.000 MM como reserva estratégica para, en caso de necesidad, intervenir en el mercado de cambios. En el contexto que se mueve el país, a raíz del propósito revolucionario que impulsa el presidente, nunca habrá que perder de vista la distinción entre lo accidental -por relampagueante que ello sea- de lo esencial. La multitudinaria manifestación del lunes, por ejemplo, no movió el amperímetro. Fue tapa de todos los diarios y motivó comentarios sin fin en los programas de la televisión. Se dijeron las mismas cosas de los últimos cuarenta años. Lo único que cambió radicalmente fue el discurso oficial. Pero por ahí no pasa el meridiano de la política. Tampoco -por deshumanizado que parezca- por cómo evoluciona la salud del fotógrafo Grillo, ni la del Papa. Las marchas de los jubilados, como la inundación de la ciudad de Bahía Blanca y la votación en el Senado de las candidaturas de Ariel Lijo y Manuel García Mansilla serán más o menos importantes, pero ninguno de esos temas es decisivo. De aquí a octubre hay que mirar la inflación y la letra fina del acuerdo con el FMI. Lo demás, todo lo demás -salvo que ocurra una catástrofe natural o se produzca una crisis económica a nivel mundial- será secundario.

Vicente Massot

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