¿Quién se acuerda de Nicolás Posse o de Osvaldo Giordano, aquel titular de la ANSES que pagó caro por el voto de su mujer en contra la ley Ómnibus? La verdad sea dicha, la ex–canciller había sido puesta en la lista negra de la Casa Rosada desde antiguo. Ella lo sabía y trató infructuosamente de reposicionarse ante los ojos del presidente. Pero le fue imposible. Ya no contaba con la confianza de este, y ni su hermana ni tampoco Santiago Caputo la querían demasiado. Más allá de si le tendieron una trampa que no supo ver o si no consultó con quien correspondía hacerlo, lo cierto es que su salida del ministerio merece un comentario menos por la manera como se manejó el voto argentino en la ONU, que por las formas de elegir y de despedir a sus colaboradores que caracterizan al jefe del Estado.
Mondino es una economista de fuste, lo que no significa que estuviese capacitada para manejar las relaciones exteriores del país. La decisión de Milei de ofrecerle el puesto fue producto del reconocimiento a su trayectoria universitaria y a su inteligente defensa de los valores del capitalismo, el libre mercado, el equilibrio fiscal y demás temas del panteón ideológico liberal. El cargo le quedaba grande, como le ha sucedido a tantos de sus antecesores -Juan B. Martin, Adolfo Vignes, Carlos Washington Pastor, Rafael Bielsa, Felipe Sola y Santiago Cafiero, entre otros. Lo mismo pasa con Gerardo Werthein, un experto en el deporte olímpico y colaborador importante en la campaña libertaria.
Del manejo de la política exterior, sus conocimientos son nulos. Ello no implica que vaya a fracasar, aunque comienza su gestión con un déficit indisimulable. De lo contrario, cualquier improvisado podría asumir una responsabilidad pública y tener las mismas posibilidades de triunfar que un experto. A Diana Mondino la escogió Milei por las comunes preferencias en materia económica y la eyectó de su puesto, sin miramientos, no porque se hubiese equivocado en punto al embargo a Cuba discutido en el seno de la ONU, sino porque su enamoramiento con los Estados Unidos e Israel lo obnubilan. En su afán desmesurado de hacer bien los deberes de cara al gigante del norte, la ideología que guía sus acciones desplaza al realismo. En cuanto al empresario que se sentará en el sillón que alguna vez ocupó Saavedra Lamas, fue a Washington y ahora a la Cancillería menos por su apasionado liberalismo -que no se le conoce- ni por su oposición al kirchnerismo -del que resultó fervoroso adherente- que por la generosidad de su billetera a la hora de financiar una campaña sin demasiados recursos.
Como quiera que sea el gobierno, a la espera de los resultados de los comicios estadounidenses, sigue cosechando éxitos en el terreno económico y debe sobrellevar las amenazas que le llegan desde el Congreso. La competencia en la que se hallan empeñados Donald Trump y Kamala Harris puede que no le quite el sueño en razón de que nuestro país, para la primera potencia mundial, es insignificante o poco menos. En un momento en el que Washington tiene que ocuparse - tanto sea demócrata o republicana la nueva administración- de la guerra entre Rusia y Ucrania y, de manera especial, del conflicto del Medio Oriente, suponer que alguien estará pendiente de la Argentina, es no entender por dónde pasa el meridiano de la política planetaria.
La razón por la cual Trump es el favorito de los libertarios reside en la comunión de ideas en materia cultural e internacional -no así en términos del comercio, dado el conocido proteccionismo de aquél- y por la simpatía que se ha generado entre Milei y el candidato republicano. Esto último -imaginan los libertarios- podría disparar un apoyo de EEUU en el directorio del Fondo Monetario Internacional, lo que sería una bendición para Luis Caputo y su staff.
Mientras en el Palacio de Hacienda aguardan con inquietud lo que pase en aquellas elecciones, se felicitan por: 1) la casi seguridad de que la inflación del mes de octubre arrojará un número inferior a 3 %; 2) la certeza de que el superávit energético que aportará el sector energético en 2025 será de unos U$ 8.000 MM; 3) el hecho de que la recesión, de acuerdo a todos los índices conocidos en el curso de los últimos días, ha quedado atrás; 4) la deriva del riego país, y 5) el resultado que ha tenido hasta la fecha el blanqueo.
En el momento en que el oficialismo más va a necesitar la ayuda de las bancadas del Pro y la UCR dialoguista -para llamarla de alguna manera- hete aquí que al presidente no se le ocurrió una mejor idea que embestir de manera desfogada contra la figura de Raúl Alfonsín. La ocasión que eligió para meterse con el radical reverenciado por su partido y considerado -no sin exageración- como el “padre de la democracia”, fue en la ciudad de Córdoba, durante un evento organizado por la Fundación Mediterránea. Nada indicaba que el orador excluyente de la jornada fuera a pasarse de revoluciones, pero sucedió precisamente eso. Mas allá de si cargar de tal manera contra el político nacido en Chascomús resulto injusto -algo que admite abrirse a debate- lo cierto es que fue innecesariamente provocativo.
¿Era menester descalificar así a un ex–presidente muerto? ¿Ganaba algo Milei con ello? -La respuesta a una y otra pregunta es un no rotundo. Si lo que deseaba era darle argumentos a la capilla liderada por Lousteau y Manes, frente al sector que lidera Rodrigo de Loredo, lo consiguió con creces. En vísperas de una votación en donde la Unión por la Patria, Encuentro Federal y Democracia para Siempre suman 127 voluntades -suficientes a los efectos de modificar la ley vigente que reglamenta el procedimiento para validar los DNU- Milei pecó por exceso. Hasta hoy las acusaciones desfogadas que ha enderezado en contra de partidos, diputados y senadores aliados, no tuvieron consecuencias mayores para los libertarios. Sin embargo todo tiene un límite, y repetir sin solución de continuidad un mismo discurso descalificador, no es una estrategia inteligente. La suerte un día puede dársele vuelta y jugarle una mala pasada.
Basta pasar revista a los múltiples decretos de necesidad y urgencia generados por Néstor Kirchner (191), su mujer (81) y Alberto Fernández (179), para caer en la cuenta de que el peronismo debería llamarse a silencio. Y también parecería justo que el líder de Encuentro Federal, Miguel Pichetto, siguiese idéntico camino. Que se sepa, no abrió la boca una sola vez respecto de los DNU cuando llevaba la voz cantante en el Senado y obedecía -sin chistar- las órdenes del matrimonio Kirchner. Es claro -por donde se lo mire- que el deseo opositor, pretextando defender la seguridad jurídica y la calidad institucional, apunta a esmerilar a la administración libertaria hasta donde resulte posible. No hay razones para pensar que se hayan puesto de acuerdo y formen parte de un plan destituyente. No obstante, por diferentes motivos y tomando en consideración la pulseada electoral del año que viene, creen que hay que ponerle palos en la rueda al gobierno con el propósito de desgastarlo.
¿Tiene semejante estrategia una componente de maldad? En realidad, la práctica opositora no es de suyo mala ni tampoco buena. Cuando menos, a priori. Puede ser eficaz o contraproducente y eso sólo lo determinara el curso ulterior de los acontecimientos. Lo único que de momento está en condiciones de ensayar, a expensas del gobierno, el arco que contiene a radicales disidentes, federales y kirchneristas -faltos como están de lideres, de credibilidad y de un programa- es una suerte de guerra de guerrillas, por naturaleza irregular. El único campo de batalla en el cual les cabe a los opugnadores de Milei la posibilidad de alzarse con un triunfo es en el Congreso de la Nación. Lo han intentado varias veces con más fracasos que éxitos.
Vicente Massot


En unos días más nadie mencionará a Diana Mondino. Las teorías que se echaron a correr respecto de por qué fue despedida de manera tan poco decorosa del Palacio San Martín, desaparecerán de la escena tan rápido como aparecieron. La velocidad de vértigo que ha impuesto Javier Milei a su gestión se ha tragado, en apenas diez meses, un total de ochenta y ocho funcionarios -de primera y segunda línea- de los cuales no se ha vuelto a hablar.
