Pero es conveniente no caer en la tentación -muy común en casos semejantes a este- de confundir una tempestad oceánica con una oleada en el canal Maldonado. Hay un abismo entre un mar y una palangana. A medida que transcurran los días las aguas irán bajando, los ánimos no estarán tan caldeados y lo que hasta ayer amenazaba con ser un rompimiento definitivo o poco menos, quedará en la historia como un traspié en el derrotero común de ambos países. Nada de vital importancia cambiará por efecto de la irresponsabilidad manifiesta del socialismo español y la desmesura verbal del presidente argentino. Imaginar que, de resultas de sus marcadas diferencias, perderemos mercados o seremos dejados de lado por la comunidad de naciones es no entender por dónde pasa el meridiano de la política. Los empresarios de la península que se reunieron con Javier Milei en Madrid y luego publicaron un comunicado de repudio a sus parrafadas en el acto de Vox no dejarán de invertir en a Argentina, si les conviniese hacerlo, por miedo a Pedro Sánchez. Y si acaso éste llevase el caso al seno de la Unión Europea, no correría peligro la integración comercial del Mercosur con el bloque del viejo continente en virtud de la ofensa a Begoña Gómez. Hay razones de infinito mayor peso que explican por qué Francia, Polonia e Irlanda, entre otras naciones, no están dispuestas a avanzar en un tema tan importante. En resumidas cuentas, conviene bajarle el tono a una disputa en la que ninguno de los contendientes -por llamarlos de alguna manera- está en condiciones de ofenderse .
Si fuese pertinente desandar la historia para determinar quién comenzó la beligerancia, habría que culpar al líder socialista. Los datos matan el relato, por mucho que les disguste a los bienpensantes que, en masa, han salido a criticar a Milei. Y no es que le falten culpas al argentino, como que el pleito no lo inició él. En plena campaña electoral en estas playas, Sánchez hizo un anuncio público en donde, al par de quebrar una lanza en favor de Sergio Massa, cargó en contra de Milei de manera inequívoca. Si eso no se considera una intromisión indebida en los asuntos internos de otro estado, que baje San Pedro y nos lo explique. Más tarde, un ministro del PSOE se permitió acusar al jefe de Estado libertario de drogadicto y -como si ello no bastase- una segunda miembro del gabinete de Sánchez le enrostró su talante antidemocrático. Hubiese sido de desear que Milei no viajase a España para participar en el cónclave organizado por Vox. Una cosa era llegar hasta allá en calidad de candidato presidencial -cosa que hizo el año pasado- y otra -bien diferente- era confraternizar in situ con los partidos de la derecha del mundo, como primer magistrado de la República Argentina. En eso debió seguir los pasos de Giorgia Meloni y de Víctor Orban que se cuidaron mucho de viajar a Madrid. Prefirieron mandar un mensaje televisado para evitar rispideces con el gobierno de izquierdas. No ocultaron sus simpatías y no dejaron lugar a dudas respecto de cuáles son los valores que defienden y los aliados que eligen pero al mismo tiempo obraron de acuerdo a la conducta que prescribe la diplomacia. Como quiera que sea, Javier Milei, que en su momento no había contestado los agravios que le revoleó por la cabeza el estado mayor socialista, se fue de boca y eligió mal su blanco. En un par de meses nadie se acordará del asunto, aun en el supuesto de que España rompa relaciones con nuestro país.
Mientras tanto, aquí continúan, sin prisa y sin pausa, las negociaciones concernientes a la ley ómnibus y el pacto fiscal que -si no están estancadas- se arrastran con parsimonia. En parte, por la incompetencia de los responsables de llevarlas adelante y -básicamente- en virtud de las acusadas diferencias que existen entre el oficialismo y el variopinto arco opositor. Algo de torpeza hay -sin duda- por la desorganización de sus equipos, en el elenco que comanda Guillermo Francos. El haberla dejado de lado a Victoria Villarruel para acto seguido, cuando arreciaron las dificultades, convocarla de urgencia a los efectos de que se sumase a la mesa que tiene la responsabilidad de llegar a un acuerdo con los radicales, el Pro, algunos independientes y también algunos senadores del peronismo, da la pauta de la improvisación libertaria. Sin embargo, el meollo de la cuestión reside en el hecho de que conciliar posiciones tan divergentes es tarea harto complicada. Algo -dicho sea de paso- sobre lo cual ya había advertido la vicepresidente antes de que el proyecto con media sanción llegase a la cámara alta. Por supuesto, su alerta temprana no fue tenida en cuenta por la inocultable tensión hallable entre los dos miembros de la fórmula presidencial ganadora en el pasado mes de noviembre.
Parece poco probable que las discusiones se estanquen, el acuerdo naufrague y, en consecuencia, el gobierno se quede sin el basamento jurídico para poner en marcha con pergaminos más sólidos que un simple DNU, las tan anheladas y anunciadas reformas estructurales. A esta altura podría decirse que, casi con seguridad, dos cosas se dibujan en el horizonte: 1) que el gobierno contará con las leyes que se hallan en danza, aun cuando la sanción definitiva todavía tarde y se requiera volver a la Cámara de Diputados para finalizar el trámite legislativo, y 2) que del conjunto normativo moldeado por el oficialismo a comienzos de su gestión, saldrá indemne del recinto parlamentario la mitad, poco más o menos. La Casa Rosada y el Palacio de Hacienda deberán conformarse con lo posible. Lo ideal quedará para más adelante, en el mejor de los casos. Si será de utilidad para poner en marcha la revolución que planea realizar Javier Milei, es un tema abierto a debate. Por de pronto, el capítulo laboral quedó tan mutilado en la Cámara de Diputados que, si se repitiese el mismo esmerilamiento en otros rubros, los cambios correrían el riesgo de resultar pura cosmética. Ello sería producto, por un lado, de la escasa envergadura de las bancadas libertarias. Por el otro, debido a la reticencia de la oposición dialoguista para acompañar aquellas reformas como corresponde. Sirvan, a manera de ejemplos, dos casos: el de Yacimientos Carboníferos Fiscales y el de Aerolíneas Argentinas. El costo fiscal anual de esas dos compañías -deficitarias por donde se las analice- y sin solución en la medida que permanezcan en la órbita estatal, supera los U$1.000MM. Sin embargo, en la cámara alta siguen dando vueltas y poniéndole palos en la rueda al gobierno por su resistencia a privatizarlas. Milei debe gobernar, e intenta obrar un giro copernicano en términos de la economía argentina, con aliados circunstanciales que atrasan cincuenta años y, en muchos casos, están más cerca de las viejas recetas estatistas que del capitalismo de mercado. Nada que deba reprocharse a la UCR y a las bancadas federales, cuya mentalidad poco tiene que ver con el credo mileista. Como se estila decir hoy: es lo que hay. Pero, al propio tiempo, pone de manifiesto los límites y las dificultades que enfrentará el gobierno.
Vicente Massot


Para muchos observadores de la realidad internacional, diplomáticos de carrera, escritores, artistas, analistas de distintas tendencias y políticos de esta y aquella orilla del Atlántico, una crisis de proporción inédita -desde las guerras de la Independencia a nuestros días- amenaza agriar las relaciones entre la Madre Patria y el país de los argentinos. El conflicto suscitado a raíz de unas declaraciones de Javier Milei respecto de la mujer del jefe de estado español, no ha hecho más que escalar en los papeles y en los pronunciamientos de los dos gobiernos, hasta topes inimaginables.
