Fueron legión los que apostaron en su contra aduciendo que, como carecía de fuerza legislativa, tendría que limitarse a ser arrastrado por las mayorías presentes en el Congreso de la Nación o, en su defecto, necesitaría cerrarlo para gobernar en tiempo y forma. Algunos hasta se animaron a calificarlo de desequilibrado, poco apto para asumir tamaña responsabilidad. Unos y otros rivalizaron en su empeño de explicar el por qué la administración libertaria estaba condenada de antemano al fracaso.
Después de todo, decían que era imposible sostener la regla del crawling peg que el gobierno recién instalado había fijado. Era poco factible que el ajuste fiscal puesto en ejecución arribara a buen puerto sin que reaccionase de manera airada una sociedad tan sufrida, que no estaría dispuesta a realizar nuevos sacrificios. Desarmar la deuda instrumentada en Leliq semejaba una tarea hercúlea, que un oficialismo tan débil no podría aco- meter con éxito. Y ni hablar del riesgo país y del flagelo inflacionario que crecían, sin solución de continuidad, producto de la horrorosa herencia que le dejaba el kirchnerismo a sus sucesores.
Quienes auguraban catástrofes sin cuento, en realidad, o bien pecaban por odio o bien razonaban tomando lo que siempre había sucedido entre nosotros como un dato inmodificable. Si ninguno de sus antecesores había podido cortar el nudo gordiano que atenazaba al país, menos podría hacerlo un recién llegado a la política, sin ninguna experiencia previa en el manejo de la cosa pública y -para colmo de males-con tan pocos diputados y senadores para sostener su programa revolucionario.
Atados a las comparaciones respecto de los demás presidentes, no supieron ver que Milei era substancialmente distinto en un aspecto clave: su capacidad para ejercer el poder en plenitud con arreglo a un cambio de mentalidad muy profunda de una parte significativa de la población. Dispuesto a barrer de raíz el viejo régimen, se recostó en la gente y no le tembló el pulso a la hora de vulnerar intereses creados y dar rienda suelta a un proceso inédito de reducción del gasto público.
Al cabo de los primeros 365 días desde que se sentó en el sillón de Rivadavia, los números hablan por sí solos. Como se suele afirmar, los datos matan cualquier relato interesado. La inflación, que Massa había dejado en 25 % mensual, ahora se halla estabilizada entre 2 % y 3 %. El dólar, que en diciembre de 2023 era equivalente a $ 1300, hoy cotiza a $ 1070. El riesgo país que por la torpeza de Alberto Fernández y de su ministro de Economía orillaba, a finales de la aventura gubernamental peronista, los 2900 puntos, ayer había descendido a 735 puntos. Y en cuanto a la pobreza, pasó de 55 % a 44 %. Lo más notable del derrotero mileísta no es tanto que, en consonancia con estos indicadores, el grado de adhesión a la figura presidencial -de acuerdo a varias mediciones que acaban de darse a publicidad- sea de 52 % como el hecho de que ese res- paldo lo haya conseguido siendo el responsable del mayor ajuste que se recuerde en estas tierras, en décadas.
Generalmente procesos de esta índole traen aparejadas consecuencias sociales difí- ciles de sobrellevar para los sectores más necesitados. No es fácil hallar, en nuestra historia, ejem- plo de un gobierno que haya realizado semejante entallamiento de los recursos públicos -con la consiguiente quita de subsidios, despidos, recortes de las partidas presupuestarias, etc.- y una tal baja de la inflación -con inevitables efectos recesivos- y que, sin embargo, tenga semejante apoyo. Generar un sostén de carácter mayoritario repartiendo plata a diestra y siniestra es rela- tivamente fácil. Lograrlo cuando la clave de bóveda de la administración es el lema “No hay plata” es una cosa pocas veces vista.
A lo expresado es menester agregarle el recibimiento que ha tenido el presidente argentino a nivel mundial. Que se ha convertido en un referente para muchos de otras latitudes que ni siquiera habían escuchado hablar de él, es algo fuera de discusión. Que algunos de los más relevantes jefes de Estado del planeta -Donald Trump, Giorgia Meloni, Víctor Orban, entre otros- le tienen una consideración especial, también. Las notas de revistas y diarios internaciona- les como The Economist y Financial Times no hacen más que demostrar el interés que sus reformas han suscitado, no sólo en el mundo de la política sino en el de los medios especializados y en el de las empresas de tecnología de punta. De Elon Musk se podría decir -sin temor a exagerar- que es un fan de Milei.
Paso el año inicial. Cabe preguntarnos qué nos deparará el siguiente, a punto de dar comienzo. Como no podría ser de otra manera, hay cosas predecibles con un grado de certeza poco menos que perfecto, y hay aspectos propios de un futuro de suyo incierto. Las certezas están referidas a la personalidad del presidente y a su convicción respecto de la necesidad de obrar un cambio revolucionario en la Argentina. Es claro que Milei no va a retroceder en el cumplimiento del programa que se ha fijado y es conveniente saber que cuando da un paso atrás lo hace en razón, no de renunciar a sus convicciones, sino por necesidades tácticas. Tener plena conciencia de que el jefe del Estado no va a cambiar de rumbo en la mitad de la travesía a la cual se ha lanzado es un dato de la máxima importancia. Estar seguros de ello, en un país con la volatilidad que le cono- cemos al nuestro, no tiene precio.
Tampoco la toma de decisiones va a sufrir modificaciones de consideración. El así denominado Triángulo de Hierro llegó para quedarse un rato largo. En este orden de cosas, hay que entender que sólo dos personas son los dueños del pasillo que lleva al despacho de Milei: su hermana y Santiago Caputo. Los demás acompañan, lo que no quita que cuatro ministros sobre- salgan claramente del resto; ellos son Guillermo Francos, Luis Caputo, Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich. El sistema está bien aceitado y todos sus colaboradores son plenamente con- scientes de los límites que no pueden traspasar, so pena de ser eyectados del gabinete sin demasiada misericordia. Hay cuestiones que no se discuten. Nicolas Posse y Diana Mondino pueden dar fe de ello.
El gobierno no requiere un relanzamiento de cara a los meses que se avecinan pero está fuera de duda que, en atención a la naturaleza electoral de 2025, a cuanto se logró hasta ahora -superávit fiscal, caída abrupta del riesgo país, descenso de la inflación, etc.- deberá sumarle transformaciones en áreas que no fueron materia de consideración prioritaria en estos primeros 365 días. Todo hace suponer que en punto a los sistemas de previsión social, impositivo y laboral habrá una alteración de las bases que los han sostenido hasta ahora y de manera tan ineficiente. Qué tan radicales pueden ser las reformas que encarará la administración libertaria es algo impo- sible de determinar. De lo que no existe duda es que se vienen mudanzas de bulto. Ninguno de los hacedores de las principales políticas públicas de la actual administración cree que con lo hecho hasta aquí pueden darse por satisfechos. La revolución recién ha comenzado. Son tantas y de tal dimensión las asignaturas pendientes, que detenerse sería suicida. El ritmo de vértigo que a su mandato le ha impreso el presidente no habrá de disminuir en lo más mínimo. Quien suponga que el freno se impondrá al acelerador en términos de las reformas estructurales, no lo conoce a Milei. La Libertad Avanza y, de momento, nada la detiene.
Vicente Massot


Ha transcurrido un año desde que Alberto Fernández -muy a su pesar- le colocó la banda y le hizo entrega del bastón presidencial a Javier Milei. Cuantos habían pronosticado, dejándose llevar por sus antipatías ideológicas, que el personaje tropezaría a poco de iniciar su gestión, se equivocaron de medio a medio.
