Esta breve introducción viene a cuento de la insostenible -por momentos- relación de Javier Milei y Victoria Villarruel y, al mismo tiempo, de la disputa surgida en torno de las nominaciones de Ariel Lijo y de Manuel García Mansilla para ocupar un lugar en la Corte Suprema de Justicia.
A la luz de cuanto conocemos de los últimos ochenta años de historia argentina, no sería de manera alguna aventurado sostener que, si la economía funciona y el gobierno goza de un respaldo sorprendente, es lógico que a la gran mayoría de la sociedad le interesen poco o nada los dimes y diretes de los dos integrantes de la fórmula presidencial ganadora, y le tengan sin cuidado las idas y venidas de los poderes arriba señalados. La víscera más sensible -como decía Juan Domingo Perón- es el bolsillo, de donde no debería extrañarnos que esas riñas de gallos carezcan de efecto en el desenvolvimiento de la gestión libertaria.
Es claro que en los Estados Unidos si al secretario de Estado se le ocurriese una idea semejante a la que salió de la cabeza de nuestro ministro de Relaciones Exteriores, el escándalo habría sido mayúsculo. Intimar a una periodista en la forma en que lo hizo Werthein demuestra dos cosas: por un lado la torpeza del funcionario -cosa que no es novedad, tratándose de un improvisado en esas lides- y, por el otro, la endeblez de las instituciones criollas. Como el tratado no es un tema menor, vale la pena hacer mención a otros dos hechos de actualidad, que apuntan al mismo fenómeno: la inaudita explicación que dio el vocero presidencial acerca de la investigación y los fallos judiciales que atañen a Andrés Vázquez, el jefe de la DGI, y las recientes declaraciones del eterno gobernador de Formosa, Gildo Insfrán, respecto de la acordada de la Corte Suprema poniéndole un límite a la reelección indefinida en esa provincia.
El nombramiento de Vázquez -un evasor serial- es difícil de entender desde cualquier ángulo que se lo analice. Como también la defensa ensayada por el portavoz del presidente cuando sostuvo que no hay nada ‘inconsistente’ en las declaraciones juradas del funcionario cuestionado. Al ladrón lo visten de santo, ante la vista y paciencia de todos, y no pasa nada. En cuanto a Insfrán, viene de afirmar -sin que le temblara la voz- que ningún porteño -refiriéndose a los miembros de la Corte- le va a decir a los formoseños quién debe ser su representante. En realidad, correspondería traer a comento la vieja sentencia según la cual no hay nada nuevo bajo el sol. Néstor Kirchner, siendo mandatario de Santa Cruz, quiso sacarse de encima a un fiscal de Estado intachable, Eduardo Sosa, y lo hizo con la discrecionalidad en él acostumbrada. El caso llegó al tribunal supremo de la República, que en tres distintas oportunidades falló en favor de Sosa, exigiendo que fuera repuesto en el cargo del que había sido injustamente cesado. Al gobernador lo que determinó la Corte le entró por un oído y le salió por el otro. ¿Qué pasó? -Nada.
Es pertinente, pues, descender del campo del deber ser a la realidad cantante y sonante. La guerra de Ricardo Lorenzetti con sus dos pares, Carlos Rosenkratz y Horacio Rosatti, no tiene retorno y todo parece indicar que, si Javier Milei opta por la vía del decreto para sentar en la Corte Suprema a sus dos candidatos -cosa harto probable-. la brecha que está abierta entre los cortesanos no hará más que ensancharse. Mas allá de la crisis institucional -por ahora, poco trascendente-, lo que se recorta en el horizonte es una batalla de carácter específicamente político, de final impredecible. Lorenzetti desea recuperar la presidencia del cuerpo a como dé lugar. Milei quiere una Corte que acompañe su gestión revolucionaria y considera -equivocadamente- que el modo de lograrlo es a través de una mayoría conformada por Lorenzetti, Lijo y García Mansilla. En cuanto a Rosenkrantz y Rosatti, no se dejan amedrentar.
De las pulseadas judiciales pasemos sin aviso previo a un índice conocido el jueves pasado, referido a la pobreza -la noticia buena de la semana- y a la situación de la moneda brasileña -la noticia mala. Que la pobreza registrada en el cuarto trimestre de 2023 -durante el gobierno de Alberto Fernández y de Sergio Massa- fuese de 44,9 % y un año más tarde -a doce meses de haber asumido Javier Milei- haya descendido a 38,5 %, es una demostración cabal del éxito libertario y una explicación de por qué el nivel de apoyo a la presente administración supera hoy 50 %. Una tamaña reducción, no sólo de la pobreza sino también de la indigencia, representa un logro similar en importancia a la baja de la inflación. En cuanto al vecino país, la persistente caída del real frente al dólar no deja de generar preocupación entre nosotros por el impacto que seguramente tendrá para las exportaciones y para el turismo local. La pregunta -de momento, sin respuesta cierta- es si contagiara a la región o será un fenómeno pasajero.
Vicente Massot


En un país con instituciones sólidas -o, si se prefiere, a prueba de balas- las disputas a cara descubierta y sin solución de continuidad del jefe del Estado con la presidenta del Senado no dejarían de tener consecuencias nefastas para la marcha de la gestión gubernamental. Si además hubiese encontronazos reiterados y cada vez más agudos entre el Poder Ejecutivo y el Judicial, lo más probable es que todo terminase en una crisis institucional de novela. Pero -como es de sobra conocido- en la Argentina las instituciones son continentes sin demasiado contenido. Siempre tenidas en cuenta y enaltecidas en los discursos, han sido de tal manera despellejadas con el paso de los años que hoy semejan cáscaras vacías.
