Los puntos en cuestión, para ser llevados a la práctica, requieren algo más que la firma de un documento en la provincia donde se juró la Independencia. Se hace menester forjar un acuerdo entre el gobierno y unos grupos de legisladores, gobernadores y empresarios que -a la hora de las decisiones-no piensan de igual manera. Se dirá -no sin razón- que es difícil disentir con postulados tan necesarios. Sin embargo, cuando se pasa del mundo de las enunciaciones generales a las efectividades conducentes -para citar a don Hipólito Yrigoyen-, los detalles -o, si se quiere, la letra fina- sacan a la luz las diferencias hallables entre políticos ideológicamente tan desiguales.
Como quiera que sea, el acto que tuvo lugar en fecha tan emblemática constituye, en el mejor de los casos, un punto de partida. Luego habrá que convocar -es todavía un misterio con arreglo a qué criterio- al Consejo, en el que estarán representadas todas las partes. En teoría, luce bien. En el llano y puesto a andar, corre el riesgo de transformarse en un pesado organismo burocrático más.
El cónclave que se llevara a cabo en el Jardín de la República no generó el estruendo que si produjeron los mercados la semana pasada. En Balcarce 50 existe el convencimiento que, detrás de la suba del dólar y el sinfín de rumores que recorrieron la City pocos días atrás, hubo una mano negra. Las teorías conspirativas en general tienen el encanto de lo misterioso. A la vez, pecan de simplistas. No es pertinente descartar que el clan devaluatorio -que esta vivito y coleando- se haya movido aprovechando el escenario que le era propicio. Si Sergio Massa, tal cual lo expresó el jefe de gabinete, Guillermo Francos, se sumó a la ofensiva desatada en contra del gobierno, es cosa imposible de demostrar. Si a su lado formó el empresario Jorge Brito, presidente de Banco Macro, tampoco. Varios economistas de prestigio -no necesariamente encolumnados con la administración libertaria- no dudan de la presencia de aquella mano negra. Ninguna explicación acerca de lo sucedido puede descartarse a priori porque los enemigos del programa económico puesto en marcha por Javier Milei y Luis Caputo -que amenaza no sólo los abusivos privilegios de la burocracia sindical sino también los beneficios enojosos del capitalismo de amigos- están siempre al acecho. Dicho esto, no es posible pasar por alto, como si fuese un invento, el contexto en el que se desarrolló el proceso al que venimos haciendo referencia. Si no hubiese turbulencias y no existiesen dudas de ninguna índole concernientes a la marcha de la economía, quienes quieran que hayan sido los fogoneadores de la crisis no habrían podido hacer pie en la realidad.
Hubo un error de comunicación por parte del titular de la cartera de Hacienda y del presidente del Banco Central. Anunciaron que la conferencia de prensa se llevaría a cabo el viernes a la tarde, lo que en nuestro país significa -al menos para los mercados, y en correspondencia con una ley no escrita- que se dará a conocer alguna medida de singular importancia e inmediatez. Las especulaciones estuvieron a la orden del día, como era de esperar. Pero quienes aguardaban un cañonazo de medidas inmediatas quedaron desconcertados. Para formular declaraciones generales era mejor esperar el comienzo de la semana. Lo cierto es que la brecha ha vuelto a ampliarse y la capacidad de generar divisas -tan exitosa en los primeros cinco meses de gestión- parece encontrar límite.
Pero no todas son malas noticias. Los índices de la construcción y la industria, que se dieron a conocer a fines de la semana, demuestran que -si bien la recesión no ha desaparecido de la escena- por lo menos en ciertos sectores de la economía comienza a menguar. En esto hay que andarse con cuidado. Al momento de mostrar porcentajes, si lo que se compara es el rendimiento interanual se estarán mezclando peras con bulones. Inversamente, tiene sentido mostrar la deriva de cualquier sector tomando en consideración el último mes registrado respecto del inmediato anterior. Para exponerlo con mayor claridad: si en punto a la construcción se considera abril de 2023 contra el mismo mes del año en curso, el resultado suena estremecedor, con una caída de 36%. Si, en cambio, miramos la performance de mayo de 2024 en comparación con abril, creció 6,2 %. Algo similar sucedió con la industria en general: se derrumbó 14,8 % en doce meses y apenas está 0,2 % abajo comparando mayo con abril. En parte, unido a la desaceleración del índice inflacionario explica el fenómeno más notable de la era Milei: el enorme consenso que ha cosechado y que mantiene vigente en medio del mayor ajuste y una de las recesiones más agudas que se recuerden en la Argentina contemporánea.
En dos aspectos medulares de la acción política Javier Milei le sigue sacando ventaja a sus contrincantes, sean estos dialoguistas o kirchneristas de paladar negro. Por de pronto, está su decisión -clave, en los momentos de incertidumbre- de mantener firme el timón y la nueva dirección que le ha fijado a las velas del navío estatal. El hombre sabe ejercer el poder y ha demostrado que -a diferencia de muchos de sus antecesores- no está dispuesto a cambiar el libreto, expuesto a tambor batiente durante la campaña electoral y puesto en ejecución a poco de calzarse la banda presidencial. Uno de los basamentos que más ayudan al equipo económico es la seguridad de que en la Casa Rosada su dueño no retrocederá espantado porque suba el dólar o se ensanche la brecha. Posee una hoja de ruta y no la va a modificar a la primera de cambios. Además, hasta aquí la diosa Fortuna no le ha sido esquiva.
La suerte -que siempre es un elemento indispensable para el éxito- parece estar de su lado. De los varios hechos que podrían ilustrarlo, escogemos dos recientes: uno que pone al descubierto la torpeza de los K; otro, que transparenta la pobreza estratégica del Pro. Que el intendente del partido de La Matanza, Fernando Espinoza, haya conseguido el aval de los miembros de la Federación Argentina de Municipios -con amplia mayoría de pares de su partido- en paralelo a su procesamiento por abuso sexual, y que ninguno de sus compañeros haya levantado la voz para pedirle que recapacite, que dé un paso al costado, deje su cargo y se tome licencia, es la demostración más cabal de los códigos mafiosos de la casta peronista. A la opinión pública, tamaña grosería no le pasa desapercibida. Por su parte, que el Pro se haya enredado en semejante berenjenal de una interna a destiempo, y haya ventilado sus miserias a vista y paciencia del público, es música para los oídos mileístas.
Vicente Massot


El Pacto de Mayo -que terminó formalizándose en julio- no ha suscitado mayores expectativas, ni dentro del oficialismo ni tampoco en los diferentes segmentos del arco opositor que aceptaron dar el presente en Tucumán. Como nadie se llama a engaño respecto de su naturaleza -es, después de todo, una expresión de deseos- sólo el futuro curso de los acontecimientos determinará si hay razones para entusiasmarse o no con semejante propuesta. Que las intenciones que lo impulsan son las mejores, y que pocos si acaso alguno de los actores principales de la política criolla podrían hoy ponerse en su contra, es cosa fuera de duda. Pero del dicho al hecho media un trecho, como reza el viejo adagio.
