Viernes, 28 Febrero 2025 11:32

De la ideología a la realpolitik - Por Vicente Massot

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El escándalo que ha generado el paso en falso dado por Javier Milei y su entorno respecto de la cripto moneda, no ha cesado de crecer o -según sea la óptica con arreglo a la cual se lo analice- lleva destino de desaparecer dejando detrás suyo pocos rastros. Hay acerca de este tema dos visiones, de suyo contrapuestas: la de los moralistas y su contraria, la de los realistas. 

Los primeros cultivan la noción del deber ser como base de la política. Los segundos, en cambio, miran las cosas desde el ángulo puramente fáctico. Aquéllos sostienen sus argumentos sobre fundamentos éticos. Éstos -inversamente- lo hacen atendiendo menos a lo justo o injusto que a lo eficaz o ineficaz. No es que los idealistas representen a la política asociada a lo testimonial mientras sus opuestos sólo atiendan las razones de la necesidad y la urgencia. Pero hay, entre unos y otros, un verdadero abismo. 

Aun en el supuesto de que hubiera existido algún tipo de connivencia entre los hermanos Milei y los responsables de la timba financiera, lo cierto es que por ello el presidente no sería eyectado del sillón de Rivadavia, producto de un juicio político. Eso nunca ha ocurrido entre nosotros y la costumbre no habrá de quebrarse ahora. De modo tal que insistir con la formación de un comité investigador -o lo que fuese- puede parecer un signo de madurez institucional que -seamos honestos- nada cambiará. Bien está mirar del derecho y del revés la trama de las cripto monedas, a condición de entender que no pasa por ese lado el meridiano del poder ni el futuro de la gestión libertaria.

¿Qué resulta más importante: que The New York Times o Forbes publiquen una noticia bomba acerca de $Libra, o que el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, reunido con el titular de la cartera de Hacienda argentina, haya hecho mención a los “impresionantes esfuerzos” realizados en el año inicial de la gestión mileísta? ¿Qué tiene mayor peso de cara a las asignaturas pendientes del país: la reunión de Donald Trump con Javier Milei y sus elogios públicos al jefe de Estado criollo, o las averiguaciones que en los Estados Unidos se han iniciado con el propósito de determinar si hubo una estafa en la operación que avaló en su posteo el líder libertario? ¿Qué arrastra más volumen: el veredicto de los tres principales bancos del país del norte -J.P. Morgan, Goldman Sachs y Bank of América- otorgándole prioridad a la solidez en materia fiscal generada por el equipo económico a cuya cabeza revista Luis Caputo, y desestimando la relevancia del caso $Libra, o la pesquisa que llevará adelante el fiscal Eduardo Taiano? Los moralistas se plantarán de un lado y los realistas del otro.

Javier Milei -como cualquiera que estuviera en su lugar, fuese Raúl Alfonsín o Carlos Menem, Néstor Kirchner o Mauricio Macri- no pierde el tiempo en distinguir quién lleva razón, si los turnos o los troyanos. Debe gobernar un país y ha generado, con el hombre más poderoso del planeta, una relación muy especial. Difícilmente se encuentre, desandando nuestra historia, un vínculo como el que han tejido. Razón de más para que en el ánimo del libertario primase el interés nacional y no la ideología que había sostenido hasta poco tiempo atrás acerca de la invasión rusa a Ucrania. Es en este contexto que se entiende el cambio de rumbo. En diciembre de 2023, Zelenski fue invitado a la asunción del nuevo presidente argentino y el Palacio San Martín ordenó su política en defensa de la nación agredida. Hace pocas horas, la Argentina se alineó con Trump dando un giro en verdad copernicano en términos de nuestra política exterior. Realpolitik en estado puro.

Dejemos de lado la disputa bizantina sobre el fin y los medios, o de los idealistas y realistas. El análisis de la realidad nos lleva por otros rumbos. La balcanización de la política -a la que hacíamos referencia la semana pasada- se halla en el centro del escenario y en curso de los últimos días demostró hasta qué punto llegó para quedarse. Basta analizar con algún detenimiento cómo se movieron los senadores a la hora de tratar la puesta en marcha de una comisión investigadora referente al caso $Libra para darse cuenta del rol relevante que -valga el ejemplo- desempeñaron los gobernadores. Antes de la votación parecía que el apoyo de la mayoría de los bloques a la iniciativa iba a prevalecer. Sin embargo, a la hora de la verdad hasta algunos que habían firmado el proyecto votaron en contra. En el entretiempo -por llamarle de alguna manera- la Casa Rosada movilizó a todos sus operadores a los efectos de que tomaran contacto con los mandatarios provinciales afines, y también con los aliados circunstanciales, con el cometido de que hicieran los deberes que correspondía. A buen entendedor…

Hubo un segundo episodio, con epicentro en la provincia de Buenos, que de ahora en más dará que hablar y cuyo final es incierto: la disputa que crece sin solución de continuidad y que tiene como contrincantes excluyentes a la mandamás del PJ, Cristina Fernández, y al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Que este último haya lanzado en las narices de la viuda de Kirchner una corriente interna dentro del justicialismo con la intención inequívoca de dirimir supremacías con la otrora todopoderosa dama de hierro, demuestra sin sombra de duda el nivel de antagonismo que ha ganado al movimiento creado por Juan Domingo Perón.

El anuncio de que una nueva rama -que lleva por nombre Derecho al Futuro- había nacido en el frondoso árbol justicialista, hizo que desde las tiendas del Instituto Patria le dispararan con munición gruesa. Aducen los acólitos de la Señora que el momento elegido por Kicillof no resulta el adecuado en razón de que divide a la tropa, a pocos meses de unas elecciones legislativas vitales para la suerte de los dos antagonistas. Chocolate por la noticia. Pero el gobernador piensa de otro modo. Su estrategia tiene poco que ver con la de Cristina Fernández. Por un lado, sus aspiraciones presidenciales chocan con la estrategia de aquélla. Por el otro, detrás suyo se alinean unos treinta intendentes del palo que lo impulsan para que haya un desdoblamiento de los comicios. Como quiera que sea, es difícil imaginar que las dos partes puedan sentarse a negociar. Si Kicillof decidiese desdoblar, ello significaría que se ha pintado la cara y se halla dispuesto a cruzar el Rubicón.

La designación por decreto de Ariel Lijo y Manuel García Mansilla para integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación no sorprendió a nadie medianamente informado. Era un secreto a voces que, si el presidente no lograba que sus dos candidatos pasaran el filtro del Senado, él se encargaría de convertirlos en ministros del tribunal supremo por otro medio. En vano se levantarán argumentos para probar la inconstitucionalidad de la decisión. La Carta Magna es clara al respecto y faculta al jefe del estado a proceder como lo ha hecho. Por supuesto, sujeto a que el hoy juez federal renuncie antes de que tomen juramento, y que ninguno de los dos permanezca en su cargo más allá del fin de las sesiones ordinarias del presente año.

Es un verdadero misterio el motivo del empeño del primer magistrado de nombrar a un sinvergüenza, con los peores antecedentes que pudieran imaginarse, en un puesto de tamaña relevancia. Sobran juristas de nota -semejantes a García Mansilla- que no fueron tenidos en cuenta. Fracasada la operación urdida por Ricardo Lorenzetti para hacerse con el control de la Corte, lo lógico hubiera sido -si Milei deseaba apelar al decreto- que designase, junto al decano de la Universidad Austral, a una personalidad descollante de la judicatura argentina. En cambio, como para demostrar que no da su brazo a torcer, se inclinó por un indeseable aduciendo que la Corte no puede funcionar con sólo tres integrantes, lo cual es falso.

La jugada es una nueva chapucería del líder libertario. Tendrá que hacerse cargo de las críticas que generará el impresentable de Lijo y no conseguirá, si es que ese resultado era su propósito, que Lorenzetti retome el timón de la Corte. Incomprensible por donde se lo analice.

Vicente Massot

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